Vicente de Paúl, un cristiano revestido del espíritu de Cristo (II)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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  1. VICENTE DE PAÚL, EL HOMBRE

Podría parecer innecesario y hasta superfluo partir del supuesto «hombre» para valorar al «cristiano», elevado a la cate­goría de hijo de Dios por la gracia del Espíritu. Pero no, porque sin el conocimiento previo de tal o cual naturaleza humana nos resultaría más difícil todavía seguir la evolución y transforma­ción de esa criatura racional en un cristiano auténtico. El hombre Vicente de Paúl comienza a destellar la luz de Cristo desde que tomara conciencia de Dios, de sí mismo y del mundo que le rodeaba.

Si algo habría que destacar en él como hombre son sus raíces campesinas y las virtudes domésticas de la honradez, el trabajo y el agradecimiento. Estaba convencido de que «un hombre que no tiene palabra no es hombre: sólo tiene las apariencias, es un animal, un animal feroz que merece ser echado de la sociedad’. Veinte años antes de emitir este juicio el 13 de agosto de 1655, había mani­festado al P. Antonio Portail, el 1 de mayo de 1635: «No se le cree a un hombre porque sea muy sabio, sino porque lo juzgamos bueno y lo apreciamos. El diablo es muy sabio, pero no creemos en nada de cuanto él nos dice, porque no lo estimamos…»

Todos sus biógrafos están de acuerdo en que era un trabaja­dor infatigable y que evitaba a todo trance ser carga a la socie­dad y comer de balde, según la enseñanza de san Pablo: «El que no trabaje, que no coma» (2 Ts 3, 10). Sin embargo, hasta llegar a esa entrega desinteresada y fiel al trabajo, en beneficio de los pobres y necesitados, hubo de superar serias dificultades que le pusieron a pruebas. Después de los sacramentos, el trabajo será su principal fuente de santificación, convencido de que «la Igle­sia es como una gran mies que requiere obreros, pero obreros que trabajen».

En cuanto al agradecimiento lo lleva tan grabado en el alma que llama a «la ingratitud el crimen de los crímenes… Aún más, hemos de tener cuidado de no caer en ese miserable pecado de la ingratitud para con los que nos alimentan y sostienen. Hemos de mostrarles mucho agradecimiento por el bien que nos han hecho».

He aquí al hombre sobre el que se sustenta, en buena parte, su experiencia humana. No exageramos al asegurar que la mentira, la vagancia y la ingratitud eran superiores a su modo de ser; no toleraba de ninguna manera un comportamiento doble e indolen­te. Pero estas virtudes humanas no eran suficientes, aunque sí básicas, para actuar siempre como auténtico cristiano, sellado por el Espíritu. Le faltaba todavía el espíritu de fe necesario, para volcarse sobre los más infelices, ya que negarse a echarles una mano sería «carecer de humanidad; ser peor que las bestias’.

El conocimiento que tenía de sí mismo y el espíritu de realis­mo que le acompañaba le ayudó a constatar que «el hombre no está nunca en el mismo estado» y que «el hastío y el desánimo son productos de la pobre naturaleza que se llevan a todas partes por donde uno va; hay que abandonarse al espíritu de nuestro Señor para poder soportarse a sí mismo y para vencer la timidez, pereza y demás enfermedades», pues «la naturaleza corrompida nos sujeta a estas miserias».

Vicente de Paúl, en determinadas circunstancias, al hablar de la Iglesia y de la sociedad, puede dar la impresión de estar tizna­do de pesimismo o de ser un campesino desconfiado; pero no, a no ser que llamemos pesimista al optimista que describe la cruda y dura realidad de un pueblo desangrado por las guerras, el ham­bre y las epidemias y en el que, para colmo de males, «se han impuesto los herejes y reinan los vicios y la ignorancia; y esto por culpa de los desórdenes de los propios sacerdotes y por no haberse opuesto con todas sus fuerzas, como tenían obligación, a esos tres torrentes que han inundado la tierra. Si no hubiera sido por el optimismo evangélico que le animaba, jamás se hubiera comprometido, con otros contemporáneos suyos, a mejorar la situación de aquella sociedad civil y eclesiástica.

El cambio de Vicente de Paúl fue debido al encuentro con Jesucristo, encarnado en los pobres de modo particular, encuen­tro que le obligó a replantear sus actitudes religiosas y sacerdo­tales, coincidiendo con la etapa de la «conversión». Tenía a la sazón treinta y seis años de edad, si damos el año 1617 como bisagra sobre la que hace girar su nueva vida de cristiano com­prometido. A ese año clave le precedió una tentación contra la fe que pudo durarle aproximadamente unos cuatro años; de ella salió más iluminado, robustecido y decidido a vivir con gozo y esperanza la vocación humana y cristiana.

Tal tentación o «crisis», entendida ésta en su sentido etimoló­gico, es decir de juicio y decisión, de donde vino a significar «momento decisivo», le sirvió de luz y de fortaleza para empren­der el camino de la caridad o del amor: carisma que recibió gra­tuitamente del Espíritu de Dios. En esto consiste, a mi parecer, la llamada «conversión» de Vicente de Paúl: en vaciarse de sus egoísmos, de sus antiguas ambiciones y aspiraciones a ascender en la escala social, sometiéndose a una purificación de la fe y a entablar una lucha constante consigo mismo, por amor a Dios y al hombre.

Afirmamos esto porque tras algunos años de experiencia cris­tiana, dirá a los misioneros: «Cuando un corazón se vacía de sí mismo, Dios lo llena. Dios es el que entonces mora y actúa en él. No somos nosotros los que obramos, sino Dios en nosotros»11. Y a las Hermanas: «¿Qué no hará una persona que tiene a Dios en sí, que está llena de Dios? No hará ya ciertamente sus acciones, sino que hará las acciones de Jesucristo; servirá a los enfermos con la caridad de Jesucristo; tendrá en su conversación la man­sedumbre de Jesucristo… En una palabra, todas sus acciones no serán ya acciones de una mera criatura, sino acciones de Jesucristo». En fin, «¿qué hacemos cuando nos situamos en la mor­tificación, en la paciencia, en la humildad y en las demás virtu­des? Situamos en nosotros a Jesucristo y podemos decir con san Pablo: ‘Vivo yo, pero no yo, sino Jesucristo quien vive en mí (Ga 2, 20)».

Es probable que la aludida «tentación» tuviera mucho que ver con la lucha entre la razón y la fe, la naturaleza y la gracia. Robustecido por un carácter firme y temperamento activo, reac­cionaba consecuentemente, de acuerdo con su psicología. Es cierto que la razón no siempre le aclaraba las razones del cora­zón con el que creemos y amamos a Dios y al prójimo, pero al final la fe terminaba prevaleciendo. Si partimos de esta realidad, podemos aplicarle lo que el Papa Juan Pablo II comentaba al comienzo de la encíclica Fides et Ratio: «La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el cora­zón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él, para que conociéndolo y amándolo, pueda alcan­zar también la plena verdad sobre sí mismo».

A nuestro joven Vicente le costó lágrimas a tragos el despren­dimiento de sus familiares, pero así fue cómo, al soplo del Espíritu, creció su experiencia humana y espiritual desde que tuvo conciencia de ser instrumento de la caridad de Cristo y heraldo del evangelio de los pobres.

Antonino Orcajo

CEME 2011

 

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