Se me ha pedido que diserte sobre Vicente de Paúl y su experiencia en Gannes y Folleville. Y, también, que analice dicha experiencia como un momento revelador de las misiones populares. Con cierto temor y pudor pretendo adentrarme en el tema.
El centro de esta intervención es el de la evangelización en la actualidad, no me cabe la más mínima duda. Una evangelización nueva que debe pretender sanar los corazones de las personas humanas. Dicha sanación vendrá mediante el conocimiento del Dios vivo, porque «quien no conoce a Dios no conoce al hombre, y quien se olvida de Dios destruye la humanidad del hombre, ignorando su verdadera dignidad y grandeza. Esto mismo lo había dicho ya san Ireneo con estas palabras:
«Si al hombre le faltara completamente Dios, el hombre cesaría de existir. La gloria de Dios es el hombre vivo, pero la vida del hombre es ver a Dios».
Abro mi exposición con un pórtico. En él planteo algunas consideraciones previas que son conocidas por todos. Pretenden ofrecer un panorama breve y, a la vez, sencillo, de aquellos elementos que considero que son necesarios tener en cuenta para poder comprender mejor la exposición.
Pero, antes de seguir adelante, he de hacerme algunos interrogantes. ¿Tuvo Vicente de Paúl alguna experiencia personal y misionera en las localidades francesas de Gannes y Folleville? Y, si las tuvo, ¿fueron experiencias únicas, fundantes? Además, ¿fueron tan trascendentales que las misiones populares nacieron a su rebujo?
Descubro que son bastantes, por no decir casi todos hasta no hace mucho, los que manifiestan que dicha experiencia fue una revelación e, incluso, una teofanía. En la actualidad, alguno lo pone en duda. Él considera que tales hechos y vivencias fueron abundantes a lo largo y lo ancho de la geografía francesa para Vicente de Paúl. Y que con el paso de los años, cuando su existencia se iba apagando, Vicente de Paúl las releyó de nuevo, juntó experiencias diversas y las configuró como modelo emblemático y catalizador para las generaciones diversas. Nos ocuparemos de ello en el apartado segundo, enmarcado con el título de Gannes-Folleville.
Me pregunto en el apartado tercero si las misiones populares nacieron o no a la sombra de los acontecimientos de Gannes y Folleville. Y descubriré que tales misiones ya existían en Francia y que bastantes contemporáneos de Vicente de Paúl las practicaban, aunque cada uno les dio el tinte que creyó más necesario.
Y manifestaré, a su vez, que Folleville, en 1617, vivió una misión popular en toda regla.
En el apartado cuarto analizo la actualidad en todos los aspectos. Realidad que he designado con el nombre de Gannes-Folle-ville en la actualidad. Comienzo por echar una mirada al ayer y al hoy en lo social y religioso, y comparo sus paralelismos. Presento, después, la relación estrecha que existe entre la Congregación de la Misión y las misiones populares a lo largo de su existencia. Finalmente, me preguntaré y responderé si las misiones populares y la Congregación de la Misión tienen sentido en los momentos presentes y en el futuro inmediato. Espero, pues, que lo que en este trabajo desarrolle sirva para que todos podamos aclarar conocimientos, despejar dudas y animarnos a vivir un fututo interesante y maravilloso, porque las misiones populares tienen sentido si se las renueva y se las reorienta después de haber releído los orígenes tanto de la Iglesia como de la Congregación de la Misión.
Y para finalizar, presento cinco conclusiones o, mejor, objetivos. Postulan la tarea que en estos momentos, tal y como a mí me parece, es de obligado cumplimento realizar.
- PÓRTICO
Estamos acostumbrados a escuchar, como algo común e históricamente confirmado, que Vicente de Paúl tuvo tres experiencias vitales que configuraron su vida y su obra. Dichas experiencias, según nuestra tradición, fueron las de Gannes-Folleville, Chátillon-les-Dombes y Montmirail-Marchais. Es más, a dichas experiencias se les asocia la vida y el sentido de algunas de las fundaciones vicencianas de más raigambre y solera. Así, a la experiencia de Gannes-Folleville se le atribuye el nacimiento de la Congregación de la Misión; a la de Chátillon-les-Dombes, el de las Asociaciones de Caridad y el de las Hijas de la Caridad; y, finalmente, se dice que la Congregación de la Misión recibe el espaldarazo de su misión y vocación en la experiencia vivida durante la misión de Montmirail-Marchais. De hecho, los historiadores dan a estos hechos, en su conjunto, o al menos a algunos de ellos, el título de «revelación»3, es decir, medio por el que Dios fue haciendo caer en la cuenta a Vicente de Paúl de la dirección de su vocación y del ejercicio de su misión y el de todas sus instituciones. ¿Unos hechos concretos, puntuales, fueron los que revelaron a Vicente de Paúl su vocación y la misión de sus instituciones?
¿No diremos, mejor, que todo un conjunto de acontecimientos es el que señala la dirección a seguir? ¿No se habrán elevado a la categoría de mito los hechos puntuales vividos por Vicente de Paúl en Gannes-Folleville, Chátillon-les-Dombes y Montmirail-Marchais?
Antes de adentramos en el estudio de lo que se nos ha propuesto, pienso que es bueno recordar que lo que conocemos hoy como Familia Vicenciana participa de una espiritualidad que le es propia, que viene de Vicente de Paúl y que tiene que ver con todos los acontecimientos que fueron configurando su personalidad, su vocación y su misión. Esa espiritualidad, esa marca distintiva, —que es, a su vez, la de toda la Iglesia—, es la «opción por los pobres». Esta opción es para los hijos de Vicente de Paúl una realidad teológica. Esto quiere decir que para la Iglesia y para nosotros «Dios es el primero que opta por los pobres», que «la causa de los pobres es la causa de Dios» y que «la cuestión de los pobres es la cuestión de Dios». Vicente de Paúl no utilizó estos términos. Pero aquellos con los que él hablaba de ellos venían a significar lo mismo: «nuestra herencia o lote son los pobres», por ejemplo. Los pobres fueron, pues, para Vicente de Paúl y los suyos, la porción—¿preferente? ¿exclusiva?— de su misión. En esta dirección van las propuestas de acción que el papa Juan Pablo II proponía a toda la Iglesia al comienzo del tercer milenio. Él nos pedía a todos los cristianos que «apostáramos por la caridad», es decir, por un amor activo y concreto con cada ser humano; un amor para con los pobres de manera especial y preferente, haciendo que éstos, en cada comunidad cristiana, pudieran sentirse como en su propia casa.
En la espiritualidad vicenciana, aunque cada rama de la familia tiene una actividad concreta en la que debe trabajar prioritaria-mente, dicho grupo no puede olvidarse de actuar y de practicar la globalidad de la vocación que les es propia y, a la vez, común a todos. Es decir, la tarea principal de la Congregación de la Misión es la evangelización de los pobres. Pero dicha Congregación tiene que establecer las caridades en donde trabaja y tiene que atender también las necesidades materiales de los pobres. Su servicio, para que sea completo, para que sea auténtico y vicenciano tiene que ser espiritual y corporal a la vez. Por otra parte, la misión de las Hijas de la Caridad o de las Voluntarias de la Caridad tiene como rasgo característico la actividad servicial, el servicio corporal para con los pobres y necesitados; pero dicho servicio no sería pleno ni auténtico ni vicenciano si dejara en el olvido el servicio espiritual. Dicho con otras palabras, las Hijas de la Caridad y las Voluntarias no cumplirían bien con su misión si a la curación de las llagas y dolores de los cuerpos de los pobres, o de las injusticias que padecen, no añadieran la búsqueda de la reconciliación y la paz espiritual para dichas personas, la eliminación de las causas que producen dichos males e injusticias. Es decir, han de emprender una batalla en dos frentes, el corporal y el espiritual. Han de trabajar con denuedo por cambiar el corazón de las personas con quienes conviven para que donde sobreabunda el egoísmo empiece a imperar el amor, y esto tiene que ver con el cambio de mentalidad y de corazón a la vez que se curan las llagas o se reparte comida para que puedan vivir.
Finalmente, la actividad vicenciana ha de ser siempre evangelización y servicio. Esto es, palabra que aporta el consuelo de Dios y el bálsamo de su misericordia, y actividad social, material, humanitaria que alivia y remedia los males que padecen los seres humanos en este mundo y, principalmente, los más pobres y necesitados. Como decíamos en el párrafo anterior, ambos polos son las caras de una moneda que tienen que estar presentes en nosotros, en nuestra actividad y en nuestro vivir, en nuestra vocación y misión, para que dicha moneda sea auténtica y no falsa, para que tenga valor y pueda circular convenientemente. Dicho con otras palabras, para que el evangelio que anunciamos y realizamos sea verídico y verificable tiene que proporcionar a las personas de este mundo que lo reciban y acojan, y preferentemente a los pobres, la transformación total e integra de todas y cada una de ellas; tiene que ofrecerles un porvenir más digno y humano y, a la vez, tienen que lograr cambiar el egoísmo de sus corazones mediante el fuego purificador del amor de Dios recibido y acogido.
Santiago Barquín
CEME, 2008







