Vicente de Paúl, Conferencia 145: Conferencia Del [19 De Diciembre De 1659]

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE LA OBEDIENCIA

(Reglas comunes, cap. 5, art. 1-3)

Motivos para practicar la obediencia. Naturaleza de esta virtud. Obediencia al papa, a los obispos, a los superiores.

Mis queridos hermanos, el capítulo quinto de nuestras reglas trata de la santa obediencia. Dice así:

Artículo primero. Para honrar la obediencia que nos enseñó de palabra y de obra nuestro señor Jesucristo, que la quiso practicar en la tierra con la santísima Virgen, san José y las demás personas constituidas en dignidad, tanto buenas como malas, obedeceremos fielmente a todos nuestros superiores y a cada uno de ellos, mirándolos en nuestro Señor y a nuestro Señor en ellos, especialmente a nuestro santo padre el papa, al que obedeceremos con todo el respeto, la fidelidad y la sinceridad posible.

También rendiremos humilde y fielmente obediencia, según nuestro instituto, a los ilustrísimos y reverendísimos señores obispos de las diócesis en que estamos establecidos.

Además, no emprenderemos ninguna obra en las iglesias parroquiales sin el consentimiento de sus pastores.

Artículo segundo. También obedeceremos todos al superior general con prontitud, alegría y perseverancia en todas las cosas en que no se vea nada de pecado, con obediencia ciega y total sumisión de juicio y de voluntad, no sólo respecto a su voluntad significada, sino incluso respecto a sus intenciones, juzgando que lo que ordena es siempre para mayor bien, poniéndonos a su disposición lo mismo que la lima en manos del artesano.

Artículo tercero. Igualmente se rendirá esta obediencia a los demás superiores, tanto particulares como visitadores, y también a los oficiales subalternos. Todos procurarán también obedecer al sonido de la campana, como a la voz de Jesucristo, de forma que al primer toque que se oiga, se procurará dejarlo todo, hasta la letra empezada.

Creo que bastará para esta tarde con lo que hemos leído; si tenemos tiempo, pasaremos luego a otra cosa.

La charla de esta tarde, mis queridos hermanos, es sobre la obediencia. Dividiremos lo que vamos a decir en dos o tres puntos: en el primero señalaremos las razones que tenemos para entregarnos a Dios para que quiera llenarnos de esta virtud de la obediencia, en el segundo, diremos qué es esta virtud de la obediencia y en qué consiste; en el tercero, indicaremos las especies de esta virtud de la obediencia, si tenemos tiempo.

En cuanto a la primera razón que tenemos para entregarnos a Dios a fin de que nos dé esta virtud de la obediencia, es lo que dice la regla, esto es, el ejemplo que nos ha dado el Hijo de Dios y lo que hizo durante toda su vida, que no fue más que un tejido de obediencia. Es preciso reconocer que debe haber algo grande en esta virtud, ya que nuestro Señor la amó tanto desde su nacimiento hasta su muerte, puesto que hizo todas las acciones de su vida por obediencia. Obedeció a Dios su Padre, que quiso que se hiciera hombre; obedeció a su madre y a san José, su padre putativo, et erat subditus illis, y a todos los elevados en dignidad, fueran buenos o malos, de forma que todas las acciones de su vida no fueron más que un tejido de obediencia. Empezó su vida de ese modo factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis, obedeciendo hasta la muerte, incluso muerte de cruz; y por causa de eso, propter quod, su Padre lo consideró mucho, lo ensalzó y elevó.

Oh Salvador, ¿qué es entonces esta virtud de la obediencia? ¡Cuán excelente tiene que ser, si la encontraste digna de un Dios! ¿Hay alguna cosa más grande que obedecer hasta la muerte infame de la cruz? ¿Qué queda después de eso? ¡Qué maravilloso cuadro tenemos, hermanos míos, en ese ejemplo de obediencia que nuestro Señor nos ha mostrado! ¿Qué más motivos queréis? ¡La obediencia! ¡Hasta la muerte de un Dios hecho hombre!

Si hubiese algún otro motivo fuera de éste sería lo que dijo también nuestro Señor: «El que no renuncia a sí mismo no es digno de mí, no puede ser mi discípulo» (4). ¿Qué seremos si no somos discípulos de nuestro Señor? Pues no podemos serlo, si no renunciamos a nosotros mismos. Y como uno no puede abandonarse a sí mismo, ni a su alma, ni a su cuerpo (están ligados con un vínculo demasiado estrecho para que lo podamos romper), por eso, según el parecer de los santos padres, renunciar a sí mismo es renunciar a su juicio, a su voluntad. Salvador mío, los que renuncian a sí mismos, y solamente ellos, son los que tú admites para que te sigan en esta vida y glorificarles luego en el cielo. Por tanto, no puedo ser discípulo de Jesucristo, si no renuncio a mí mismo, a mi juicio y a mi propia voluntad. Es menester que lo haga, que se lo pida a Dios, pues tengo necesidad de su gracia; sin ella no podría hacerlo, ya que repugna a la naturaleza; no puedo hacerlo por mí mismo, aunque tengo que contribuir a ello. Por eso tengo que mortificarme, ya que si no, no puedo ser discípulo de Jesucristo. Hagamos lo que hacía san Juan Crisóstomo, que daba relieve a las cosas cuando repetía algo de importancia. Hemos de hacer lo mismo nosotros, o sea, repetir que, para ser verdaderamente discípulo de nuestro Señor, hay que renunciar a sí mismo, hay que practicar la obediencia y vivir en la sumisión propia de un sacerdote, de un hermano de la Misión. ¿Es verdad esto, Señor? Reflexionemos un poco en ello.

Para obedecer, necesitamos la gracia de Dios; necesitamos que Dios se mezcle en ello. Señor, nosotros no podemos ni queremos seguir nuestros propios deseos, hemos renunciado a ello por nuestros votos, y hasta los cristianos también han renunciado por el bautismo, como dicen los santos padres. Por tanto, es menester renunciar al propio juicio. ¡Señor, concédenos esta gracia!

Otro motivo que puede añadirse a ello, aunque el primero sea más que suficiente, es que no se puede desobedecer sin pecado más o menos grave, según la gravedad de la desobediencia, sobre todo en las cosas que hay en la regla, dado que tienen su fundamento en la sagrada escritura y en los mandamientos de Dios. Y cuando la desobediencia produce su efecto y uno desobedece efectivamente, hay pecado, y pecado mortal si se escandaliza a los demás y sobre todo si se desobedece con cierto ánimo de desprecio. Ese desprecio existe de ordinario cuando se desobedece con cierta tenacidad y malicia, oh Salvador, o también cuando el superior recomienda la observancia de una práctica obligatoria o emplea estas palabras: «Le ordeno esto», y además, «en virtud de la obediencia». Tengo en la mente sobre todo una cosa que hemos recomendado aquí hace algunos días (5), esto es, la obligación que tiene la compañía de decir el oficio divino en común. Todavía hay algunos que no lo hacen. Hay motivos para temblar. Lo dice la regla; se ha recomendado; lo hacen así las demás casas de la compañía; es la manera de decirlo de los buenos eclesiásticos, y es en presencia del santísimo sacramento. Cuando veis a esos señores que acuden aquí los martes a la conferencia, cómo vienen a rezarlo en la iglesia, de dos en dos, con devoción, todos quedáis muy edificados. Me acuerdo de que, cuando vino hace algún tiempo el señor príncipe de Conti, les dijo a sus acompañantes: «Tengo la obligación de hacer algunas oraciones; siempre que puedo, las hago en presencia del santísimo sacramento; así pues, me voy a la iglesia».

Pasemos a otra cosa.

Si falta en la compañía este espíritu de obediencia, ¿qué será de ella? Una torre de Babel, un desorden continuo. Fijaos en las comunidades donde no hay obediencia: todo va en desorden. Admiro la obediencia de muchos de la compañía realmente es maravillosa, aquí y en los otros sitios; muchos me escriben sobre la cosa más pequeña que tienen que hacer: «¿Qué le parece que haga en esto y en esto? Cuando me ataca esta pasión, ¿cómo he de comportarme?». Oh Salvador, perdónanos si hasta ahora hemos cometido muchas faltas de obediencia. Concédenos la gracia de corregirnos de ellas.

¿En qué consiste esta virtud? Los teólogos dicen que consiste en la disposición de hacer lo que quieren aquellos a los que estamos sometidos. Fijaos, hermanos míos, Dios es el Dios de las virtudes, Deus virtutum, la virtud tiene que tener su principio y su raíz en lo interior, pues como aquello que aparece en el hombre no es el hombre, tampoco lo que parece obediencia es siempre la virtud de la obediencia; pues consiste en una disposición continua de obedecer, de renunciar a su propio juicio. Según esta disposición, se camina rectamente hacia donde Dios quiere; a eso es a lo que hemos de tender para ser perfectamente obedientes. Pidámosle a Dios que nos dé este espíritu de obediencia. Un superior que ordena alguna cosa puede muy bien estar faltando; no es infalible, ni impecable; pero el que obedece, con tal que no se trate de una cosa que es manifiestamente pecado, como sería cometer alguna acción deshonesta o villana, ¡eso no, jamás; antes morir!, ése puede estar seguro de que cumple la voluntad de Dios y no se verá engañado; porque Dios no puede engañar. ¿Cómo podría haber mandado nuestro Señor que se obedeciese a los escribas y fariseos, a los sacerdotes de la antigua ley, personas viciosas en su mayoría, a los que nuestro Señor dirige grandes y continuos reproches? Sin embargo, le dice al pueblo: «Obedecedles, haced todo lo que os digan, pero no imitéis sus obras». ¿Y cómo les habría obedecido él mismo si hubiese estado mal hecho o, mejor dicho, si el obedecer a esas personas tan viciosas y malvadas no hubiese sido practicar grandes actos de virtud? Ellos estaban constituidos en dignidad y en gobierno; había que obedecerles en virtud de aquella regla: Qui vos audit me audit, qui vos spernit me spernit. Ellos tenían la dirección de las almas. Por tanto, hermanos míos, nuestro Señor tenía razón cuando decía: Qui vos audit me audit, qui vos spernit, me spernit. ¿Pondremos esto en duda? ¿No nos afianzaremos más que nunca en la práctica de esta virtud? Hemos hecho voto de vivir siempre en sumisión y dependencia, practicando la santa obediencia. Fijaos en lo que hay que hacer.

Pero ¿a quién debemos obediencia? La regla empieza por nuestro santo padre, el papa; él es el padre común de todos los cristianos, la cabeza visible de la Iglesia, el vicario de Jesucristo, el sucesor de san Pedro; le debemos obediencia todos los que estamos en el mundo para instruir a los pueblos en la obediencia que deben tener, lo mismo que nosotros, a este pastor universal de nuestras almas. A nosotros nos toca darles ejemplo. Po; eso entreguémonos a Dios para obedecerle debidamente y para recibir bien todo lo que venga de su parte. A él, en la persona de san Pedro le ha dicho nuestro Señor: «Pedro, apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas» (9); a él ese mismo Salvador le ha dado las llaves de su Iglesia. El es como otra especie de hombre, muy por encima de todos los demás hombres. Por eso hemos de mirarlo en nuestro Señor, a nuestro Señor en él.

También les debemos obediencia a los señores obispos. Según algunos, ellos participan de la autoridad del Papa; según otros, tienen la autoridad del mismo Jesucristo. Dejemos estas discusiones. Nosotros, los sacerdotes, les hemos prometido obediencia cuando recibimos el sacerdocio, no sólo a ellos y a sus sucesores, sino también a los prelados en cuyas diócesis tengamos que vivir y trabajar; de forma que nuestra opinión ha sido siempre y sigue siendo que hemos de considerarnos como aquellos siervos del evangelio a los que dice el padre de familia: «Ven», y vienen; «márchate», y se marchan. Siempre he sentido gran devoción en obedecer sus órdenes. En efecto, estamos sometidos a ellos y dependemos de ellos en lo que se refiere a las misiones, para predicar en ellas, catequizar, confesar y administrar los sacramentos, aun cuando, por su benignidad, le hayan dejado a la compañía los reglamentos y las órdenes para la disciplina regular de dentro. Así lo ha expresado nuestro santo padre en el breve, sin que nosotros nos hayamos mezclado en este asunto, al decir que los que de nuestra congregación sean enviados a las misiones o a la dirección de los seminarios estarán sometidos a los ordinarios, esto es, a los obispos. El dio este breve después de haber consultado a los señores cardenales de la congregación para la explicación del concilio de Trento. Por tanto, les debemos obediencia, como a Dios. Ruego a los que sean enviados a sus diócesis que obren de este modo y que les obedezcan con toda fidelidad.

Eso en lo que se refiere a la obediencia a los obispos. En cuanto a los párrocos, ¿no es también razonable que así sea? ¡Cómo! ¿Es que un extraño puede hacer algo en su parroquia sin su consentimiento? Sería un gran desorden. La compañía, desde el principio y hasta ahora, ha recibido de Dios la gracia de tenerles mucho respeto y de no hacer nada en sus parroquias sin su beneplácito.

Queda la obediencia al superior. ¡Miserable de mí! ¡Obedecer a un desobediente a Dios, a la santa Iglesia, a mi padre y a mi madre desde mi infancia! Casi toda mi vida no ha sido más que desobediencia. ¡Ay, hermanos míos, a quién rendís obediencia! A aquel que, como esos escribas y fariseos de que os hablaba hace poco, está lleno de vicios y de pecados. Pero eso es lo que hará vuestra obediencia más meritoria. Recordaba hace unos momentos que, cuando era un muchacho, cuando mi padre me llevaba con él a la ciudad, como estaba mal trajeado y era un poco cojo, me daba vergüenza de ir con él y de reconocerlo como padre. ¡Miserable de mí! ¡Qué desobediente he sido! Le pido perdón a Dios; y también os lo pido a vosotros, y a toda la compañía, por todos los escándalos que os he dado, y os conjuro que recéis a Dios por mí, para que me perdone y me dé cada vez más pesar de ello en mi corazón.

Bien, vámonos, que ya van a ser las nueve; no podemos empezar con otro tema. Nuestro Señor nos dio un buen ejemplo de obediencia cuando dijo de sí mismo: Quae placita sunt ei facio semper; sí, facio semper. Y esta obediencia que rindió a Dios, su Padre, no sólo duró mientras estuvo en la tierra, sino que la continúa glorioso en el cielo, obedeciendo a los sacerdotes, incluso a los viciosos, cuando lo levantan y lo bajan como les parece, en la eucaristía. ¡Qué obediencia, que dura incluso después de la muerte! ¡Oh Señor, que desde toda la eternidad tomaste la resolución de obedecer, concédenos la gracia de que así lo prometamos desde ahora! Concédenos la gracia de obedecer a las reglas, a los mandamientos de nuestros superiores, a su voluntad significada de palabra, incluso mediante una señal, como exigen los santos padres, que llegan a decir incluso que hay que obedecer a sus intenciones. Pero sobre todo concédenos la gracia de cumplir con toda exactitud la obediencia que hemos prometido con voto, entrando cada vez más dentro de los sentimientos de esta virtud. Esto es, hermanos míos, lo que pediremos insistentemente a Dios, entregándonos a su divina Majestad para alcanzar de él esta gracia tan grande. ¡Oh, Señor! ¡Qué será de la compañía de la Misión, si permanece siempre obediente al papa, a los obispos, a los párrocos, a sus superiores! ¡Cuántas bendiciones podrá esperar entonces de tu divina Majestad! ¡Que Dios nos conceda esta gracia!

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