Vicente de Paúl y la Misión (XIX)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. LA IGLESIA Y LA MISIÓN

La experiencia de Iglesia que tiene Vicente de Paúl va apareciendo en sus conferencias y escritos de forma ocasional, pero es posible recoger y organizar algunas cons­tantes de su reflexión.

2.1. La Iglesia desde el misterio de Dios

Vicente de Paúl se refiere al origen divino de la Igle­sia y a la actuación de Dios en ella; actuación en ocasio­nes desconcertante y misteriosa:

«Fijaos en la manera de proceder de Dios que estable­ció y robusteció su Iglesia por medio de la destrucción y ruina de los que la sostenían».

De esta manera de actuar de Dios con su Iglesia, deduce Vicente que, a pesar de que fallen los apoyos humanos, la Iglesia «seguirá en pie a pesar de todas las calamidades».

Para Vicente de Paúl, la misión de la Iglesia no es otra que la de continuar la obra de Cristo, hacer lo que Él hizo en la tierra, cooperar con Él en la salvación de los hombres.

Esta relación estrecha entre Cristo y la Iglesia queda patente en las expresiones vicencianas utilizadas para referirse a la Iglesia:

  • «Esposa del Salvador», «esposa de Jesucristo».
  • «Viña del Señor».
  • «Mies», que requiere obreros.
  • «Cuerpo místico». bis precisamente sobre esta ima­gen, la más utilizada, sobre la que apoya Vicente de Paúl el sentido de la caridad eclesial:

«¿Y cómo puedo yo sentir su enfermedad sino a través de la participación que los dos tenemos en Nuestro Señor, que es nuestra cabeza? Todos los hombres componen un cuerpo místico; todos somos miembros unos de otros. Nunca se ha oído que un miembro, ni siquie­ra en los animales, haya sido insensible al dolor de los demás miembros… Es imposible. Todos nuestros miembros están tan unidos y trabados que el mal de uno es mal de los otros. Con mucha más razón, los cristianos, que son miembros de un solo cuerpo y miem­bros entre sí tienen que padecer juntos. ¡Como! ¡Ser cristiano y ver afligido al hermano sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Esto es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad, es ser peor que las bestias».

Dentro de este cuerpo que es la Iglesia, Vicente de Paúl presta una atención especial a los pobres que son «los miembros afligidos de nuestro Serior».

La evangelización de los pobres es el criterio y el signe verificador de que el Espíritu Santo guía a la Iglesia.

2.2. La actividad misionera de la Iglesia

Vicente de Paúl constata que la Iglesia va sufriendo pérdidas en Europa. Esta constatación le lleva a afirma la necesidad que tiene la Iglesia de apóstoles, misioneros, que no desfallezcan aunque encuentren dificultades.

  1. a) La Iglesia está perdiendo terreno en Europa

Vicente de Paúl reflexiona en varias ocasiones sobre la pérdida de terreno de la Iglesia en Europa a consecuencia de las herejías y de las guerras. Para Vicente este hecho es indicador de la apertura misionera que debe extenderse en la Iglesia.

Escribe a Juan Dehorgny el 31 de agosto de 1646: «Le confieso que siento un gran afecto y devoción según creo, a la propagación de la Iglesia en los países infieles, por temor a que Dios la vaya destruyendo poco a poco por aquí y no quede nada dentro de cien años, por culpa de nuestras depravadas costumbres, de estas nuevas opiniones que van creciendo cada día más y por la situación de las cosas. Desde hace cien años, por las dos nuevas herejías, ha perdido la mayor parte del Imperio y los reinos de Suecia, Dinamarca y Nor­uega, Escocia, Inglaterra, Irlanda, Bohemia y Hungría, de forma que sólo quedan Italia, Francia, España y Polonia, y con muchas herejías en Francia y Polonia.

Pues bien, estas pérdidas de la Iglesia desde hace cien años nos dan pie para temer, en las presentes mise­rias, que dentro de otros cien años perderemos la igle­sia en Europa; ante este miedo, son bienaventurados aquellos que pueden cooperar en la extensión de la igle­sia por otros lugares».

Y en marzo de 1647 al mismo misionero: «¿Sabemos acaso si no querrá Dios trasladar la Iglesia entre los mismos infieles, que quizás se muestran más inocentes en sus costumbres que la mayoría de los cris­tianos, que en tan poco estiman los santos misterios de nuestra santa religión? Puedo decirle que es éste un sen­timiento que hace tiempo está haciendo mella en mi alma”.

En el mes de septiembre de 1656, Vicente de Paúl dedica toda una conferencia para dar algunas noticias de Polonia, extendiéndose sobre los planes de Dios para la difusión de la Iglesia, y comenta: «El santo papa Clemente VIII recibió a dos embajado­res de ciertos príncipes de oriente, donde empezaba a extenderse la fe, y queriendo dar por ello gracias a Dios en presencia de ellos, ofreció el santo sacrificio de la misa por su intención. Cuando estaba en el altar, en el memento, ellos le vieron derramar lágrimas, gemir y sollozar; esto les llenó de admiración, de forma que, una vez acabada la misa, se tomaron la libertad de pre­guntarle cuál era la causa de sus lágrimas y gemidos en una acción que solamente debería procurarle motivos de consuelo y de gozo. El les dijo con toda sencillez que era verdad que había comenzado la misa con gran satis­facción y contento, al ver el progreso de la religión católica; pero que este contento se había trocado de repente en tristeza y amargura, al ver las pérdidas y la disminución que todos los días le ocasionaban los here­jes; de modo que había motivos para temer que Dios quisiera trasladarla a otros lugares».

El hecho de que la Iglesia pueda ser trasladada por Dios a lugares distintos de Europa no indica que Dios haya abandonado a su Iglesia: «Es cierto que el Hijo de Dios ha prometido que estaría en su Iglesia hasta el fin de los tiempos; pero no ha pro­metido que esta Iglesia estaría en Francia, o en España, etc. Ha asegurado que no abandonaría a su Iglesia y que ésta perduraría hasta la consumación del mundo, en algún lugar del mundo, pero no concretamente aquí o allí. Y si había algún país en donde parece que debería haberla dejado, parece que no hay lugar más digno de preferencia que la Tierra Santa, donde él nació y empe­zó su Iglesia y realizó tantas y tantas maravillas. Sin embargo fue a aquella tierra, por la que tanto había hecho y tanto se había complacido, a la que quitó pri­mero su Iglesia, para dársela a los gentiles…».

Y añade, descubriendo detrás de este plan de Dios la vocación misionera de la Iglesia: «¡Qué gracia ser del número de los que Dios desea ser­virse para trasladar sus bendiciones y su Iglesia! ¡Oh Salvador, qué gozo sientes al ver a estos servidores y este fervor para defender y mantener lo que aquí te queda, mientras que van otros a conquistar para tí nuevas tie­rras! ¡Ay, padres, qué motivo de alegría! Veis cómo los conquistadores dejan una parte de sus tropas para guar­dar lo que poseen, y envían a los demás a conquistar nuevas plazas y extender su imperio. Así es como debe­mos obrar nosotros: mantener aquí animosamente las posesiones de la iglesia y los intereses de Jesucristo, y entretanto trabajar incesantemente por realizar nuevas conquistas y hacer que le reconozcan los pueblos más lejanos».

  1. b) Lo que la Iglesia necesita son hombres apostólicos, misio­neros

Vicente de Paúl, que ha reflexionado tantas veces sobre las pérdidas de la Iglesia en Europa, está convenci­do de que lo que necesita la Iglesia es disponer de misio­neros, de hombres que continúen la misión de Jesucris­to, de verdaderos apóstoles.

Al padre Claudio, superior de Saintes, que por lo visto tuvo intención de irse a un monasterio y que escri­bió a Vicente diciéndole que tomaba la determinación de continuar trabajando en la Congregación de la Misión, le escribe el 15 de junio de 1647: «¡Ay!, la Iglesia tiene bastantes personas solitarias, gracias a Dios, y demasiadas inútiles, y otras muchas más que la desgarran. Lo que necesita es tener hombres evangélicos, que se esfuercen en purgarla, en iluminarla y en unirla a su divino esposo; y es lo que usted hace por su divina bondad. Últimamente me sentí muy emocionado, cuando el reverendo prior de la cartuja de Mont-Dieu vino a pasar un día entero en casa durante la ordenación, para ver los ejercicios que entonces hacen, y se conmovió tanto que me dijo palabras tan elogiosas de la felicidad de esta tarea, que la modestia no me permite repetir; y no puedo expresarle los suspiros que daba durante la explicación del pontifical, al oír lo que se decía de los deberes del diácono. Le aseguro que aquel buen padre tiene un espíritu misionero mayor que el mío y que, si se lo permitieran, se saldría de la celda para ir a anunciar a Jesucristo al pobre pueblo y a trabajar por la formación de los sacerdotes.

Trabajemos en ello, padre, con todas nuestras fuerzas, confiando en que nuestro Señor, que nos ha llamado a su manera de vivir, nos hará partícipes de si espíritu y finalmente de su gloria».

Y en carta a Juan Dehorgny: “… son bienaventurados aquellos que pueden coopera en la extensión de la Iglesia por otros lugares».

  1. c) La misión no puede ser abandonada aun cuando lleguen dificultades y hasta la muerte

La misión, que pertenece a la naturaleza misma de la Iglesia, no puede ser abandonada por muchas que sean las dificultades que encuentre para abrirse camino.

En la repetición de oración del 25 de agosto de 1657, Vicente de Paúl enardece el entusiasmo misionero de los suyos. No tiene noticia de los misioneros enviados a Madagascar, pero la dificultad y la muerte son pan coti­diano para el misionero, como lo fueron para el mismo Cristo: «¿Estarán muertos? ¿Vivirán todavía? No lo sabemos. En cualquier estado que estén, roguemos a Dios por ellos. Y aunque fuese verdad que habían muerto, ¿habría que abandonar por ello esta obra, esa tierra que ellos y cuantos les precedieron ya han empezado a roturar? ¡No, Jesús mío, no! ¡Ni muchos menos!… Padres y hermanos míos, no nos extrañemos de esto; por el contrario, consolémonos al ver que Dios quie­re tratar a la compañía como trató a la Iglesia al prin­cipio, cuando acababa de nacer. ¡Qué admirables e incomprensibles para los hombres son los designios de Dios! Vemos cómo el mismo Hijo de Dios era la columna de la Iglesia, y sin embargo he aquí que el Padre eterno quiere que muera. ¿Qué es lo que hace? Escoge a un grupo de personas, a unos apóstoles para establecerla por todo el mundo y esos apóstoles, que eran el sostén de aquella misma Iglesia, quiere Dios que mueran también y que sean todos mártires; y des­pués de ellos suscita a otros. Al ver todo esto, cual­quiera hubiera creído que la voluntad de Dios era abandonar la Iglesia y dejarla completamente arrui­nada; pero fue todo lo contrario, porque la sangre de los cristianos fue la semilla del cristianismo por toda la tierra, y se cuentan hasta treinta y cinco papas seguidos que fueron todos ellos mártires uno después de otro… No podemos abandonar esos sitios; por el contrario, ésto debe ser un motivo para que no lo hagamos, ya que fue ésta la forma como se portó Dios al comienzo de la Iglesia, y es ésto una señal de que su divina Majestad, que obra de este modo, dese seguir estableciéndola en estos países».

2.3. Los ministerios y carismas en la Iglesia al servicio de la Misión

Para Vicente de Paúl todos los ministerios y carisma; en la Iglesia se ordenan a la Misión.

  1. a) El Santo Padre y su solicitud por la Misión

Vicente de Paúl se declara «hijo obedientísimo y devotísimo de la Santa Sede». En carta al Papa Inocen­cio X, el 4 de noviembre de 1650, le expresa su afecte filial, al tiempo que reconoce la misión que cumple en la Iglesia: «Penetrado de gratitud… siempre he albergado la espe­ranza de ir a postrarme a los pies de Su Santidad y a rendirle personalmente el homenaje de mi obedien­cia… Deseo postrarme por la presente a los pies de Su Santidad con los sentimientos profundos de respeto, de humildad y de veneración que debo al Vicario de Jesu­cristo, y de darle cuentas, como es mi obligación, de los trabajos y de la situación de la Congregación de la Misión».

El 16 de agosto de 1652 escribe al mismo Papa Ino­cencio X para solicitar su intervención en favor de la paz. El realismo conmovedor del cuadro que describe nos muestra basta qué punto desea que el mismo Santo Padre descubra el estado lamentable en que se encuentran los pobres y arbitre los medios para su atención:

«Los pueblos no sólo se ven expuestos a las rapiñas y a los actos de bandolerismo, sino incluso a los asesinatos y a toda clase de torturas; los habitantes del campo que no han sido matados por la espada tienen que morir casi todos de hambre; los sacerdotes, a quienes los soldados no tratan con mayor miramiento que a los demás, tra­tados inhumana y cruelmente, torturados y asesinados; las vírgenes son deshonradas; las mismas religiosas expuestas al libertinaje y furor; los templos profanados, saqueados o destruidos; los que quedan en pie se han visto de ordinario abandonados de sus pastores, de forma que los pueblos están casi totalmente privados de sacramentos, de misas y de todo socorro espiritual… No es nada oír y leer estas cosas. Sería menester verlas y comprobarlas con los propios ojos… Santísimo Padre, no cabe más remedio a nuestros males que el que nos puede venir de la solicitud paternal, del afecto y de la autoridad de Su Santidad.

Vicente de Paúl reconoce además las facultades misioneras del Papa, ya que «el Papa es el único que tiene poder para enviar por todo el mundo”.

«Después de lo que he escrito anteriormente, lie ido a celebrar la santa Misa. Se me ha ocurrido el siguiente pensamiento: que, como el poder de enviar ad gentes reside en la tierra únicamente en la persona de Su San­tidad, tiene por consiguiente el poder de enviar a todos los eclesiásticos por toda la tierra, para la gloria de Dios y la salvación de las almas, y que todos los eclesiásticos tienen obligación de obedecerle en esto; y según este principio, que me parece digno de crédito, le he ofreci­do a su divina Majestad nuestra pobre Compañía para ir adonde Su Santidad ordene».

El mismo principio queda formulado en tono más personal en otra carta: «Nos llama para allá el Papa, que es el único que puede enviar ad gentes, y al que es obligatorio obedecer. Yo me siento interiormente inclinado a hacerlo, ante la idea de que sería en vano ese poder que Dios le ha dado a su Iglesia de enviar a anunciar el evangelio por toda la tierra, y que reside en la persona de su jefe, si sus miem­bros no estuvieran obligados por su parte a ir adonde se les envía a trabajar por la extensión del imperio de Jesucristo».

  1. b) Obispos para la Misión

Vicente de Paúl llama a los obispos «hombres apostó­licos» que han sido escogidos

«para dar ciencia al pueblo, mantener a sus ovejas en el bien y conservar la Iglesia sin mancha ni arruga bajo su gobierno pastoral».

Y, al cuidar la selección de los candidatos al episco­pado, destacará las cualidades de que deben estar reves­tidos: celo pastoral unido al testimonio personal, abne­gación por el rebaño, espíritu de humildad y pobreza, mansedumbre, preocupación especial por los más pobres… «a imagen de Jesucristo, el obispo de los obispos y su modelo más perfecto».

  1. c) Los sacerdotes están en la Iglesia al servicio de la Misión

San Vicente no duda en atribuir a los malos sacerdo­tes la causa de algunas de las calamidades de la Iglesia de su tiempo. Animando a sus misioneros al trabajo de la formación de los eclesiásticos, les invita a descubrir: «… la necesidad que tiene la Iglesia de buenos sacerdo­tes, que reparen tanta ignorancia y tantos vicios de los que está cubierta la tierra, y que libren a la pobre Igle­sia de este lamentable estado, por el que las almas bue­nas deberían llorar lágrimas de sangre. Puede ser que todos los desórdenes que vemos en el mundo tengan que atribuírseles a los sacerdotes… La Iglesia no tiene peores enemigos que los sacerdotes. De ellos es de donde han nacido las herejías: testigos son esos dos heresiarcas Lutero y Calvino, que eran sacerdotes; por los sacerdotes es como se han impuesto los herejes, rei­nan los vicios y la ignorancia ha establecido su trono entre el pobre pueblo; y esto por culpa de sus propios desórdenes y por no haberse opuesto con todas sus fuerzas, como tenían obligación, a esos tres torrentes que han inundado la tierra».

En septiembre de 1655, Vicente de Paúl habla a sus misioneros del trabajo con los sacerdotes. Con esta ocasión formula su pensamiento sobre la participación que corresponde a los sacerdotes en la misión de la Iglesia: «Nosotros no somos más que unos pobres hombres, trabajadores y aldeanos, sin proporción alguna con esa misión tan santa, tan eminente y celestial… Salvador mío, queremos contribuir en todo lo que podamos a satisfacer por nuestras culpas pasadas y a mejorar el estado eclesiástico; para eso nos hemos reunido aquí y pedimos tu gracia».

Vicente de Paúl no duda en llamar a los sacerdotes instrumentos de Dios para salvar a otros muchos». Y también: continuadores de la misión de Cristo, instrumentos por quienes el Hijo de Dios continúa haciendo desde el cielo lo que Él hizo en la tierra».

Como podemos apreciar, Vicente de Paúl subraya en el sacerdote el rasgo de continuador, a través de los tiem­pos, de la misión histórica del Hombre-Dios Jesucristo para la salvación de los hombres, sobre todo de los pobres.

  1. Mezzadri ha estudiado las diferencias entre la visión vicenciana del sacerdote y la visión de Bérulle. Los resultados de su investigación nos permiten clarificar la misión que Vicente de Paúl asigna a los sacerdotes en la Iglesia: «Bérulle había fundado una Compañía para rendir homenaje perpetuamente al soberano sacerdocio de Jesucristo. En cambio, Vicente de Paúl en su Congre­gación ha querido más bien rendir homenaje a las nece­sidades de Jesucristo contemplado místicamente en el pobre; y por eso ha dejado la consigna: debemos correr a las necesidades espirituales del prójimo como se corre a apagar el fuego. En Bérulle, el sacerdote renuncia a sí mismo, se anonada para adherirse a Cristo y así realizar una más perfecta glorificación del Padre. Para Vicente de Paúl, anonadamiento y adhesión culminan en el servicio a las almas. El sacerdote pertenece a los pobres en la misma medida en que pertenece a Cristo. El encuentro con los pobres resulta memoria de Jesús, contemporanei­dad con Jesús, fidelidad a Jesús».

Dice Vicente de Paúl en un vibrante texto: «Si los sacerdotes se dedican al cuidado de los pobres, ¿no fue también éste el oficio de nuestro Señor y de muchos grandes santos, que no sólo recomendaron el cuidado de los pobres, sino que los consolaron, anima­ron y cuidaron ellos mismos? ¿No son los pobres los miembros afligidos de nuestro Señor? ¿No son herma­nos nuestros? Y si los sacerdotes los abandonan, ¿quién queréis que les asista?».

  1. d) Los seglares en la Iglesia al servicio de la Misión

Desde la experiencia vivida por Vicente de Paúl en Chátillon, los seglares, y particularmente las mujeres, apa­recen como agentes en la Iglesia al servicio de la Misión.

Vicente de Paúl reconoce que las mujeres no tienen actividad apostólica en la Iglesia de su tiempo, señalando en seguida que no fue así en la Iglesia de los primeros siglos: «Hace ya alrededor de ochocientos años que las muje­res no tienen ninguna ocupación pública en la Iglesia. Antes existían las diaconisas que se preocupaban de poner en orden a las mujeres dentro de la Iglesia y de instruirlas en las ceremonias que entonces se usaban. Pero… en tiempos de Carlomagno, por una disposición secreta de la Providencia, cesó este uso y vuestro sexo quedó privado de toda ocupación».

Vicente de Paúl, que reconoce la situación existente, no la acepta sin embargo. Recuerda que había mujeres al lado de Jesucristo y que desempeñaban un ministerio apostólico: «Entre los que se mantuvieron firmes en seguir a nues­tro Señor había tanto mujeres como hombres, que le siguieron hasta la cruz. Ellas no eran apóstoles, pero formaban un estado cuyo oficio consistía en contribuir al ministerio de los apóstoles, atender a sus necesidades y a las de los fieles necesitados».

Por eso, Vicente de Paúl está convencido de que ha llegado el momento de que las mujeres vuelvan a desem­peñar el ministerio que les corresponde en la misión de la Iglesia: «He aquí que la misma Providencia de Dios se dirige actualmente a vosotras para suplir lo que se necesitaba a fin de atender a los pobres enfermos del Hospital. Algunas respondieron a sus designios y, poco después, otras se asociaron a las primeras. Dios las hizo como madres de los niños abandonados, las jefas del hospital, dispensadoras de limosnas en París… Estas buenas almas han respondido a todo esto con ardor y con fir­meza por la gracia de Vicente de Paúl es consciente de que la participación de la mujer en la misión de la Iglesia encuentra resisten­cias, fundamentadas incluso en algunas expresiones de san Pablo; por lo que Vicente se apresura a declarar que las mujeres que sirven en la misión de la Iglesia están dis­pensadas de toda posible prohibición: «Entrarán en la práctica de la Iglesia primitiva, que consiste en cuidar corporalmente a los pobres, y tam­bién espiritualmente como aquellas diaconisas de la antigüedad les asistían. Al hacer lo cual, tendrán una especie de dispensa de aquella prohibición que les hizo san Pablo en la primera carta a los Corintios: Las muje­res cállense en la Iglesia, pues no se les permite hablar. Y en la primera carta a Timoteo: A la mujer no le per­mito enseñar».

Vicente de Paúl no duda en aplicar a las mujeres en la obra misionera de la Iglesia, en la misma edificación de la Iglesia, con expresiones que no dejan lugar a dudas: «Al asistir a los pobres, ustedes asisten a Dios mismo en ellos, y a Él dan el servicio que hacen por ellos. Hacen ver y sentir la bondad de Dios a través de la suya, y así harán que le den gloria. Cooperan a la sal­vación de esas pobres almas junto con Jesucristo. Edi­fican a toda la Iglesia. Ustedes se edifican mutuamen­te y se encaminan a una unión más íntima con Dios. Borran sus pecados. Van adquiriendo méritos para que Dios les conceda una buena muerte. Estarán en posición de poder tener la cabeza levantada delante de Dios en el día del juicio: «Venid, benditos de mi Padre…».

  1. e) La dicha de la Congregación de la Misión radica en su servicio a la misión en favor de los pobres

La Congregación de la Misión existe para servir a la Iglesia. Así lo expresa con claridad san Vicente: «Humillémonos, pues, hermanos míos, de que Dios haya puesto sus ojos sobre esta pequeña compañía para servir a su Iglesia, si es que puede llamarse com­pañía a un puñado de gente, pobres de nacimiento, de ciencia y de virtud, la escoria, la basura y el desecho del mundo. Todos los días le pido a Dios, tres o cua­tro veces, que nos aniquile si no somos útiles para su gloria.

Dentro de la Iglesia, a la Congregación de la Misión le corresponde la evangelización de los pobres. En la repetición de la oración del 11 de noviembre de 1656, en referencia a san Martín de Tours, cuya memoria celebra la Iglesia en ese día, Vicente de Paúl trata de contagiar a sus misioneros la alegría de saberse en una comunidad dedicada a la misión en favor de los pobres: “… san Martín, aquel gran santo tan venerado en toda la Iglesia; la Iglesia aprecia tanto aquel gran acto de caridad que tuvo con un pobre, cortando la mitad de su capa para dársela y que tuviera con qué cubrirse, que nos los representa montado a caballo y dándole al pobre la mitad de su capa; el mismo nuestro Señor, para demostrar a su servidor cuán agradable le era aquel acto de caridad, se le apareció durante la noche, cubierto con aquella mitad de capa. Esto, padres y her­manos míos, nos hace ver cuánto aprecian Dios v la Iglesia, inspirada y guiada por el Espíritu Santo, la caridad que se practica con los pobres. Hermanos míos, ¡qué felicidad la nuestra de encontrarnos en una compañía que hace profesión de socorrer las necesida­des del prójimo! Caridad en la casa, caridad en el campo por medio de las misiones, caridad con los pobres, y puedo decir que, por la gracia de Dios, no se ha presentado hasta ahora ninguna ocasión de socorrer a los pobres en sus necesidades, que no la haya apro­vechado la compañía».

En la conferencia de 6 de diciembre de 1658, sobre la finalidad de la Congregación de la Misión, repite una y otra vez que no hay vocación más excelente que la de los misioneros al servicio de los pobres: «No hay en la Iglesia de Dios una compañía que tenga como lote propio a los pobres y que se entregue por completo a los pobres para no predicar nunca en las grandes ciudades; y de esto es de lo que hacen Profe­sión los misioneros; lo especial suyo es dedicarse, como Jesucristo, a los pobres. Por tanto, nuestra vocación es una continuación de la suya o, al menos, puede rela­cionarse con ella en sus circunstancias. ¡Qué felicidad, hermanos míos! ¡Y también cuánta obligación de aficionarnos a ella!

… ¿Cómo puede creer, esperar y amar un alma que no conoce a Dios ni sabe lo que Dios ha hecho por su amor? ¿Y cómo podrá salvarse sin fe, sin esperanza Y sin amor? Pues bien, Dios, viendo esta necesidad y las cala­midades que, por culpa de los tiempos, ocurren por negligencia de los pastores y por el nacimiento d0 las herejías, que han causado un grave daño a la Iglesia, ha querido, por su gran misericordia, poner remedio a esto por medio de los misioneros, enviándolos para poner a esas pobres gentes en disposición de salvarse».

Escribiendo a A. Fleury, el 6 de noviembre de 1658, Vicente de Paúl repite que no existe mayor felicidad que vivir en esta vocación y misión: «¡Qué felicidad para usted poder trabajar en lo que Él mismo hizo! Él vino a evangelizar a los pobres y esa es también su tarea y su ocupación. Si nuestra perfección se encuentra en la caridad, como es lógico, no hay mayor caridad que la de entregarse a sí mismo por sal­var a las almas y por consumirse lo mismo que Jesucris­to por ellas. Y a eso es a lo que ha sido usted llamado».

En la conferencia del 30 de mayo de 1659, Vicente de Paúl establece una comparación entre diversos carismas, señalando cuál es la porción propia de la Congre­gación en la misión de la Iglesia: «Todas las comunidades tienden a amar a Dios, pero cada una lo ama de manera distinta: los cartujos por la soledad, los capuchinos por la pobreza, otros por el canto de sus alabanzas; y nosotros, hermanos míos, si tenemos amor, hemos de demostrarlo llevando al pue­blo a que ame a Dios y al prójimo, a amar al prójimo por Dios y a Dios por el prójimo. Hemos sido escogi­dos por Dios como instrumentos de su caridad inmen­sa y paternal, que desea reinar y ensancharse en las almas».

Esta misión no queda reducida a una parroquia o a una diócesis, sino que se extiende al mundo entero: «Nuestra vocación consiste en ir, no a una parroquia, ni solo a una diócesis, sino por toda la tierra; ¿para qué? Para abrasar los corazones de todos los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra para inflamarla de su amor. ¿Qué otra cosa hemos de desear, sino que arda y lo consuma todo?

Esta misión no puede reducirse tampoco a la ense­ñanza doctrinal, sino que comprende también el servicio efectivo: «Puede decirse que venir a evangelizar a los pobres no se entiende solamente enseñar los misterios necesarios para la salvación, sino hacer todas las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el evangelio».

 

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