Vicente de Paúl, Conferencia 172: Esquema De Una Conferencia

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE EL AMOR DE DIOS

Razones para amar a Dios. Considerar a nuestro Señor, Dios y hombre. La maldición de san Pablo contra los que no aman. Naturaleza, diversidad y actos de este amor. Sus ventajas. Medios para mantener este amor.

Si quis diligit me, sermonem meum servabit, et Pater meus diliget eum et ad eum veniemus et mansionem apud eum faciemus.

Estas palabras del evangelio de hoy, que nos hablan del amor, nos servirán de tema para hablar del amor que nuestro Señor pide de nosotros; lo dividiremos en tres puntos: en el primero, hablaremos de las razones que tenemos para amar a Jesucristo; en el segundo, diremos en qué consiste este amor, una de sus señales y algunos efectos; y en el tercero, hablaremos del medio para entrar por este amor y, si estamos en él, de afianzarnos cada vez más. Así lo haremos, si estamos animados por el Espíritu Santo, que es el amor que une a las personas de la Santísima Trinidad en sí misma y a las almas con la Santísima Trinidad. Hagamos para ello un acto interior, recurriendo a la santísima Virgen y diciéndole: Sancta Maria, ora pro nobis.

¿Qué razones tenemos para amar a nuestro Señor?

Para conocerlas, hemos de considerar a nuestro Señor como Dios y como hombre.

En cuanto Dios que fue antes de ser hombre, nos manda que lo amemos: Diliges Dominum Deum tuum ex toto corde tuo et in tota anima tua et in tota mente tua (3); porque nos ha creado, etcétera. ¡Qué honor, dice un santo, le ha hecho Dios al hombre al mandarle.que lo ame! Ha sido una gracia especial permitirnos que lo amemos.

Para reconocer la grandeza de la obligación que nos impone este mandamiento, hay que considerar a Dios como rey de reyes, monarca del cielo y de la tierra, etcétera, como nuestro creador y conservador, etcétera, y al hombre como un gusanillo de la tierra o, mejor dicho, como un pequeño átomo en comparación con Dios.

Hay que considerar a nuestro Señor como Dios y como hombre. En esta cualidad hemos de amarle: 1.° porque se hizo hombre por amor a nosotros, para reconciliarnos con su Padre, cuya gracia habíamos perdido por el pecado de nuestro primer padre; 2.° porque nos ha merecido con su vida, su muerte y su pasión el cielo que habíamos perdido; 3.° porque hemos de ver a su Padre en él: Philippe, qui videt me, videt et Patrem, y la manera de vivir que hemos de seguir para agradarle, etcétera.

Para conocer la grandeza de este bien, hemos de considerar que, por él, de hijos de la iniquidad hemos sido hechos hijos de Dios, de merecedores del infierno nos hemos convertido en personas dignas de poseer la gloria eterna. La tercera razón es que san Pablo fulmina su anatema contra los que no aman a Jesucristo.

¿En qué consiste este amor?

Amar a alguien, propiamente hablando, es querer su bien. Según esto, amar a nuestro Señor es querer que su nombre sea conocido y manifestado a todo el mundo, que reine en la tierra, que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo (6).

Pues bien, hay que señalar que el amor se divide en afectivo y efectivo. El amor afectivo es cierta efusión del amante en el amado, o bien una complacencia y cariño que se tiene por la cosa que se ama, como el padre a su hijo, etcétera. Y el amor efectivo consiste en hacer las cosas que la persona amada manda o desea; de este amor es del que habla nuestro Señor, cuando dice: Si quis diligit me, sermonem meum servabit.

La señal de este amor, el efecto o el sello de este amor, hermanos míos, es lo que dice nuestro Señor, que los que le aman cumplirán su palabra. Pues bien la palabra de Dios consiste en sus enseñanzas y en sus consejos. Daremos una señal de nuestro amor si amamos su doctrina y hacemos profesión de enseñarla a los demás. Según esto, el estado de la Misión es un estado de amor, ya que de suyo se refiere a la doctrina y a los consejos de Jesucristo; y no sólo esto, sino que hace profesión de llevar al mundo a la estima y al amor de nuestro Señor.

Las ventajas son que:

Si amamos a nuestro Señor, seremos amados por su Padre, que es tanto como decir que su Padre querrá nuestro bien, y esto de dos maneras: la primera, complaciéndose en nosotros, como un padre con su hijo; y la segunda, dándonos sus gracias, las de la fe, la esperanza y la caridad por la efusión de su Espíritu Santo, que habitará en nuestras almas, lo mismo que se lo da hoy a los apóstoles, permitiéndoles hacer las maravillas que hicieron.

La segunda ventaja de amar a nuestro Señor consiste en que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo vienen al alma que ama a nuestro Señor, lo cual tiene lugar: 1.° por la ilustración de nuestro entendimiento; 2.° por los impulsos interiores que nos dan de su amor, por sus inspiraciones, por los sacramentos, etcétera.

El tercer efecto del amor de nuestro Señor a las almas es que no sólo las ama el Padre, y vienen a ellas las tres divinas personas, sino que moran en ellas. El alma que ama a nuestro Señor es la morada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, donde el Padre engendra perpetuamente a su Hijo y donde el Espíritu Santo es producido incesantemente por el Padre y el Hijo.

Hay algunos que son amados por el Padre y a los que vienen las tres divinas personas, pero no moran en ellos, ya que no perseveran en el amor a nuestro Señor y se relajan en la estima que tenían a su doctrina, dejando de vivir según sus consejos y según los ejemplos que nos ha dejado. Lo hemos amado un año o dos al comienzo de nuestra conversión, pero luego nos hemos dejado llevar por la naturaleza, de forma que vivimos según nuestras propias inclinaciones, etcétera.

Los medios son:

1.° La oración mental sobre la vida y la muerte de nuestro Señor;

2.° La lectura del nuevo testamento:

3.° Apartar nuestro entendimiento de la estima y nuestra voluntad del afecto a las criaturas mediante la mortificación; hacer lo posible por perseverar en la imitación de nuestro Señor.

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