Vicente de Paúl y el juicio de los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: José María Ibáñez Burgos, C.M. · Year of first publication: 1978 · Source: Vincentiana.
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I. – Introducción

A la mirada de los cristianos, esclarecida por la luz profética y evangélica, por la persona de Cristo, la exigencia de pobreza se refleja primordial para acceder al centro de la fe y los pobres se revelan los testigos privilegiados del porvenir del hombre en la historia, tal y como ha sido revelado en la plenitud del misterio de Cristo.

A su vez, los movimientos políticos más o menos revolucionarios marxistas o no, milenaristas o no— deseosos de construir el futuro de los hombres, cifran las esperanzas en los pobres y por eso se centran en ellos. Este futuro, afirman ininterrumpidamente, no se podrá obtener si los pobres no obran eficazmente. Para ello se requiere que estos cobren conciencia de su situación «alie­nante «, comprometan su pensamiento en la acción y actúen, si es preciso, por la violencia revolucionaria.

Digámoslo brevemente. Cada vez que en el correr de la historia se fija la mirada en la pobreza, es el porvenir del hombre lo que está en juego, en juicio. Cada vez que se centra el interés en los pobres, es el sentido del hombre lo que está en proceso. Pobreza y pobres apelan a la conciencia humana —cristiana o no– para descubrir y orientar el sentido de la esperanza, para afrontar el porvenir del hombre, programado en los móviles y doctrinas de la acción política de los partidos revolucionarios o inscrito en el programa del «Reino de Dios » y en las «Biena­venturanzas «.

Este juicio y este proceso ayudan a desterrar el centrar la pobreza y a los pobres en una visión, en una opción, moralistas y legalistas, orientadas en orden al «tener «, al «poseer «. Al mismo tiempo abren a una y a otros a la luz profética y a la luz evangélica, al sentido de la Creación y al movimiento de la Encarnación, a la dimensión socio-económico-política y al sentido de la existencia del hombre, a la solidaridad humana y a la fraternidad evangélica. Solo así se pueden hacer inteligibles el dinamismo de la vida y el dinamismo del Evangelio en orden al objetivo de todo proyecto humano. El hombre —cristiano o no, revolucionario o no— debiera cobrar conciencia de que, a través de la «construcción del mundo en la economía de la Creación » y a través de la «Encarnación liberadora en la economía mesiá­nica «, la pobreza instaura una crítica radical del «tener «, del «poder «. Esta crítica intenta suprimir la dominación y, en con­secuencia, el servilismo en las relaciones humanas. No obstante, la contextura interna, la columna vertebral, de la pobreza no se centra en el tener, en el poseer, en el uso y abuso de los bienes de este mundo. Su línea de fuerza, por el contrario, abre a la «luz del mundo» (Jn 8, 12) para realizar una crítica en lo más genuino de la existencia humana.

Nos es fácil percibir —a pesar de la diferencia de las coorde­nadas socio-culturales y religiosas, de la diversidad de sensibilidad y de registro de expresión, del siglo XVII y del mundo de hoy— que estas cuestiones planteadas implican la preocupación mayor de Vicente de Paúl. Ellas se relacionan con un aspecto, cuya importancia es capital en la espiritualidad vicenciana: el juicio de los pobres.

II. – Concienciación

Conscientes de que la «Buena Nueva» traída por Jesucristo no se confunde con ninguno de los proyectos sociales —políticos, económicos— sea quien sea el grupo de hombres que los pro­clamen, sino que los supera a todos, pero sabedores también con Péguy de que «lo espiritual está corriendo en el cauce de lo temporal», se trata de buscar en la inteligencia de la fe la luz que ilumina el verdadero rostro de los pobres y esclarece la significación de la pobreza.

Al hablar de pobreza, dos preocupaciones deben orientar nues­tro espíritu. Esta doble preocupación no solo nos vacuna contra la hipocresía, que quiere recuperar con palabras la carencia que existe en la vida, sino que nos ayuda a abordar constantemente a la pobreza y a los pobres en una perspectiva evangélica, en el misterio de Cristo. Si ambas preocupaciones renacen continua­mente, es porque ellas mismas se reinventan incesantemente, al mismo tiempo que abren el espíritu del hombre a una búsqueda continua y lo transforman.

La primera preocupación es un deseo de realismo objetivo

La pobreza no puede ser abordada con palabras ni a nivel de hechos materiales. Palabras y hechos deben ser insuficientes. Es evidente que no se puede abordar la pobreza más que con pala­bras alusivas, que se refieren a la vez al misterio de Cristo, de la Iglesia, de cada cristiano, de cada hombre. En esta perspectiva podemos comprender la significación de la divisa de Vicente de Paúl: «nada me agrada si no es en Jesucristo» y la confesión de Pascal: «amo la pobreza porque Él la amó».

La segunda preocupación es un deseo de realismo subjetivo

Quien habla de pobreza, debe alimentar su lenguaje con una experiencia de la fe, más exactamente, de la experiencia de la pobreza como una verdad de la fe. De lo contrario sus palabras no tienen ninguna consistencia. Esto quiere decir que la pobreza no es un dato aislado, sino que introduce en la verdadera vida cristiana, en la vida de Cristo. Dos pensamientos de Pascal nos dan la clave, más exactamente, la luz que nos permite acceder a otro orden del conocimiento: «solo conocemos a Dios por Jesucristo» y añade: «no solamente no conocemos a Dios más que por Jesucristo, sino que no nos conocemos a nosotros mismos más que por Jesucristo; solo conocemos la vida y la muerte por Jesucristo. Fuera de Jesucristo no sabemos qué es nuestra vida ni nuestra muerte, ni qué es Dios, ni qué somos nosotros mismos».

Estas dos preocupaciones impulsan al cristiano a abordar a la pobreza evangélica, cristiana, a través de la participación en el misterio de Cristo. Esta participación le hará estar atento a la inteligencia de su fe y le impedirá endulzar, suavizar, pulir lo abrupto y la aspereza de los términos evangélicos, su paradoja. El cristiano participará en el combate por la justicia y la promo­ción de todos los hombres, de todo el hombre, por hacer más habitable la tienda de Dios en este mundo, pero en este terreno de diálogo, de encuentro, con el increyente, velará por no oscurecer la luminosidad de la fe, por no desvirtuar el sabor de la sal evangélica, en el afrontamiento del misterio. Solo entonces podrá dar a los textos evangélicos su vitalidad, su palpitación, su radicalismo.

III. – El sentido de la pobreza y de los pobres se revela en Dios y a través de Jesucristo

Para llegar a descubrir el sentido de la pobreza, de los pobres, es necesario referirse al movimiento de la Encarnación de Cristo. Este mesías, es Dios encarnado en la historia. Por esta encarna­ción, a través de este movimiento de «anonadamiento», Jesu­cristo es un ser histórico y al mismo tiempo el «prototipo su­premo de toda pobreza». De una pobreza que no afecta solo al tener sino al ser de su humanidad. Dios se revela en la pobreza a través de Jesucristo.

El rostro de Cristo, que debe imantar nuestra atención, es­clarecer nuestra mirada, orientar nuestra acción, es el descubierto por san Pablo en dos textos, suficientemente claros y excesiva­mente ricos.

En la carta a los cristianos de Filipos escribe: Cristo, «exis­tiendo en la forma de Dios, no juzgó tesoro codiciable mantenerse igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz » (Fil 2,6-8). En la «kenosis» de su encarnación, Cristo nos enseña hasta donde llega su amor por los hombres y hasta donde le conduce su participación en la miseria humana. Por eso en su descenso llega hasta la muerte y experimenta en ella lo más profundo de la pobreza radical, de la soledad y de la limita­ción humanas.

El himno de Filipenses está introducido por estas palabras: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús » (Fil 2,5). Introducirse en este movimiento de encarna­ción, es comprometerse en un proceso de transformación, de liberación, de salvación. Este compromiso consiste en descender hasta lo más bajo, hasta ponerse a existir con los pobres a través de un movimiento, de una actitud, de un comportamiento de anonadamiento.

El otro texto de san Pablo se encuentra en una de sus cartas a los fieles de Corinto: «Conocéis la generosidad de Nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza » (2 Cor 8,9). Cristo renuncia a su riqueza divina para enriquecer a los hombres. Su ser de hombre se encuentra en una dependencia fundamental del Verbo. Solo por la comunión con este movimiento de empobreci­miento de Cristo, a través de todo el ser del hombre, el cris­tiano puede llegar a descubrir el sentido de la pobreza evangé­lica, cristiana y a participar en ella.

Esta dos disposiciones de Cristo son explicadas por san Juan en su evangelio. Jesús se declara fundamentalmente dependiente. No solo afirma que no puede hacer nada por su cuenta (cf. Jn 5,19.30), sino que no busca su gloria (cf. Jn 7,18; 8,50) ni hacer su voluntad (cf. Jn 6,38). Su quehacer es hacer siempre lo que le agrada al que le ha enviado (cf. Jn 8,29). Su doctrina tampoco es suya, sino de quien le ha enviado (cf. Jn 7,16). Su enseñanza, lo mismo que su vida, que entrega (cf. Jn 10,17-18) llegada la hora fijada (cf. Jn 2,4; 7,30; 8,20; 12,23.27; 13,1; 17,1), son la manifestación y la realización perfecta de la volun­tad del Padre (cf. Jn 7,16-17).

Esta existencia de Cristo, que es una pobreza en la existencia, da el secreto de la enseñanza de Cristo sobre la pobreza. En esta perspectiva, el renunciamiento, el desprendimiento, no solo se refieren y alcanzan al tener, sino al ser (cf. Jn 15,12-14; 2,25­26; Lc 14,27; 17,33; Mt 16,24-25).

La visión paulina y joánica de Cristo están completadas por los sinópticos, especialmente por san Lucas.

En la perspectiva de Lucas, Cristo es el mesías pobre. Pobre en las circunstancias que rodean su nacimiento en Belén (ef. Lc 2,6-7,16) y en la ofrenda ofrecida por su rescate en la presentación en el templo (cf. Lc 2,24). Su vida en Nazareth se pasa en la oscuridad. Durante su vida pública no tiene donde reclinar su cabeza (cf. Lc 9,58), vive de lo que le dan (cf. Lc 8,3), convive con los pobres, los enfermos, los fuera de ley (cf. Lc 15,1ss.; 17,11-20) y con los pecadores (cf. Lc 5,30-32; 7,3 4,36ss.; 15,1-2; 19,1-10). No hay que extrañarse que fije su mirada en la viuda pobre (cf. Lc 21,2-3) y cuente la parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16,20). En la cruz asume el sufrimiento total y repite la súplica de los pobres de Yahvé (cf. Lc 23,33-34.46; Sal 31; Mt 27,35.43-46; Sal 22).

Este mesías pobre, es el evangelizador de los pobres. Si Marcos nos presenta a Jesús en Galilea pregonando el programa de su ministerio con estas palabras: «Proclamaba la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,14-15), si Mateo amplía este programa del reino, que Jesús instaura, en las Bienaventuranzas (cf. Mt 5,1-12), solo Lucas explicita con niti­dez e insistencia, sonoridad y fuerza, que el mensaje de salvación plena, de liberación total, proclamado por Jesús en Nazareth es para todo pobre, para todo necesitado, para todo desdichado.

Lucas nos presenta a Jesús, ungido mesiánicamente por el Espíritu, como el profeta de los últimos tiempos que anuncia la «Buena Nueva » a los pobres. El Cristo pobre de Lucas, es el evangelizador de los pobres. El les trae un «año de gracia del Señor » (Lc 4,19; cf. Is 61,1-3; Lv 25,10; Dt 15,12-18; Ex 21,2-11; Jet 34,8-16). Va a realizar en su favor lo que el segundo Isaías había anunciado a los pobres desterrados del exilio de Babilonia (cf. Is 61,1-3):

«El Espíritu del Señor sobre mí,
porque me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar a los pobres la buena nueva,
a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para dar libertad a los oprimidos,
proclamar un año de gracia del Señor » (Lc 4,18-19).

Este texto, programa mesiánico de la acción liberadora y salva­dora de Cristo, contiene toda la moral, toda la política, toda la mística, del mensaje de Jesús de Nazareth referente a los pobres. Jesús explicitará y realizará su contenido durante su vida a través de su amor compasivo en beneficio de los desdichados (cf. Lc 7,18-23).

La buena nueva, que proclama a los pobres, es el anuncio de la llegada del reino de Dios. Este reino, les dice, es «para vosotros «, «es vuestro » (cf. Lc 6,20-23; Mc 1,14-15; Mt 5,1-12). Lo que da sentido a las Bienaventuranzas, programa central del mensaje de Jesús (cf. Lc 6,20-23; Mt 5,1-12) es el reino de Dios. El contexto profético de las Bienaventuranzas ayuda a comprender la profundidad de su arraigamiento en el ministerio de Jesús y a reconocer en ellas una expresión de la «buena nueva» que anuncia a los pobres. Entonces se comprende la significación del anuncio: «el reino de Dios es vuestro» (Lc 6,20).

«El reino de Dios» o «de los cielos», según la expresión de Mateo (cf. Lc 10,9.11; 21,31; Mc 1,15; Mt 4,17; 5,3; 10,17), que Jesús promete a los pobres, corresponde al reino de Yahvé, del que el profeta anuncia la buena nueva (cf. Is 52,7-8; 61,1-3). Ello significa que la intervención de Dios en la historia, por la que ejerce efectivamente su «justicia real » (6), es decir, toma la defensa de los pobres y les concede la salvación, ha llegado. Esta intervención escatológica de Dios sitúa a los pobres ante una nueva situación.

Comprender el ministerio de Jesús (cf. Lc 4,16-22), en el que el anuncio de su mensaje (kerigma) va unido inseparablemen­te a sus signos o acciones —que aseguran su significación profun­da y la ilustran concreta y eficazmente (cf. Lc 7,18-23)— es reconocer en él la intervención de Dios en la historia. Jesús inaugura una era nueva de Dios en el mundo. La presencia y el objetivo del reino se realiza en favor de los «pobres», de los «afligidos», de los «hambrientos». El reino de Dios es para ellos. El reino de Dios les pertenece. Dirigido a los pecadores, «el anuncio del reino es una llamada a la conversión» (cf. Mc 1,14-15). Dirigido a los pobres, este anuncio se expresa en una «invitación a la alegría, al gozo» (cf. Lc 6,20-23; Mt 5,1-12). En la perspectiva de Lucas los pobres son los «primeros clien­tes», los primeros beneficiarios, los predilectos, del reino de Dios.

Esta perspectiva, que inserta a los pobres de Cristo en el mo­vimiento de los pobres de Yahvé, proclamado en los salmos, alertado e iluminado por los profetas, ha sido suntuosamente explotada y presentada por Bossuet en el sermón de la «emi­nente dignidad de los pobres».

La «eminente dignidad de los pobres» está sometida hoy «sospechas» y a «ambigüedades». No obstante las ambigüedades y las sospechas que encierra, ella nos ilumina y nos permite abordarla hoy bajo el aspecto del juicio de los pobres.

Los pobres de Yahvé y los pobres de Cristo, los pobres de ayer y los de hoy, no se definen en razón de los medíos de producción, de las estructuras socio-económico-políticas, de la conciencia de clase, de la ideología de una sociedad, aunque se llame cristiana, incluso aunque todos estos elementos produzcan y mantengan su situación de pobreza. Su existencia de hombres en la historia se define solamente en relación al reino de Dios y a las bienaventuranzas. Por eso no hay por qué separar en demasía, aunque haya que distinguirlos, al «pobre de espíritu» (Mt 5,3) del pobre económica y socialmente hablando (Lc 6,20). Semejante separación haría correr el riesgo de hacer del primero un «bienaventurado» y del segundo un desdichado. Si hay que distinguirlos, es para unirlos en el único designio de Dios. La mi­seria de los pobres, ayer como hoy, apela al juicio divino, porque pone en juego la «justicia real » de Dios. Los pobres, económica, socialmente hablando, tienen el privilegio de apelar a la potencia de Dios y proclamarla.

En razón de este juicio, los pobres revelan y ejercen un juicio sobre todo proyecto humano y «encarnan en la historia el juicio de Dios». Al mismo tiempo rechazan todos los imperativos de quienes quieren decidir de su porvenir y se oponen a quienes quieren hacerlos creer que en el hombre todo se juega en una sociedad de abundancia y de productividad. Los pobres deben combatir frente a las ideologías de los partidos políticos y contra los «falsos profetas » (cf. 1 Jn 2,19) de los falsos mesianismos. El nudo gordiano del juicio de los pobres en la historia, que «coincide con el juicio de Dios» en la misma historia, se centra en saber si el porvenir del hombre se apoya en Dios o en el hombre. Dios se revela «antropocéntrico». El hombre es el centro del mundo. El templo de Dios debe ser tallado «con piedras vivas » (cf. 1 Pe 2,4). A Dios se le encuentra sin ilusiones, se le ama o se le traiciona, a través del hombre, del pobre (cf. Is 58; Mt 25,31-46).

Si «el hombre es el ser supremo para el hombre «, según la expresión de Marx (12), hay que saber en qué sentido, por qué es cierto. Pascal nos ayuda a esclarecer esta realidad al recordarnos que «el hombre sobrepasa al hombre » y el profeta Jeremías no olvida declarar donde se encuentra el apoyo del hombre (cf. Jer 17,5-7). Si la «economía busca un orden en la construcción del hombre por el hombre » (13), lo que está en conformidad con la economía de la creación —llevada a su término por el trabajo continuo del hombre— la economía de la liberación mesiánica de Cristo, que nos introduce en las perspectivas del «reino de Dios «, la sobrepasa al mismo tiempo que la lleva a su término. Esta permite a los pobres levantarse contra todas las idolatrías socio-económico-políticas, que intentan encerrar a los hombres en sí mismos y los impide abrirse a la transcendencia inmanente de la Creación y a la inmanencia transcendente de la Encarnación, de donde surge toda liberación humana, de donde brota toda salvación cristiana.

El drama espiritual de nuestra época proviene en gran parte de abordar los problemas en una perspectiva dualista, que crea una división, una ruptura en lo más íntimo del hombre: natural- sobrenatural, doctrina-acción, liberación-salvación, creación-encar­nación…

Filosofía y cristianismo, revolucionarios y cristianos, reivindi­can hoy, más que en otros tiempos, en razón de la «praxis», la unión entre doctrina y acción. En los compromisos efectivos se encuentra, como por instinto, la juntura que las distinciones ideológicas no llegan a establecer. Pero solo a una condición: que nuestro quehacer no debe ocultar, olvidar, las razones de nuestro obrar.

Los pobres, iluminados, alertados, por los profetas, han recha­zado todo dualismo y no han abandonado la conflictividad de la historia, porque la presencia de Yahvé llevaba la Promesa a encarnarse. Por eso han surgido en la historia las figuras del «Niño que nos ha nacido» (Is 9,5), del «Siervo de Yahvé» (cf. Is 42,2-3; 49,4-6; 52,13-5 3,1 3). Jesucristo asume estas figuras. Por eso El, Dios-encarnado-en-la-historia, es el prototipo que sobrepasa los dualismos. Él es simultáneamente y por exce­lencia el pobre y el profeta. Por eso establece un juicio en la historia, que se desarrolla dentro del «reino», que El instaura. Porque los fines de este «reino » sobrepasan a todo proyecto humano. Cristo constituye a los pobres, en quienes está presente (cf. Mt 25,31-46), jueces de este juicio en la historia.

IV. – El evangelio se interpreta a través de Cristo

Jesucristo no vino a fijar la Revelación, sino que la centró definitivamente en la «incalculable riqueza » de su persona y así «esclarecer como se ha dispensado el misterio escondido desde siglos en Dios, Creador de todas las cosas» (Ef 3,8-10).

La clave para interpretar el mensaje del Evangelio no puede ser otra que la misma persona de Cristo. Es necesario, en conse­cuencia, referirse a Cristo y de El pasar a interpretar su ense­ñanza. Solo a través de esta referencia se puede descubrir el sen­tido, el dinamismo, las exigencias, de la pobreza evangélica. Al mismo tiempo este criterio de interpretación ayuda a purificar de toda idolatría a todo proyecto humano, a discernir en los movimientos de pobreza, en los movimientos comprometidos en favor de los pobres, las exigencias y esperanzas evangélicas de la «seducción mística » de los mismos, mezcla de anarquismo, de espiritualismo y de fermentación política. Esto es tanto más acuciante e importante, cuanto que el mensaje evangélico es el eje sobre el que gira la doctrina y la praxis de la vida cristiana.

Desgraciadamente, lo que con frecuencia está ausente de la interpretación del mensaje evangélico, referente a la pobreza y a los pobres, es la referencia a la persona de Cristo, a su vida. Pero es la persona de Cristo quien imanta, unifica, esclarece, explica, la diversidad de los textos evangélicos. Pascal nos ayuda a reconocer el valor de esta regla de interpretación: «Para com­prender el sentido de un autor es necesario concordar todos los pasajes contrarios… Todo autor tiene un sentido con el cual todos los pasajes están concordes o no tiene en absoluto ningún sentido… En Jesucristo todas las contradicciones (de la Escritura) están concordadas». Con sencillez y precisión Vicente de Paúl declara: «la regla de la Misión es Cristo».

El Cristo, en quien la diversidad de tonos de la Escritura registra los acordes sonoros de la sinfonía del Evangelio, es el que «se hace pobre para enriquecernos» (cf. 2 Cor 8,9). Gracias a este empobrecimiento enriquecedor somos introducidos en el «reino de Dios» y somos enriquecidos (cf. Ef 3,8-12). Él nos permite unir los dos extremos de la enseñanza bíblica sobre la riqueza y la pobreza y restituir el dinamismo genuino del cristianismo.

Enseñanza de Cristo sobre la riqueza y la pobreza

La pedagogía de Dios que «va de comienzo en comienzo a través de comienzos que no tienen fin «, según la expresión de san Gregorio Nacianceno en el comentario al Cantar de los Cantares, intenta iluminar nuestro pensamiento, orientar nuestra vida.

Esta pedagogía de Dios, referente a la riqueza, a la pobreza, es evolutiva. Puede encantar o desencantar, pero no se puede dudar de que intenta educar nuestra conciencia, a través de las diversas etapas de la Historia de la salvación hasta llegar a Cristo.

1. – Inversión en la escala de valores referente a la ri­queza y a la pobreza

La mejor manera de captar esta pedagogía evolutiva, es rela­cionar los dos extremos de la misma. Para ello comparamos el texto del Deuteronomio (28,1-15), en el que se promete «rebosar de bienes» a quien «obedece a los mandamientos de Dios» —la riqueza es un bien, un título de nobleza, signo de la amistad de Dios con sus amigos, sus fieles— y el texto de Lucas (6,20.24), que presenta a los pobres concretos, herederos de las bendiciones, y lanza las maldiciones a los ricos. En esta relación de contrastes Cristo invierte la escala de valores referente a la riqueza.

La razón de esta orientación evangélica, totalmente distinta a la del Deuteronomio, se encuentra en la perspectiva y exigencias del «reino «, de la esperanza mesiánica. Por eso Cristo afirma: Se requiere vender todo para adquirir la piedra preciosa, arra de la pertenencia al «reino» (cf. Mt 13,45) y es imposible servir a dos señores: Dios y el Dinero (cf. Mt 6,24; Lc 16,13). La seducción de las riquezas es asfixiante, ahoga la Palabra, impide la verdadera vida (cf. Mt 13,22) y hace olvidar la soberanía de Dios (cf. Lc 12,15-21). No se puede, en consecuencia, entrar en el «reino «, ser discípulo de Cristo, es decir, ser cristiano, si no se renuncia a todos los bienes (cf. Lc 14,33; 12,33; Mt 19,16-26; Lc 18,18-27; Mc 10,17-27).

Cristo, en definitiva, nos exorciza contra los demonios fami­liares de la riqueza. El primero de ellos nos hace ver en la riqueza el punto de apoyo absoluto, último, y nos hace olvidar que somos «gerentes «, no propietarios, de los bienes (cf. Lc 12,15-21).

El segundo de estos demonios familiares termina por anestesiar la sensibilidad y arrancarnos el alma cristiana (cf. Mt 13,22). Pero la vida cristiana es anonadamiento, don, ofrenda (cf. Jn 15,12-15). Este paso de la posesión, de la captación, de la con­quista humana, propio de las riquezas, al desprendimiento, al don, a la entrega, reclama una ruptura. Cristo nos enseña cómo realizarla y cuáles son las exigencias.

2. – Dinamismo de la pobreza evangélica

La enseñanza evangélica concreta y universal, concretada en tres parábolas registradas en el evangelio de Lucas, nos proporciona las directrices, a través de las cuales, se descubre el doble dina­mismo que orienta a la pobreza evangélica, cristiana: la parábola de un hombre rico y de un pobre, llamado Lázaro (cf. Lc 16,19-31), nos presenta dos situaciones diferentes y yux­tapuestas, dos experiencias, dos visiones del mundo. El hombre rico tiene su «consolación» en la riqueza y se apoya en ella.

El pobre, Lázaro, no posee nada y no puede apoyarse más que en Dios. La muerte invierte las situaciones de ambos.

Es menester señalar la proximidad en que se encuentran y el abismo que los separa. Materialmente están próximos y alejados. Cristianamente están próximos: el pobre es verdaderamente el prójimo del rico. Cuanto más se encuentra uno en la miseria, en la deficiencia, en el abandono, tanto más quienes están cercanos a él se constituyen en prójimos. Esta noción de la proximidad en la responsabilidad no se puede olvidar. En ella se encuentra la revelación fundamental de la enseñanza de Cristo. De nin­guna manera podemos decir, desde que vemos a una persona en la miseria, que no es nuestro prójimo.

La parábola del administrador infiel (cf. Lc 16,1-13) nos revela la ambigüedad a la que están sometidas las riquezas. Pueden ser materia de propiedad, punto de apoyo, o pueden ser materia de don. Solo cuando las utilizamos en esta última perspectiva, les damos el valor y la significación que tienen en Dios.

La parábola del samaritano compasivo (cf. Lc 10,29-37) nos esclarece sobre quien es mi prójimo. La respuesta está formulada sin ambigüedades: prójimo es quien me conduce, quien me «condena», si se me permite la palabra, a ser caritativo, miseri­cordioso, donador, con él, es decir, con quien se encuentra en la miseria y no puede salir de ella sin mi ayuda.

3. – La pobreza evangélica se encuentra en el centro de una mística

La enseñanza de Cristo, a través de estas parábolas, se en­cuentra en un cambio de actitud. Instintivamente tenemos una actitud de propietario, de acumulador. Acumulamos para estabili­zarnos, instalarnos, para estar más seguros de nuestra existencia. Frente a esta actitud de apropiación, Cristo propone sustituirla por la actitud de donación, de entrega de nosotros mismos a los demás a través del don que realizamos. La donación es un modo de ser más que un modo de actuar. Ella desarrolla un movimiento que orienta a la existencia cristiana en otra orientación total­mente distinta. En ella se encuentra el dinamismo del cristiano al participar en el movimiento de Cristo que «se empobrece para enriquecernos con su pobreza».

La pobreza evangélica no es un sentimiento ajustado desde el exterior. Supone una movilización general de todo el ser del hombre. Por eso la pobreza es a la vez introducción y signo de la vitalidad de la gracia, del ser nuevo, nacido en el cristiano por la re-creación en Cristo, «nueva criatura».

Toda la mística de la pobreza consiste en introducirse en el movimiento de Cristo, que se empobrece para enriquecernos. Solo por la comunión con este movimiento del empobrecimiento enriquecedor de Cristo, se accede, a otro orden del conoci­miento, distinto del conocimiento ordinario: lo visible se descifra a través de lo invisible.

Además del conocimiento, la mística de la pobreza es una actividad. En ella se encuentra el resorte, el dinamismo, de la existencia cristiana. Lo interesante no es «poseer » y «dominar » en nuestra abertura de seres humanos a los demás, ni encerrarse en sí mismo, que sería contrario al espíritu de Dios y al es­píritu del hombre, sino «tener hambre y sed de justicia». Nadie puede comprender la pobreza si no tiene este hambre y esta sed de justicia. No se trata de «comprometerse», de afiliarse a un partido, sino de continuar la misión de Cristo pobre, presente en los pobres, en beneficio de los pobres. Este elemento activo es indispensable para preservar a la pobreza de todas las caricaturas, al mismo tiempo que impide separar pobreza y pobres.

La pobreza evangélica no es solamente una ascesis, ni una moral «codificada», «regulada», por la que el rico se desprendería de lo que ya no le cabe en la cartera, para poder practicar la pobreza y hablar de ella en un orden moral, huma­nitario, caritativo, naturalista, ecologista, y por la que el religioso la reduciría en el sentido económico a una relación entre insti­tución y persona, en el orden teológico identificaría pobreza y obediencia y en el orden psicológico transformaría una vivencia de la fe en un acto material, que intenta compartir la inquietud constante de los pobres. La pobreza evangélica debe estimular en el ser del hombre todo lo que tiene de más genuinamente divino. Un ser entregado a la pobreza puede hacer frente a todo proyecto humano, socio-económico-político, por ser el testigo privilegiado de Cristo pobre.

V. – Vicente de Paúl, un pobre y un profeta

La solemne declaración de Mons. Enrique de Maupas du Tour, en la primera oración fúnebre pronunciada en honor de Vicente de Paúl: «Él ha cambiado casi totalmente el rostro de la Igle­sia», más que halagar a nuestra sensibilidad filial, sacude nuestra atención perezosa y soñolienta. En definitiva nos obliga a una reflexión benéfica, capaz de hacernos descubrir el dina­mismo que explicaría la variedad, la profundidad, la permanencia de la obra vicenciana, el sentido vicenciano de la unidad en la diversidad. Al mismo tiempo nos haría comprender por qué los sencillos lo adoran, incluso si se unen a los rumores pasajeros y divergentes contra Vicente, los grandes lo consultan, los maestros de la vida espiritual lo tienen por un «hombre prudente», los partidos se lo discuten sin que ninguno de ellos consiga encontrarle entre sus partidarios, los revoluciona­rios y ateos le llaman su santo, quienes se dedican a la teología por vocación comienzan a interesarse por él en esta Iglesia del Vaticano II, de la «Populorum Progressio», de la «Evangelii Nuntiandi».

Para acceder al sentido de un autor, para caracterizar la fisono­mía de un hombre, es menester discernir «el talento que regula todos los demás». Este talento, este criterio diríamos noso­tros, al referirnos a Vicente de Paúl, es la presencia del misterio de Cristo en los pobres.

Para comprender cómo Vicente de Paúl llegó a ser un pobre, para discernir su mística de los pobres, la estrategia dinámica de su caridad, es indispensable descubrir el contenido y el dina­mismo de su experiencia religiosa. Solo así se podrá descubrir, captar, asir, la originalidad de su doctrina, de su profecía. Sin esta precaución, no solo se reduce y se vacía el dinamismo vivo e intenso de la personalidad de Vicente, sino que se arriesgaría no descubrir el sentido y la significación de sus palabras.

La experiencia de la pobreza y de los pobres en Vicente de Paúl

La experiencia de la pobreza y de los pobres en Vicente de Paúl no se puede encerrar, encajonar, en unas cuantas frases por muy pulidas y brillantes que sean, Esta experiencia evolutiva camina al ritmo de los acontecimientos imprevistos e imprevisi­bles. Para caracterizarla, lo menos imperfectamente posible, fija­remos nuestra mirada en el momento clave que señala esta evolución y a partir del cual se acelera su ritmo, crece en pro­gresión y aumenta en extensión.

Cuando Vicente de Paúl llega a París en 1608 se encuentra en la miseria. Como otros muchos gascones, que abundan y viven agrupados en la capital, intenta buscar fortuna. El nombramiento de limosnero en el fastuoso palacio de la reina Margarita no es suficiente para enriquecerle, ni para permitirle vivir según el deseo de su sueño. La pobreza, en que se encuentra envuelta su existencia, le impulsa a buscar un «honorable beneficio «, capaz de hacerle deshacerse de esta envoltura molesta. La miseria, en definitiva, no es para él de 1581 a 1617 más que el resultado de no saber defenderse en la vida y los pobres, estas miserias ambulantes, no interesan, ni preocupan excesivamente a Vicente de Paúl. Al menos, no interpelan a su existencia ni le plantean un problema.

El descubrimiento de los pobres

Al mismo tiempo que obtiene en el aspecto económico el deseo de su sueño por la acumulación de beneficios y la entrada en la casa señorial de los Gondi, Vicente, entre 1613 y 1617, se agita en una «noche oscura » del espíritu. Para re-estructu­rarse en su fe, se esfuerza en testimoniar por sus actos que cree en estas palabras de Jesús: «Cuantas veces hicisteis un servicio a uno de estos pequeñuelos a mí me lo hicisteis». Los servicios realizados en favor de los desdichados, en quienes Cristo está presente, apaciguan su espíritu y le iluminan. En esta situación «se decidió un día a tomar una resolución firme e inviolable para honrar más a Jesucristo e imitarle más perfectamente de lo que hasta entonces lo había hecho, que fue dar toda su vida por su amor al servicio de los pobres». Vicente descubre la presencia de Cristo en los pobres, el sentido de los pobres, cuando se da a ellos y asume su propia pobreza. El sufrimiento, que le causa su propia existencia, le lleva a percibir más profun­damente el rostro de los desdichados y esta percepción le hace ser un excelente testigo y un cliente privilegiado de los pobres. En ese momento su caminar cambia de ritmo y sus perspectivas de sentido: una luz nueva invade su alma. «Su alma, nos dice Ahelly, se encontró sumergida en una dulce libertad… fue llenada de una luz tan abundante que, como él lo ha confesado en varias ocasiones, le parecía ver las verdades de fe con una luz total­mente especial». Dios transforma a este cazador-de-benefi­cios-eclesiásticos en un profeso de los pobres y hará de él, a través del genio económico y financiero de este intendente general de la caridad parisina, un profeso de la pobreza. A partir de ese día la voz de Vicente de Paúl, a través de su enseñanza, será el clamor de un profeta de los pobres de la Iglesia Moderna.

Una nueva convicción se instala, al mismo tiempo, en lo más profundo de la conciencia de Vicente: no se puede conocer sin amar. Pero el conocimiento se encuentra al término de un inter­cambio profundo y el amor requiere dar su vida por los demás. Conocimiento y amor exigen pagar el precio de la abertura, del descubrimiento, del don al «otro». Por eso declara sencilla­mente: «Es necesario dar su corazón para obtener el corazón de los otros».

Este doble movimiento del conocimiento y del amor va a orientar la dinámica generadora del pensamiento y de la vida de Vicente. Buen alquimista de fórmulas espirituales, funde en una frase los elementos del contenido de su experiencia. A través de ella intenta comunicar su experiencia re-creadora y modelar el espíritu de los Misioneros, de las Hijas de la Caridad: «Es necesario darse a Dios para amar a Jesucristo y servirle en la persona de los pobres». Este don, en definitiva, es la respuesta del hombre a Dios fiel, sorprendente y comprometido en la historia humana. Al mismo tiempo introduce al hombre en el dinamismo del espíritu de Cristo y le permite desarrollar las dos virtudes, que caracterizan al Hijo de Dios: «la religión en relación al Padre y la caridad en orden a los hombres». Abordada en esta perspectiva se puede descubrir la riqueza y la profundidad de la expresión de Vicente de Paúl: «continuar la misión de Cristo», de este Cristo que «estará en agonía» en cada hombre «hasta el fin de los días».

Al paso del tiempo un movimiento progresivo y continuo se desarrolla en la conciencia de Vicente: cuanto más se purifica, ve más profundamente. El genio del cristianismo para él no tiene más que una ambición: «vaciarse de sí mismo para llenarse de Dios». Pero son los pobres quienes le ayudan a realizar este doble movimiento. Al mismo ritmo que la gracia y la miseria de los demás le purifican, vuelve a dar a la Iglesia su verdadero sentido: el sentido de los pobres. El adquiere una visión evan­gélica de los pobres y comienza todo un movimiento de acción y de doctrina en beneficio de los desdichados.

El juicio de los pobres

En la visión, en la mística, de los pobres de Vicente de Paúl hay un rasgo que se debe meditar con detalle, explotar con esme­ro: es el juicio de los pobres.

Progresivamente los pobres van a ser para Vicente de Paúl un «signo», una «presencia» y sobre todo una «llamada» de Cristo, que le proporcionan el beneficio de una concientización, le comprometen en una responsabilidad, le dan una vocación. Consciente de esta mediación de los pobres, utilizada por Dios, el buen padre Vicente no olvida informarnos discretamente del contenido de estos seres aparentemente insignificantes: su presencia le transmitió una orden de parte de Dios, su miseria jalo­nó las etapas de su caminar hacia Dios y hacia los hombres.

La inspiración verdadera, donde Vicente de Paúl descubre el juicio de los pobres, no es otra que la presencia del misterio de Cristo en los pobres. En ella encontramos las directrices que orientan y motivan su estrategia dinámica de la caridad, su mís­tica de los pobres, al mismo tiempo que impiden a los pobres convertirse en miserables:

Jesús no se contentó con predicar su mensaje a los pobres, los sirvió.

El Hijo de Dios está presente en los pobres. Si a la mirada humana estos pobres aparecen toscos, ignorantes y apenas ofrecen rostro y sensibilidad de seres racionales, sin embargo fuerzan a descubrir que la verdadera religión se encuentra en ellos. Y si «se vuelve la medalla», si se los mira «a la luz de la fe», aparecerán como imágenes de Jesús «que quiso ser pobre y que nos es representado por los pobres».

Finalmente, Cristo, al estar presente en los pobres, considera hecho a su persona todo lo que se hace a los pobres. A quie­nes los sirven les procuran algo más que «recompensas eternas». Incluso en este mundo otorgan una «dicha especial», una «protección particular». Quienes sirven a los pobres no temen la muerte.

Los pobres, de quienes Vicente de Paúl habla con sus interlo­cutores y a quienes quiere introducir en sus existencias, impiden dormir a las personas de «buena conciencia». Al ser testigos e imágenes de Jesús, este los constituye abogados acusadores y defensores de su propia causa. A lo largo del proceso los pobres se levantan para convocarnos ante el tribunal de Dios y de la sociedad. Pueden condenarnos en cada minuto, pero también tienen poder para liberarnos y salvarnos. Sus argumentos constatan nuestros gustos refinados con su miseria, nuestro des­pilfarro con su escasez, nuestro dominio con su servilismo, nuestra indiferencia con su abandono. Estos seres, aparentemente despre­ciables, sin derecho a la mirada de la, sociedad, son, en realidad, grandes señores y nosotros somos sus servidores. El poder de los pobres es inconmensurable, porque pueden aclarar nuestra mirada miope. Nos invitan a ver las cosas como son en Dios, en Cristo.

Los pobres, en el misterio de Cristo, nos revelan lo que somos y lo que debiéramos ser. Los pobres juzgan lo que hemos hecho y lo que hubiéramos debido hacer, lo que hacemos y lo que deberíamos hacer. Portadores inconscientes de las exigencias de la «justicia de Dios», inauguran en nosotros otro ritmo de existencia, otra manera de existir en los demás, de habitar en Dios.

Este juicio de los pobres condujo a Vicente de Paúl a cono­cerlos y a amarlos con una generosidad vivida en la verdadera fraternidad, iluminada por los dogmas de la Creación, de la Encarnación, de la Redención.

En la base de la mística vicenciana hay, en primer lugar, una toma de conciencia de la responsabilidad. Esta concientización con respecto a los pobres es para Vicente una intuición profunda y creadora: él ve en los pobres a sus bienhechores. Esta intuición inicial se traducirá en:

  • institución: los sacerdotes de la Congregación de la Misión, las Hijas de la Caridad, las «Caridades»;
  • acción: la obra socio-caritativa;
  • fórmula: «los pobres son nuestros señores y maestros».

El fundamento más dinámico, más inmortal, utilizado por Vicente de Paúl para formular doctrinalmente esta intuición, es el dato bíblico. Él nos reúne en el movimiento del pueblo de Dios, «este Israel permanente que vive en la oración y en la espera… constantemente en tensión hacia el encuentro con Dios». Nos presenta a Cristo como la esperanza de «los pobres de Yahvé». A partir de esta visión: Cristo enviado a los pobres, Vicente de Paúl presenta a Cristo pobre, Cristo presente en los pobres y los pobres presentes en Cristo.

Los pobres son, en consecuencia, el lugar privilegiado del encuentro con Dios, la imagen de Cristo, un «sacramento» de su propia presencia. Su cometido es mantener viva en ellos la marca de Jesucristo», quien en su Encarnación, en su vida pública y en su Pasión asumió la pobreza, el sufrimiento. Como siempre Cristo descifra la realidad de los pobres:

«Nada me agrada si no es en Jesucristo», declara Vicente de Paúl. Los pobres solo le agradan en Jesucristo. A la mirada de Vicente los pobres merecen el más profundo respeto, porque su mirada es iluminada por la luminosidad de la fe.

¿Cómo resumir el secreto de Vicente de Paúl, su visión, su juicio de los pobres? Toda fórmula sería inexacta, porque ocul­taría, sin quererlo, la riqueza desbordante que intentaría aclarar. Si quisiéramos resumir su secreto, tomaríamos prestadas algunas palabras de este pobre de Dios y de este amigo de los pobres:

«Dios ama a los pobres y, en consecuencia, ama a quienes aman a los pobres, porque cuando se quiere a alguien, se tiene afec­to por sus amigos y servidores. Pero, la pequeña Compañía de la Misión trata de ocuparse con afecto de servir a los pobres, que son los predilectos de Dios, y de esta manera tenemos motivos de esperar que por amor a ellos Dios nos amará. Vayamos, pues, hermanos míos, y dediquémonos con nuevo amor a servir a los pobres e, incluso, busquemos a los más pobres y a los más abandonados; reconozcamos delante de Dios que son nuestros señores y maestros y que somos indignos de ofrecerles nuestros pequeños servicios».

Si Bossuet proclama en el púlpito: «en la Iglesia los pobres son ricos y los ricos sus servidores «, preferimos la declaración de uno de los primeros clientes de los pobres, Vicente de Paúl:

«El Hijo de Dios, que quiso ser pobre, nos es representado por los pobres». «Nuestra herencia son los pobres». «Son los predi­lectos de Dios».

VI. – La evangelización de los pobres

Si Vicente de Paúl propone concertar todas las variantes del dinamismo vital para conseguir un solo fin: buscar y realizar el reino de Dios en sí mismo y en los demás, es para poder glorificar al Padre continuando la misión de Cristo, evangelizador de los pobres.

Esta misión de Cristo de evangelizar a los pobres (cf. Lc 4,18), se inscribe en lo más profundo de la conciencia de Vicente. Orienta sus opciones, su actividad, su moral, su política. Por eso este Cristo pobre, presente en los pobres, que se dirige prefe­rentemente a los pobres y se declara su evangelizador, imanta y poraliza la conciencia vicenciana.

Apoyado en la triple fuente de inspiración joánica, paulina y lucana, Vicente de Paúl contempla, y nos pide mirar de manera privilegiada, a un Cristo lleno de celo, de ternura o compasión, humilde. Este Cristo, que se refleja en la profundidad de la mirada vicenciana, es un Cristo «escarnecido», «despreciado», «humillado», hasta llegar a asumir al maximum la condición de pobre, sometido a la voluntad del Padre hasta el anonadamiento de la encarnación y de la muer­te. La visión de Cristo y de su obra adquieren una atracción irresistible y una densidad inolvidable en la espiritualidad vicenciana.

Este Cristo vino para los pobres y se identifica con ellos. La Iglesia, comunidad que continúa el misterio de Cristo, debe extender esta presencia y esta misión. Si no vemos cómo Cristo está en los pobres, ya no podemos discernir, descubrir, cómo la Iglesia de Cristo es la Iglesia de los pobres, la Iglesia pobre. Ante esta actitud evangélica hay en la Iglesia —de ayer y de hoy— ideologías mal bautizadas y de ninguna manera convertidas. El mal viene de antiguo y es profundo: desde el siglo IV, cuando el paganismo, a través del Derecho Romano, se infiltra y se injerta en la doctrina cristiana, hasta el «marxismo » o «socialismo cristiano » de hoy, pasando por el mercantilismo de los siglos XVI y XVII y por el angelismo, que se desliza si­nuosamente a través del paso de los siglos.

Vicente se podía haber dejado seducir fácilmente por la fuerza jurídica y la riqueza económica de la iglesia de Francia del siglo XVII. Pero un «hugonote «, que desea «convertirse «, le re­cuerda la realidad. Este denuncia 10.000 sacerdotes que vaga­bundean por las calles de París y publica el abandono en que se encuentran los pobres (63). Y esto es precisamente lo que im­presiona a Vicente de Paúl. La línea original de la construcción de la Iglesia, Iglesia-Pobres, parece olvidada, abandonada.

La Iglesia de Cristo no es, en consecuencia, para Vicente de Paúl una promesa de poderío, sino «la Iglesia de los pobres», «la Iglesia pobre». Solo la preocupación, la acción, en benefi­cio de los pobres pueden exorcizar, expulsar, a los fantasmas que impiden ver que la Iglesia de Cristo sea la verdadera Iglesia, la conducida por el Espíritu Santo.

El fracaso esencial de la Iglesia —la de ayer y la de hoy— sería no dar la «preeminencia » en ella a los pobres. Y mucho más no encontrarlos en sus filas. Consciente de esta «pree­minencia » de los pobres en la Iglesia, Vicente lanzará su con­signa: «Vayamos, pues, hermanos míos, y dediquémonos con nuevo amor a servir a los pobres e, incluso, busquemos a los más pobres y a los más abandonados; reconozcamos delante de Dios que son nuestros señores y nuestros maestros y que somos indignos de ofrecerles nuestros pequeños servicios». Al mis­mo tiempo nos entregará un secreto de amor y de servicio: «La mejor manera de asegurar nuestra felicidad eterna es vivir y morir al servicio de los pobres, en los brazos de la Providencia y en un renunciamiento de nosotros mismos para seguir a Jesu­cristo». En esta misma línea de pensamiento nos pone en frente de nuestra responsabilidad: «¡Ah! tendríamos que ven­dernos a nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria». «Dios nos conceda la gracia de conmover nuestros corazones para con los pobres y de pensar que socorriéndolos ¡practicamos la justicia y no la misericordia!». Finalmente, consciente de que en la iglesia y en la sociedad todos vivimos del trabajo de los pobres, exclama: «Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres… Somos responsables, si ellos, los pobres, sufren por su ignorancia y sus pecados; en conse­cuencia somos culpables de todo, lo que sufren, si no sacrificamos toda nuestra vida para instruirlos».

Aspectos de la miseria

Nuestras categorías mentales nos llevan a concebir dos formas de miseria: una física y otra espiritual. Si hay que distinguir la una de la otra, no hay por qué disociarlas. Y esto no por perfidia de confusión, ni de sacralización, sino por exigencia de encar­nación, de liberación.

Lejos de provocar una obsesión y de alimentar el pánico, la miseria debe convencer al hombre de que no hay más que una política. Esta consiste en dar su vida, como Cristo, para vivir más intensamente y hacer vivir mejor a los demás. Esta pers­pectiva de la miseria, anclada en los pobres, conduce a Vicente de Paúl y a quienes le escuchan, a un modo de ser y de obrar, capaces de ayudar a los pobres a liberarse de la miseria y a los poseedores a hacer fructificar los bienes en beneficio de los desdichados. Lo que está en juego a través de las mediaciones del tener, de la riqueza, es la liberación, la salvación del hombre en la sociedad. La economía de la Creación manifiesta que el hombre debe «dominar » el mundo para ponerlo al servicio de los demás, para permitir a la comunidad humana desarrollarse en la dignidad y la miseria lo impide.

Al ser socialmente una realidad compleja y al mismo tiempo una participación del «misterio» de Cristo, la miseria exige, para descifrarla y poder luchar contra ella, desarrollar tres dinamismos:

  • Dinamismo del conocimiento, que lleva a informarse para descubrir hasta donde llega la gravedad del mal. El término de este conocimiento se encuentra en el descubrimiento de los meca­nismos, de las mediaciones, de las estructuras sociales, que engen­dran y mantienen la miseria. Cuando la política del gobierno central, instalada en la guerra y en el despilfarro, convierte a una multitud de campesinos en mendigos errantes, Vicente de Paúl exclama: «Los pobres, que no saben a dónde ir ni que hacer, que sufren y que se multiplican todos los días, constituyen mi peso y mi dolor».
  • Dinamismo de la compasión, que lleva a compartir la situación de la miseria de los demás. Esta compasión brota del Cuerpo Místico de Cristo y hace vivo el espíritu de Jesús. Toda la empresa caritativa de Vicente de Paúl está atravesada, dinamiza­da, por este espíritu de compartir la existencia de los desdichados, de los pobres. Quienes toman en serio el mensaje evangélico están invitados a participar en la lucha contra la miseria de los pobres por sí mismos y por los demás.
  • Dinamismo de la vida, que hace «acudir al socorro de las necesidades como se corre cuando hay fuego», «porque no socorrer es matar». El amor efectivo por los pobres se verifica en las posiciones y compromisos adquiridos en beneficio de ellos. No es suficiente tener inquietud por los pobres, se requiere que esta preocupación sea comunicativa y, sobre todo, que se traduzca en actos. Es necesario que la presencia de la miseria, de los pobres, desencadene en los demás un movimiento de vida, cree una conciencia común para vivir las exigencias evan­gélicas en medio de los pobres.

Colocado en esta perspectiva, Vicente de Paúl descifra la miseria a través de las exigencias de Dios, manifestadas en la Creación, a través de las exigencias de Cristo, realizadas en la Encarnación. Por eso después de haber exclamado que «el pobre pueblo… muere de hambre y se condena» consume toda su vida en el alivio de esta doble miseria. Solo entonces, cuando haciendo el bien sea anonadado y consumido, habrá realizado todo lo que podría pretender hacer. «Consumirse por Dios, no tener ni bienes ni fuerzas sino para consumirlos por Dios, es hacer lo que hizo Nuestro Señor, que se consumió por amor a su Padre».

La evangelización de los pobres por la catequesis

La presencia de los pobres, el contacto personal con ellos, amplió el ángulo de visión de la conciencia de Vicente de Paúl: le hizo cambiar las perspectivas de su vida y velar para hacer eficaz el Evangelio. Para nosotros permanece, aún hoy, el testigo privi­legiado de esta toma de conciencia. Esta concientización impide pasar al pobre de servicio en servicio, convertirlo en un vertedero de la sensibilidad enfermiza o en una piedra de pedestal de los políticos. Al mismo tiempo obliga a estar atento al rostro concreto de los pobres. Recordemos las palabras de Vicente de Paúl al cardenal Richelieu según J. Anouilh en el film Monsieur

Vincent: «Desde que ha empezado a actuar en eso que Ud. llama obras grandes, no he visto el rostro de ningún pobre, no conozco a ningún pobre por su nombre. Y esto, precisamente, me da miedo».

Al ser llamado por Dios para ayudar a los pobres a salir de su miseria, Vicente responde ¿cómo va a ejercer esta responsa­bilidad?

La actividad evangelizadora de Vicente de Paúl se origina a partir de dos experiencias fundamentales: Gannes-Follevile y Chátillon-les-Dombes. Ambas experiencias orientan e impulsan su fidelidad a Dios, su re-creación. Con respecto a los demás le conducen a evangelizar sus vidas por la verdad, que salva, y por la caridad que completa y verifica esta evangelización.

El abandono y la miseria en que se encuentran los pobres, descubiertos en Gannes-Folleville, confirmados durante las misio­nes dadas en las tierras de los Gondi y posteriormente por los misioneros en las provincias de Francia, le hacen cobrar conciencia de la necesidad de instruirlos lo más rápidamente posible.

Para iniciarlos en la conversión adulta, Vicente de Paúl aplica la estrategia de los actos de la misión. El deseo y la preo­cupación de eficacia le inducen a buscar continuamente nuevas fórmula para evangelizarlos. Para conseguirlo tratará siempre de iluminar, persuadir, convencer, ganar, sus espíritus. Buena, sencilla, familiarmente, predicará y mandará predicar, «de tal manera que todos puedan comprender y sacar provecho». «La caridad en la predicación… obliga a acomodarse a todos para ser útil a todos».

Anunciar el evangelio a los pobres

Para Vicente de Paúl la misión tiene un objetivo fundamental: «predicar el evangelio», «dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que el reino de Dios está cerca y que es para los pobres».

Continuar la misión de Cristo, es anunciar su mensaje de «la buena nueva «, desarrollar todo lo que contiene de verdad y de amor, hacerlo vivir a través de las realidades sacramentales, don­de la palabra y la gracia continúan desplegándose. Su culmi­nación se encuentra en la Eucaristía, celebrada en «memorial » del Señor, en la caridad vivida en la profundidad de unión con la Trinidad y en comunión con los demás. Cristo es a la vez Palabra de Dios y pan de vida.

Si las confidencias de los campesinos y de los misioneros, lo mismo que las objecciones, que soportan las misiones parroquia­les, le conducen a nuevas indagaciones e invenciones, siem­pre, sin embargo, la pastoral de la catequesis será el método preferido para evangelizar a los pobres. Catequizar a los pobres será un «gozo » y una «pasión » para él (84). Por eso no tiene inconveniente en declarar: «Todo el mundo está de acuerdo (en afirmar) que el fruto, que se hace en la misión, es por el cate­cismo».

Para comprender y, en consecuencia, para anunciar el evan­gelio, se requiere pensar en los pequeños, en los pobres, en los humildes. Es menester mezclarse con ellos, como un pobre, para hablarles «buena, sencilla, familiarmente». Nuestro Señor y los apóstoles predicaron de esta manera el mensaje evangélico. Y Cristo, que «era todopoderoso, se acomodó a la capacidad de los más débiles». No hay que olvidar que la palabra de Dios, la instrucción religiosa, la catequesis «se orientan a la sal­vación». Para imitar a Jesucristo, es necesario acordarse que su espíritu, lo mismo que la actitud de Dios con los hombres, revelan la «misericordia», la «paciencia», el «renuncia­miento».

En realidad todo el esfuerzo desarrollado por Vicente de Paúl en orden a la predicación misionera, de matiz catequético, gira en torno a un objetivo: secundar el desarrollo de la vida de Jesús en los pobres, en los hombres, revelarles a Jesucristo, manifestar que el reino de Dios está en medio de los hombres, que la Igle­sia es conducida por el Espíritu Santo. Solo entonces se podrá comprender la intención, la preocupación, de Vicente de Paúl de fundar «una Compañía que tenga por herencia a los pobres y que se dé totalmente a los pobres».

Actitud inspiradora

En la Iglesia toda misión tiene su origen en la sabiduría y en el amor del Padre. Por esta voluntad del Padre, los hombres son asociados a la misión del Hijo y del Espíritu Santo. La acción misionera es la obra de las tres Personas, que asocian a los hombres para salvar a los hombres. Atento a esta rea­lidad bíblica, Vicente de Paúl concibe la evangelización como una obra de amor, de «comunión» con la voluntad del Padre, que continúa y realiza en el hombre la redención del mundo. En esta continuación de la redención, Dios «suscita a la Com­pañía de la Misión» y la «envía a los pobres para decirles que quiere salvarlos en Jesucristo e instruirlos en las verdades de fe».

Pero es suficiente contemplar a Cristo para descubrir que la evangelización se relaciona con una obra de amor y con un movi­miento de anonadamiento. Cristo, «fuente del amor humi­llado», entra en la miseria humana para implantar en ella la fuerza transformadora de la voluntad salvadora del Padre. Al asumir por la comunión en el amor la miseria de la humanidad pobre, Cristo revela hasta donde llega su pobreza interior, su comunión con este querer del Padre y con el destino de todo hombre. Quien quiere continuar la misión de Cristo debe encarnar esta voluntad de salvación, este espíritu de redención, inscrito en el movimiento de la Encarnación.

Cuando está introducido en este movimiento de vida, cuando se encuentra asociado en esta obra de «religión», de «caridad», de «anonadamiento», Vicente intenta «formar, orientar, una congregación animada por el espíritu de Dios y que se conserve en las obras de este espíritu», una compañía en la Iglesia de Dios «que tenga por herencia a los pobres y que se dé total­mente a los pobres». Y añade: «Somos los sacerdotes de los pobres, Dios nos ha elegido para ellos. Esto es capital para nosotros, el resto es accesorio». «La obra por excelen­cia de Nuestro Señor ¿no fue evangelizar a los pobres?… Nuestro Señor nos pide que evangelicemos a los pobres, eso es lo que El hizo y lo que quiere continuar haciendo por nosotros… El Padre eterno nos asocia a los designios de su Hijo, que vino a evangelizar a los pobres y que lo dio como signo de que era el Hijo de Dios, de que el Mesías, que se esperaba, había llega­do…». La continuación de esta misión exige siempre y por todas parte un esfuerzo de disponibilidad, requerido por los cambios que impone la realidad. Ante la responsabilidad, que surge de esta realidad, el dinamismo, la extraordinaria vitalidad de Vicente se manifiesta al afirmar: «No es suficiente ser sal­vado, es menester ser salvador como Cristo». «Debemos desprendernos de todo lo que no es Dios, y unirnos al prójimo por caridad para unirnos a Dios por Jesucristo». «La salvación de los pobres y la nuestra personal son un bien tan grande, que merecen conseguirse al precio que sea; y no interesa que muramos con las armas en la mano. Seremos por ello más felices y la Compañía no será por eso más pobre… Lo que está en juego es la gloria del Padre eterno, la eficacia de la palabra y de la pasión de su Hijo». Ahora podemos comprender la extraña súplica de Vicente de Paúl: «Pido a Dios todos los días, hasta dos y tres veces, que nos aniquile si no somos útiles para su gloria».

La evangelización de los pobres por la caridad

La otra experiencia fundamental, en la que se origina la acti­vidad evangelizadora de Vicente de Paúl, es Chátillon-les-Dom­bes. A partir de esta experiencia, «una caridad mal organizada», cobra conciencia de que para estar presente y ser eficaz en todos los frentes, donde aparece la miseria, se requiere «socia­lizar» la caridad, hacerla «inventiva».

Para comprender la acción caritativo-social de Vicente de Paúl, hay que situar a este organizador de la caridad parisina en el mundo vivo de su tiempo. En este mundo de la primera mitad del «Gran Siglo » la miseria abunda. Esta miseria está provo­cada por la baja productividad de la, tierra y aumentada, hasta llegar a veces al paroxismo, por la guerra, la peste, los impuestos fiscales, las rebeliones populares… La preocupación financiera es acuciante y la burguesía lucha sagazmente por todos los me­díos para llegar a «la conquista de la tierra » y forjarse su éxito social. A pesar del gran desorden económico, que existe, aparece en la sociedad un desarrollo de fuerza productiva del hombre, una esperanza de promoción, cuyas causas promotoras son el progreso «manufacturero «, comercial y la economía de circulación y de trabajo.

En esta coyuntura hay que colocar la vida y la obra de Vicente de Paúl. Los primeros inventarios de archivos notariales, que nos permiten conocer su talento económico y financiero extra­ordinario, nos impiden caer en la tentación del angelismo. ¿Por qué olvidar que los bienes económicos pueden convertirse en materia de la caridad evangélica?. Lo importante es percibir la influencia de las dimensiones económicas en el plan socio-político-religioso en la iglesia y en la sociedad. El sentido que Vicente de Paúl tiene de las realidades económicas nos ayuda a comprender mejor su gran sentido de las coordinaciones y la cooperación en el plano caritativo-asistencial con los llamados «jansenistas». Por eso cuando se entrega a liberar a los pobres de la miseria, Vicente de Paúl invita a otros a dedicarse a la liberación de esta miseria por la caridad, hasta hacerlos pagar con sus propias personas. Para hacer comprender la significación de la invitación y evitar que sea rechazada, se esfuerza en trans­mitir las exigencias del amor de Dios, inscrita en la carne viva de los pobres. Los pobres no intentan dar lástima, sino ser testi­gos de la injusticia de la que son víctimas.

Estrategia dinámica de la caridad

Por razón de brevedad limitaré la riqueza desbordante de la estrategia dinámica de la caridad de Vicente de Paúl a dos aspectos:

  • llamamiento a la fraternidad;
  • organización de la caridad.

Llamamiento a la fraternidad

¿Cómo Vicente de Paúl va a lograr, de acuerdo con el evan­gelio, hacer vivir la vida bautismal entre los pobres? ¿Cómo va a convertir en moneda corriente las exigencias evangélicas en medio de la sociedad aduladora, incluso, a veces dura, que le tocó vivir?

Cuando se convence de que el amor a los pobres encarna, hace presente, el espíritu de Cristo, se siente responsable de continuar en el mundo este espíritu de caridad. Para realizarlo movilizará todas sus energías hasta morir, incluso si por ello tiene que oponerse públicamente, casi agresivamente, contra Mazarino en 1649, permanecer exilado de París durante cinco meses y escribir a Mazarino el 11 de septiembre de 1652 para pedirle que salga del reino.

La urgencia de la pobreza cruel y desoladora de su época, le impone medir la profundidad de la miseria, oponerse a sus causas, buscar a las personas que trabajen en reducirla. Vicente encuentra nuevas fórmulas de estar y de hacer estar presente en el mundo de los pobres. Este contacto con los pobres es su preocupación permanente. Pero hoy, lo mismo que ayer, es imposible estar con los pobres, si no se lucha al mismo tiempo contra la pobreza de los pobres y las causas que la provocan.

Si hay algún criterio para suprimir la pobreza, es el amor a los pobres, vivido en la verdadera fraternidad. Solo este amor puede realizar la comunión con la esperanza de los pobres en contra de la riqueza que separa. Utilizando este criterio, Vicente llega a crear la comunicación entre ricos y pobres. Por eso lanza una llamada a todos los que opone la diversidad de opiniones: Jesuitas y Port-Royalistas, Compañía del Santísimo Sacramento y Órdenes religiosas, ricos y pobres, a fin de impedir sepultar vivos a los seres que todavía respiran. Solo la prodigiosa actividad de Vicente explica la gracia de su arte de persuadir y el carácter único y convincente de su caridad. En ella se com­prueba el genio de su caridad y se descubre la mística de su caridad. Este místico de la caridad habla a otro, habla de otro, de Cristo, a quien suplica: «Ah! Señor, atraednos hacia ti, con­cedednos la gracia de entrar en la práctica de vuestro ejemplo y de nuestra regla, que nos lleva a buscar el reino de Dios y su justicia; haced que vuestro Padre reine en nosotros y reinad también vos mismo haciéndonos reinar en vos por la fe, la espe­ranza y la caridad, por la humildad, por la obediencia y por la unión con vuestra divina majestad… ¿Cómo haré para que Dios reine soberanamente en mi corazón? ¿Cómo obraré para extender por todo el mundo el conocimiento y el amor de Jesucristo? Mi buen Jesús, enseñadme a hacerlo y haced que lo haga». Este Cristo, este «dulce Salvador» es a quien presenta a sus interlocutores. De ahí su persuasión y su eficacia. La imitación del «amor compasivo» del Hijo de Dios da sentido y unidad al llamamiento a la fraternidad vicenciana.

Organización de la caridad

Vicente de Paúl sabe que la caridad es una en el objeto y múltiple en sus manifestaciones. Por eso él y los misioneros establecen «las Caridades» para completar y verificar la evan­gelización por la caridad organizada y viva. El vínculo que une la institución a los miembros es la presencia de Cristo en los pobres.

Si desde el comienzo de la obra caritativa de Vicente aparece el sentido de la organización, durante la Guerra de los 30 años y de la Fronda, esta organización se hará inventiva e ingenio­sa. Pero Vicente de Paúl no está solo en la empresa cari­tativa del siglo XVII francés. La diversidad de obras realizadas está sostenida por una voluntad común de personas y de dones, por una respuesta a las mismas llamadas de Dios, a las cuales responden las diversas Órdenes religiosas y grupos cristianos. Es hora de deshacernos definitivamente de los «gigantismos » de los «monóculos » creados al exterior y al interior de la Con­gregación de la Misión, que harían de Vicente lo que no fue: un solitario y un gigante monstruoso o un simple realizador de las obras concebidas por la Compañía del Santísimo Sacramento. Los documentos nos informan de la diversidad de obras y de la variedad de personas que trabajan en ellas. Una vez más debe admitirse la unidad en la diversidad. No obstante Vicente de Paúl es el arquitecto del movimiento caritativo del siglo XVII francés que se construye día a día. Es prudente, está en el Consejo de Conciencia y puede hacerlo.

Otro aspecto de esta organización de la caridad vicenciana se impone al historiador. Vicente muestra que ningún «tradiciona­lismo» puede reducir la fuerza del fermento evangélico que trabaja la pasta humana. En medio de la miseria que «hace estremecer», intenta una organización de la sociedad más justa y más fraternal. Esta organización la apoya en los acontecimientos de su tiempo y en las exigencias del Cuerpo Místico de Cristo, que se construye cada día «en el orden de la caridad». El punto eficaz según el «Evangelio de la Promesa» es para Vicente de Paúl el amor a los pobres, porque a la mirada de la Iglesia y de la sociedad, los pobres deben tener siempre una función de «tes­tigos privilegiados de fuerza y de gracia».

Por otra parte, el trabajo, cuando se convierte en nudo privile­giado de relaciones humanas, es para Vicente un medio de cons­truir el mundo según el plan creador y liberador de Dios. Por esta razón reivindica la fuerza creadora del trabajo para la construcción de la comunidad de los hombres y la emancipación de las personas. Recordemos que Vicente de Paúl proyectó liberar a los pobres y hacerlos vivir del trabajo organizado y no, como se dice, de la limosna que humilla, incluso si para él esta limosna era una deuda sagrada.

El amor a los pobres compromete a Vicente de Paúl a luchar contra toda pobreza, que degrada al hombre y le convierte en desdichado. Por eso afirma: «Si hay alguien entre nosotros que piensa que está en la Misión para evangelizar a los pobres y no para aliviarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, respondo que debemos asistirlos de todas las manera, por nosotros y por los demás».

Ahora comprendemos mejor a Vicente de Paúl cuando «Se puede decir que evangelizar a los pobres no se entiende solamente enseñarles los misterios necesarios para salvarse, sino realizar las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el Evangelio», es decir, generador de vida, fer­mento de transformación, de liberación, de salvación.

Conclusión

La enseñanza de Vicente de Paúl, que no se concentra en un sistema racional, ni se fija en «arquitecturas conceptuales», trans­mite los elementos de su experiencia y de su intuición creadoras. Ella evoca, en definitiva, una doble realidad, que interroga e inquieta, hoy como ayer, a la conciencia del hombre, a la con­ciencia de la sociedad:

Cristo pobre, evangelizador de los pobres: presencia del misterio de Cristo en los pobres, que interrogan a la fuerza crea­dora y al dinamismo liberador, depositados por Dios en el ser del hombre.

Las realidades concretas, duras, sorprendentes, que invaden nuestra existencia y apelan a nuestra responsabilidad; a través de estas realidades se debe buscar y realizar el reino de Dios, la unión con la voluntad del Padre.

Esta vida de su vida, este espíritu de su espíritu, nos revela lo mejor del alma de Vicente de Paúl. Su intención más profunda y delicada, más dinámica y creadora, es el esfuerzo desarrollado para compartir su experiencia y orientar un futuro imprevisible e insospechado para él. Solamente si entramos en el movimiento de su experiencia y de su fe, en el dinamismo de su «búsqueda», de su «preocupación», de su «acción», podremos pagar la deuda contraída con él.

 

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