SOBRE LOS PENSIONISTAS, LOCOS O VICIOSOS, ENCERRADOS EN SAN LAZARO
El padre Vicente pide que se rece por los locos y los incorregibles. Su afecto a los pobres locos. Dios ha permitido que algunos papas guardasen animales feroces para hacerse más compasivos. Nuestro Señor, original y prototipo de todos los estados, quiso soportar humillaciones.
Encomiendo a las oraciones de la compañía a los pensionistas de aquí, tanto a los que están enfermos de la mente como a los que no lo están, y entre otros a un sacerdote, después de estar delirando durante algún tiempo, ha vuelto en si y estaba mejor, aunque por desgracia ha vuelto a caer. Esta enfermedad le viene de un exceso de melancolía que le envía al cerebro vapores amargos, con los que ha quedado tan debilitado que ha vuelto a caer en tan mal estado. El pobre hombre siente cómo viene su mal, el cual (como él dice) empieza siempre por una negra melancolía, de la que le es imposible librarse. Los que están en esta situación son ciertamente muy dignos de compasión. Es verdad que en cierto modo se encuentran en estado de impecabilidad, ya que no son dueños de su voluntad ni tienen juicio y libertad. Por eso hemos de juzgarlos bienaventurados si, cuando cayeron en ese estado, estaban en gracia de Dios; mientras que, por el contrario, son muy dignos de lástima si ese mal les sorprendió en pecado mortal.
Los demás que tenemos aquí, y que están en su sano juicio, pero usan mal de él, me dan motivo para deciros que actualmente se ve en el mundo, entre los jóvenes, muchas rebeldías y desatinos, que parecen ir creciendo cada día más. Hace algún tiempo que una persona de condición, que es de los primeros dignatarios de una corte soberana, se quejaba de un sobrino suyo, joven muy libertino, que había llegado hasta el extremo de amenazarle de muerte algunas veces, si no le daba dinero, un magistrado de la ciudad le aconsejó que lo metiera en San Lázaro, donde había buen orden y podrían ordenar su vida, pero él respondió que no sabía que recibiéramos a esta clase de gente.c; le dio las gracias por el consejo y le dijo que seria de desear que hubiera en Paris cuatro casas semejantes a la de San Lázaro, para impedir estos desórdenes.
Demos gracias a Dios, hermanos míos, de que haya confiado a esta comunidad el cuidado de los locos y de los incorregibles. Nosotros no hemos buscado esta tarea, nos la ha dado su providencia, lo mismo que todas las demás que tenemos en la compañía. Con esta ocasión os diré que, cuando entramos en esta casa, el señor prior tenía recogidos en ella a dos o tres pobres locos; y como lo sustituimos en esta casa, tuvimos que asumir también su cuidado. En aquel tiempo tuvimos un juicio, en el que se ventilaba si nos echaban o nos dejaban en la casa de San Lázaro; me acuerdo que entonces me planteé a mí mismo esta pregunta: «Si hubiera que dejar ahora esta casa, ¿qué es lo que te cuesta o te costaría más? ¿qué es lo que te causaría mayor disgusto y pena? Y me pareció entonces que lo peor sería tener que dejar de ver a esas pobres gentes y verme obligado a dejar su cuidado y servicio.
Hermanos míos, es algo más importante de lo que se cree dedicarse al alivio de los afligidos; pues es una cosa agradable a Dios. Si, cuidar de estos pobres enfermos mentales es una de las obras que más le agradan; y es mucho más meritoria por el hecho de que la naturaleza no encuentra en ella ninguna satisfacción, pues es un bien que se hace en secreto y con personas que no nos lo pueden agradecer. Pidamos a Dios que dé a los sacerdotes de la compañía el espíritu de gobierno para esta clase de tareas, cuando se les dedique a ellas, y que dé fuerzas y ánimos a nuestros pobres hermanos, para enjugar las penas y sufrir los trabajos que tienen cada día con estos pensionista de lo que unos son enfermos de cuerpo y otros de espíritu, unos dementes y otros ligeros, unos sin razón y otros viciosos, en una palabra, todos alienados de espíritu, pero unos por enfermedad y otros por malicia; aquéllos están aquí para recobrar su salud, y éstos para corregirse de su mala vida.
¡Animo, pues, hermanos míos! ¿Sabéis que hubo en otro tiempo algunos papas que se ocuparon del cuidado de los animales? Si, cuando los emperadores perseguían a la Iglesia en su cabeza y en sus miembros, apresaban a los papas y les hacían guardar los leones, los leopardos y otras fieras semejante que servían para la diversión de aquellos príncipes infieles, y que eran como una imagen de su crueldad; y eran los papas los que cuidaban de aquellas bestias (1). Pues bien, los hombres de cuyas necesidades exteriores estáis cuidando no son bestias; pero son en cierto modo peores que los animales por sus desvaríos y sus excesos. Sin embargo, Dios quiso hacer pasar a aquellos santos personajes, que eran padres de todos los cristianos, por esta humillación y estas aflicciones extraordinarias, para que aprendiesen por propia experiencia a compadecer las humillaciones y las adversidades de sus hijos espirituales; porque, cuando uno ha sentido en sí mismo las debilidades y las tribulaciones, es más sensible a las de los demás. Los que han sufrido la pérdida de sus bienes, de la salud y del honor, están mucho mejor dispuestos para consolar a las personas que se encuentran con estas aflicciones y dolores, que los demás que no saben lo que es eso. Me acuerdo que un día me dijeron de un santo personaje que era de un carácter firme y constante, que tenía un espíritu valiente, que no se arredraba ante nada y no estaba sujeto a las tentaciones, que, por eso mismo, era el menos indicado para soportar a los débiles, consolar a los afligidos y asistir a los enfermos, porque él mismo no había pasado nunca por esas situaciones.
Ya sabéis que nuestro Señor quiso experimentar en si mismo todas las miserias. «Tenemos un pontífice, dice san Pablo, que sabe compadecer nuestras debilidades, porque las ha experimentado él mismo». ¡Si, Sabiduría eterna, tú has querido experimentar y tomar sobre tu inocente persona todas nuestras pobrezas! Ya sabéis, hermanos míos, que él hizo todo esto para santificar todas las aflicciones a las que estamos sujetos, y para ser el original y el prototipo de todos los estados y condiciones de los hombres. Salvador mío, tú que eres la sabiduría increada, tomaste y abrazaste nuestras miserias, nuestras confusiones, nuestras humillaciones e infamias, excepto la ignorancia y el pecado; quisiste ser escándalo para los judíos y locura para los gentiles; quisiste incluso parecer como un hombre fuera de su cabales. Si nuestro Señor quiso pasar por un insensato, como se nos dice en el santo evangelio, y que creyeran de él que estaba loco. Exierunt tenere eum; et dicebant quoniam in furorem versus est. Los mismos apóstoles lo miraron a veces como un hombre poseído por la cólera (4), y él quiso aparecer de ese modo, no sólo para que fuesen testigos de que había asumido todas nuestras debilidades y santificado nuestros estados de aflicción y de enfermedad, sino también para enseñarles, a ellos y a nosotros, a tener compasión de los que caen en estas debilidades.
Bendigamos a Dios, padres y hermanos míos, y démosle gracias por habernos puesto al servicio de estas pobres gentes, privadas de juicio y de razón; pues, al servirles, vemos y palpamos cuán grandes y diversas son las miserias humanas. Por este conocimiento nos veremos mejor capacitados para trabajar útilmente con el prójimo y cumpliremos con más fidelidad nuestras obligaciones, al saber mejor por nuestra experiencia lo que es el sufrimiento. Entretanto, ruego a los que están encargados de estos pensionistas que tengan mucho cuidado de ellos; y pido a la compañía que los encomiende frecuentemente a Dios y que se aproveche de esta ocasión para ejercer la caridad y la paciencia con estas pobres personas.







