«No hay que extrañarse de que los demás cometan algunas faltas, pues lo mismo que es propio de los cardos y de las zarzas tener espinas, así en el estado de naturaleza caída lo propio del hombre es faltar, pues ha sido concebido y ha nacido en pecado; el mismo justo, como dice Salomón, cae siete veces, esto es, muchas veces al día».
Añadía: «El espíritu del hombre tiene también sus achaques y sus enfermedades como el cuerpo, y en vez de turbarse y descorazonarse, lo que tiene que hacer es reconocer su condición miserable y humillarse diciéndole a Dios, como David después de su pecado: Bonum mihi quia humiliasti me, ut discam justiticationes tuas: está bien que me hayas humillado, para que así aprenda tu justicia. Hemos de soportarnos a nosotros mismos en nuestras debilidades e imperfecciones, aunque trabajando por levantarnos de ellas».
También decía: «Si está prohibido juzgar mal a los demás, mucho menos se permite hablar mal de ellos, ya que es propio de la caridad, como dice el santo apóstol, cubrir la muchedumbre de los pecados; Y también el sabio: Audisti verbum adversus proximum tuum? Commoriatur in te: si habéis oído algo contra vuestro prójimo, apagad esas palabras y hacedlas morir en vosotros».







