5 julio 1651
Señora.
Hace algún tiempo que rogué al P. Vicente presentara a Vuestra Majestad, como ya lo he hecho otras veces, lo importante que es para el servicio de Dios y de la iglesia, escoger la persona quien después de mi muerte me suceda en el episcopado.
Habiéndolo hecho, Vuestra Majestad ha tenido a bien decirle que sea yo quien escoja al que juzgue más apropiado y que lo hará aprobar por el Rey. Esto me ha obligado a mandar se hagan oraciones en toda la diócesis y en otros lugares para que Dios quiera hacerme conocer aquel que le será más grato para este cargo. Y después de haber considerado los que me han venido a la mente, examinadas sus cualidades y tomado consejo de personas de gran piedad, me he fijado en Monseñor Sarlat por las razones que el P. Vicente manifestará a Vuestra Majestad, Señora, si se lo permite, lo que le suplico humildemente y que me conceda esta gracia. En todo esto Vuestra Majestad rendirá un muy señalado y grande servicio a Dios y a la iglesia y me obligará a que continúe en ofrecerle mis votos y oraciones por su prosperidad, lo que haré en lo que me queda de vida con gran afecto, como en el resto de mis obligaciones, Señora…







