SOBRE LA ORACION
Importancia de los propósitos. Seguir haciéndolos a pesar de su aparente inutilidad.
Aunque uno haya sido infiel en el cumplimiento de sus propósitos, no por eso ha de dejar de hacer otros nuevos en la oración; lo mismo que, aunque parezca que no aprovecha el alimento que se toma, no por eso se deja de comer. Pues ésa es una de las partes principales, e incluso la más importante de la oración: hacer buenos propósitos. Por eso hemos de detenernos especialmente en ellos, más que en el razonamiento o en el discurso. El fruto principal de la oración consiste en resolverse bien, en resolverse con decisión, en basar bien nuestros propósitos, en convencerse profundamente, en prepararse bien para cumplirlos y en prever los obstáculos para superarlos. Pero no es eso todo, ya que en el fondo nuestros propósitos no son de suyo más que acciones físicas o morales; y aunque sea conveniente formarlos debidamente en nuestro corazón y afianzarnos en ellos, hemos de reconocer que todo lo que tienen de bueno, sus prácticas y sus efectos, vienen de Dios. ¿Y por qué creéis que faltamos de ordinario a estos propósitos? Porque nos fiamos demasiado de nosotros mismos, estamos seguros de nuestros buenos deseos, nos apoyamos en nuestras propias fuerzas, y por eso no sacamos ningún fruto. Por tanto, después de tomar algunas resoluciones en la oración, hay que rezar mucho a Dios y pedirle insistentemente su gracia, desconfiando mucho de nosotros mismos, para que quiera comunicarnos las gracias necesarias para que fructifiquen estos propósitos; y aunque luego lleguemos a faltar de nuevo, no sólo una o dos veces, sino en muchas ocasiones y por largo tiempo, e incluso aunque no los hayamos cumplido ni una sola vez, nunca hemos de cansarnos de renovarlos y de recurrir a la misericordia de Dios, implorando la ayuda de su gracia. Las faltas pasadas tienen que humillarnos mucho, pero no hacer que perdamos los ánimos; aunque caigamos en alguna falta, no por eso hay que disminuir la confianza que Dios quiere que tengamos en él, sino tomar siempre una nueva resolución de levantarnos y evitar nuevas caídas, con la ayuda de su gracia, que hemos de pedirle. Aunque los médicos no noten ningún efecto en los remedios que aplican a una enfermedad, no dejan por eso de proseguir y repetir sus intentos, mientras haya alguna esperanza de vida. Por tanto, si ellos siguen aplicando remedios a las enfermedades del cuerpo, aunque sean largas y duras, aunque no ven ninguna mejoría, con mayor razón hemos de hacer lo mismo con las enfermedades del alma en las que, cuando Dios quiere, hace maravillas la gracia.







