LUISA DE MARILLAC (XIII): Luisa de Marillac: Ayer y Hoy

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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En la mañana del 15 de marzo de 1660, cuando la muerte vino en busca de Luisa de Marillac, el párroco de la iglesia de Saint-Laurent, que se encontraba enfrente del lugar en que descansaba Luisa, leyó el evangelio del lunes de la Pasión: «Si alguno tiene sed venga a mí, y beba el que cree en mí. Como dice la Escritura: de su seno brotarán corrientes de agua viva. Hablaba del Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él».

Y como si se tratara de su propia respuesta, ella oyó al sacerdo­te al pie de su lecho: «Elevo mi alma hacia ti, Señor, en ti pongo toda mi esperanza». Unos momentos después Luisa expiraba.

Entre el 12 de agosto y el 15 de marzo de 1660, día este en el que falleció, habían transcurrido sesenta y nueve años. De ellos había consagrado treinta y dos al servicio de la caridad y a la fun­dación y consolidación de la Compañía de las Hijas de la Caridad. En 1991 se celebraron los cuatrocientos años de su nacimiento, pero queremos insistir sobre todo en la influencia que han tenido su vida, su obra y su obrar durante estos cuatro siglos.

¿Quién era esa mujer? Una santa poco conocida y que vivió hace cuatrocientos años.

La vida de Luisa comenzó en los tiempos revueltos de las que­rellas religiosas entre la casa real y las mansiones principescas, en la confusión de las guerras civiles y de las ciudades asediadas. Niña procedente de la nobleza, gozó ciertamente de una educa­ción cuidada, pero no conoció a su madre y fue zarandeada sin cesar, alimentando así el sentimiento de no estar nunca en su sitio. No pudo realizar su sueño de ser capuchina por su salud frágil.

Se le casó a los veintidós años con Antonio Le Gras, uno de los secretarios de la reina. De esa unión nació un hijo. Ella consideró la enfermedad larga e incurable de su esposo como un castigo por no haber sido fiel a Dios. Una mañana de Pentecostés, durante la santa misa, tuvo una iluminación; pero permaneció serena, y tuvo la certeza de que pasaría su vida socorriendo al prójimo. Vicente de Paúl vino a ser su director espiritual, y entre los dos fundaron la Compañía de las Hijas de la Caridad. Luisa fue la primera su­periora general, y ocupó ese cargo hasta su muerte el 15 de marzo de 1660.

Esas últimas líneas resumen la obra de su vida, resume el todo; Luisa llevó a cabo su tarea en la fe y la obediencia, con toda la energía que emanaba de su personalidad, y durante treinta y siete años en colaboración con Vicente de Paúl. Consiguió pues sus objetivos: crear, organizar y dar estabilidad tanto a las estructu­ras exteriores como a la organización interna de una comunidad de mujeres, con un modelo del todo nuevo en la Iglesia, pues aquellas mujeres servían a sus semejantes por amor a Cristo, pero fuera de los muros de un convento.

Esa obra sigue existiendo hoy gracias a un amplio abanico de organizaciones caritativas presentes en el mundo entero. Vicente de Paúl y Luisa de Marillac han abierto las compuertas de la cari­dad y le han fijado los objetivos. Además han impresionado y mo­vido a miles de seres humanos a servir a Cristo, Nuestro Señor, en la persona de los más humildes de nuestros hermanos sufrientes.

Desde las primeras fundaciones vicencianas han pasado más de tres siglos y medio, y la práctica de la caridad ha evolucionado con el correr del tiempo. Pero el deber de la caridad sigue en pie y, pase lo que pase, inmutable, como muchas veces lo explicó Luisa de Marillac a sus hermanas, fundamentando su modo de pensar de una manera que hoy se nos ha hecho familiar: «Ya sabéis que los pobres son nuestros amos, y que hay que amarles tiernamente y respetarles profundamente. No basta que estas máximas estén en nuestro espíritu, hay que dar testimonio de ellas por medio de nuestros cuidados caritativos y dulces». A veces Luisa llamaba al orden a las hermanas con toda claridad: «¿Dónde están la dul­zura y la caridad que debéis conservar con tanto cuidado hacia nuestros queridos amos, los pobres enfermos? Por poco que nos alejemos del pensamiento de que son miembros de Jesucristo, in­faliblemente eso será un motivo para disminuir en nosotras esas hermosas virtudes272». También Vicente de Paúl insistía en el sig­nificado de su vocación, por ejemplo, en la conferencia del 13 de febrero de 1646: «Vosotras servís a Jesucristo en la persona de los pobres. […] Una hermana irá diez veces al día a ver los enfermos, y diez veces al día encontrará en ellos a Dios. […] Él recibe con agrado el servicio que dais a esos enfermos, y lo considera como hecho a él mismo».

La expresión de la Escritura: «el más pequeño de entre voso­tros» se revela de repente bajo una nueva luz. Ciertamente, los primeros cristianos en la Iglesia primitiva compartían todo. En el transcurso de los siglos los ricos y los poderosos supieron siempre que tenían que dar algo al pobre Lázaro que llamaba a su puerta. Pero pensaban que el pobre rezaría por ellos, que la limosna que daban a los hambrientos les abriría las puertas del paraíso. Los ricos pensaban que era su deber el dar limosna, eso lo daban por supuesto, pero no respondía eso del todo a la verdadera caridad. ¿Qué sería de los pobres sin la ayuda de los ricos? Con la libera­lidad justificaban su riqueza, pero solamente mientras el número de los mendigos permaneciera dentro de unos límites aceptables. En caso contrario exigían que «se persiguiera a las bandas, que se encerrara a los vagabundos, que se librara a la ciudad de aquella chusma». La beneficencia había caído bajo la dependencia de los ricos y de los poderosos y estaba sometida a su voluntad, como podemos leerlo en la narración de la vida del joven sacerdote Vi­cente de Paúl. Él, que distribuía limosna en nombre de la reina Margot, conocía las visitas que se hacían a los pobres, una especie de servicio social creado por la reina. Unos años más tarde llegó a ser el Vicente de Paúl bien conocido, el que encontró a Cristo en la persona del pobre. Gracias a Vicente de Paúl tuvo lugar un cambio significativo para la Iglesia y para la sociedad. El don, la limosna, no serían ya un gesto vacío y frío, un acto anónimo separado del donante; no, el donante se hizo don de sí mismo, igual que Cristo se nos dio y se nos da siempre por su encarnación.

Luisa explicaba a sus jóvenes hermanas la grandeza de su vo­cación mostrándoles que ellas se entregaban a Cristo por medio de la ayuda a los pobres: «Hacéis y podéis hacer incomparable­mente más que las más grandes damas del mundo, pues dar de lo que se tiene no es nada comparado con el darse a sí misma y dedicar todos los momentos de la vida, exponerla incluso al peli­gro por amor a Dios sirviendo a los pobres. Haced pues caso de la gracia que os ha dado un empleo tan santo».

La caridad no recibe su razón de ser más que de Dios, no de­pende de la buena voluntad de los ricos y de los poderosos. El verdadero don es la caridad y el amor al prójimo.

Vicente de Paúl y Luisa de Marillac han librado a la beneficen­cia de su dependencia del poder y la han unido a su fuente pri­mera, que es el amor de Dios, el «misterio más íntimo» de Dios.

En la película francesa Monsieur Vincent, el autor del guión, Jean Anouilh, pone en escena al canciller Séguier, que se dirige a Vicente con un tono lleno de acritud: «La caridad, la ayuda ca­ritativa, [.. .] la ha inventado usted. En otros tiempos no era más que una virtud como las otras, y con eso bastaba. Pero usted la ha convertido en otra cosa. Ha removido cielo y tierra y lo ha conseguido tan bien que la ha pegado como una etiqueta en el vestido de los poderosos, ¡su caridad! También había pobres antes de usted, y eso nunca impidió dormir a los nobles. Pero ahora hay pobres por todas partes. Dios mío, se podría pensar que los ha inventado usted».

Los poderosos de este mundo habían sido arrastrados por la corriente torrencial del amor caritativo. Vicente de Paúl mismo condenó más tarde esa forma de piedad en sus conferencias: «Sí, ser cristiano y ver a su hermano sufrir sin llorar con él, eso quiere decir que no se tiene amor; quiere decir que se tiene solamente el aspecto de cristiano; y aun no ser humano, lo que quiere decir ser peor que un animal». El señor Vicente sabía que sus jóvenes sirvientas de los pobres, las primeras Hijas de la Caridad, estaban en buenas manos en casa de Luisa de Marillac, que las formaba y las educaba, y que hacía de aquellas jóvenes llenas de buena voluntad verdaderas heroínas del amor al prójimo.

Luisa, con todo el amor que les tenía, no tenía miedo en exigir el máximo a sus hermanas: «Nuestras queridas hermanas, a las que deseo sean enteramente santas para trabajar útilmente en la obra de Dios, pues no basta ir y dar, sino que hace falta tener un corazón purificado de todo interés. […] Debemos tener continua­mente delante de los ojos a nuestro modelo, que es la vida ejem­plar de Jesucristo275».

Para Luisa el Dios que se hace hombre se identifica con los po­bres y pide que se le sirva en el más pequeño de nuestros herma­nos. En armonía perfecta con la voluntad divina, estaba dispuesta a «perderlo todo antes que hacer cualquier cosa que desagradara a Dios». Las primeras Hijas de la Caridad abrieron su corazón y su espíritu y se enfrentaron a una miseria sin precedentes. En tales circunstancias, y ante aquel grado de pobreza y de indigencia el amor caritativo hacia el prójimo era lo que podía proporcionar un grado más alto de alivio.

Luisa de Marillac quería estar presente en medio de los pobres, compartir su suerte y sufrir la miseria junto con ellos, pues sabía que de eso modo seguía estrictamente la voluntad de Dios. No dejaba de animar a sus hermanas: «Soportad vuestras penas junto con ellos, haced lo posible por darles algo de ayuda, y permane­ced en paz. Tal vez vosotras paséis también necesidad; eso tiene que ser vuestro consuelo, pues si tuvierais abundancia vuestros corazones se sentirían tristes al ver sufrir a nuestros amos y seño­res. Además, Dios castiga a su pueblo por nuestros pecados, ¿no es razonable que suframos con los demás276?». Igual que hacía Vicente de Paúl, Luisa de Marillac trabajaba para consolidar entre los colaboradores la conciencia del verdadero compartir con los pobres. Sin embargo, siempre quedaba el riesgo de que el donante apareciera una vez más como el poderoso, el que posee, mientras que ayudar a los que vivían en la miseria exigía intervenir en su lugar, vista la incapacidad que tenían de hacerlo por sí mismos.

Actuar por los pobres, en lugar de ellos, de los sin derechos, de los sin voz, expone al que lo hace a un peligro: el otro puede sen­tirse rechazado o dependiente del que tiene, del que sabe y del que da. Para evitar ese escollo el señor Vicente y Luisa de Marillac veían a los pobres como nuestros «amos y señores». Debemos servirles como a personas superiores, incluso estamos sirviendo a Dios cuando les ayudamos. Por tanto, evitemos sobre todo poner con la punta de nuestros dedos una limosna en sus manos tendidas y esqueléticas.

Debemos ser solidarios con sus sufrimientos. Eso es lo que deseaban Vicente de Paúl y Luisa de Marillac.

A partir de sus obras caritativas se ha creado toda una red de nuevas fundaciones caritativas en toda Europa y en todos los con­tinentes, según aquellas palabras: «Siempre tendréis pobres entre vosotros». Solo echando una mirada retrospectiva sobre un lar­go período de tiempo se puede tener una clara conciencia de los cambios realizados por las personas comprometidas en la ayuda caritativa.

En tiempo de Vicente el pobre, el enfermo, el analfabeto, el paria de la sociedad no disponía de ninguna institución de ayuda social que pudiera ayudarle a reinsertarse en la sociedad. El pobre no hablaba de su situación, simplemente la sufría. Y la acción caritativa consistía en proporcionar ayudas, en estar presente en lugar del otro. En el transcurso del tiempo esa presencia se ha transformado en asistencia, ya no se está en lugar del otro, se está a su lado. Luego tuvo lugar otro cambio: la asistencia se convirtió en solidaridad con las personas que sufren, se está con ellas.

En santa Luisa de Marillac encontramos ya presente la dig­nidad de la persona humana, algo que a los estados modernos les ha costado tres siglos reconocerla oficialmente. ¿No había ya recorrido ella junto con sus hermanas esas tres etapas? ¿Se podría interpretar de manera diferente este pasaje de una carta de 1644?: «¿Se siente animada? ¿Hace usted como el buen pastor que arries­ga su vida por el bien y la conservación de las ovejas que se le han confiado? Así lo creo; y aunque no siempre tengamos ocasión de exponer nuestras vidas, no fallamos cuando hace falta exponer nuestra voluntad, para acomodarnos a la de otra persona, dominar nuestros hábitos e inclinaciones, […] para entrar en una unión estrecha con la caridad de Jesús crucificado”.

Estas palabras recuerdan nuestro sentido moderno de la solida­ridad, igual que lo hacen las que hemos citado antes: «Llevad con ellos sus penas. […] Tal vez vosotras tengáis también necesidad, pero eso debe ser vuestro consuelo, pues si tuvierais abundan­cia vuestros corazones se sentirían tristes por ello, al ver sufrir a nuestros amos y señores».

¿No son esas las «corrientes de agua viva» que brotan de los que creen, y de las que habla el evangelio que Luisa oyó el día de su muerte?

¿No ha sido esa fe la que ha mantenido viva la caridad durante el curso de los siglos, y a pesar de todas las transformaciones por las que ha pasado su práctica? ¿Qué hubiera sido de la caridad y qué será de ella si los que la practican en su nombre y la llevan como un estandarte no aceptaran referirse a las palabras de Luisa: «Si nos alejamos aunque sea un poco de la idea de que los pobres son miembros de Jesucristo, infaliblemente eso será causa de que disminuyan en nosotras esas bellas virtudes».

Si eso sucediera, desaparecería el corazón de la acción cari­tativa. Una tal dislocación del núcleo central amenaza constan­temente la práctica de la caridad. La razón de ello es ante todo el desarrollo económico y social que ha tenido lugar hasta hoy, co­mienzos del siglo XXI. Ha producido grandes cambios sociales, que a su vez han transformado las prácticas de la ayuda caritativa. Pero no es esa la única razón, pues en muchos países la miseria sigue siendo muy grande, e incluso parece aumentar.

La explicación se encuentra en la evolución sicológica y cultu­ral. La persona que recibe la ayuda tiene hoy una mayor concien­cia de su dignidad y de sus derechos, así como de los límites y las competencias de los donantes; tiene una idea exacta de lo que es la solidaridad. Por otro lado, hoy se da ayuda a los desheredados en un mundo que es cada vez más consciente de las interde­pendencias de las que no puede escapar. Dependemos de quienes dependen de nosotros. Vemos con claridad el cambio que se ha producido entre la necesidad de ayuda y el derecho a la ayuda. El reconocimiento legal de los derechos y de la dignidad de todos los seres humanos, es decir, también de los pobres, así como la existencia de un poder legislativo y jurídico que obtiene su legiti­midad del voto de los ciudadanos, representan sin la menor duda conquistas humanas inmensas.

Esas conquistas tienen repercusión en leyes sociales cada vez más comprensivas, que al menos afectan cada vez a un mayor número de personas, pues los diferentes países y los muchos par­tidos rivalizan entre sí sobre esos temas. Se podría incluso llegar a pensar que gracias a todas esas medidas, la caridad se ha hecho superflua, incluso pasada de moda, y que habría incluso que aban­donar el concepto que implica, porque frenaría el progreso que se refiere a las leyes sociales. Nos enorgullecemos de esas leyes, que tenderían a probar que las obras de caridad no tienen ya razón de ser porque el problema ya se ha arreglado por medio de las leyes sociales. ¿Hay que lamentar eso? Por supuesto que no, si fuera verdad. Pero hoy ya se pueden ver con claridad las limitaciones de esa opinión cuando se trata de reemplazar al buen Samaritano con el Samaritano social. Después de todo no podemos menos de alegrarnos de que el estado asuma la responsabilidad de los ciu­dadanos que se encuentran en situaciones especialmente difíciles.

Pero, a pesar de todo, hay que cuidarse de sacar conclusiones demasiado apresuradas. Podríamos pensar con demasiadas pri­sas que la ayuda caritativa, la acción caritativa, desaparecerán, porque el estado encontrará la solución para erradicar la pobreza y la injusticia, y que las leyes sociales harán inútiles la ayuda y al amor caritativo. Sin embargo se puede comprobar en nuestros organismos de beneficencia que las peticiones y las llamadas de ayuda no dejan de aumentar. Naturalmente, el estado se esfuerza por reducir los injusticias, tanto más cuanto los seres humanos pi­den justicia social cada vez con mayor insistencia. Podemos ver, pues, un movimiento en espiral: los derechos crean exigencias, y siendo estas cada vez más fuertes, se producen posibilidades de conquistar nuevos derechos, sacan a la luz los progresos con­quistados. Estas son algunas de las esperanzas de los hombres y mujeres de hoy:

  • el funcionamiento sin fallos y sin contratiempos del es­tado social gracias a una economía floreciente
  • el aumento del producto nacional bruto y una calidad de vida cada vez mejor
  • la garantía de los salarios, de las pensiones y de las jubi­laciones en una sistema social de seguros estables
  • la igualdad de oportunidades, garantizada al menos en teoría, en lo que se refiere a la adquisición de conoci­mientos y saberes, y a la posibilidad de subir en la es­cala social.

¡Pero veamos ahora el reverso de la medalla!, como diría Vi­cente de Paúl. ¿Podría garantizar la felicidad un estado perfecto de ese estilo? No nos toca denunciar al estado y la imperfección de las leyes sociales. No es que tengamos necesidad de la caridad porque el estado encuentre dificultades en instaurar una justicia perfecta. Está aún muy lejos el día en que el maná público haga inútil la mano extendida de la caridad. Cristo ha ensalzado la cari­dad porque siempre habrá grupos humanos que tengan necesidad de ella. ¿No formamos todos ante Dios parte de esos grupos?

La caridad, nuestra caridad, emana de nuestra naturaleza com­pasiva que quiere compartir la desgracia y el sufrimiento de los otros, y reaccionar ante cada situación difícil. Compartiendo de ese modo participamos de los sufrimientos de Cristo, que se iden­tifica con el más pequeño entre nosotros. Debemos, pues, ocupar­nos de este mundo. Y Luisa de Marillac nos convoca a hacerlo con «un corazón grande, para el que nada resulta difícil por el amor santo de Dios».

Este mundo, en el que la arrogancia de los ricos se ostenta en barrios residenciales cercanos a los que habitan los que viven en la miseria; en que las riquezas se acumulan al lado de y a costa de las pobres gentes de las que se explota la fuerza de trabajo; este mundo, en el que ocho de cada diez estados están dirigidos por dictadores con métodos que recuerdan la Edad Media; esta humanidad, que se esfuerza por sobrevivir contra maquinarias diabólicas de guerra; ese mundo tiene una necesidad urgente de caridad. Vicente de Paúl y Luisa de Marillac han opuesto a las formas tradicionales de poder, de brutalidad y de violencia algo totalmente diferente, a saber, el calor humano, la humildad y el amor, la atención y el respeto, la compasión y la piedad. Conocían las necesidades del corazón, del alma, de la fidelidad incondi­cional y del don de sí. ¿No necesitamos también hoy todo eso? Sabemos también que el amor caritativo debe intentar llenar las lagunas que dejan el aparato de las leyes y muchas políticas mal orientadas.

Y la razón, el saber científico y técnico no bastarán para reme­diar los males causados por nuestro mundo complejo en el que con frecuencia reina la brutalidad.

El amor, el amor caritativo quiere triunfar sobre el mal. Por eso se muestra paciente, constante y fiel. Sin embargo, el número de nuestras hermanas disminuye, como también el de los colabora­dores voluntarios, y eso nos plantes problemas inmensos.

Ese número que disminuye es también una forma de pobre­za, y ello nos abre de forma inesperada a la esperanza cristiana. A nosotras nos toca superar esa prueba con un espíritu lleno de confianza. Nos gustaría tanto poder actuar. Y podemos hacerlo si agudizamos nuestra mirada para descubrir al que es pequeño, al que pasa desapercibido, pero que ante Dios reviste una im­portancia muy grande. No nos contentemos con esperar días más luminosos.

Una cosa tenemos que recordar siempre: para ayudar a los po­bres debemos ser pobres nosotras mismas. Imitemos la fraterni­dad de Cristo, que no es fácil de imitar, pues él es «quien siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza».

Se evangeliza siempre con las manos vacías de egoísmo y ambición, pero en la fe y en la esperanza «correrán los ríos de agua viva».

«Nuestras queridas hermanas,

a las que deseo enteramente santas

para trabajar

útilmente en la obra de Dios».

(SLM, p. 259)

Sor Alfonsa Richartz

La Milagrosa

 

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