8 enero 1632
El padre Adrián Le Bon, religioso de la orden de canónigos regulares de san Agustín y prior de San Lázaro, tuvo algunas dificultades el año 1630 con sus religiosos, lo que le hizo pensar en permutar dicho priorato con otro beneficio. Fueron varios los que le urgieron a ello, ofreciéndole abadías y otros beneficios con rentas; pero, habiendo comunicado este proyecto a algunos amigos, le disuadieron diciéndole que se podrían remediar las diferencias que habían surgido con sus religiosos mediante una conferencia que podría tener con ellos en presencia de cuatro doctores. Así lo aceptó, estando de acuerdo en ello sus religiosos.
La reunión se celebró en casa de un doctor muy distinguido en méritos y santidad. El padre prior alegó sus quejas y oyó a continuación la respuesta del subprior, que hablaba en nombre de los religiosos; después de ello, se ordenó que se trazase una fórmula de vida y un reglamento, que habría de seguirse en el futuro.
Habiéndolo ejecutado así, el padre prior no dejó de perseverar en sus deseos de dejar el priorato. Y habiendo oído hablar de unos buenos sacerdotes que se dedicaban a dar misiones bajo la dirección del padre Vicente, al que no conocía, pensó que, si los establecía en su priorato, podría participar de los grandes frutos que producían en la Iglesia. Preguntó dónde residían y, cuando supo el lugar, me rogó, como a vecino y buen amigo, que le acompañase; lo hice de buena gana, indicándole que era lo mejor que podía hacer y que ese pensamiento venía seguramente del cielo, que había suscitado a esos buenos sacerdotes para el bien del campo, que tenía mucha necesidad de ellos, tanto por la instrucción que de ellos recibirían los campesinos como por la declaración de sus pecados en el tribunal de la confesión, en la que abrían libre y enteramente sus conciencias y descubrirían lo que no se habían atrevido a confesar a los confesores del lugar, bien porque no les preguntaron sobre ello, bien por su vergüenza en manifestarlo; que yo podía decírselo y asegurárselo por haber estado con ellos y haberlo experimentado; que por lo demás él podría ver y reconocer a un hombre de Dios en el director de su Compañía, aludiendo al padre Vicente.
Así pues nos reunimos en el colegio de Bons-Enfants, junto a la puerta de Saint-Víctor y el padre prior habló con el padre Vicente, manifestándole el motivo que le había traído, que era que le habían hablado muy bien de su congregación y de los caritativos trabajos a los que se dedicaba en favor de las pobres gentes del campo; que se sentiría muy feliz de poder contribuir en algo; que tenía la casa de San Lázaro y que la cedería de buena gana para un ejercicio tan digno.
Esta oferta tan ventajosa le impresionó mucho a aquel humilde siervo de Dios, produciéndole el mismo efecto que un relámpago imprevisto que deslumbra a un hombre y le deja aturdido; dándose cuenta de ello aquel buen prior le dijo: «¡Pero, padre, si está usted temblando!».»Es verdad, le respondió, me asusta su proposición y me parece muy por encima de lo que yo me atrevería a pensar. Somos unos pobres sacerdotes que vivimos sencillamente, sin más designio que servir a la pobre gente del campo. Agradecemos mucho su buena voluntad y le damos nuestras más humildes gracias». En una palabra, demostró que no tenía ninguna inclinación a aceptar este ofrecimiento y se retrajo hasta el punto de quitarnos todas las esperanzas de volver a verlo por este motivo. Sin embargo, el amable y cariñoso recibimiento que nos hizo el padre Vicente impresionó tanto el corazón del señor Le Bon que no pudo cambiar sus propósitos y le dijo que le daba seis meses para pensar en ello.
Trascurrido aquel tiempo, me volvió a rogar que le acompañara y le conjuró a que aceptase su priorato, ya que Dios le inspiraba cada vez más que lo pusiera en sus manos. Yo insistí también por mi parte y le pedí al padre Vicente que no desaprovechara tan buena ocasión. Todo aquello no cambió su ánimo ni sus sentimientos. Siguió diciendo con firmeza que no eran más que un número muy reducido, que apenas acababan de nacer, que no quería que se hablase de él, que aquello haría demasiado ruido, que no le gustaba brillar, y en fin que no merecía aquel favor del señor prior. Entonces, el padre Le Bon, oyendo que tocaban a comer, dijo que deseaba comer con él y con su comunidad, como en efecto lo hizo, y yo con él. La modestia de aquellos sacerdotes, la buena lectura y todo el orden que se observaba agradó tanto al padre Le Bon que concibió una veneración y un amor tan grande hacia ellos que no cesó de insistir en que intercediera con el padre Vicente. Así lo hice por más de veinte veces en el espacio de seis meses, hasta el punto de que fiado en mi amistad con él le dije en varias ocasiones que estaba resistiendo al Espíritu Santo y que tendría que responder ante Dios de esta negativa, ya que por aquel medio podría establecerse y formarse un cuerpo y una congregación perfecta en todas sus circunstancias.
No me es posible decir la insistencia que se empleó. No tuvo tanta paciencia Jacob para obtener a Raquel ni insistió tanto para obtener la bendición del ángel, como el señor prior y yo para obtener el sí del padre Vicente, al que urgíamos para que nos concediese su aceptación. Gritamos más fuertemente ante él que la cananea ante los apóstoles. Finalmente el señor prior llegó a decirle al cabo de un año: «Pero, padre, ¿qué individuo es usted? Si no quiere oír hablar de este asunto, dígame al menos con quién se aconseja, en quién tiene usted confianza, qué amigo tiene usted en París a quien podamos dirigirnos para tratarlo. Pues yo tengo el consentimiento de todos mis religiosos y no me falta más que el de usted. No hay nadie que desee el bien de ustedes que no le aconseje recibir lo que le presento».
Entonces el padre Vicente le indicó a Andrés Duval, doctor de la Sorbona, que era un santo varón y que había escrito la vida de varios santos. «Haré, nos dijo, todo lo que él me aconseje».
En efecto, fue a verlo el señor prior, trataron juntos del proyecto, quedaron de acuerdo en las condiciones y a continuación se firmó el acuerdo, el 7 de enero de 1632, entre el señor prior y los religiosos de San Lázaro por una parte, y el padre Vicente y los sacerdotes de su congregación por otra. De esta forma el padre Vicente cedió finalmente a las inoportunas súplicas que le hicimos, yo entre otros, que puedo decir muy bien que en aquella ocasión raucae factae sunt fauces meae. Hubiera llevado de buena gana a mis espaldas a aquel padre de misioneros para trasportarlo a San Lázaro y obligarle a aceptar; pero él no se fijaba en lo exterior ni en las ventajas del sitio y de todas sus dependencias, ya que ni siquiera quiso ir a verlo durante todo aquel tiempo; de forma que no fue su buena situación lo que le atrajo, sino solamente la voluntad de Dios y el bien espiritual que allí se podría conseguir. Habiéndolo aceptado entonces por solo este motivo, después de todas las resistencias que pueden imaginarse, fue allá al día siguiente, 8 de enero de 1632, y se hizo todo con gran amabilidad y contento de toda la casa. Esto hace ver que digitus Dei hic est, que es ésta la tierra de promisión adonde fue llevado Abrahán esto es, el padre Vicente, verdadero Abrahán, gran siervo de Dios, cuyos hijos están destinados a llenar la tierra de bendiciones, y su familia perdurará por los siglos de los siglos.







