VICENTE DE PAUL EN GANNES-FOLLEVILLE (VI)

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  1. GANNES-FOLLEVILLE, ¿NACIMIENTO DE LA MISIÓN POPULAR?

En el apartado anterior hemos analizado el hecho histórico de Gannes y Folleville, su impacto en Vicente de Paúl y las inter­pretaciones que, hasta el día de hoy, ha habido al respecto. Pien­so que ha quedado suficientemente claro que lo sucedido en Gannes y en Folleville no fue algo extraordinario, sino algo muy común en la vida de Vicente de Paúl y de los misioneros. Los acontecimientos fueron unos más de entre otros muchos seme­jantes. Pero, con el paso del tiempo, después de una relectura, Vicente de Paúl mismo los convirtió en acontecimientos emble­máticos para las generaciones posteriores. En este apartado, pre­tendemos analizar el movimiento de las misiones populares en tiempos de san Vicente y desmontar algunas exageraciones que —en mi apreciación— han ido repitiéndose con frecuencia, y que han desenfocado la realidad misma.

3.1. MISIONES POPULARES EN TIEMPOS DE VICENTE DE PAÚL

Se nos ha repetido hasta la saciedad, quizás hiperbólicamen­te, que en Folleville tuvo lugar «el primer sermón de misión». Sin embargo, sabemos que Vicente de Paúl, según L. Abelly, afirma, más bien, esto otro: «Aquel fue el primer sermón de la Misión, y el éxito que Dios le dio el día de la conversión de san Pablo; Dios hizo esto no sin sus designios en tal día»128. Una cosa es clara, que los dos textos no dicen lo mismo, aunque se haya pretendido hacerlos semejantes. Uno habla de misión, con minúscula; el otro, en cambio, utiliza la mayúscula, Misión, y le antepone un determinante. La primera palabra hace referencia a una tarea o trabajo misionero que duraba un cierto tiempo; la segunda, la Misión, pretende nominar a la institución fundada por Vicente de Paúl conocida como Congregación de la Misión.

De hecho, Folleville no fue el primer sermón misionero de Vicente de Paúl. Como ya hemos afirmado, antes del mes de enero de 1617, momento en el que Vicente de Paúl predicó en Folleville, había tenido ya otros sermones de misión en otros lugares129. Y tampoco pudo ser el primer sermón de la Congre­gación de la Misión porque ésta no vino a la existencia hasta el año 1626. Pero, como también hemos sostenido más arriba, con el paso del tiempo, Vicente de Paúl releyó aquel acontecimiento y lo interpretó como una señal de Dios que desembocó después en la actividad, misión, de la susodicha Congregación de la Misión. Y lo convirtió, así, en un acontecimiento emblemático, en un factor catalizador de toda una actividad misionera que ha llegado hasta nosotros. Fue instituido como acción por excelen­cia, actividad modélica, para todos y para siempre entre los seguidores de Vicente de Paúl.

Vicente de Paúl no inventó las misiones populares, ni dio con ellas por casualidad, como si se hubiera encontrado con un teso­ro escondido del que nadie hubiera tenido noticia anteriormente. Entonces, ¿Vicente de Paúl tenía alguna noción de lo que eran las misiones populares o parroquiales? Pero, ¿no fue él quien las inventó? Por lo que se deduce de los documentos que de Vicen­te de Paúl han llegado hasta nosotros, las misiones populares ya existían en Francia y él aplicaba sus métodos en su trabajo con las gentes campesinas. Debe quedar claro, de una vez por todas, que Vicente de Paúl no patentó el fenómeno de las misiones populares.

¿Qué eran las misiones populares en tiempos de Vicente de Paúl? Podríamos comenzar dando una definición sobre misiones populares y, probablemente, en ella podamos encontrar algunos rasgos que se encontraban ya en tiempos de Vicente de Paúl y, también, algunos datos sobre los orígenes de las mismas. L. Mezzadri ha estudiado el tema y nos ofrece una definición útil y valiosa para nuestro estudio. Él nos precisa lo siguiente:

«Las misiones populares o internas son una forma de predicación extraordinaria y sistemática, que tiene como objeto convertir, ins­truir y enfervorizar comunidades ya evangelizadas, aunque sólo superficialmente. En la práctica son una síntesis de ejercicios espi­rituales, de catequesis doctrinales y morales, de prácticas de oración y de penitencia, dirigida a toda la población de una zona. Difieren, por tanto, de los cursos de predicación para el Adviento o la Cua­resma, en los que el público se limitaba a escuchar, y de los ejerci­cios espirituales ‘cerrados’, en los que estaba ausente el aspecto de la catequesis. Constituyen unos de los medios privilegiados de la reconquista católica del siglo XVI en adelante y de la recuperación pastoral en zonas abandonadas, alejadas o probadas».

Se trata pues, de una predicación extraordinaria y sistemáti­ca para convertir, instruir o enfervorizar comunidades ya evan­gelizadas. Esto es, las misiones populares son, principalmente, un ejercicio de pastoral no ordinaria y limitada en el tiempo. Su finalidad es instruir y avivar el espíritu, amén de convertir o cambiar, a las personas que ya son cristianas pero que viven su cristianismo superficial o débilmente. Uno de los aspectos fun­damentales de dichas misiones es la catequesis, la formación y maduración de la fe; y, el otro, la celebración de los sacramen­tos, principalmente los de la penitencia y la eucaristía. Fueron un medio privilegiado para contrarrestar el impulso protestante, que se estaba extendiendo por toda Europa.

Aunque florecieron en Europa a partir del siglo XVI, sus orí­genes permanecen para nosotros oscuros y confusos. No somos capaces de decir cuándo comenzaron. Algún signo, alguna raíz, al respecto encontramos ya en la predicación medieval itineran­te de las órdenes mendicantes. Sólo esto es lo que somos capa­ces decir sobre sus orígenes:

«Es difícil hablar de un comienzo absoluto. No fueron un invento de una persona en concreto, sino la evolución de la predicación medieval itinerante, con el añadido de las características sistemáti­cas típicas de la época moderna: catequesis progresiva, división en catecismo mayor y pequeño, temáticas bien coordinadas».

El núcleo central de las misiones populares no van a ser los sermones solemnes y tronantes, más en consonancia con la espi­ritualidad del medioevo, sino las catequesis y la instrucción moral. Formación dogmática y moral intensas. Ejercicio de pre­dicación coordinado y sistematizado; es decir, organizado y orientado a conseguir unos fines previamente propuestos.

Durante los siglos XVI y XVII, la Iglesia de Francia buscó la manera de evangelizar de nuevo a los cristianos católicos. Y el camino más apropiado que encontró fue el de las misiones. Fran­cia se había visto sacudida fuertemente por el vendaval de la reforma protestante. Por lo que nosotros conocemos de la vida, los tiempos y la espiritualidad de Vicente de Paúl sabemos que las pobres gentes del campo vivían en una ignorancia religiosa máxima y estaban atendidos por un clero que, en su mayoría, era ignorante y vivía sumido en los vicios más destructores y demo­ledores de los elementos constituyentes del cristianismo católi­co. Por todo ello, se decía que Francia era, ya en aquel tiempo, un país de misión. La situación social, religiosa y política del momento se convirtieron en un buen caldo de cultivo para esta­blecer las misiones populares:

«La herencia de las guerras de religión, la concurrencia de la propa­ganda de los hugonotes, unida a la profunda decadencia del clero, habían creado las condiciones para considerar a Francia como ‘país de misión’. Se debe añadir que el concilio de Trento no había sido aceptado más que unilateralmente por el clero. Las misiones fueron uno de los goznes de la reforma junto con la restauración del sacer­docio y con el descubrimiento de una Iglesia entendida como lugar de caridad».

Toda Francia era campo propicio para las misiones, estaba necesitada de las mismas. Principalmente, las gentes de las campi­ñas. Y el método más adecuado que se descubrió para poner reme­dio a tanto mal fue el de la acción catequética. Por eso mismo podemos decir que «las misiones francesas se caracterizaron por una fuerte importación catequética»133. Cuando Vicente de Paúl descubrió todo esto con claridad meridiana, trabajó en esa direc­ción incansablemente. Predicación e instrucción de las gentes del campo para formar en la fe y reformar las costumbres, res­tauración del estado y la dignidad de los sacerdotes, configura­ción de la comunidad cristiana como lugar de la caridad, se con­virtieron en los ejes principales de la acción y actividad de un Vicente de Paúl transformado por Dios para bien de la Iglesia de Francia. En ese sentido podemos decir que Vicente de Paúl fue un pionero, un luchador, un organizador, aunque no un iniciador del método elegido: las misiones populares.

Vicente de Paúl fue un misionero, y practicó siempre el méto­do de las misiones populares, aunque las adaptó a su propio método, a su modo personal, luego institucional, para darlas. Con ellas pretendió atajar la ignorancia religiosa en la que vivían los pobres campesinos, las gentes del medio rural. No fue el primero, ni el inventor de la mismas; pero, sí uno de sus máxi­mos impulsores, de los que, quizás, más y mejor se sirvieron de ellas para evangelizar de nuevo el campo francés. En su tiempo, y antes de él, otros muchos cayeron en la cuenta de la situación del pobre pueblo y se sirvieron, también, del método de las misiones populares:

«En la Francia de los siglos XVI y XVII van surgiendo personas que toman conciencia de la ignorancia del ‘pobre pueblo’. Existe en ellas una preocupación casi obsesiva por el hecho de que muchos se condenan por no saber las verdades fundamentales de la fe y por confesarse mal. Ante la necesidad de una reforma pastoral, algunos buscan nuevos cauces de evangelización. Entre ellos se encuentran: Adrian Bourdoise, Jean-Jacques Olier, Jean Eudes y VICENTE DE PAÚL. Lo original de éste no fue inventar, sino el organizar y plasmar las iniciativas pastorales que iban surgiendo en cauces concretos».

Vicente de Paúl se mostró como un buen organizador. Supo organizar la caridad, las caridades, y las misiones. No fue origi­nal inventando, porque los métodos, los medios y los sistemas elegidos ya existían; pero sí lo fue en su organización, en su estructuración. Supo plasmar en acciones concretas, bien asenta­das y estructuradas, la pastoral más adecuada para el momento preciso, histórico y crítico que estaba atravesando Francia en su siglo de oro. Bastantes fueron las personas que cayeron en la cuenta del mal existente y de los remedios adecuados para ata­jarlo. Algunos de ellos, como el propio Vicente de Paúl, verían reconocidos sus esfuerzos y desvelos con el reconocimiento ofi­cial de la misma Iglesia. Los sacerdotes J.J. Olier y J. Eudes, fue­ron buenos misioneros, fueron reconocidos oficialmente santos y fundaron otras tantas instituciones misioneras.

La Iglesia del siglo XVII, en general, vivía obsesionada por una cuestión teológica: la salvación eterna de sus fieles. En las Obras Completas de Vicente de Paúl encontramos abundantes referencias al respecto: «el pobre pueblo se condena, por no saber las cosas necesarias para su salvación y no confesarse». Era la teología de la época, y Vicente de Paúl, J. Eudes, J.J. Olier, por señalar unos pocos, eran hijos de su tiempo, vivían inmersos en su tiempo, y buscaron la salvación para las personas humanas de su tiempo. Podemos decir de ellos que supieron encarnarse en las entrañas de su tiempo y, por eso mismo, fueron capaces de buscar soluciones adecuadas y de dar respuestas en la buena dirección. Las misiones vicencianas, por ejemplo, caminaron en esa dirección, y estuvieron destinadas a dar justa y adecuada satisfacción a esas graves necesidades del pueblo campesino:

«La misión vicenciana tiene su origen en una situación de abando­no espiritual y material de los pobres del campo y en la experiencia social y religiosa vivida por san Vicente para quien ‘el pobre pue­blo se condena, por no saber las cosas necesarias para su salva­ción y no confesarse’. De la palabra de san Vicente puede deducir­se su interés y preocupación apasionada por la salvación de los pobres, la prioridad de la enseñanza de las verdades al pobre corpo­ralmente y en cualquier ocasión que se presente».

Las misiones populares vicencianas dieron mucha importan­cia al proceso catequético durante las mismas. Se diferenciaron de otras precisamente por esa orientación. La enseñanza y con­solidación de las verdades cristianas por medio de los catecismos se convirtieron en el eje y en el centro de toda la acción misio­nera desarrollada en las parroquias del campo. Por eso se ha dicho de ellas:

«Las misiones populares vicencianas forman parte principal de las llamadas ‘misiones catequísticas’ que surgen en Francia durante el siglo XVII. A estas misiones, frente a otros tipos de misión sacra-mentalista, penitencial o de controversia con los protestantes, se las identifica porque están orientadas a la alfabetización cristiana y a la conversión religiosa de las masas católicas, centrando su atención en la catequesis o, deberíamos decir mejor, en el catecismo».

El centro de la misión vicenciana fue, pues, el catecismo. Enseñar bien el catecismo para que, después, los fieles puedan vivir bien como cristianos. Alfabetización cristiana que procura­rá la conversión religiosa, o de la vida para que ésta deje de ser mundana y de estar enfangada en los lodos de las miserias de este mundo, y se vuelva, así, religiosa, cristiana, santa, divina. No pre­tendían conmover o conmocionar para celebrar sacramentos. Los sacramentos, es cierto, se celebraban, pero como fruto de un cam­bio de vida, de una conversión sincera de vida y de actitudes.

Para Vicente de Paúl, la enseñanza del catecismo en las misiones era vital, trascendental. Lo consideraba el segundo ejercicio de la misión. De dicho ejercicio dependía, funda­mentalmente, el fruto de toda la misión. Porque, si una perso­na no conoce bien, no sabe bien lo que Dios ha hecho por ella, no podrá creer, esperar ni amar. De esto se deduce que, en aquel tiempo, se considerara que el desconocimiento de las ver­dades de la fe conducía a la condenación eterna. La explica­ción y enseñanza del catecismo, pues, era central para una misión popular vicenciana, y abarcaba tanto aspectos religiosos como morales y sociales. La misión popular vicenciana preten­día provocar una transformación total en el vivir cotidiano de aquellas gentes, principalmente, de las gentes campesinas aban­donadas a su suerte y al desamparo en todos los aspectos:

«La explicación del catecismo es el centro de la acción misionera, ya que el objetivo último de la misión vicenciana es cristianizar a los campesinos por medio de la instrucción religiosa, llegando así al conocimiento de las verdades de la fe. Con la instrucción en las verdades religiosas y morales se pretende una reforma moral de la población, hacerla volver a la vida de la gracia y encaminarla hacia la salvación eterna».

Retomaremos luego algunos rasgos que aparecen como signi­ficativos de la misión popular vicenciana en esta cita. Antes de ello conviene llevar a término la importancia y trascendencia que tuvo la instrucción catequética en las misiones populares vicencianas. Para Vicente de Paúl, la enseñanza del catecismo en las misiones era más importante que la misma predicación, ya que el pueblo se aprovechaba más y mejor del catecismo que del sermón. La enseñanza pedagógica del catecismo agrada, atrae y fija mejor los conocimientos que el sermón más brillante. Por eso mismo, Vicente de Paúl se mostraba intransigente con aque­llos que preferían los grandes sermones a la enseñanza más rutinaria, repetitiva y lenta del catecismo, y era partidario de suspen­der la predicación, si fuera necesario, para disponer de más tiempo para las catequesis de las verdades necesarias para la sal­vación durante las misiones. Como conclusión y síntesis de todo esto podemos decir lo siguiente: «La pastoral de la cateque­sis es el método preferido de san Vicente para evangelizar a los campesinos, e insiste en que también a los sermones se les dé un matiz catequético en estilo, contenidos fundamentales, lenguaje sencillo y familiar.

Incluso cabe decir algo más al respecto. Vicente de Paúl no pensaba sólo en las catequesis como medio para dar a conocer las verdades de la fe y actualizar la vida cristiana de las personas y de las familias. Para seguir instruyendo al pobre pueblo del campo, el mismo Vicente instituyó algunas escuelas de caridad. En ellas no sólo se instruía a las gentes de las cosas más rudi­mentarias del saber y de la cultura. Se pretendía que fueran estas escuelas las que posibilitaran una enseñanza constante y perma­nente de las verdades de la fe. Es decir, estableció las «escuelas de caridad», para continuar los frutos de la misión y convertirlos en más abundantes y mejores:

«Para garantizar la continuidad de la catequesis en el medio rural para niños, sobre todo niñas, pobres, Vicente de Paúl creaba ‘escue­las de caridad’. Estas escuelas ya existían con el nombre de ‘peque­ñas escuelas’, pero él las creaba con motivo de la Misión. En ellas el catecismo viene a ser el manual más importante, que sirve incluso para aprender a leer. Algunos autores afirman que lo fundamental en ellas es la catequesis, que la enseñanza de la lectura, la aritmética, etc… es como un pretexto. Era, sin duda, una forma de continuar la catequesis iniciada con motivo de la Misión».

Misiones y catequesis fueron, para Vicente de Paúl, medios de redención, de liberación, de transformación personal y social. En aquel tiempo, pues, se convirtieron en un instrumento eficaz y muy valioso para la reforma social y moral de la población cam­pesina, tal y como ya hemos mencionado más arriba. Y Vicente de Paúl institucionalizó este medio no sólo durante el tiempo que duraban los días de la misión, sino que lo consolidó mediante el establecimiento de las «escuelas de caridad». Por todo ello, cabe decir que las misiones vicencianas se convirtieron en un factor para la instauración de la justicia social. Una vez más, el mensaje cristiano ofrecía caridad y justicia a la vez, realizaba el manda­miento del amor y establecía la justicia social en medio del mundo rural. Así lo percibió ya el primer biógrafo de Vicente de Paúl:

«El Sr. Vicente estaba demasiado convencido por su propia expe­riencia de la extrema necesidad que los pueblos tenían de instruirse en las cosas necesarias para la salvación, y de estar preparados para hacer una confesión general. Y como era en las misiones cuando se les ofrecían estos servicios caritativos con más fruto y más éxito, ésa era la causa por la que el Sr. Vicente se entregaba a ellas con todo su poder, y a las que solía invitar y orientar, en cuanto podía, a todos los que veía aptos para trabajar en ellas tanto de la Congregación como de otras».

El mal más grave que padecía el pueblo campesino era, pues, la ignorancia religiosa. Esa era, para Vicente de Paúl, su necesi­dad más extrema. Asociada a dicha ignorancia se encontraba otra no menos grave: la social y la cultural. Vicente de Paúl se volcó totalmente sobre dicha ignorancia religiosa para poder erradicar­la. Pero, como decíamos, no sólo combatió el mal de la ignoran­cia religiosa, también los tentáculos y las raíces de la injusticia, de la miseria y del hambre. Movilizó socorros materiales y huma­nos para hacer desaparecer el mal que provocaba necesidades opresoras e injustas. Y empeñó la propia vida, y la de todos los suyos, en dicho trabajo. Por eso no actuaba con prisas. La erradi­cación del mal va siempre muy lentamente, requiere mucho tiem­po. En las misiones vicencianas no se tasaba el tiempo; se estaba en ellas tanto cuanto fuese necesario, aunque ciertas poblaciones tuvieran prefijados algunos períodos de tiempo concreto149. L. Mezzadri resume, maravillosamente, todo esto que hemos afir­mado sobre el factor social de las misiones vicencianas:

«La misión tenía un efecto social, incidía en la vida. Los resultados eran sustancialmente dos: la reconciliación y la caridad. La predi­cación apoyada sobre el temor, pero también sobre temas del amor y de la esperanza, conseguía su resultado cuando podía acercar las familias y los lugares. Había odios que deponer, homicidios que per­donar, uniones que restablecer, escándalos y convivencias que regu­lar. Frecuentemente, las reconciliaciones eran, además, sancionadas con actos notariales. El segundo elemento era la fundación de las cofradías de la caridad, que configuraban un nuevo modo de enten­der la Iglesia. Muchas veces, ligado a esto, estaba también el compro­miso del pueblo a proveer el contrato de un maestro de escuela».

No nos reiteramos más. En esta última cita ha quedado encua­drado todo lo que hemos dicho sobre la renovación y liberación de la vida religiosa y social de aquellas pobres gentes del campo a quienes Vicente de Paúl llevó el evangelio liberador, sanador y restaurador de todo el ser y de todas las dimensionas de la vida de todas las personas. Predicación, catequesis, celebración de los sacramentos y, principalmente, la confesión general fueron los medios mediante los que, Vicente de Paúl y otras misioneros de la época, fue posible alcanzar una sociedad nueva en la Francia del siglo de oro. Hoy nos puede sonar todo esto un poco raro. Pero conviene situarse en el tiempo y comprender bien las con­diciones que se daban en el quehacer cotidiano de aquellas gen­tes campesinas. Da la impresión de que en este tipo de diseño teológico, religioso, social y humano encontramos una especie de obsesión generalizada por la urgencia y necesidad de confe­siones generales. Es cierto. Pero no deja de ser menos cierto que, en aquellos tiempos, el ejercicio de la confesión general deshizo situaciones graves y complejas, y restableció la convivencia eclesial y social. Así lo entendió Vicente de Paúl mismo y, en la actualidad, lo sostienen algunos estudiosos del tema.

Por todo lo que hemos dicho hasta ahora, las misiones popu­lares vicencianas tuvieron varios objetivos fundamentales, tales como la instrucción catequética, la reconciliación de los feligre­ses y la conversión a la vida cristiana, la confesión general, el ejercicio de la caridad; en una palabra, la evangelización. Una nueva evangelización regeneradora de las personas y de la vida social de aquellas pobres gentes del campo. Se entiende, pues, que la misión vicenciana consistía, fundamentalmente, en «pre­dicar el evangelio», en «dar a conocer a Dios a los pobres», en «anunciarles a Jesucristo», en hacer realidad que «el reino de Dios estaba cerca y era para los pobres» o, mucho mejor dicho, en «hacer efectivo el evangelio», tal y como le gustaba repetir, una y otra vez, a Vicente de Paúl. Pues de lo que se trataba era, en verdad, hacer efectivo y operativo el evangelio siempre y en todo lugar.

Santiago Barquín

CEME, 2008

 

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