AMBIENTACIÓN
Tal vez, los temas sobre el espíritu de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac y la evangelización de los pobres, con palabras y obras, hayan sido los más abordados en lo que llevamos del año jubilar 350 de la muerte de los fundadores. Tal insistencia obedece al temor de verlo tan diluido en una sociedad descreída y materialista, que nos cuesta, a veces, reconocerlo en nuestras propias comunidades. No extraña, pues, que nos interpele. Una posible acedia espiritual y apostólica, prevista ya por san Vicente y apuntada en las Reglas o Constituciones de la C. M., cap. XII, 11, a la que hay que añadir hoy cierto pasotismo ante la vida y vocación cristiana, nos invaden y obligan a la vez a recuperar el espíritu característico, en caso de haberlo perdido, o de conservarlo en su integridad y pureza si se mantiene todavía vivo entre nosotros.
De ningún modo nos sirve de pretexto ni justifica un conformismo inoperante el saber que otras Congregaciones y Órdenes religiosas están pasando por igual o parecida situación; sería el colmo de la irresponsabilidad. Aunque sólo sea porque el espíritu vicenciano ha sido fuente incesante de inspiración para grandes testigos del amor a la humanidad a partir del siglo XVII, queda justificado el interés manifestado sobre el tema en asambleas, congresos, semanas de estudio, concentraciones, encuentros y coloquios.
A nadie se le escapa que entre tantos logros estructurales comunitarios, conseguidos en las últimas décadas, no se corresponde hoy un impulso renovador del espíritu de los fundadores. ¿Quién duda de que la comunidad vicenciana corre el riesgo, al igual que otras comunidades cristianas y religiosas, de perder su identidad y su carisma, al que el espíritu está orientado y debe ser su fundamento y expresión? Si le llegara a faltar de hecho, no tendría razón de ser en la Iglesia, pues se habría convertido en un «metal que resuena».
El Documento Inter-Asambleas de las Hijas de la Caridad de 2009-2015, «Dejémonos transformar por el Espíritu. Fuente de profecía y de esperanza», ha sido oportuno a más no poder y revelador de una necesidad real que espera urgente respuesta. Por cierto, las enseñanzas en él contenidas son tan antiguas como nuevas, ya que en nada se ha insistido tanto desde la muerte de los fundadores como en mantener vivo su espíritu entre nosotros. Prueba de ello son las Cartas Circulares de los Superiores Mayores a la Familia Vicenciana en momentos de crisis, con llamadas de auxilio.
El tema que me propongo desarrollar contiene tres partes, inspiradas en la palabra del propio Vicente de Paúl, que el 6 de diciembre de 1658, en la Conferencia sobre la finalidad de la Congregación de la Misión, se posicionó ante la vocación universal a la santidad: «¿Dónde está nuestra perfección? Está en hacer bien todas nuestras acciones: 1° como hombres racionales, tratando bien al prójimo y siendo justos con él; 2° como cristianos, practicando las virtudes de que nos ha dado ejemplo Nuestro Señor; 3° como misioneros, realizando las obras que él hizo y con su mismo espíritu, en la medida que lo permita nuestra debilidad, que tan bien conoce Dios».
De estas palabras partimos para justificar en tres partes nuestra exposición, a las que añadiremos una cuarta como constatación del carisma y espíritu de Vicente de Paúl. Así pues disertaremos: 1° sobre Vicente de Paúl, el hombre; 2° Vicente de Paúl, el cristiano; 3° Vicente de Paúl, el evangelizador de los pobres; 4° Vicente de Paúl y su irradiación en la Iglesia. Como no se trata aquí de exponer sus abundantes enseñanzas sobre el espíritu cristiano, sino de presentar su experiencia, me limitaré casi exclusivamente a comentar alguna de sus confesiones autobiográficas que prueban cómo, efectivamente, fue un cristiano revestido del espíritu de Cristo.
Antonino Orcajo
CEME 2011







