Vicente de Paúl: la fe que dio sentido a su vida. IV. ¡Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios!

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: Jacques Delarue · Traductor: Luis Huerga, C.M.. · Año publicación original: 1977.
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IV. ¡Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios!

Vincent-de-Paul-and-bible-alternateEl descubrimiento de la bondad de Dios no deja a Vi­cente maravillado e inactivo; está en el origen de un dina­mismo asombroso que da impulso a toda su vida. Viéndole recomendar la disponibilidad para con la divina Providen­cia, podrían imaginarse algunos que se trata de una actitud puramente pasiva, y que basta con «dejar hacer a Dios». Nada de eso, y lo veremos bien cuando le oigamos explicar­nos cómo, según una imagen que le es querida, somos «ins­trumentos de Dios».

Ante la bondad de Dios brota, espontáneo e irresistible, un sentimiento que lo arrastra todo: el amor de Dios, la voluntad apasionada de amarle y hacerle amar.

«Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pe­ro que sea a expensas de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestros rostros».

El Señor Vicente desconfía de todo pretendido amor de Dios que se quedase en piadosos sentimientos:

«Muy a menudo, tantos actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros afectos semejantes y prácticas interiores de un corazón tierno, aun­que muy buenas y muy deseables, son, sin embargo, muy sospechosas, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo».

Como san Juan, sabe que el amor de Dios no se paga de palabras y corre el riesgo de no ser más que puro engaño, si no desemboca en el amor efectivo, siempre presto a pagar con su persona por el amor de Dios y del prójimo. Un exte­rior edificante y unos pensamientos elevados no podrán bas­tar para la verdad del amor:

«Hay muchos que, con tener el exterior bien compues­to y el interior lleno de grandes sentimientos de Dios, se detienen ahí; y cuando se viene a los hechos, y es el momento de actuar, se quedan cortos. Les halaga su caldeada imaginación; se contentan con las dulces plá­ticas que tienen con Dios en la oración; hasta hablan de él como ángeles; pero en saliendo de allí, si es cues­tión de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de instruir a los pobres, de ir en busca de la oveja perdida, de carecer con gusto de algo, de dar la bienvenida a las enfermedades o a alguna otra desgracia, ¡ay! ya no hay nadie, falta el valor. No, no, ¡no nos engañemos!».

Cuando está uno poseído del verdadero amor de Dios, no podría uno guardarlo para sí, lo contagia uno; hay que compartirlo. Amar a Dios y hacerle amar, ambas cosas van siempre unidas. Cuando uno vive de él, ¿por qué temer ha­blar de él a los demás?

«Una buena palabra que sale del corazón, y dicha en el debido espíritu, bastará para llevarles a Dios. Así una buena Hija de la Caridad, que dice una buena pa­labrita a un enfermo, ¡ah! es un dardo que lleva su corazón al amor de Dios, es una llama de amor que entra en el corazón de aquellos a quienes va dirigida».

Este ardor contagioso del amor es, para el Señor Vi­cente, el celo:

«Si el amor de Dios es fuego, el celo es su llama; si el amor de Dios es un sol, el celo es su rayo. El celo es lo que hay de más puro en el amor de Dios».

Este amor hacia Dios se alimenta de tres grandes me­dios: la oración, la conformidad con la voluntad de Dios y el amor al prójimo.

Orar bien

En las comunidades por él fundadas, había establecido el Señor Vicente un ejercicio que él llamaba la «repetición de oración»; consistía en que cada miembro del grupo ex­pusiera de la manera más sencilla lo que había descubierto durante su rato de oración; a veces los más humildes decían las cosas más profundas y el santo se admiraba de ello:

«Grande e incomprensible bondad de Dios, que tiene sus delicias en comunicarse a los simples y a los igno­rantes, para darnos a entender que toda la ciencia del mundo no es más que ignorancia junto a la que él im­parte a aquellos que se aplican a buscarla por la vía de la santa oración».

¿No experimentamos nosotros eso mismo aún hoy en lo que denominamos participación en el Evangelio o en la revisión de vida?

Pero en esta materia no se fía él de las buenas palabras:

«A los que hacen bien oración se les conoce no sola­mente por la manera de repetirla, sino por sus actos y su comportamiento, por donde dejan entrever los frutos que de ella sacan».

El sencillísimo método que enseña para hacer oración contribuye por lo demás a que ocurra de suerte que uno no se quede en

«Dulces pláticas con Dios».

«Lo primero que debe hacerse en la oración es ponerse bien en la presencia de Dios».

La observación puede parecer elemental, pero, si no se comienza por ahí, algunos nunca llegan a rezar, lo que ver­daderamente se dice rezar.

«Es muy importante cumplir bien con este punto, po­niéndose uno bien en la presencia de Dios, contem­plando todas las cosas, viendo nuestros corazones, pe­netrando en nosotros mismos completamente. No se pone en tela de juicio esta verdad. Nada más cierto. De ahí depende todo el cuerpo de la oración; hecho eso, todo lo demás cae de su peso».

Vienen entonces las tres partes de la oración: las razo­nes, los afectos, las resoluciones.

Primero las razones, para iluminar el espíritu, para in­flamar el corazón:

«Hoy, por ejemplo, tenemos por tema de nuestra me­ditación, el amor de Dios, las razones que tenemos pa­ra amar a Dios. ¡Ay! hermanos míos, no hay que bus­car muchas razones para excitarnos a este amor, no hay que salir fuera de nosotros mismos para encon­trarlas; no tenemos más que considerar los bienes que nos ha hecho y continúa haciéndonos a diario; y para obligarnos todavía más, nos lo tiene mandado. Veis cómo este tema inflama por sí mismo la voluntad».

A continuación son los afectos el tema esencial; la ora­ción es un acto de amor. No hay que transformarla en un ejercicio intelectual: «la oración no es un estudio»; por eso insiste el Señor Vicente en que no se detenga uno en el pri­mer punto:

«Cuando un alma, apenas entrada en oración, ha con­siderado ya un motivo y este motivo basta para infla­mar su voluntad, decidme, os ruego, ¿qué necesidad tiene esa persona de buscar más razones? Todo eso no serviría sino para incomodarla y dañarle la cabeza y el estómago».

Hasta admite muy bien que el punto precedente puede ser inútil:

«Cuando, en la oración, el alma se enciende de inme­diato, ¿qué necesidad tiene de razones?».

Continuar buscando razones sería tan poco razonable co­mo continuar golpeando el eslabón, el fusil, como se decía en esta época, cuando ya se ha prendido fuego:

«Cuando una persona necesita luz, ¿qué hace? Toma el fusil y hace fuego, luego acerca la mecha y enciende la candela. Se contenta con hacer eso; no golpea más el eslabón, no va en busca de otro para hacer y en­cender fuego, pues lo tiene ya y no necesita más, está ya hecho, tiene la luz necesaria para alumbrarse».

Por fin las resoluciones. No basta con hacer actos de amor durante la oración; hay que traducirlos a la vida, y para eso preverlos:

«¿Qué hay que hacer después de eso? ¿Hay que dete­nerse ahí y contentarse con estar así inflamado y con­vencido del tema que se medita? Nada de eso, sino que hay que pasar a las resoluciones y a los medios pro­porcionados a la ejecución de éstas; y eso, ¡Dios mío! desde hoy; quiero comenzar de nuevo, y para ello me propongo tal y tal cosa».

Para concluir la oración, de la misma manera que se la abrió poniéndose uno en presencia de Dios, se la termina dándole muchas gracias:

«Y sobre todo cuidemos mucho de agradecer a Dios los pensamientos que nos dé; y el agradecimiento es una disposición para una nueva gracia».

La oración que aquí enseña el Señor Vicente es un paso fundamental de toda vida cristiana; no sólo nos instruye en lo que hemos de decir o hacer, transforma nuestro ser mis­mo; nos cimenta cada vez más en la realidad de lo que so­mos, seres en relación con Dios, una relación con Dios que ilumina toda nuestra vida y da testimonio de él:

«Aun cuando no digáis una palabra, si os ocupáis mu­cho de Dios, tocaréis los corazones con vuestra sola presencia».

De ahí su insistencia en toda ocasión para recordar la importancia de ello:

«Imposible perseverar sin oración. Dadme un hombre de oración, y será capaz de todo. Un hombre que des­cuida la oración falta a lo principal, que es su propia perfección. La oración es tan excelente, que no se la puede hacer en exceso; y cuanto más se la hace, tanto más se la quiere hacer cuando en ella se busca a Dios».

Y este instante consejo:

«Hermanas mías, haced siempre lo que podáis, para que siendo la oración vuestra primera ocupación, esté vuestro espíritu lleno de Dios todo el resto del día».

Al oírle eso, podría pensarse que es un hombre absoluto, el cual no tiene idea de las dificultades concretas halladas por aquellos y aquellas que se esfuerzan por seguir tales consignas. Eso sería conocerle muy mal; según tiene por costumbre, invita a adoptar aquí una postura de equilibrio y de justo medio. Lo vamos a comprobar viendo los sabios consejos que da sobre el tiempo que es preciso consagrar a la oración y la manera misma de hacer oración para evitar todo exceso.

Veamos lo que dice a las Hijas de la Caridad; no quiso hacer de ellas religiosas contemplativas, sino servidoras de los pobres. En una vocación semejante,

«se dan algunas ocasiones en las que no puede guardar­se el orden de los quehaceres del día. Por ejemplo, lla­mará alguien a la puerta durante el tiempo en que oráis, para que vaya una Hermana a ver a un pobre enfermo al que urge; ¿qué hará? Hara bien en irse y dejar la oración, o mejor en proseguirla, pues Dios le manda eso».

Y aquí da la regla de oro que repite incansablemente:

«La caridad está por encima de todas las reglas y todas tienen que referirse a ella. Es una gran señora. Hay que hacer lo que manda. Es, en este caso, dejar a Dios por Dios. Dios os llama a hacer la oración y al mismo tiem­po os llama al lado de ese pobre enfermo. Eso es dejar a Dios por Dios».

También a nosotros, en muchas circunstancias que nos desconciertan, y no sólo en la oración nos invita esta gran señora que es la caridad a dejar a Dios por Dios.

«Hay que hacer lo que ella ordena».

Existe sin embargo, el peligro de ver multiplicarse las ocasiones y hasta los pretextos para así dejar la oración. Por eso invita el santo a hacer las distinciones necesarias.

«Es cierto que, en caso de necesidad, el servicio de los enfermos tiene preferencia a la oración, pero si ponéis cuidado en ello, tendréis tiempo. No se purga a los enfermos durante los grandes calores. El diablo hace todo cuanto puede para impedirnos hacer oración, pues bien sabe que, si es el primero en llenarnos el espíritu de pensamientos frívolos, será nuestro amo todo el día. Por eso, hijas mías, os exhorto cuanto puedo a que hagáis oración antes de salir, y a que la hagáis juntas. Pero si aun así estuviéseis justamente impedidas, ha­cedla más tarde en la iglesia. Pero que sea lo más rara­mente posible».

El mismo cuidado por la justa medida se encuentra en una plática del Señor Vicente a algunos seminaristas «sobre los excesos a evitar en el amor de Dios». Teme que estos principiantes en la vida de oración, en su ardor inflamado por buscar a Dios lleguen a una tensión tal de espíritu ¡que pierdan por ello la salud!

Los sabrosos consejos que les dirige son un modelo de buen sentido ilustrado por la experiencia espiritual:

«Tengo una advertencia que hacer a nuestros hermanos del seminario… Es cierto que la caridad, cuando habi­ta en un alma, ocupa enteramente todas sus potencias: nada de reposar; es un fuego que arde sin tregua; man­tiene siempre en vilo, siempre en actividad a la persona a la que una vez ha abrasado. ¡Oh Salvador! la memo­ria no quiere acordarse sino de Dios… es necesario, muy necesario, al precio que sea, hacerse uno familiar su presencia, ha de hacerse continua…».

«¡Oh! el peligro y los inconvenientes que hay en esos excesos, en esas prisas y transportes! —Pero ¿cómo? ¿Hay inconveniente en amar a Dios? ¿Se le puede amar demasiado? ¿Puede haber exceso en algo tan santo y divino, ni podemos nosotros siquiera amar lo bastante a Dios, que es infinitamente amable?— Cierto es que nunca podríamos amar lo bastante a Dios ni puede uno nunca excederse en este amor, visto lo que Dios nos merece. ¡Oh Salvador! No, Señores, eso no es posible; por mucho que hiciésemos, nunca amaríamos a Dios; como debemos; eso es imposible; Dios es in­finitamente amable. Aun así hay que tener muy en cuenta que, aunque Dios nos manda amarle con todo nuestro corazón y todas nuestras fuerzas, su bondad no quiere sin embargo, que eso llegue a perturbar y arruinar nuestra salud a fuerza de actos; no, no, Dios no nos pide que nos matemos por eso».

Se intercala aquí una descripción que nos recuerda que estamos en tiempos de los médicos de Moliere:

«Algunos, tres o cuatro en el seminario, picados de este deseo y abrasados de este fuego, se han dado de tal forma a emitir continuos actos, día y noche, siem­pre tensos, que la pobre naturaleza no ha podido so­portar una acción tan violenta; y, en este estado, la sangre se inflama, e, hirviendo toda ella por esos ardo­res, manda vapores calientes al cerebro, que pronto se enciende; síguense mareos, pesadeces, como si se tuvie­se un vendaje; los órganos se debilitan y se producen otras muchas incomodidades; se hace uno inútil para el resto de sus días y no se hace sino languidecer hasta la muerte, que uno ha acelerado bastante».

Desde cierto ángulo todo ello parece muy edificante:

«Morir de esa suerte, es morir de la manera más her­mosa, es morir de amor; paréceme podría llamarse a estas almas víctimas de amor, holocaustos, pues sin reservarse nada, se consumen y perecen por causa suya».

Pero el Señor Vicente no se deja arrastrar a tales ma­neras de ver:

«Así y todo, hay que guardarse mucho de eso: hay mucho peligro, muchos accidentes; vale más, mucho más, no caldearse tanto, moderarse y no romperse la cabeza; porque, en fin, después de todos estos vanos esfuerzos, hay que distenderse, hay que aflojar; y ojo, ojo no venga uno a disgustarse enteramente. He ahí lo que se gana a menudo con quebrarse uno la cabe­za: disgusto por toda especie de devoción, disgusto por la virtud, disgusto por las cosas más santas y a las que ya no se acerca uno más que con dificultad y dolor extremos».

El discernimiento de espíritus y la regla del justo medio deben aplicarse al amor de Dios y a la vida de oración:

«Por ahí nos tienta muy a menudo el diablo; cuando no puede llevarnos directamente a obrar mal, nos lle­va a abarcar más bien del que podemos lograr, y nos sobrecarga más y más hasta vernos abrumados bajo un peso demasiado grande, bajo una carga demasiado pesada.

Hermanos míos, las virtudes están siempre en el justo medio; cada una de ellas tiene dos extremos viciosos; de cualquiera de ambos lados que uno se desvía, va uno a caer en uno u otro vicio; hay que caminar recto entre estos dos extremos, para que nuestras acciones sean laudables».

Pero no son las máximas de una sabiduría del todo hu­mana las que inspiran en definitiva los consejos del santo: es el conocimiento de Dios. Dios no está situado al término de nuestros obstinados esfuerzos humanos; es él quien se nos comunica. No es conocer a Dios el

«querer uno prevalecer y atraerse a Dios a fuerza de brazos y máquinas. No, no, nada se gana con esos alardes de fuerza». «Cuando quiere comunicarse, hó­celo Dios sin esfuerzo, de un modo perceptible, muy suave, dulce y amoroso; pidámosle pues a menudo este don de oración, y con gran confianza. Dios, por su parte, no busca nada más; es tan bueno y tan justo, que nada más pide; sabe nuestras miserias, las compa­dece y, por su misericordia, suple nuestras faltas. Hay que tratar con él con gran naturalidad, y no someternos a tanta pena; su bondad, su misericordia, completarán lo que nos falta».

Hacer bien la voluntad de Dios

«Dejar a Dios por Dios».

Esta máxima tan querida del Señor Vicente nos deja presentir que en su espíritu, no hay una única vía para ir a Dios y para crecer en su amor. La oración es ciertamente importante, y nadie podría dispensarse de ella; pero nadie puede tampoco contentarse con ella; tanto más, cuanto que, como hemos visto, es una vía que no está exenta de ilu­siones.

He aquí pues que el Señor Vicente nos indica un nuevo camino, en el que cifra mucho, pues no le bastaría con pia­dosas palabras o sentimientos inflamados, sino que invita a que toda la vida corra a expensas propias; este camino es la conformidad con la voluntad de Dios. Y es muy evidente para él que esa voluntad es siempre una voluntad de amor, y que quien a ella se entrega se entrega al amor.

«¿Quién será el más perfecto de todos los hombres? Será aquel cuya voluntad esté más conforme con la de Dios, de suerte que la perfección consiste en unir de tal manera nuestra voluntad a la de Dios, que la de él y la nuestra no sean propiamente hablando, más que un mismo querer y no querer; y uno será tanto más perfecto, cuanto más se destaque en ese punto».

Es muy cierto que esta adhesión a la voluntad de Dios, la cual se traduce a los actos y no se queda en las meras in­tenciones, implica a menudo la renuncia a nuestra propia voluntad, o más bien la conversión de esta voluntad propia, de suerte que no tengamos con Dios «más que un mismo querer y no querer». De ahí que el santo nos remita a la res­puesta de Nuestro Señor

«a aquel hombre al que quería enseñar el medio de lle­gar a la perfección: Si quieres venir en pos de mí, le dice, renúnciate a tí mismo, toma tu cruz y sígueme.

Ahora bien, os lo pregunto, Señores, ¿quién renuncia más a sí mismo que el que no hace jamás su voluntad, sino siempre la de Dios?».

Pero lo que aquí retiene su atención más aún que la renuncia, condición necesaria, es el aspecto positivo: seguir a Dios, adherirse a él. Y emplea con insistencia la expresión tan fuerte de que se servían sus contemporáneos, los grandes maestros espirituales de la escuela francesa, para calificar los más altos grados de la vida de oración: adherirse a Dios.

«¿Quién se adhiere más a Dios, os lo pregunto, que el que no hace jamás sino la voluntad misma de Dios y nunca la suya propia, que no quiere ni desea más que lo que ese Dios quiere o no quiere? Os pregunto, Se­ñores y hermanos míos, si sabéis de alguien que se ad­hiera más a Dios y que esté por consiguiente más unido a Dios que ése».

Piensa en definitiva que vale más hacer la voluntad de Dios sin pensar en él, que pensar en él continuamente sin hacer así y todo su voluntad:

«La práctica de la presencia de Dios es muy buena, pero he visto que entrar por la práctica de hacer la vo­luntad de Dios en todas nuestras acciones, lo es todavía más, pues ésta abarca a la otra. Por lo demás, el que se mantiene en la práctica de la presencia de Dios, puede aun así algunas veces no hacer la voluntad de Dios. Y decidme, os lo ruego, ¿no es estar en la presencia de Dios, hacer la voluntad de Dios y cuidar de dirigir la atención por ella al comienzo de cada acción y de renovarla a medida que se avanza? ¿Quién está más en la presencia de Dios que el que desde la mañana hasta la tarde hace todo cuanto puede por su agrado y por su amor? ¿No hay un continuo ejercicio de la presencia de Dios en hacer siempre su santa voluntad?».

Y explica cómo se aplica eso, tanto a los hermanos que trabajan en la cocina como a los sacerdotes que predican o catequizan. Y hasta añade,

«vosotros hacéis lo que Nuestro Señor hizo durante treinta años, y nosotros hacemos lo que hizo durante sólo tres».

Aquí como siempre, Nuestro Señor es el único modelo, él, que sin cesar se refería a su Padre y hacía todo lo que le agradaba. En la práctica, sin embargo, no siempre es fácil reconocer esta voluntad de Dios, y el Señor Vicente, para llegar a ella, nos enseñará el discernimiento de espíritus:

«Tenéis que llenaros del espíritu de Nuestro Señor, de suerte que se vea que le amáis y que buscáis el que se le ame».

La conformidad con la voluntad de Dios es siempre una cuestión de amor.

En este amor que pasa por el exigente camino de la re­nuncia, muy lejos de perdernos, rompiendo nuestros lazos, conseguimos la verdadera libertad:

«¿Dónde está el corazón amante? En el objeto amado. Por consiguiente, allí donde está nuestro amor, allí está preso nuestro corazón, de allí no puede salir, no puede alzarse más alto, no puede ir ni a izquierda ni a dere­cha; allí está detenido. Donde está el tesoro del avaro, allí está su corazón; y donde está nuestro corazón, allí está nuestro tesoro. Y lo que es deplorable, es que estas cosas que nos retienen en la servidumbre, son de ordinario cosas muy indignas. El amor propio nos ata a esas heridas imaginarias. Está uno cautivo de esa pasión».

Para ver cómo ha de pasar de la esclavitud del amor de sí propio a la libertad del amor de Dios, el Señor Vicente vuelve sobre sí mismo:

«Gran motivo de confusión para mí y para los que se me asemejan, que no se examinan para ver a qué se atienen, que nunca se preguntan: ¿Qué domina en mí y qué fárrago de objetos y afectos es éste que inútilmente me quita el tiempo y los pensamientos? Qué pena, Se­ñores, que se nos vea siempre reptando, cuerpo a tie­rra, siempre arrastrándonos en nuestros defectos y mi­serias».

Sí, hacia Dios hemos de volvernos para hallar la verda­dera libertad:

«¿Por qué no tenemos el amor que él tiene a la liber­tad? ¡Oh Salvador! Nos habéis abierto la puerta; en­señadnos a encontrarla; iluminadnos, Salvador mío, para ver a qué estamos apegados, y ponednos, por fa­vor, en la libertad de los hijos de Dios… ¿No véis, hermanos míos, los felices resultados de los que están en esta indiferencia? No se guían más que por Dios, y Dios les guía».

El santo tiene en cambio palabras terribles para quienes no se deciden a avanzar francamente en los caminos del amor de Dios, por difíciles que sean en ciertos días:

«La tibieza es un estado de condenación». «¡Ay de aquel que busca sus satisfacciones! ¡Ay de aquel que rahúye la cruz! Pues hallará otras tan pesadas que le abrumarán. Y Dios quiere que yo, miserable, no sea del número de los que buscan las dulzuras y consuelos sirviendo a Jesucristo, ¡cuando debiera amar las tri­bulaciones y las cruces!».

Pero la esperanza vence al temor:

«El cielo padece violencia; hay que combatir para ga­narlo, y combatir hasta el fin los sentimientos de la carne y de la sangre. Si lo hacéis, mi querido herma­no, ya no seréis vos quien viva, sino que vivirá en vos Jesucristo, como se lo ruego de todo corazón, mien­tras soy, en su amor, mi querido hermano, muy hu­milde servidor vuestro».

Id a los pobres: encontraréis a Dios

«Dejar a Dios por Dios».

El Señor Vicente aplica con la mayor frecuencia esta consigna al amor al prójimo, y más particularmente al amor a los pobres. Ese es en definitiva para él el camino que, por excelencia, lleva a Dios. De igual modo a como desconfía de una vida de oración que no se tradujese en amor efectivo mediante la conformidad con la voluntad de Dios, teme a un amor de Dios que descuidase al prójimo. Se apoya en santo Tomás, quien enseña que es más meritorio amar el prójimo por el amor de Dios, que amar a Dios sin dedica­ción al prójimo.

«Dadme un hombre que ame a Dios tan sólo, que se detenga en el goce de esta fuente infinita de dulzura, un alma elevada en contemplación que no reflexiona sobre sus hermanos. Y ahora otro que ame al prójimo, por torpe y rudo que sea, pero que le ame por el amor de Dios. ¿Cuál de esos amores, os pregunto, es el más puro y el menos interesado? Sin duda es el segundo, y así cumple la ley con mayor perfección. Ama a Dios y al prójimo; ¿qué más puede hacer? El primero no ama sino a Dios, pero el otro ama a ambos».

San Juan y san Agustín antes de él habían insistido en la imposibilidad de un verdadero amor de Dios que no en­vuelva el amor del prójimo. Quien dice «ama a Dios» y no ama a su hermano, es un mentiroso. Comentando a san Juan, cerciora san Agustín a los que temerían no poder devolver a Dios el amor con el que él nos ama si no es dando el obli­gado rodeo por el prójimo; en realidad, explica, «Dios mis­mo es ese amor con el que amas a tu hermano». No hay in­termediario. Se ama o no se ama. Quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios permanece en él.

Para san Juan esta fidelidad en amar a nuestros herma­nos, con un amor que no se paga de palabras, debe cercio­rarnos de la realidad de nuestro amor a Dios, aun en me­dio de las incertidumbres de nuestro corazón. Pues si alguno tiene con qué vivir en el mundo, y ve a su hermano que tiene necesidad, y le cierra sus entrañas, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios? (¡No dice amor al prójimo!). Hijitos, no amemos de palabra ni con frases, sino con obra y verdad. En esto conoceremos que somos la verdad, y tranquilizare­mos ante él nuestro corazón, porque, si nuestro corazón nos acusa, Dios es mayor que nuestro corazón y lo sabe todo (1 Jo 3: 17-20). En la dificultad de amar a otro, encuentra Vicente por su parte un continuo estimulante para renovarse en el amor de Dios:

«¡Ah! pobre miserable, ¡te preocupas de si te ama cierta persona y no te preocupas de si amas tú a Dios!».

Tiene sobre todo una fuerza asombrosa para hacer com­prender a las Hijas de la Caridad, cómo mediante sus hu­mildes actos de servicio a los pobres, van hacia Dios. Como de costumbre, fue en un marco familiar donde comenzó a pedirles que se expresaran. Una de ellas recordó sin duda la palabra del Evangelio en la que Nuestro Señor reconoce como hecho a él mismo todo lo que se hizo por el menor de sus hermanos. El Señor Vicente se admira:

«Un hermana lo ha dicho (lo véis, hermanas mías, no hablo sino por boca vuestra); sirviendo a los pobres se sirve a Jesucristo. ¡Ay, hijas mías, qué cierto es! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y eso es tan cierto como que estamos aquí. Irá una hermana diez veces al día a ver a los enfermos, y diez veces al día encontrará allí a Dios. Como dice san Agustín, no es tan seguro lo que vemos, pues los sentidos pueden engañarnos; pero las verdades de Dios no engañan ja­más. Id a ver a los pobres forzados encadenados, allí encontraréis a Dios; servid a esos niñitos, ahí encontra­réis a Dios. ¡Oh hijas mías, lo que complace eso! En­tráis en pobres casas, pero allí encontráis a Dios. ¡Oh hijas mías! una vez más, ¡cuánto complace eso! El acepta el servicio que prestáis a esos enfermos y lo tiene por hecho a sí mismo, como habéis dicho».

Aunque es cierto que hay que saber ir a Dios en toda si­tuación humana, y que Dios debe ser reconocido igualmente entre los grandes de este mundo, que tienen una necesidad tan grande de él para aprender a desprenderse y poder así hallarle, las preferencias del Señor Vicente son las del Evan­gelio: los pequeños, los pobres, los enfermos:

«Los pobres son nuestros amos; esos son nuestros re­yes; hay que obedecerles, y no es exageración llamarles así, pues Nuestro Señor está en los pobres».

Los que le rodean se inquietan a veces por la multiplici­dad de sus empresas para ir en socorro de ellos: «Pero, de los niños abandonados, ¿para qué encargarse de ellos? ¿No tenemos ya bastante con los demás quehaceres?». El Evan­gelio inspira la respuesta del santo:

«Hermanos míos, acordémonos de que Nuestro Señor dijo a sus discípulos: Dejad que los niños se acerquen a mí; y guardémonos mucho de impedirles que se nos acerquen, de otra suerte iremos en contra de El. ¡Cuán­to amor no demostró por los niños, hasta tomarlos en sus brazos y bendecirles con sus manos! ¿No fue con motivo de ellos como nos dio una regla para nuestra salvación, mandándonos nos hiciésemos iguales a ellos, si queremos entrar en el reino de los cielos? Cuidar de los niños es, en cierta manera, hacerse niño; y cuidar de los niños abandonados, es hacer con ellos las veces de padres, o también las veces de Dios, el cual ha di­cho que, aun cuando la madre llegare a olvidar al hijo, él no lo olvidará».

De las tres vías que nos indica para ir a Dios: la ora­ción, la conformidad con su voluntad, y el amor a los po­bres, el Señor Vicente tiene sin duda en más a la última que a ninguna otra. El amor al prójimo hace no sólo que va­yamos a Dios encontrándole entre los más humildes de nues­tros hermanos; ese amor nos da interiormente a Dios mismo, que quiere servirse de nosotros como de instrumentos, para que lo extendamos por el mundo entero. El mismo es ese amor.

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