LUISA de MARILLAC (XI): Luisa de Marillac y la Virgen María

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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Todos los que visitan la catedral de Chartres salen de ella im­presionados y emocionados; esa catedral es como un espejo que reúne una multitud de detalles en un libro de teología puesto en imágenes. Además ofrece una visión de la mariología, basada en la Escritura y en la Tradición, que supera las barreras y los límites impuestos por las ideas de una época o de una cultura concreta. Aquellas representaciones, que proceden de la Edad Media, nos abren el acceso a verdades intemporales de la fe. Eso es válido en muy buena medida para la figura de María, de la que podemos ver ciento setenta y cinco representaciones, de las que más de cien se encuentran en las vidrieras. Pero son dos de ellas las que interesan más en particular a la familia vicenciana.

Muchas personas van con regularidad a arrodillarse ante una estatua de la Virgen adornada con vestidos suntuosos y colocada a la izquierda del altar. No se puede distinguir claramente ni su mirada ni la del niño que tiene en los brazos. Es una de las dos fi­guras más famosas de la catedral que se veneran al final de las pe­regrinaciones; se trata de nuestra querida Notre-Dame du Pilier, una Virgen negra. En 1855, por el tiempo en que fue proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción, fue coronada solemne­mente junto con el niño Jesús.

Con toda probabilidad Vicente y Luisa rezaron delante de esa estatua. La peregrinación mariana pasa también para la familia vicenciana por la cripta de la catedral. Una estatua muy antigua de la Virgen que se encuentra en ella fue víctima del furor revolu­cionario de 1793. En ese tiempo fue arrancada también una parte del velo de la Madre de Dios, que es venerado en Chartres desde el siglo XI. La estatua destruida fue reemplazada por una esta­tua nueva, a la que se llamó Notre-Dame de Sous-Terre Nuestra Señora de la soterraña). Muchos lectores se habrán, sin duda, arrodillado ante ella. Sabemos que santa Luisa oró con frecuencia a la Virgen en ese lugar.

La peregrinación a Chartres

Vicente solía estudiar con prudencia las peticiones de herma­nas que querían ir de peregrinación. Sin embargo, tenía una ac­titud más favorable si se trataba de Chartres; la peregrinación a Chartres le parecía estar por encima de toda otra peregrinación a lugares marianos. No necesitaba Vicente ser francés para hacer de aquel santuario de la época de los francos el centro de la de­voción mariana centrada en Cristo, y para colocarlo por encima de los demás santuarios, todo ello siguiendo la tradición de una devoción popular de raíces profundas. Y naturalmente respondió de manera afirmativa a la petición que le hizo Luisa en octubre de 1644: «Le suplico muy humildemente que me permita hacer el viaje a Chartres, en su ausencia, para encomendar a la Santísima Virgen nuestras necesidades y las propuestas que le he hecho a usted. […] Le digo delante de Dios que creo que el bien de nues­tra pequeña Compañía tiene un gran interés en ello»‘».

Por el tiempo en que emprendió la peregrinación, la más im­portante de su vida, Luisa tenía cincuenta y tres años. Su talento organizador había alcanzado una cima. La Compañía de las Hijas de la Caridad existía desde hacía once años. Luisa había llevado a buen puerto, en gran parte ella sola, la educación y formación de las hermanas. Vicente de Paúl conocía la fuerza de alma y la inteligencia de aquella mujer. Sin embargo, en aquel momento parecía que la solidez de la vocación de un buen número de her­manas, que se sentían atraídas por una vida más fácil, parecía tambalearse. Ellas hubieran preferido no mancharse tanto y can­sarse menos, llevar una vida más honorable y dejar que otras tra­bajaran por ellas; en otras palabras, ¡vivir como en clausura! Pero eso hubiera cambiado completamente y aun destruido el sentido de la fundación.

¿Cuál era, pues, la voluntad de Dios sobre esta comunidad? Luisa se había acostumbrado a aquella vida en la que servía a Dios en los pobres, se identificaba como servidora de los pobres y de los enfermos. Vicente comprendía muy bien lo que había de peligroso en las nuevas aspiraciones de las hermanas. Tenía que convencerles de que estaban equivocadas. Para eso hacía falta una señal de Dios. Turbada por la inquietud, Luisa fue a Chartres y escribió a Vicente: «Llegarnos a Chartres el viernes 14 de octu­bre. Los actos de piedad del sábado consistieron en dar a Dios, en la capilla de la Santísima Virgen, lo que le debía por un número de gracias recibidas de su bondad. Los del domingo fueron por las necesidades de mi hijo; el lunes, día de la Dedicación de la iglesia de Chartres, ofrecí a Dios los planes de su providencia sobre la Compañía de las Hijas de la Caridad; le ofrecí totalmente la dicha Compañía y le pedí su destrucción antes de que se estableciera contra su santa voluntad; y pedí para ella, por las oraciones de la Santísima Virgen, Madre y Guardiana de la dicha Compañía, la pureza que necesita. Viendo en la Santísima Virgen el cumpli­miento de las promesas de Dios a los hombres, y viendo cumplido el voto de la Santísima Virgen en la realización del misterio de la Encarnación, le he pedido para la Compañía la fidelidad por los méritos de la sangre del Hijo de Dios y de María, y que él fuese el lazo de unión fuerte y dulce de los corazones de todas las herma­nas para honrar la unión de las tres personas divinas».

¿Cuál fue el fruto de aquella peregrinación?

Dios no destruyó la Compañía, las hermanas que habían cau­sado el problema la dejaron. Fue una prueba difícil, pero que re­forzó en los fundadores la convicción de que estaban en el buen camino.

Por otro lado, Luisa estaba convencida de que María no deja­ba sin responder ninguna oración. La lectura atenta de la narra­ción de la peregrinación a Chartres nos deja ver la fórmula que resume la profesión de fe de Luisa.

Cuando Luisa rezaba en la capilla de María daba gracias a Dios por todas las gracias recibidas. Oraba, pues, con María y por intercesión de María. Dios seguía siendo el punto central y el fin. Me vienen a la mente de repente las palabras de María a Catalina Labouré: «Venid al pie de este altar; aquí se derraman las gracias».

Dos días después Luisa se dirigía a Dios una vez más. No pronunció el nombre de Cristo, no se volvió hacia Jesús. Se puso enteramente a disposición de Dios, del Todopoderoso que reina sobre todas las cosas. Utilizó la expresión «ofrecer a Dios» al pronunciar las palabras «Señor, que se haga tu voluntad». Antes de manifestar ninguna petición reafirmó la disponibilidad de su corazón y su capacidad para aceptar el designio que Dios tenía sobre ella: «ofrecer a Dios los designios de su Providencia». Ad­vertimos aquí la influencia ejercida sobre Luisa por las corrientes teológicas de la época. Los dos conceptos siguientes: la voluntad de Dios y la Providencia divina ocupaban un lugar muy importan­te en la espiritualidad del siglo XVII.

Para Luisa Dios estaba presente en todos los pensamientos, todos los proyectos, todas las acciones. En ese contexto la pre­gunta importante era: «¿en qué se puede reconocer la voluntad de Dios y la Providencia divina? Ella misma responde así: «Hay que esperar en paz que la gracia produzca en nosotros la verdadera humildad, que al darnos conocimiento de nuestra impotencia, nos la haga reconocer»‘». Luisa estaba convencida de que la Provi­dencia era lo único de que se podía estar seguro del todo. Y de ese modo llevó a cabo en Chartres el paso que marcó un desprendi­miento total en relación a la obra de su vida, la edificación de la Compañía de las Hijas de la Caridad, pues se pudiera pensar que esa empresa no correspondía con la voluntad de Dios.

Sin embargo mantenía la esperanza de que María le concede­ría su ayuda, y fue por eso a Chartres. Entonces Luisa negoció un poco como Abrahán con Dios en el tema de la destrucción de las ciudades. ¿Y si no quedaban más que diez justos? Luisa pidió a María que intercediera por ella ante Dios para que concediese a la Compañía la pureza de la que tenía necesidad, que le diera la fidelidad necesaria, por amor de Cristo y de María, y que tuviera a bien consolidar su unidad interior, por el amor de la Trinidad Santa.

María y la Encarnación

Este texto puede darnos algunas indicaciones sobre la piedad mariana propia de Luisa, influenciada también en esto por la es­piritualidad de su tiempo. Como hemos dicho, algunos teólogos de renombre del siglo XVII encontraban en la Encarnación la ra­zón de la elección de María. Por su parte Luisa, a diferencia de Vicente, creía haber encontrado esa razón en la Trinidad Santa, «y tanto como yo pudiera, agradecer a la Santa Trinidad por la elec­ción que ha hecho de la Virgen santa para estar tan estrechamente unida a su divinidad».

Hoy podríamos pensar que Luisa, desbordada por todas les desgracias de su tiempo, encontraba refugio en la persona de Ma­ría, y que le pedía que intercediera por ella ante Dios, para que le enviara ayuda y consuelo. Es interesante notar que Luisa primero alababa las cualidades de María y la gracia de su elección, y que solamente después de eso invocaba su misericordia y su ayuda en favor de la humanidad sumergida en la miseria.

Luisa glorificaba a María como obra maestra del poder de Dios sobre la naturaleza puramente humana. Aunque el conci­lio de Trento rehusara estudiar la proclamación de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Luisa estaba firmemente conven­cida de que María gozaba del privilegio de la concepción inmacu­lada, y que ella podía, por esa razón, ser llamada la llena de gracia e incluso dispensadora de gracias. Luisa concluía diciendo sobre la misericordia de María: «Debemos pues honrar a esta Inmacu­lada Concepción que la ha hecho tan preciosa a los ojos de Dios, y creer que solo depende de nosotros el que seamos ayudados por la Virgen santa en todas nuestras necesidades, pues es imposible, según me parece, que la bondad de Dios le rehúse nada, pues como su mirada divina no se ha apartado jamás de ella, que siem­pre fue según el corazón de Dios, debemos creer que su voluntad está siempre dispuesta a concederle todo lo que ella le pida, pues tampoco ella le pide nada que no sea para su gloria y para nuestro bien. Debemos ver con atención las ventajas que la santa Virgen tiene sobre todas las criaturas como fruto de su Concepción Inmaculada».

Luisa escribió varias páginas para describir las cualidades de María. Esos textos son resultado de sus meditaciones, no estaban destinados a la publicación, a lo más los enseñaba a su director espiritual, Vicente de Paúl. Gracias a él ella fue cambiando poco a poco su manera de pensar, porque hasta 1625 Luisa se había dejado guiar por los representantes de la llamada escuela de la espiritualidad abstracta. Se había dedicado al estudio profundo de la esencia divina, de la distancia infinita entre Dios y el hombre. Desde esa perspectiva el hombre no es nada, debe permanecer humilde ante la grandeza de Dios y someterse completamente a la santa voluntad divina. Eso es sobre todo posible cuando se ve­neran los misterios de Jesús, los estados de Jesús, a los que el ser humano se puede acercar en adoración. Luisa, por ejemplo, escribió textos para el tiempo de adviento que llevan el siguiente título: «¿Qué hacía Jesús en el seno de su madre?»

Luisa veneraba también la Ascensión de Nuestro Señor y con­sideraba a la Virgen dichosa por haber aceptado la separación de su Hijo y que se quedara en la tierra por el bien de la humanidad. Gracias a Vicente Luisa fue llevando su meditación hacia la imi­tación de Cristo en el servicio de los pobres y de los enfermos. Para Vicente de Paúl el amor de Dios se hacía tangible en la En­carnación. Gracias a ella, la unión con Cristo fue tomando en la vida de Luisa un sentido cada vez más concreto, y de ahí extrajo ella una nueva relación con la madre de Dios. La veneración que Luisa tenía por María tenía algunos aspectos materiales y popula­res. Luisa honraba a la Virgen María con la peregrinación a Char-tres, pero también recitando un rosario peculiar, pues decía nueve avemarías en honor de los nueve meses que Jesús pasó en el seno de su madre. Pidió a Vicente que se lo permitiera hacer, pero Vi­cente no le dio ese permiso más que a regañadientes.

Así se lo pidió Luisa a Vicente: «Le pedí a su caridad permiso hace tres años para decir el rosario pequeño que hago a mi ma­nera; tengo en una cajita cantidad de esos pequeños rosarios, con pensamientos escritos en papel sobre este tema, para dejárselos a todas nuestras hermanas después de mi muerte, si su caridad lo permite. No lo sabe nadie. Es para honrar la vida oculta de Nues­tro Señor en su estado de encerrado en las entrañas de la Virgen santa, y para felicitarle por su felicidad durante esos nueve meses, y las tres cuentas pequeñas para saludarle por sus bellos títulos de hija del Padre, madre del Hijo y esposa del Espíritu Santo. Eso es lo fundamental de esta pequeña devoción».

Respuesta de Vicente de Paúl

A Vicente de Paúl no le hacía mucha gracia esa manera de expresar la fe, y desaprobaba esas pequeñas prácticas de oración. Pues el espíritu y la vida del alma podían ciertamente ser ahoga­das por esas formas de piedad, en apariencia inocentes, pero al final una vida de oración podía ser ahogada por ese tipo de prácti­cas exteriores. Cierto, la vida de oración de Luisa era todo menos superficial. Sin embargo, había que evitar todo lo que pudiera poner en peligro la profundidad y la autenticidad de su devoción. Durante los primeros años en los que Luisa estuvo bajo su direc­ción espiritual, Vicente había podio observar su inclinación a im­ponerse reglas en materia de oración. Por ejemplo, había tomado la decisión de honrar a Nuestro Señor por medio de treinta y tres oraciones, en memoria de los treinta y tres años de su humanidad santa. Expuso este plan de oración a su director espiritual.

He aquí lo que le respondió Vicente: «Lea el libro del amor de Dios, en particular el que trata de la voluntad de Dios y de la indiferencia. En cuanto a los treinta y tres actos a la humanidad santa y a los otros, no sufra si falta a ellos. Dios es amor, y quiere que vayamos hacia él por amor. No se sienta pues obligada a to­das esas resoluciones. [. .] La práctica que se refiere a María me agrada, con tal de que la practique con tranquilidad’». Luisa se había obligado a decir también una serie de oraciones a la Virgen. Pero Vicente le disuadió de ello. No le permitió más que una de aquellas oraciones cuando su hijo cayó enfermo, pero luego quiso discutir con ella sobre todo eso.

Sin embargo Luisa no pudo aceptar fácilmente el que le rehu­sara el permiso. Y se permitió informarle de su decepción: «Creo que debo decirle también a su caridad que he tenido y tengo algo de pena en dejar esas pequeñas oraciones, pues creo que la Virgen santa deseaba que yo le rindiese ese pequeño deber de gratitud, y me consuelo con ella al decirle qué es lo que me lo impide, con la resolución de intentar agradarle de alguna otra manera, de servirle con mayor fervor; pero ¡con qué debilidad cumplo mis resolucio­nes y con qué frecuencia me olvido de ellas!».

Luisa defendió su punto de vista con toda sencillez y con ente­ra libertad. Pero de seguido reconoció humildemente su debilidad. Por este tiempo Vicente era su director espiritual desde hacía poco tiempo. A lo largo de los años encontró, justamente gracias a él, una manera enteramente personal de ser, y alcanzó una madurez espiritual que ha entusiasmado a cientos de hermanas y que les ha llevado a entregarse al servicio de Cristo de manera heroica. Sin embargo, su piedad hacia María seguía expresándose de manera concreta y tangible. Luisa pintó varios cuadros de mayor o menor tamaño; tenía preferencia por pintar a Jesús con su madre. Para pedir la intercesión de María a favor de su hijo pintó para un altar un cuadro bastante grande que representaba a la Virgen María. Su hijo Michel rechazaba por aquel tiempo la autoridad maternal, lo que consternaba a Luisa y con razón le hacía sufrir. Su hijo no podía ya soportar el aspecto demasiado protector de su madre. Y simplemente se fue. Ella hizo lo que haría hoy cualquier madre cristiana, oró y pidió ayuda para él…, y consiguió esa ayuda.

La actividad educadora de Luisa

No siempre Luisa fundamentó su espiritualidad en su devo­ción a María. Siempre se apoyó más bien en la Encarnación y la cruz. Por ejemplo, cuando explicaba su manera de recitar el rosario con las nueve avemarías y las tres cuentas pequeñas, co­locaba claramente a Dios en el centro. Veneraba la Encarnación. Eso explica los treinta y tres actos dedicados a la santa humani­dad, los desaconsejados por Vicente. Cuando decía su rosario por María Luisa le atribuía tres títulos: le alababa como hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo y esposa del Espíritu Santo. Estas ca­lificaciones no fueron de hecho inventadas por Luisa, sino que las tomó prestadas de oraciones ya existentes. Las encontramos, por ejemplo, en la última estrofa del cántico Maravilloso esplendor.

Habrá hermanas que aún recuerden que antes del Concilio co­menzábamos el rosario de cada día con esas tres calificaciones. ¡Una herencia de santa Luisa!

La relación de Luisa con Cristo, presente en la piedad bien probada hacia María en los últimos años, aparece en todas las ora­ciones y meditaciones dirigidas a la Virgen. Naturalmente, Luisa ha transmitido todo eso a las hermanas. En materia de educación y de acompañamiento espiritual se apoyaba en el ejemplo de la vida de María y en sus virtudes. La relación con Dios, la vida ani­mada por el amor de Dios era una experiencia evidente para las hermanas. Luisa no dejaba pasar ninguna ocasión sin animar a sus jóvenes a la santidad. Y así, escribía el día de la Asunción la carta siguiente a las hermanas de Angers: «Es verdad, mis queridas her­manas, que no os escribo con tanta frecuencia como me gustaría, ni cómo debería; pero cuanto más envejecemos, más aumentan las tareas. Alabo a Dios porque las hermanas se han curado; hace tiempo que no me manda cada una noticias sobre sí misma en par­ticular. Os ruego que unas después de otras me escribáis largo so­bre las novedades que haya habido; suplico a Nuestro Señor que seáis todas según su corazón, y hayáis acompañado a la Virgen en el día de su muerte, por el sacrificio voluntario que podéis haberle hecho de morir a vosotras mismas, para vivir en Dios, haciendo durante todo el resto de vuestros días su santísima voluntad».

Un 15 de agosto tuvo Luisa otra meditación en la que contem­plaba a María en todo su esplendor participando también ella en la redención. Daba honor a la Virgen a causa de su dignidad y de su participación en el sacrificio de la cruz. Una vez más, colocaba a Cristo en el centro.

«El 15 de agosto de 1659 mi ocupación durante la misa, en la que iba a comulgar, ha sido la grandeza de la Virgen santa corno madre del Hijo de Dios, a la que él quiso honrar tanto que po­demos decir que ella ha tenido alguna contribución en todos los misterios que ha obrado Nuestro Señor, [y que] ella ha contribui­do a su humanidad […] y contemplándola de esta manera le he felicitado por la excelente dignidad que tiene por este medio en el grande y divino sacrificio perpetuo de la cruz, representado y ofrecido en nuestros altares».

Si admiramos y recordamos a Luisa de Marillac es, sobre todo, como la mujer que trabajó con sus hermanas para los pobres que atendía san Vicente y que, ante todo, hizo posible que sus obras llegaran a existir. Vicente orientó la vida espiritual de santa Luisa y la dirigió fundamentalmente al servicio de los pobres. El pobre no es el objeto de sus reflexiones, es su fruto. La experien­cia espiritual de sus años jóvenes encontró, en la cima de su obrar, una consecuencia lógica en la aspiración a seguir a Jesucristo, a cuya voluntad une su vida como en desposorio. Se trata de imitar la humanidad santa de Nuestro Señor, adoptar su modo de obrar, actuar como Él, con la misma dulzura, la misma humildad y la misma obediencia hacia su Padre, y sobre todo de servir con la misma misericordia. Por otro lado escribe Luisa: «Me he resuel­to totalmente a seguirle, sin ninguna reserva. […] He tomado la resolución de que en toda ocasión dudosa e indecisa, miraré qué hubiera hecho Jesús, y honraré su sometimiento a su santa Madre como hijo que dependió de ella durante algún tiempo»‘». Quería acoger en sí misma la vida de Jesús y hacer de ella el motor de su propia existencia. Su propia vida debía ser prolongación y conti­nuación de la vida de Jesús. En eso parece que escuchamos a Vi­cente de Paúl. Vaciarnos de nosotros mismos, recibir en nosotros las virtudes de Cristo. «¿Y de quién aprenderemos esas virtudes que tenéis, si no es de vuestra Madre?»

Luisa animaba continuamente a sus jóvenes a ponerse bajo la protección de María y a imitar el modelo de su vida oculta.

Luisa escogió hacer de María la madre de la joven Compañía, e incluso dirá más tarde que María es la sola y única madre de la Compañía. Sin embargo, cuanto más centraba su fe en Cristo aceptando la cruz, imitando a Jesús crucificado, tanto más me­ditaba en María, escogida para que fuera la madre de la Iglesia en la persona de san Juan. Identificaba a la Compañía con san Juan, que aprendió la práctica de las virtudes gracias a la Virgen, a quien por otro lado consideraba su única madre. Luisa reconoció cada vez con más claridad la Inmaculada Concepción como el origen de la dignidad de la madre de Jesús.

Veneración de la Inmaculada

En los escritos tardíos de Luisa encontramos cada vez más oraciones a la Virgen Inmaculada. Insistía, como lo había hecho ya en Chartres, en ofrecer la joven Compañía a la Virgen. Podría­mos reunir esos textos, meditaciones sobre María, oraciones y actos de consagración en un buen libro de oraciones. De hecho nuestra Compañía ya tiene su libro de oraciones llamado Formu­lario. Esa antología contiene un rico tesoro, como por ejemplo los textos de nuestros fundadores. Esos textos no pueden verse como pasados de moda, pero sin embargo las generaciones jó­venes no son las únicas en sentir cierta incomodidad en aceptar la piedad de aquella época. A pesar de todo, nuestros fundadores consideraban el dogma de la Inmaculada Concepción como una base esencial de la fe. Así, Vicente de Paúl insistía sin cesar sobre la oración del Ángelus. Concluía con frecuencia sus cartas con un pensamiento para la Madre Inmaculada, y sus misioneros hacían lo mismo.

Luisa mencionaba a la Virgen y Madre Inmaculada en sus car­tas a las hermanas, pero sobre todo en sus escritos personales. Subraya en sus meditaciones la unión especial y única que existe entre la Virgen y el Espíritu Santo. Por otro lado, el día de Pente­costés de 1623 ocupó siempre un lugar central en su vida: «Y el Espíritu Santo, dando testimonio a los hombres de que Jesucristo es en verdad Dios y hombre perfecto, les llena de alegría, de áni­mo y de desprendimiento».

María, la esposa del Espíritu Santo, la madre del Hijo de Dios debe, por su estrecha relación con la santa Trinidad, ayudar a Lui­sa a realizar ese desprendimiento de todo lo que no es Dios: «¡Oh, Dios mío! si soy tan feliz por recibir vuestro Espíritu Santo, no más vida que la vuestra, que es toda amor». «¡Concededme esta gracia por el amor que tenéis a la Virgen santa!».

Luisa de Marillac aspiraba ciertamente a la santidad para sí misma, pero también para sus hijas espirituales. Se ponía a sí mis­ma y a toda la Compañía bajo la protección de María, virgen y madre.

Cuanto más disminuían sus fuerzas tanto más confiaba en la ayuda maternal de María. Y así podemos leer con mucha frecuen­cia en sus escritos: «¡María, Madre única de nuestra Compañía!».

María, Madre única

El 8 de diciembre de 1658, segundo domingo de adviento, Vicente de Paúl tuvo una conferencia con las hermanas sobre el tema del rosario. Concluyó con una oración, como era su costum­bre. Aquel día exhortó a las hermanas a pedir a Dios la gracia por intercesión de la Virgen, Madre de misericordia, protectora de la Compañía. En esa oración habló Vicente de oblación, en nombre de cada una y en nombre de la Compañía.

Aquella misma tarde, al anochecer, Luisa escribió a Vicente, a quien no se había atrevido a hacer una nueva petición por la tarde. La petición era para el 9 de diciembre, día en que se celebraba la Inmaculada Concepción, no habiendo podido hacerlo el 8, do­mingo de adviento. Le pedía: «En nombre de toda la Compañía de nuestras hermanas, […] que nos ponga usted mañana en el santo altar bajo la protección de la Santísima Virgen, […] que la podamos reconocer siempre como a nuestra única Madre, pues su Hijo no ha permitido hasta ahora que ninguna se apropie de ese título en acto público».

Vicente accedió a esa petición. Fue probablemente Luisa mis­ma quien redactó el acto de consagración, que tituló como «Obla­ción de la Compañía de las Hijas de la Caridad a la Virgen».

Luisa de Marillac expresaba de ese modo la veneración que sentía por María a la vez como Virgen Inmaculada y como madre del Hijo de Dios. En aquella época la fiesta de la Inmaculada Concepción no había sido aún prescrita por la Iglesia, había in­cluso quienes la ponían en cuestión. En 1568 el papa Pío V la conservó en el breviario romano. Más tarde, en 1617, una bula del papa Paulo V prohibió el expresar en público opiniones con­trarias a la Inmaculada Concepción. Pero en la misma época la Inquisición Romana, dirigida por los dominicos, se opuso a ese título. En 1627 decidieron por decreto confiscar todos los libros que lo mencionaran.

Luisa vivía, pues, en una época en que se enfrentaban los de­fensores y los adversarios de esa denominación. Para Luisa la Concepción Inmaculada era inseparable de la maternidad divina de María. Y oraba sin cesar a Dios que concediera a las hermanas por su gran misericordia aquella pureza de pensamiento, palabra y obra que poseía María. Las hermanas debían imitar a la Vir­gen, la madre de Dios, escogida por Luisa para ser la madre de la Compañía. Tenían que aprender de ella a amar en la figura del pobre a Cristo por encima de todas las cosas, a entregar su amor con toda sencillez y con toda humildad.

Por medio de aquella consagración se inscribió oficialmente en los actos de la Compañía la devoción a la Inmaculada Concep­ción. Después de la muerte de los fundadores fue la superiora Sor Maturina Guérin la que hizo que se siguiera practicando el acto de consagración el día 8 de diciembre. Además el texto fue añadido al ejemplar de las santas Reglas que recibía la hermana sirviente con ocasión de una nueva fundación. Ese texto permaneció sin cambios durante tres siglos, es decir hasta 1953. Hoy lo hemos modernizado y sigue siendo uno de nuestros puntos de referencia.

Vamos a recordar ahora otra tradición. El año de la muerte de nuestros fundadores, en la fiesta de la Inmaculada Concepción el director general de las hermanas tuvo una conferencia sobre la devoción a la santa Virgen. Hemos mantenido esa costumbre y todos los años el 8 de diciembre tiene lugar una conferencia sobre la Inmaculada Concepción. El director general correspondiente sabía que estaba encargado de darla. Se han conservado los títu­los y los textos de esas conferencias. Se han conservado en total ciento veintidós. La última conferencia es del 8 de diciembre de 1968. Después hubo una interrupción. Estas son las razones: los documentos del Concilio y los posteriores al Concilio proveían de suficiente materia para profundizar en la devoción a María. El capítulo ocho de Lumen gentium nos presenta a María la madre de Dios, «la Virgen santa en el misterio de Cristo». En la exhortación apostólica Marialis cultus de 1974 el papa Pablo VI recomienda el Ángelus y el rosario de la Virgen María. En 2002 el papa Juan Pablo II insiste de nuevo sobre la importancia del rosario, y nos exhorta a ingresar «en la escuela de María para contemplar el rostro de Cristo».

Desde hace alrededor de dos siglos las Hijas de la Caridad, al rezar el rosario, intercalan entre las decenas la oración: «Santísi­ma Virgen, creo y confieso vuestra santa e Inmaculada Concep­ción».

Cuando María se apareció a Catalina Labouré, las hermanas rezaban a la Santísima Virgen, por eso María no se ha sentido ex­traña en la Compañía querida por san Vicente y santa Luisa. Dijo efectivamente la Virgen: «Me complazco en derramar las gracias sobre la comunidad en particular. La amo mucho».

¿Lo dice ella aún hoy? Podríamos encontrar la respuesta si se­guimos la exhortación de María: «Haced todo lo que él os diga».

«Pedid a la Virgen santa

que sea ella vuestra única Madre».

(Testamento espiritual)

Sor Alfonsa Richartz

La Milagrosa

 

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