- LAS HIJAS DE LA CARIDAD AL SERVICIO DE LA MISIÓN
5.1. De las Cofradías de la Caridad a las Hijas de la Caridad
En torno a 1624-1625 Vicente de Paúl conoce a Luis de Marillac. El encuentro de Vicente de Paúl con Luis de Marillac «tiene una repercusión incalculable, ya que determinó una revolución en el ejercicio de la caridad a cargo de las mujeres, y asoció para siempre la vida de perfección del claustro con la vida activa al aire libre y a todo viento; comprometió para siempre a la opinión pública, primero en Francia y después en el mundo entero, a prestar atención a los desgraciados, dando nacimiento a la instituciones sociales modernas».
Durante los años 1625 a 1629, que los biógrafos llaman «años de viudez», Luisa de Marillac prepara manteles y camisas para las Caridades. Realiza también pinturas, como el Señor de la Caridad. Y aloja en su casa a algunas jóvenes venidas de provincias por encargo de Vicente de Paúl.
En mayo de 1629, Luisa comienza una nueva misión: la visita a las Cofradías de la Caridad que Vicente de Paúl y sus misioneros han ido estableciendo en los lugares que misionaban. Éste es el solemne envío misionero de parte de Vicente de Paúl: «Señorita: le envío las cartas y la memoria que serán menester para su viaje. Vaya, pues, señorita, en nombre de Nuestro Señor. Ruego a su divina bondad que ella le acompañe, que sea ella su consuelo en el camino, su sombra contra el ardor del sol, el amparo de la lluvia y el frío, lecho blando en su cansancio, fuerza en su trabajo y que, finalmente, la devuelva con perfecta salud y llena de obras buenas».
En este primer envío, Luisa visita las Cofradías de Montmirail. Posteriormente visitará Saint-Cloud, Ville-preux, Attichy, Montmirail, Beauveais (1630); Mon-treuil, Bergéres, Loisy, Montmirail, Le Mcsnil (1631); Champigny, Villeneuve, Crosnes, Serain, Crigny, (1632); Verneuil, Gournay, Villeneuve, Vincennes (1633).
Esta experiencia lleva a Luisa de Marillac a fundar Cofradía de la Caridad en las parroquias de París. El 1630, funda la Caridad en su parroquia de San Nicolás de Chardonnet, de la que es su primera presidenta, y después organiza la Caridad en otras parroquias de la ciudad.
Pronto las parroquias de París comenzaron a necesitar personas dispuestas a realizar determinados trabajos (llevar el puchero, limpiar…) que las señoras de las Cofradías iban descuidando.
Es entonces cuando la Providencia suscita a Margarita Naseau, natural de Suresnes, a quien Vicente de Paúl no duda en llamar la primera Hija de la Caridad.
«En las misiones, me encontré con una buena joven aldeana que se había entregado a Dios para instruir a las niñas de aquellos lugares. Dios le inspiró el pensamiento de que viniese a hablar conmigo. Le propuse el servicio de los enfermos. Lo aceptó en seguida con agrado, y la envié a San Salvador, que es la primera parroquia de París donde se ha establecido la Cari-dad».
Y añade, como recreándose en los detalles: «Era una pobre vaquera sin instrucción que había aprendido a leer y escribir a costa de una gran tenacidad, pues apenas tuvo maestro o maestra fuera de Dios… Después instruía a otras muchachas de su pueblo, y por fin decidió ir de una aldea a otra, con otras dos o tres compañeras que ella había formado, para instruir a la juventud… Dios la llamó al servicio de los pobres enfermos de París, y aunque se sentía muy inclinada a proseguir el camino de la instrucción de la juventud, abandonó esa ocupación para abrazar otra que tenía por más perfecta y necesaria… Cuando fundamos allí la Caridad, se aficionó tanto a ella que me dijo: ‘Me gustaría servir a los pobres de esta forma…
Entonces hicimos que viniese esa joven y la pusimos bajo la dirección de la señorita Le Gras… Vino, pues, a San Salvador y la señorita Le Gras le enseñó a utilizar remedios y a hacer todos los servicios necesarios…
Dios quería que fuese la primera Hija de la Caridad, servidora de los pobres enfermos de París, la primera que tuvo la suerte de entrenar a las demás en el modo de enseñar a las jovencitas y de cuidar a los pobres enfermos”.
Margarita murió prematuramente en febrero de 1633, tras contraer la peste por acostarse junto a una niña enferma que atendía. Pero otras jóvenes aldeanas iban ofreciéndose para continuar la labor. La señorita Le Gras las prepara en el servicio y las va distribuyendo en las Caridades donde las necesitan. Y es así como decide reunir en su casa, después del tiempo de espera que impone el señor Vicente, a las buenas muchachas del campo «deseosas a la vez de servir a los pobres y de ser de Dios». Es el 29 de noviembre de 1633. Nace la Compañía de las Hijas de la Caridad.
Tanto Vicente de Paúl como Luisa de Marillac se convirtieron en personas carismáticas. Fueron capaces de proponer a los demás su experiencia-revelación, encontrando una respuesta de seguimiento entre la gente. La misión y la caridad constituían una respuesta adecuada a las injusticias que sufrían los hombres y a la necesidad de salvar a los más necesitados.
5.2. Las Hijas de la Caridad al servicio de la Misión
- a) De las «Hijas de la Caridad» a la «Compañía de las Hijas de la Caridad»
Desde aquel 29 de noviembre de 1633, fecha en que Luisa de Marillac comenzó a vivir junto a cuatro muchachas que querían entregarse al servicio de los pobres, hasta 1646, las Hijas de la Caridad son oficialmente miembros de las Cofradías de la Caridad. Aún no existe ninguna vinculación jurídica que las comprometa de por vida. Las actividades que realizan caen bajo la jurisdicción de los párrocos. Vicente y Luisa ejercen una autoridad que las propias chicas les atribuyen; libremente se han avenido a que dispongan de ellas y las destinen a donde la caridad las reclame.
«El marco jurídico de la Compañía es lo bastante amplio como para permitir esta libertad de acción y dirección. Durante este período san Vicente no busca consentimientos ni pide autorizaciones. Se contenta con obrar. Deja que la vida se manifieste y siga su curso. Deja que el fin a alcanzar indique los medios a seguir».
Aunque las diferencias con los miembros de las Cofradías van manifestándose cada vez más claramente, los documentos de estos primeros años siguen utilizando el término de «Cofradía» para referirse a las primeras Hijas de la Caridad.
En verano de 1645 Vicente de Paúl pide para las Hijas de la Caridad una existencia jurídica distinta a las de las Cofradías de la Caridad. Solicita al arzobispo de París que esta pequeña Compañía de sirvientas de los pobres sea erigida institucionalmente como una nueva Cofradía.
Los estatutos de la nueva Cofradía precisan que el fin es: «Honrar la caridad de nuestro Señor, patrono de la misma, asistiendo a los pobres enfermos de las parroquias y de los hospitales, a los forzados y a los pobres niños expósitos, corporal y espiritualmente».
El 18 de enero de 1655 Juan Francisco Pablo de Gondi, cardenal de Retz y arzobispo de París, aprueba la Compañía de las Hijas de la Caridad, aunque todavía
se habla en este documento de cofradía o asociación particular.
La aprobación Real llegará en noviembre de 1657 y la ratificación del Parlamento un año después, en diciembre de 1658. En estos documentos sigue que dando clara la misión que han de desarrollar estas hermanas. El mismo título que se les da: «sirvientas de los pobres de la caridad», manifiesta la vocación a la que son llamadas.
- b) De los primeros Reglamentos a las Reglas Comunes
Pocos meses después de la «fundación» de la Compañía, el 31 de julio de 1634, Vicente de Paúl explicaba las doce hermanas que le rodeaban: «Mis buenas hijas, os decía, el último día que os hablé que hace algún tiempo estáis reunidas para vivir con un ideal común, y que, sin embargo, todavía no habéis tenido ningún reglamento que ordene vuestra manera de vivir. La divina Providencia os ha conducido en este como condujo a su pueblo que, desde la creación, estuvo más de mil años sin ley».
En esta conferencia, que es la primera que conservamos de Vicente a las Hijas de la Caridad, se ofrecen algunos puntos referentes a la vida de perfección que han de llevar las hermanas, para «honrar el designio de Dios» y para cumplir la misión confiada a la Compañía. Este texto de 1634 sería el Primer Reglamento del que teneos constancia. Comprende un horario detallado de la jornada. Vicente va motivando cada una de las acciones a partir de la finalidad de la Compañía: el servicio a Dios en los pobres.
Luisa de Marillac apremia a Vicente para que escriba las Reglas. Vicente de Paúl, ya en la conferencia de 5 de julio de 1640, indica que está en ello: «Tenemos que revisar vuestro Reglamento, para que, aún cuando estéis en diversos lugares, vuestros ejercicios, vuestras oraciones… se hagan por todas…».
En diciembre de 1639 las Hijas de la Caridad se habían establecido en el hospital de la ciudad de Angers. Para ésta y otras comunidades alejadas de París, Vicente de Paúl y la señorita Le Gras prepararon, tras años de reflexión, el llamado «Reglamento de 1645». Los fundadores deseaban que este Reglamento fuese un «proyecto de vida» para las hermanas, al que pudieran acudir como punto de referencia.
El reglamento destaca la finalidad de la misión como servicio a nuestro Señor en sus miembros: «La cofradía de jóvenes y viudas sirvientas de los pobres de la caridad será instituida para honrar la caridad de nuestro Señor, patrono de la misma, con los pobres enfermos de los lugares en donde estén establecidas o donde se las envíe, sirviéndoles según las normas que les den las damas oficialas de la caridad de las parroquias en que estén, corporal y espiritualmente: corporalmente, preparándoles y llevándoles la comida y las medicinas; y espiritualmente, procurando que lo moribundos salgan de este mundo en buen estado que los que sanen hagan el propósito de vivir mejor en adelante».
También destaca la caridad como prioridad misionera. Lo primero que nuestro Señor les pide es que le amen sobre todas las cosas y que hagan todas sus acciones por amor a Él; y lo segundo que se quieran entre sí como hermanas que Él ha unido con el vínculo de su amor, y a los pobres enfermos, como a señores suyos, ya que nuestro Señor está en ellos y ellos en nuestro Señor.
Cada vez que un nuevo grupo de Hijas de la Caridad es enviado en misión, se hace necesario un reglamento especial, adaptado a los lugares y al servicio que corresponda, tal es el caso de Chantilly Le Mans… En tales ocasiones, empieza Vicente por hacer ver que es Dios quien las llama a aquel lugar, que tienen que «darse a Él», para imitar a Jesucristo quien, el primero, hizo aquello que ellas van a hacer; qué virtudes son más necesarias para conseguirlo…
«Se acordarán de que llevan el nombre de sirvientes de los pobres que, según el mundo, es uno de los oficios más bajos, a fin de mantenerse siempre en la baja estima de sí mismas, rechazando con prontitud el más pequeño sentimiento de vanagloria que pase por su espíritu, por haber oído hablar bien de lo que hacen, convencidas de que es a Dios a quien se le debe todo honor, ya que sólo Él es el autor de todo bien.
Y como sus ocupaciones son de ordinario muy penosas, y los pobres a los que sirven son algo difíciles de tratar, hasta el punto de que a veces tienen que recibir reproches de ellos a pesar de que hacen todo lo que pueden por atenderles mejor, procurarán con todas sus fuerzas tener una buena provisión de paciencia y pedirle todos los días a nuestro Señor que les dé abundancia de virtud y les haga participar de la paciencia que Él practicó con quienes le calumniaban, abofeteaban, flagelaban y crucificaban.
Serán muy fieles y cumplidoras en la observancia del presente reglamento y también de las loables costumbres y la forma de vivir que han guardado hasta el presente, sobre todo de las que se refieren a su propia perfección.
Se acordarán, sin embargo, que siempre hay que preferir a sus prácticas de devoción el servicio a los pobres y las demás ocupaciones, siempre que la necesidad o la obediencia las llame a ellas; pensarán que, al obrar de este modo, dejan a Dios por Dios».
Con la aprobación de la Compañía por el cardenal de Retz, el 18 de enero de 1655, aparece de nuevo el reglamento, que no difiere del de 1645 sino en ligeros detalles.
Aunque desde el mes de agosto de 1655 hasta s muerte Vicente va explicando las Reglas, artículo pc artículo, será su sucesor el P. Renato Almeras quien el año 1672, se encargará de recopilar y presentar en un documento definitivo las Reglas Comunes que marcarán en adelante la vocación y misión de las Hijas de Caridad.
«El fin principal para el que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad es para honrar a nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en persona de los Pobres…».
Quizá nada mejor para definir el fin y la misión de la Hija de la Caridad que las claras palabras de Vicente de Paúl: «Si os llevan a ver al obispo de esa diócesis, le pediré su bendición; le diréis que queréis vivir totalmente bajo su obediencia y que os entregáis totalmente a él para servicio de los pobres, ya que para esto habéis sido enviadas.
Si os pregunta qué sois, si sois religiosas, le diréis que no, por la gracia de Dios, y que no se trata de que n estiméis a las religiosas, pero que si lo fueseis, tendría que estar encerradas y que por consiguiente tendría que decir: adiós al servicio de los pobres.
Decidle que sois unas pobres Hijas de la Caridad, que os habéis entregado a Dios para el servicio a los pobres…».
Esta frase sintetiza bien cuanto expresan los diversos reglamentos y reglas. La premisa indispensable de la misión es saberse «entregadas a Dios», y la finalidad que la orienta «para el servicio a los pobres».
- c) Las Hijas de la Caridad viven al servicio de la Misión
El servicio a los pobres para las Hijas de la Caridad está definido como anuncio del Evangelio y como misión. Así se lo decía Vicente de Paúl en una conferencia el 5 de julio de 1640: «Para ser verdaderas Hijas de la Caridad, hay que hacer lo que hizo Dios en la tierra. ¿Y qué es lo que hizo principalmente?… trabajó continuamente por el prójimo, visitando y curando enfermos, instruyendo a los ignorantes para su salvación. ¡Qué felices sois, hijas mías, por haber sido llamadas a una condición tan agradable a Dios!».
En esta misma conferencia, Vicente da cuenta de la diferencia fundamental entre las Cofradías y las Hijas de la Caridad. Mientras que en las Cofradías el servicio era asumido como un aspecto parcial de la vida del cristiano, para las Hijas de la Caridad este mismo servicio exigía una entrega total a la misión que Dios le encomendaba: «Ser Hijas de la Caridad, es ser hijas de Dios, hijas qui pertenecen por entero a Dios, pues el que está en la caridad está en Dios, y Dios en él. Hay que cumplir enteramente la voluntad de Dios…».
Desde Chátillon, Vicente de Paúl daba a las mujeres de las Cofradías reglas muy concretas para el servicio corporal y espiritual que tenían que desempeñar a la cabecera de los pobres enfermos. En las conferencias que dirige a las Hijas de la Caridad no se cansa de insistir en la unión que existe entre el servicio corporal y el servicio espiritual, entre caridad y misión. Exige sencillamente de las Hermanas que su servicio sea total.
«No estáis solamente para su cuerpo, sino para ayudar les a salvarse».
También Luisa de Marillac recuerda a las Hermana enviadas a Arras, que van allá «para servir a los pobres corporal y espiritualmente»
Dar un plato de sopa y cuidar que un enfermo esté en gracia de Dios forman parte del único servicio apostólico de la Hija de la Caridad.
Esta misión para con los pobres parte del mismo Dios. Vicente de Paúl lo decía así el 18 de octubre de 1655: «Es Dios el que os ha encomendado el cuidado de sus pobres y tenéis que portaros con ellos con su mismo espíritu, compadeciendo sus miserias y sintiéndolas en vosotras mismas».
El servicio adquiere toda su densidad en el envío en misión; Dios es quien encomienda la tarea, quien envía al servicio. La Hija de la Caridad actúa en nombre de Dios y al modo de Dios. Y los pobres sólo pueden esperar y tienen derecho a esperar un trato digno de Dios, una vida que es expresión del amor real de Dios a ellos. Los pobres son los destinatarios de la misión asumida por sus siervas, las Hijas de la Caridad.
En los últimos años de su vida, en la conferencia del 4 de marzo de 1658, Vicente señala que la misión de las Hijas de la Caridad está estrechamente unida al nombre que el mismo pueblo les ha asignado: «Cuando os entregasteis a Dios para servir a los pobres… recibisteis este nombre [de Hijas de la Caridad] que os ha dado el mismo Dios. Por consiguiente, tenéis que vivir en conformidad con el nombre que lleváis, puesto que es Dios el que ha dado este nombre a la Compañía; pues no ha sido ni la señorita Le Gras, ni el padre Portail, ni yo tampoco quienes os hemos llamado Hijas de la Caridad. Fijaos que ha sido el pueblo el que, al ver lo que hacéis y el servicio que nuestras primeras hermanas hacían a los pobres, os dieron este nombre, que ha quedado como propio de vuestras tareas».
En los textos vicencianos aparece claro que la misión de las Hijas de la Caridad es continuación de la misión de Cristo. San Vicente recuerda a las Hermanas que es el Señor quien se está sirviendo de la Compañía para manifestar hoy su amor a los pobres.
«Y entonces vinieron, hijas mías, esos pobres niños abandonados, que no tenían a nadie que se cuidara de ellos; y Nuestro Señor se quiso servir de la Compañía para cuidarles, por lo que le doy las gracias a su bondad».
Desde el primer momento, Vicente de Paúl ha visto la figura de la Hija de la Caridad como una prolongación de la de Jesucristo, y su trabajo por los pobres como una continuación de la misión redentora y evangelizadora de Jesucristo: «¡Qué felicidad que Dios os haya escogido para continuar la obra de su Hijo en la tierra!».







