Vicente de Paúl y la Misión (XIV)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. JESUCRISTO, ENVIADO DEL PADRE, DEDICADO A HACER SU VOLUNTAD

En la experiencia vicenciana aparece con fuerza la relación entre Jesucristo y el Padre. Jesucristo ha sido enviado por el Padre. Jesucristo vive totalmente dedica­do a hacer la voluntad del Padre. Jesucristo vive en con­tinua oración al Padre.

Al repasar las cartas y conferencias de san Vicente de Paúl, descubrimos la importancia que concede al miste­rio de la encarnación del Hijo de Dios, como descenso desde el Padre para la salvación de los hombres.

En la repetición de la oración del 11 de noviembre de 1657, exclama Vicente de Paúl: «¿Qué es lo que hizo el Hijo de Dios? Dejó el seno de su Padre eterno, lugar de su reposo y de su gloria. ¿Y para qué? Para bajar aquí, a la tierra, entre los hombres, para instruirles por medio de sus palabras y de su ejemplo, para librarles de la cautividad en que estaban y redimirles».

Al acercarse la fiesta de Navidad, escribe a un misio­nero: «Por aquí no tenemos más novedad que el misterio que se nos acerca y que nos hará ver al Salvador del mundo como anonadado bajo la forma de un niño. Espero que nos encontraremos juntos a los pies de su cuna para pedirle que nos lleve tras él en su humillación».

En la conferencia celebrada con las Hijas de la Caridad el 11 de diciembre de 1644, una de las hermanas resume lo que ella ha meditado y reflexionado siguiendo la explicación de san Vicente de Paúl: «Padre, he considerado que el día en que abandonó el seno de su Padre, el Hijo de Dios dejó también sus delicias para sujetarse a las penas y sufrimientos».

Este descenso de Cristo desde el seno del Padre lo entiende Vicente de Paúl como expresión del amor pro­fundo de Cristo para con su Padre. En la conferencia a los misioneros del 13 de diciembre de 1658, Vicente parece emocionarse ante la contemplación de Cristo que desciende del Padre: «¡Salvador mío, cuán grande era el amor que tenías a tu Padre! ¿Podía acaso tener un amor más grande, herma­nos míos, que anonadarse por él? Pues san Pablo, al hablar del nacimiento del Hijo de Dios en la tierra dice que se anonadó (Flp 2, 7). ¿Podía testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor de la forma en que lo hizo? ¡Oh, amor de mi Salvador!».

La venida de Cristo a la tierra no ha tenido otro obje­tivo que el cumplimiento de la voluntad del Padre. Es el Padre quien ha enviado a su Hijo al mundo. Y el Hijo vive como enviado del Padre y todo lo hace en referencia al Padre.

A las Hijas de la Caridad, les muestra Vicente de Paul, en la conferencia del 11 de diciembre de 1624, que el Hijo de Dios no tuvo ninguna otra preocupación que la voluntad del Padre: «El Hijo de Dios, por hacer la voluntad de Dios su Padre, no tenía ningún apego a las criaturas, ni excesi­va preocupación por las necesidades corporales, y no buscaba en todo más que el cumplimiento de esa santa voluntad, que era el alimento y la ley de todas sus acciones».

Y en la conferencia del 14 de julio de 1650 seguirá insistiéndoles para animarlas a vivir como Jesucristo en fidelidad a la voluntad del Padre: «Como se ha dicho, nuestro Señor no vino a este mundo nada más que para cumplir la voluntad de Dios… Así pues, Jesucristo no vino al inundo más que para cumplir la voluntad de su Padre, y durante toda su vida no hizo otra cosa, y la Hija de la Caridad que tiene que formarse sobre el modelo de Jesucristo, ¿querrá hacer algo distinto de la voluntad de Dios?».

La contemplación de la fidelidad de Cristo a la voluntad del Padre es una invitación permanente a vivir en esas mismas disposiciones. Insiste en la conferencia a las Hijas de la Caridad del 29 de septiembre de 1655: «El Hijo de Dios no hizo otra cosa en la tierra más que la voluntad de su Padre; siguió toda su vida las reglas de su divino Padre, aun cuando no las tuviese por escrito; porque las sabía antes de venir al mundo y se ofreció a venir a cumplirlas. Y las observó perfectamente en todas las cosas, pues no hizo nunca más que lo que sabía que era conforme a ellas y lo que era agradable a Dios».

Hablando a los misioneros el 15 de octubre de 1655, Vicente de Paúl presenta la venida de Cristo a la tierra señalando como única finalidad hacer la voluntad de su Padre: «Nuestro Señor no vino a la tierra más que para esto, para hacer la voluntad de Dios su Padre, llevando a cabo la obra de nuestra redención; en esto consistían sus delicias, en hacer la voluntad de Dios su Padre».

Y el 6 de enero de 1657: «En una palabra, puede decirse que toda su vida fue un continuo trabajo para hacerse cada vez más agradable a su Padre».

El 13 de diciembre de 1658, Vicente de Paúl presen­ta a los misioneros el espíritu de Jesucristo, espíritu de estima al Padre, a quien refiere cuanto hace en la tierra: «Pero ¿qué es el espíritu de nuestro Señor? Es un espí­ritu de perfecta caridad, lleno de una estima maravillo­sa a la divinidad y de un deseo infinito de honrarla dig­namente, un conocimiento de las grandezas de su Padre, para admirarlas y ensalzarlas incesantemente. Jesucristo tenía de él una estima tan alta que le rendía homenaje en todas las cosas que había en su sagrada persona y en todo lo que hacía: se lo atribuía todo a él; no quería decir que fuera suya su doctrina, sino que la refería a su Padre: Doctrina mea non est mea, sed ejus qui misit me Patris. ¿Hay una estima tan elevada como la del Hijo, que es igual al Padre, pero que reconoce al Padre como único autor y principio de todo el bien que hay en él?».

En la conferencia a los misioneros del 7 de marzo de 1659, dedicada a la conformidad con la voluntad de Dios, Vicente de Paúl comenta ampliamente las palabras de Jesús: Mi alimento es hacer la voluntad del Padre que me envió. Se dirige a su auditorio, pero se diri­ge a Cristo en exclamaciones repetidas que encienden los ánimos de cuantos le escuchan: «La norma de nuestro Señor era cumplir la voluntad de su Padre en todo, y dice que para ello bajó a la tierra, no para hacer su voluntad, sino la del Padre. ¡Oh Salvador! ¡Qué bondad! ¡Cuánto brillo y esplendor das al ejercicio de tus virtudes! Tú eres el rey de la gloria, pero vienes a este mundo con la única finalidad de cumplir la voluntad del que te ha enviado. Ya sabéis, hermanos míos, cómo anidaba este afecto sagrado en el corazón de nues­tro Señor. Cibus meas est, decía, ut faciam voluntatem ejus qui misit me: lo que me alimenta, me deleita y me robustece es hacer la voluntad de mi Padre.

Mi comida es hacer su voluntad y llevar a cabo su obra. Tu gusto, Salvador del mundo, tu ambrosía y tu néctar es cumplir la voluntad de tu Padre».

Con razón puede afirmar J. I. F. Mendoza que «las actitudes más acentuadas por Vicente de Paúl sobre la práctica del Hijo de Dios encarnado en relación con el Padre son: la obediencia, la humildad, la confianza y la búsqueda en todo momento de cuál sea la voluntad del Padre».

Cristo, el Misionero del Padre, el que ha descendido desde el cielo para hacer la voluntad del Padre que le envió, ha vivido en diálogo permanente con Dios Padre. San Vicente de Paúl destaca que Nuestro Señor era un hombre de oración: «Nuestro Señor era hombre de grandísima oración; desde sus primeros años se apartaba de la santísima Vir­gen y de san José para hacer oración a Dios, su Padre. Y durante toda su vida de trabajo era siempre muy pun­tual y fiel en hacerla. Se le veía ir expresamente a Jeru­salén, se aislaba de sus discípulos para orar, y no se reti­raba al desierto más que para eso. ¡Dios mío! ¡Cuántas veces se echaba al suelo con la faz en la tierra! ¡Con cuánta humildad se presentaba a Dios su Padre cargado con los pecados de los hombres! Finalmente, hizo ora­ción hasta verse totalmente agotado por el ayuno al que quiso sujetarse. Su continuo y principal ejercicio era la oración. La noche de su pasión se separó una vez más de sus discípulos para orar, y se dice que se retiró al huer­to, adonde iba con frecuencia a hacer oración. Y allí la hizo con tanto fervor, con tanta devoción, que su cuer­po, por los esfuerzos que hacía, sudó sangre y agua».

Y, de la misma manera que Vicente de Paúl ha visto relacionada la oración de Cristo con su misión en la tie­rra, no duda en presentar la oración en conexión con la misión. Los misioneros deben descubrir la eficacia apostólica de la oración, esa oración que alimentó la misión de Cristo: «Una cosa importante, a la que usted debe atender de manera especial, es tener mucho trato con nuestro Señor en la oración; allí está la despensa de donde podrá sacar las instrucciones que necesite para cumplir debidamente con las obligaciones que va a tener. «Dadme un hombre de oración y será capaz de todo; podrá decir con el apóstol: Puedo todas las cosas en Aquél que me sostiene y me conforta. La congregación de la Misión durará mientras se practique en ella fiel­mente el ejercicio de la oración, porque la oración es como un reducto inexpugnable que pondrá a todos los misioneros al abrigo de cualquier clase de ataques; es un arsenal místico, o como la torre de David, que les proporcionará toda clase de armas, no sólo para defenderse, sino también para atacar y derrotar a todos los enemigos de la gloria de Dios y de la salvación de la: almas».

«Un doctor que no tiene más que su doctrina, habla de Dios de la forma que le ha enseñado su ciencia; pero una persona de oración habla de él de una manera muy distinta… La oración es la fuente de todas las ciencias.

«La oración es un gran libro para un predicador; por medio de ella podrá sacar usted las verdades divinas de Verbo eterno, que es su fuente, para repartirlas después entre el pueblo. Es de desear que todos los misioneros aprecien mucho esta virtud, ya que sin su ayuda conse­guirán poca o ninguna ventaja, mientras que con ello pueden estar seguros de que tocarán los corazones. Pido a Dios que nos dé a todos ese espíritu de ora­ción».

«La oración es como el maná de cada día que baja del cielo».

Despensa, maná, gran libro para un predicador, arsenal… todas las comparaciones sugieren el valor misionero, apostólico, de la oración, porque la oración es lo que ha animado a Jesucristo Misionero del Padre y será también lo que animará la misión de quienes le siguen.

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