SOBRE EL APEGO A LOS BIENES TEMPORALES
Los bienes temporales matan el celo y desarrollan la avaricia.
¡Desgraciado, padres y hermanos míos, sí, desgraciado el misionero que quiera apegarse a los bienes perecederos de esta vida! Pues se verá apresado por ellos, clavado por estas espinas y atado por las ligaduras; y si esta desgracia cayera sobre toda la compañía, ¿qué es lo que se diría de ella y cómo se viviría en ella? Se diría: «Tenemos tantos miles de renta; podemos estar tranquilos; ¿por qué ir a corretear por las aldeas? ¿por qué trabajar tanto?; dejemos a esos pobres campesinos; que cuiden de ellos sus párrocos, si quieren; vivamos tranquilamente sin tantas preocupaciones». De esta forma la ociosidad vendrá tras el espíritu de avaricia; sólo se pensará en conservar y aumentar los bienes temporales y en buscar las propias satisfacciones; y entonces habrá que decir adiós a todos los ejercicios de la Misión y a la Misión misma, pues dejará de existir. No hay más que repasar la historia para ver una infinidad de ejemplos de cómo las riquezas y la abundancia de bienes temporales han causado la pérdida, no sólo de muchas personas eclesiásticas, sino también de comunidades y de órdenes enteras, por no haber sido fieles a su primer espíritu de pobreza.







