SOBRE LA UTILIDAD Y EL BUEN USO DE LAS ENFERMEDADES
La enfermedad purifica al alma y hace ejercitar la fe, la esperanza y el amor. Ejemplo del hermano Antonio Maillet. Huir de la situación en que Dios nos pone es huir de la felicidad.
Hay que reconocer que el estado de enfermedad es un estado molesto, y casi insoportable para la naturaleza; sin embargo, es uno de los medios más poderosos de que Dios se sirve para que cumplamos con nuestro deber, para que nos despeguemos del afecto al pecado y para llenarnos de sus dones y de sus gracias. ¡Oh Salvador! ¡Tú, que tanto sufriste y que moriste para redimirnos y mostrarnos cómo este estado de dolor podía glorificar a Dios y servir a nuestra santificación, concédenos que podamos conocer el gran bien y el inmenso tesoro que está oculto en este estado de enfermedad! Por medio de él, hermanos míos, se purifica el alma y los que carecen de virtud tienen un medio eficaz para adquirirla. Es imposible encontrar un estado más adecuado para practicarla: en la enfermedad la fe se ejercita de forma maravillosa, la esperanza brilla con todo su esplendor, la resignación, el amor de Dios y todas las demás virtudes encuentran materia abundante para su ejercicio. Allí es donde se conoce lo que cada uno tiene y lo que es; la enfermedad es la sonda con la que podemos penetrar y medir con mayor seguridad hasta dónde llega la virtud de cada uno, si hay mucha, o poca, o ninguna. En ningún sitio se ve mejor cómo es uno que en la enfermería. Esa es la mejor prueba que tenemos para reconocer quién es el más virtuoso y quién no lo es tanto; esto nos hace ver qué importancia tiene que conozcamos bien la manera de portarnos debidamente en las enfermedades. ¡Oh, si supiésemos hacer lo que hacía un buen siervo de Dios que de su lecho de enfermedad hizo un trono de méritos y de gloria! Allí supo rodearse de todos los santos misterios de nuestra religión: en el techo puso la imagen de la santísima Trinidad, en la cabecera el de la encarnación, a una parte la circuncisión, a otra el santísimo sacramento, a los pies el crucifijo. Y así, de cualquier parte que se volviera, a la derecha o a la izquierda, al poner los ojos arriba o abajo, se veía siempre rodeado de estos divinos misterios y como envuelto y lleno de Dios (1). ¡Qué hermoso ejemplo, hermanos míos! ¡Qué felices seríamos si Dios nos concediera esta gracia! Hemos de alabar a Dios de que, por su bondad y misericordia, haya en la compañía enfermos y achacosos que hacen de sus sufrimientos y enfermedades un espectáculo de paciencia, donde presentan todo el esplendor de sus virtudes. Le daremos gracias a Dios por habernos dado estos compañeros. Ya he dicho muchas veces y he de repetirlo una vez más que hemos de pensar que las personas enfermas de la compañía son una bendición para nosotros.
Pensemos que las enfermedades y las aflicciones vienen de Dios, la muerte, la vida, la salud, la enfermedad, todo viene por orden de su providencia y siempre para el bien y la salvación del hombre. Sin embargo, hay algunos que con frecuencia demuestran tener muy poca paciencia en sus aflicciones: es una falta grande. Otros se dejan llevar por el deseo de cambiar de sitio, de ir a una parte, a otra, a aquella casa, a aquella provincia, a su país, con el pretexto de que allí es mejor el ambiente. ¿Qué es todo esto? Se trata de personas apegadas a sí mismas, con espíritu de señoritas, de individuos que no quieren sufrir nada, como si las enfermedades corporales fuesen males que hay que evitar. Huir del estado en que Dios nos coloca, es huir de la felicidad. Sí, el sufrimiento es un estado de felicidad, que santifica a las almas.







