Pedir la inteligencia y el deseo de humillarnos.
Fijaos en la recomendación que nuestro Señor nos hizo con estas palabras: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (1), y suplicadle que os dé la inteligencia de las mismas. Si conseguimos solamente que nos dé el deseo de las humillaciones, será ya bastante, aunque no lleguemos a conocer esta virtud como nuestro Señor, que sabía la relación que guarda con las perfecciones de Dios, su Padre y con la bajeza del hombre pecador. Es verdad que nosotros sólo veremos esto muy oscuramente en nuestra vida, pero hemos de tener, incluso en medio de las tinieblas, la confianza de que, si nuestro corazón se aficiona a las humillaciones, Dios nos dará la humildad, nos la conservará y la aumentará en nosotros por los actos que nos hará hacer. Pues un acto de virtud bien hecho dispone para hacer otro, y el primer grado de humildad sirve para subir al segundo, y el segundo al tercero y así sucesivamente.







