- LAS VIRTUDES MISIONERAS DE CRISTO, DE LAS QUE DEBEN REVESTIRSE LOS MISIONEROS
Puesto que el misionero no hace sino continuar la misión de Jesucristo, ha de revestirse de su mismo espíritu. San Vicente ha ido entresacando del evangelio aquellas disposiciones de Jesucristo que le parecen más necesarias para el misionero y ha propuesto la conducta de Jesucristo como criterio para la conducta del misionero.
6.1. Las virtudes misioneras
San Vicente ha seleccionado cinco virtudes o máximas evangélicas para la misión: sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo.
«Esa es la fuerza y el poder de las máximas evangélicas, de entre las cuales (ya que son muchas en número) he escogido especialmente las que son más propias del misionero; ¿cuáles son? Siempre he creído y he pensado que eran la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo».
A estas disposiciones evangélicas o virtudes misioneras, Vicente de Paúl las considera piedras fundamentales para la construcción del edificio de la misión: «Es menester que esas cinco virtudes sean como las facultades del alma de toda la congregación; es menester que así como el alma conoce por el entendimiento quiere por la voluntad y se acuerda por la memoria también un misionero obre por estas virtudes… Procuremos cada uno encerrarnos en estas cinco virtudes, y hagamos que nuestras acciones sean expresión de estas virtudes. Será buen misionero el que así lo haga, el que no, no lo será».
- a) La sencillez de Nuestro Señor y del misionero
San Vicente asegura que «el espíritu de Jesucristo un espíritu de sencillez».
La sencillez consiste en decir la verdad, en decir las cosas tal como son, sin ocultar ni disimular nada. La sencillez consiste también en referir todas las cosas sólo a Dios.
San Vicente está tan convencido de la importancia que tiene la sencillez para la misión, que no duda en llamarlo «mi evangelio», y asegura: «es la virtud que más amo».
La sencillez exige vivir sin superfluidades, sin cargase de cosas vanas e inútiles; y predicar utilizando explicaciones familiares, sin aparatosidad.
San Vicente de Paúl está persuadido de que Dios se comunica a los sencillos, de que donde hay sencillez allí está Dios.
Y presenta la necesidad que tienen los misioneros de revestirse del espíritu de sencillez: «La sencillez consiste en hacer todas las cosas por amor de Dios, sin tener otra finalidad en todas las acciones más que su gloria. En eso es en lo que consiste propiamente la sencillez. Todos los actos de esta virtud consisten en decir las cosas sencillamente, sin doblez ni artificio; ir derecho a nuestro propósito, sin rodeos ni andar con recovecos. La sencillez consiste, por tanto, en hacerlo todo por amor de Dios, rechazando toda mezcla. Pues bien, hermanos míos, si hay personas en el mundo que deben tener esta virtud, son los misioneros, ya que toda nuestra vida se emplea en ejercer actos de caridad para con Dios o para con el prójimo. Y en ambos casos hemos de proceder sencillamente, de forma que, si se trata de cosas que hemos de hacer, que se refieren a Dios y dependen de nosotros, hay que huir de los artificios, ya que Dios se complace y comunica sus gracias solamente a las almas sencillas. Y si miramos a nuestro prójimo, corno hemos de asistirle corporal y espiritualmente, hemos de evitar parecer cautelosos, taimados, astutos, y sobre todo no decir nunca tina palabra de doble sentido. ¡Qué lejos ha de estar todo eso de un misionero!».
Para el misionero resulta imprescindible la sencillez. Es por la sencillez como un misionero se hace agradable a Dios y cercano a los pobres.
- b) La humildad de Nuestro Señor y del misionero
San Vicente asegura que la humildad es «la virtud de Jesucristo». Jesucristo nos ha dado ejemplo de humildad «de palabra y con el ejemplo». Invita a contempla a Jesucristo como «modelo admirable de humildad».
La humildad incluye el reconocimiento de nuestras limitaciones y la confianza sin límites en Dios.
La humildad exige evitar el aplauso del mundo tomar el último lugar, considerar a los demás más dignos que a uno mismo.
San Vicente de Paúl está convencido de que la humildad es el origen de todo el bien que podamos hacer que no es posible perseverar en el bien sin la humildad.
Para san Vicente, sólo se puede ser misionero revistiéndonos del espíritu de humildad: «La humildad es absolutamente necesaria a los misioneros; porque, decidme, ¿podría un orgulloso avenirse con la pobreza? Pero nuestra finalidad son los pobres la gente vulgar del pueblo; si no nos acomodamos ellos, no podremos servirles de nada; el medio para que podamos aprovecharles es la humildad, porque la humildad hace que nos anonademos y nos pongamos en las manos de Dios, soberano ser. Factus sum sicut jumentum apud te. El humilde se considera ante Dios como un asno. Pero durus est hic sermo; es cierto, pero yo diría que es ése el estado que conviene a la Misión; y entonces hemos de temer que, si no somos así, no tenemos el espíritu de verdaderos misioneros».
Para el misionero resulta imprescindible la humildad. Es por la humildad como Dios actuará a través del misionero. Y es la humildad la que hará cercano al misionero ante el pueblo.
- c) La mansedumbre ele Nuestro Señor y del misionero
San Vicente asegura que Jesucristo es «la mansedumbre eterna para con nosotros».
La mansedumbre lleva consigo ser acogedor, amable, afable, tener un rostro sereno hacia los que se nos acercan». Implica saber sufrir las ofensas, perdonando y hasta tratando con dulzura a los que nos ofenden».
San Vicente señala el valor misionero de la mansedumbre, virtud que «mueve a la gente a volverse hacia el Señor». Y pide a los misioneros que procedan siempre con mansedumbre:
«Mansedumbre entre nosotros, mansedumbre y paciencia con el prójimo. Porque fijaos, hermanos míos, en la predicación el misionero necesita mucha paciencia con los de fuera: son pobres gentes que vienen a confesarse, toscos, ignorantes, tan cerrados y, por así decirlo, tan animales, que no saben cuántos dioses hay ni cuántas personas en Dios; aunque se lo digáis cincuenta veces, al final seguirán siendo tan ignorantes como al principio. Si uno no tiene mansedumbre para aguantar su rusticidad, ¿qué podrá hacer? Nada; al contrario, asustará a esas pobres gentes que, al ver nuestra impaciencia, se disgustarán y no querrán volver a aprender las cosas necesarias para la salvación. Por tanto, mansedumbre».
Para el misionero resulta imprescindible la mansedumbre. Es la mansedumbre la que atraerá a los pobres hasta el misionero y hará atractivo el anuncio del mensaje. Es la mansedumbre la que posibilitará la entrega del misionero sin dejarle caer en el desaliento.
- d) La mortificación de Nuestro Señor y del misionero
Para san Vicente Jesús es el mejor modelo de mortificación: Nunca perdamos de vista la mortificación de Nuestro Señor, pues para seguirle tenemos que mortificarnos siguiendo su ejemplo.
La mortificación supone el sometimiento de la pasión a la razón. La mortificación lleva a la indiferencia, al desapego de personas, lugares, oficios, para estar más disponibles a la voluntad de Dios.
San Vicente de Paúl encarece a los misioneros la virtud de la mortificación: «¿Quién no ve que la mortificación tiene que ser inseparable de un misionero, no sólo para trabajar con el pobre pueblo, sino también con los ejercitantes, los ordenandos, los galeotes y los esclavos? Porque, si no somos mortificados, ¿cómo vamos a sufrir todo lo que haya que sufrir en esas tareas? El pobre padre Le Vacher, del que no tenemos noticias, que está entre los pobres esclavos con peligro de peste, y probablemente su hermano, ¿pueden esos misioneros ver cómo sufren las personas que les ha encomendado la providencia, sin sentir ellos mismos sus penas? No, no nos engañemos, hermanos míos, los misioneros deben ser mortificados».
Para el misionero resulta imprescindible la mortificación. Las incomodidades que lleva consigo el trabajo misionero se superan con la mortificación. Es también la mortificación la que hace al misionero totalmente disponible ante la voluntad de Dios.
- e) El celo de Nuestro Señor y del misionero
Vicente de Paúl contempla el ardor, el celo apostólico de Jesucristo, que ha animado su misión: «Este corazón del Hijo de Dios, el corazón de Nuestro Señor, que nos dispondrá a ir como él fue».
La conferencia del ya anciano san Vicente, del 30 de mayo de 1659, ha sido calificada por algún autor» corno la máxima palabra vicenciana sobre la caridad encarnada en el Hijo de Dios, …que vino a traer fuego a la tierra para inflamarla de su amor. ¿Qué otra cosa hemos de hacer nosotros sino que arda y lo consuma todo? Es cierto que he sido enviado no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar. No me basta con amar a Dios si no lo ama mi prójimo… Si tuviésemos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados?… No, la caridad no puede permanecer ociosa, sino que nos mueve a la salvación y al consuelo de los demás».
El celo capacita para ir a cualquier lugar y para hacer todo. El celo busca extender el Reino de Dios: «El celo… consiste en un puro deseo de hacerse agradable a Dios y útil al prójimo. Celo de extender el Reino de Dios, celo de procurar la salvación del prójimo. ¿Hay en el mundo algo más perfecto? Si el amor de Dios es fuego, el celo es la llama; si el amor es un sol, el celo es su rayo. El celo es lo más puro que hay en el amor de Dios».
El celo es disponibilidad para ir a cualquier parte», y hasta para morir por Cristo. «Han de estar dispuestos a dejar su país, sus comodidades, su descanso…, tal como lo han hecho nuestros hermanos que están en Túnez y Argel, entregados por entero al servicio de Dios y del prójimo en esas tierras bárbaras e infieles».
El propio Vicente de Paúl es el primero en estar listo para partir. A sus setenta y siete años dice: «Yo mismo, aunque ya soy viejo y de edad, no dejo de tener dentro de mí esta disposición y estoy dispuesto incluso a marchar a las Indias para ganar allí almas para Dios, aunque tenga que morir por el camino o en el barco».
El celo exige trabajar duro por la salvación del prójimo». Al recordar el trabajo abnegado de las misiones en Madagascar, decía: «¡Esos sí que son obreros! ¡Esos sí que son buenos misioneros! ¡Quiera la bondad de Dios darnos espíritu de celo que los anima y un corazón grande, ancho, inmenso!».
La caridad misionera, caridad compasiva y misericordiosa, ha de ser un reflejo del amor de Dios revelado en y por Jesucristo: «Hemos sido escogidos por Dios como instrumentos de su caridad inmensa y paternal, que desea reinar y ensancharse en las almas».
Vicente de Paúl pide a los misioneros que cultiven el celo apostólico: «El celo consiste en un puro deseo de hacerse agradable a Dios y útil al prójimo. Celo de extender el reino de Dios, celo de procurar la salvación del prójimo. ¿Hay en el mundo algo más perfecto? Si el amor de Dios e fuego, el celo es la llama; si el amor de Dios es un sol el celo es su rayo. El celo es lo más puro que hay en el amor de Dios».
«Pidámosle a Dios que dé a la compañía ese espíritu ese corazón, ese corazón que nos hace ir a cualquier parte, ese corazón del Hijo de Dios, corazón de nuestro Señor, corazón de nuestro Señor, corazón de nuestro Señor… Para eso envió él a sus apóstoles; y nos envíe a nosotros como a ellos, para llevar a todas partes su fuego, a todas partes».
Para el misionero resulta imprescindible el celo apostólico. Es el celo apostólico el que le impulsa a la misión con amor ardiente.
6.2. El misionero lo es en la medida en que se reviste del espíritu de Cristo
Para continuar la misma misión de Jesucristo en la tierra, el misionero debe revestirse del espíritu de Jesucristo.
Las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión señalan con toda claridad: «Todos aquellos que están llamados a continuar la misión de Jesucristo, que principalmente consiste en anunciar el evangelio a los pobres, deben estar animados de los mismos sentimientos que Jesucristo y llenos de su mismo espíritu, siguiendo siempre sus divinas huellas».
«La Congregación hará profesión de obrar siempre según las máximas de Jesucristo».
Cuando se dirige a los misioneros, san Vicente de Paúl no se cansa de repetir que deben fijar su mirada en Jesucristo para tratar de revestirse de sus mismas disposiciones: «Nuestro Señor Jesucristo es el modelo verdadero y el gran cuadro invisible con el que hemos de conformar todas nuestras acciones».
Entre los consejos dados por Vicente de Paúl a Antonio Durand, nombrado superior del seminario de Adge en 1656, encontramos una de las claves de su existencia: «Otra cosa en la que debe poner una atención especial es sentirse siempre dependiente de la conducta del Hijo de Dios; o sea, que cuando tenga que actuar, haga esta reflexión: ¿Es esto conforme con las máximas del Hijo de Dios?’ Si así lo cree, diga: ‘Entonces, bien, digámoslo’; por el contrario, si no lo es, diga: ‘no lo haré’.
Además, cuando se trate de hacer alguna buena obra, dígale al Hijo de Dios: ‘Señor, si tú estuvieras en mi lugar, ¿qué harías en esta ocasión?, ¿cómo instruirías a este pueblo?, ¿cómo consolarías a este enfermo de espíritu o de cuerpo?
Esta invitación a revestirse del espíritu de Jesucristo fue una constante en su vida y animó hasta el último suspiro de la existencia de Vicente de Paúl. El diario de últimos días de Vicente de Paúl, redactado por Juan Gicquel, recoge su última palabra y su deseo postrero: «Le dijeron Jesús; y él repitió Jesús, de la misma manera, moviendo los labios… Aquel último ataque aumentó… expirando, entregó en manos de nuestro Señor su hermosa alma, quedando sentado como estaba…».
- SÍNTESIS
Después de este recorrido sobre las conferencias y escritos de san Vicente de Paúl, percibimos con claridad la comprensión de Jesucristo que dio sentido a su vida:
- Jesucristo es el enviado, el misionero del Padre.
- Enviado para evangelizar a los pobres.
- Servidor del proyecto de amor de Dios Padre.
- Que ha vivido la misión desde la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo.
- Cristo es la referencia para todo misionero, continuador de la misión de Jesucristo.
Nos parece que las realizaciones misioneras de Vicente de Paúl sólo se explican desde esta experiencia espiritual profundamente vivida.







