Vicente de Paúl, un cristiano revestido del espíritu de Cristo (IV)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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  1. VICENTE DE PAÚL, EL EVANGELIZADOR DE LOS POBRES

En cuanto a la virtud de la caridad, no es necesario subrayar su capitalidad, pues constituye el carisma del señor Vicente. Un dato, sin embargo, sobre su conducta cristiana puede sernos sufi­ciente para comprender la primacía del amor en él. La docilidad a las sugerencias del Espíritu le introducía en el misterio inson­dable del amor de Cristo evangelizador de los pobres, trazándo­se a sí mismo el proyecto que le urgía, en contacto con el «pobre pueblo», a revestirse del espíritu de Jesucristo sencillo, humilde, manso, mortificado y lleno de celo por la gloria del Padre y el bien del hombre. Cuántas veces no diría: «Entremos en su espí­ritu para entrar en sus acciones. No basta con hacer el bien, hay que hacerlo bien, a ejemplo de nuestro Señor, de quien se dice en el evangelio que «todo lo hizo bien» (Mc 7, 37)». He aquí el gran «negocio» al que se entregó nuestro apóstol de la caridad.

Se sentía, en efecto, atraído por la caridad del «enviado del Padre», del «evangelista y evangelizador de los pobres»; por eso recomendaba vivamente a los misioneros: «Quienes han sido llamados a continuar la misión de Cristo, misión que consiste sobre todo en evangelizar a los pobres, deben llenarse de los sen­timientos y afectos de Cristo mismo; más aún, deben llenarse de su mismo espíritu y seguir fielmente sus huellas».

Apelando a su propia experiencia, ¿qué más podría haber dicho que no lo expresara con entera sinceridad? Por ejemplo, al referirse a la misión del profeta, exclama como fuera de sí mismo: «Yo no me creería cristiano si no procurase participar en el «ojalá todos fueran profetas»… ¡Seríamos muy miserables si tuviésemos envidia de que otras personas se dedicasen a la ayuda de esas pobres almas que se pierden sin cesar!». Tal sentimien­to lo experimentaba en lo más vivo de su ser, como hombre de fe y amor.

¿Qué descubre el señor Vicente en Jesús lleno del amor al Padre y a los hombres, aunque sea a través de otros autores? Descubre ante todo un Dios humanado, ungido y movido por el Espíritu para evangelizar a los pobres, con amor afectivo y efec­tivo. Poco importa encontrarnos, en sus palabras, con dependen­cias de la Mística renano-flamenca, Devoción moderna o del Humanismo devoto, llámense dependencias berullianas, duvalianas, salesianas o canfieldianas, porque Vicente de Paúl supo adaptarlas a su experiencia cristiana y misionera, cuya síntesis se encierra en la siguiente comunicación:

«¿Qué es el espíritu de nuestro Señor? Es un espíritu de per­fecta caridad, lleno de una estima maravillosa a la divinidad y de un deseo infinito de honrarla dignamente, un conocimiento de las grandezas de su Padre, para admirarlas y ensalzarlas incesan­temente. Jesucristo tenía de Él una estima tan alta que le rendía homenaje en todas las cosas; todo se lo atribuía a Él; no quería decir que fuera suya su doctrina, sino que la refería a su Padre: «Mi doctrina no es mía, sino del Padre que me envió» (Jn 7,16)… Y su amor ¿cómo era? ¡Oh, qué amor! ¡Salvador mío, cuán gran­de era el amor que tenías a tu Padre! ¿Podía acaso tener un amor más grande que anonadarse por Él? Pues san Pablo, al hablar del nacimiento del Hijo de Dios en la tierra, dice que se anonadó (cf. Flp 2,7-8). ¿Podía testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor de la forma en que lo hizo? ¡Tú eras incomparablemen­te más grande que cuanto los ángeles pudieron comprender y comprenderán jamás. Sus humillaciones no eran más que amor; su trabajo era amor, sus sufrimientos amor, sus oraciones amor, y todas sus operaciones exteriores e interiores no eran más que actos repetidos de amor. Su amor le dio un gran desprecio del espíritu del mundo, desprecio de los bienes, desprecio de los pla­ceres y de los honores».

En otro momento, al hablar del amor de Jesucristo al hombre, dirá: «Miremos al Hijo de Dios: ¡qué corazón tan caritativo! ¡Qué llama de amor! ¿Hay amor semejante? ¿Quién podría amar de una forma tan supereminente? Sólo nuestro Señor ha podido dejarse arrastrar por el amor a las criaturas hasta dejar el trono de su Padre para venir a tomar un cuerpo sujeto a debilidades. ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros, por su ejemplo y su palabra, la caridad con el prójimo. Este amor fue el que lo cruci­ficó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención».

Las citas han sido largas, pero merecían la pena para aproxi­marnos lo más posible a lo que él entendía por espíritu de Jesús. Todo eso se lo dirá, de forma axiomática, a un sacerdote de la Misión hacia 1657: «Las dos grandes virtudes de Jesucristo son la religión para con su Padre y la caridad para con los hom­bres».

Escuchemos con atención al señor Vicente cuando habla del «espíritu», porque puede usar el vocablo con sentidos varios y complejos, desde el referido al Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, hasta significar aliento, vigor y vida, viento o soplo, humor o vapor, savia, talante y estilo, según tome la voz de la Biblia, la Teología, la Filosofía, la Ética, la Antropo­logía o la Patología psicológica. Pese a ser éste un estudio inte­resante y lleno de curiosidades, no nos detenemos en él.

De todas formas, es inevitable una mención al menos a su experiencia referente a la docilidad al Espíritu Santo, «que Dios da a los que le obedecen» (Hch 5, 32): «Cuando se dice: el espí­ritu de Nuestro Señor está en tal persona o en tales obras, ¿cómo se entiende esto? ¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo? Sí, el Espíritu Santo, en cuanto a su persona, se derrama sobre los justos y habita personalmente en ellos. Cuan­do se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu».

Vicente de Paúl parte del supuesto de que cuando uno es lla­mado para una misión apostólica concreta, el Espíritu Santo se encarga de modelarle y prepararle para el desempeño de tal misión. El Espíritu no puede por menos de llevarle a Cristo oran­te y trabajador, obediente a la voluntad del Padre y entregado a la misión salvadora. Aparte la insustituible dependencia del Espíritu Santo para revestirnos de Cristo, está además presente el Espíritu de amor en el evangelizador de los pobres haciendo de guía y «maestro interior».

La expresión «revestimiento del espíritu de Cristo», tomada de san Pablo, es sugerente a más no poder. El término «revesti­miento» supone mucho más que una simple envoltura externa, impuesta por la moda, sino que es algo inherente e íntimo al ser cristiano. Es el sello impreso por el Espíritu en el corazón del hombre. Llevar vida en el Espíritu equivale a llevarla en Cristo, como enseña san Pablo a los cristianos de la comunidad de Roma (cf. Rm 8). San Vicente lo explica así, aportando su pro­pia experiencia a la luz del evangelio: «Cuando nuestro Señor imprime en nosotros su carácter y nos da, por así decirlo, la savia de su espíritu y de su gracia, estando unidos a él como los sar­mientos de la viña a la cepa, hacemos lo mismo que él hizo en la tierra, esto es, realizamos obras divinas y engendramos lo mismo que san Pablo nuevos hijos de Nuestro Señor».

Si esto es así, no establece diferencia alguna, en la práctica, entre la vida en Cristo y la vida en el Espíritu, como aconseja a Antonio Portail, aunque acentúe su preferencia por la persona de Jesucristo y le convierta en Regla de la Misión y de la Caridad: «Acuérdese, padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucris­to y llena de Jesucristo, y que para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo».

Más en particular, nuestro evangelizador de los pobres se esfuerza por todo los medios posibles en convencer a sus compañeros a que se revistan de las virtudes que caracterizan a Jesu­cristo, es decir de la sencillez, humildad, mansedumbre, mortifi­cación y celo por la salvación de los hombres. De faltarles el espíritu que rezuman estas virtudes apostólicas, quedarían redu­cidos a materia «amorfa», a «cristianos en pintura», a «cadáve­res ambulantes», a «cuerpos sin alma», a «sarmientos secos» y a «fantasmas de misioneros». Por el contrario, estas mismas vir­tudes apostólicas que expresan el espíritu de la comunidad cons­tituyen su «fundamento» y son como las «facultades del alma de toda la Compañía», su «divisa», su «marca o sello», su «distin­tivo», su «contraseña» o «santo y seña», en fin sus «credencia­les» de auténticos cristianos y seguidores de Jesucristo evangeli­zador.

¿Quién de nosotros desconoce el ingenio del señor Vicente ante los misioneros cuando les explica la humildad que debía distinguirles: «Cuando nos pregunten sobre nuestra condición, que el Señor nos permita decir: es la humildad. Que sea ésta nuestra virtud. Si se nos dice: ¿Quién va? — La humildad. Que sea ésta nuestra contraseña?»

También a las Hijas de la Caridad las exhortará a que vivan con ilusión las virtudes propias de su vocación, porque: «Si hay algo que hemos de pedir a Dios, es nuestro espíritu —de humil­dad, sencillez y caridad—, ya que ese espíritu es la vida de nues­tra alma… Si vivís con ese espíritu, ¡cuán feliz se sentirá la Cari­dad, qué bien la honraréis y cómo se multiplicará por todas partes».

¡Cómo se multiplicará! He aquí un dato sobresaliente de la pastoral vocacional vicenciana no siempre tenida en cuenta, sobre todo cuando se acentúa, con razón, la grandeza de la evan­gelización de los pobres, que a tantos entusiasma de momento, pero que luego se desmorona en ellos por los sacrificios que implica. La vivencia y el entusiasmo por el espíritu de una comu­nidad es la garantía de la pastoral de vocaciones. Vicente de Paúl no puede por menos, llevado una vez más de su experiencia, de inculcar las virtudes que expresan el espíritu de la comunidad, porque de otra manera ¿cómo nos acomodaremos a los pobres para servirles por todo el tiempo que sea necesario y por todo el mundo? Esas virtudes dinamizan la caridad y la misión con palabras y obras.

En fin, todo ese conjunto de convicciones y pruebas constitu­ían el meollo de su experiencia humana, cristiana y misionera, experiencias sentidas y vividas conjunta y unitariamente, aunque nosotros las hayamos tratado por separado. La vocación misio­nera de Vicente floreció en el jardín de la Iglesia de aquella pri­mera semilla cristiana, al ritmo de los acontecimientos y a la luz del espíritu de Jesucristo evangelizador.

Antonino Orcajo

CEME 2011

 

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