Vicente de Paúl, Conferencia 141: Conferencia Del [21 De Noviembre De 1659]

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:

SOBRE LA POBREZA

(Reglas comunes, cap. 3, art. 3-10)

Resumen de las objeciones contra la pobreza. Agradecer a Dios este estado de pobreza en que nos ha puesto. Lectura y explicación de los artículos 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9 y 10.

Mis queridos hermanos, continuaremos esta tarde con el capítulo tercero de la pobreza. La vez anterior hablamos de los dos primeros artículos: el primero, de la pobreza en general; el segundo, de que parecía que no estábamos en el estado de pobreza en las misiones, ya que no recibíamos nada en ellas, mientras que los pobres reciben de los demás sus alimentos y las cosas que necesitan; nosotros les damos a los pobres y a la caridad, y los pobres no dan nada; no recibimos estipendio por las misas, y los sacerdotes pobres lo cobran. Por tanto, parece que todo esto va contra el estado de pobreza. Pero no es así, porque, si no tomamos nada por nuestras misiones, es porque la compañía se ha entregado a Dios desde el principio para realizar gratis todas las funciones de la misión, basándose en lo que dijo nuestro Señor: Quod gratis accepistis, gratis date, y porque se ha visto que éste era un medio muy importante para producir fruto entre los pueblos, que dicen: «Estos padres son hombres de Dios, pues no cobran nada y son desinteresados». Así es como se les gana fácilmente para Dios. En virtud de este estado de pobreza que hemos abrazado por amor de Dios, hemos de estar muy contentos si en la misión estamos mal alojados, mal alimentados. Seríamos entonces muy dichosos por parecernos más aún a nuestro Señor pobre, que hizo tan maravillosos actos de pobreza. Cuando nos falte precisamente algo de lo necesario, será cuando más podremos apreciar este estado de pobreza en nosotros. Y baste esto sobre los dos primeros artículos de este capítulo.

El tercer artículo dice así:

Todos y cada uno de los miembros de nuestra congregación deben saber que, a ejemplo de los primeros cristianos, todas las cosas nos serán comunes y que los superiores se las distribuirán a cada uno, a saber, el alimento, el vestido, los libros, los muebles y las demás cosas, según las necesidades del individuo. Pero para que no hagamos nada que vaya contra la pobreza que hemos abrazado, nadie podrá disponer de esos bienes de la congregación ni emplearlos para nada sin permiso del superior.

Hermanos míos, voy a dividir lo que tengo que deciros sobre este tema en tres puntos: en el primero, expondremos las razones que tenemos para dar gracias incesantes a Dios por habernos llamado a este estado de pobreza; en el segundo, hablaremos de las clases de pobreza y de las faltas contrarias a ellas; ¡Oh Salvador, cuántas son las que se cometen!; en el tercer punto indicaremos los medios para entrar en la práctica de la pobreza; pues no hemos de contentarnos con cumplirla de nombre, sino que hay que hacer obras y producir actos en las ocasiones debidas.

Digamos, pues, o mejor dicho, repitamos algunos de los motivos que nos obligan a dar gracias a Dios por el favor que nos ha hecho, con su infinita bondad, al ponernos en este estado de pobreza. Haré lo que hacía el señor obispo de Alet (3), que repetía un día, dos días, tres días, cuatro días, y hasta todo el adviento, las cosas que había dicho y predicado al pueblo, cuando las consideraba importantes para su salvación, a fin de inculcárselas bien en su espíritu. Así pues, recordemos las luces con que fuimos iluminados hace ocho días sobre las obligaciones que tenemos para con Dios y las gracias que hemos de darle continuamente por habernos puesto en este estado de pobreza que su mismo Hijo había abrazado por nuestra salvación.

Lo primero que nuestro Señor practicó al venir al mundo fue la pobreza; y lo primero que nos enseñó fue igualmente: Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum; porque nuestro Señor coepit facere y después docere. Lo primero que brota de los labios es lo que más llena el corazón. Por tanto, si nuestro Señor empezó sus sermones por esta frase: Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum, esto es la señal de que sentía un gran amor a la pobreza y la tenía en mucha estima. Hermanos míos, si nos ponemos a rumiar estas palabras: Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum, sentiremos mucho mayor aprecio de esta santa virtud; los que han sido llamados por Dios a este estado podrían decirle a Dios, si les hablase del infierno o del purgatorio: «¡Pero Dios mío! ¿Cómo me hablas con ese lenguaje, después que he intentado abrazar el estado de pobreza? ¿No has sido tú el que has dicho: Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum?». Indudablemente, debe haber algo grande en la práctica de esta virtud, ya que la primera frase de las predicaciones de nuestro Señor fue ésta: Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum.

Hemos reflexionado en esta frase: Nemo potest esse meus discipulus, nisi renuntiaverit omnibus quae possidet (6)? Todos deseamos ser discípulos de nuestro Señor. Pues bien, ¿habéis sentido, desde vuestra vocación a su servicio, este amor y este afecto hacia la santa pobreza? Por eso nos hemos entregado a Dios: para ser sus discípulos; pero no podemos serlo sin abrazar la pobreza; si no lo hemos hecho, no podemos ser tan discípulos de nuestro Señor, como si lo hubiéramos hecho; y si no lo hemos hecho con suficiente pureza y perfección, hagámoslo ahora y entreguémonos a Dios para abrazar lo más perfectamente que podamos este estado de pobreza. Si pensamos que nuestro Señor, al venir al mundo y al querer hacer un mundo nuevo de personas que estuvieran a su servicio, empezó diciéndoles: Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum, hemos de confesar que hay algo grande en la pobreza. Observad bien estas palabras: nemo, nisi, omnibus. No hay nadie en el mundo que pueda ser discípulo de nuestro Señor y siervo suyo, ningún personaje sea quien sea, si no, nisi, renuncia ¿a qué? omnibus. Es verdad que no se trata de un mandamiento, sino de un consejo en cuanto al estado de perfección, tal como lo abrazaron los apóstoles. Los primeros cristianos comprendieron ese estado bienaventurado; se entusiasmaron con él y lo abrazaron enseguida; todos eran santos; ¿y por qué? Porque eran pobres: Omnia illis erant communia.

Bien, bendigamos a Dios, que nos ha llamado y nos ha puesto en este dichoso estado. La razón por la que nuestro Señor quiere que se renuncie a todo, es que, al hacerlo así, necesariamente hay que amar a Dios. El corazón tiende hacia el amor lo mismo que la piedra tiende hacia abajo y el fuego hacia arriba, como su centro. San Agustín dice que es una desgracia no tener un corazón amante. Después de haber amado demasiado a las criaturas, él amó a Dios y le alababa por haberle despegado del amor a las criaturas. Por eso, si Dios nos ha destetado de todos los bienes, ha sido para que le amásemos con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas; pues es un Dios celoso, Deus zelotes. Tiene muchas razones para ser amado: su grande amor, ¡su amabilidad! ¿No se queja acaso de que lo dejemos a él, que es la fuente de aguas vivas, para acudir a cisternas agrietadas, que no pueden contener el agua y que están llenas de cieno?. ¡Quiera Dios que tengamos este espíritu de pobreza, sí, este espíritu de pobreza! ¡Entonces amaremos a Dios perfectamente! Añadamos a ello la bondad de Dios, que quiere recompensar, ya en esta vida, la práctica de esta virtud. Tres evangelistas hablan de ello: san Mateo 19, san Marcos 10 y san Lucas 18. El primero dice que el que deje al padre, a la madre, etcétera, tendrá en esta vida el céntuplo de todo ello; sí, en esta vida. De estas palabras nació al comienzo de la Iglesia una herejía llamada de los milenaristas; algunos creían que nuestro Señor vendría a este mundo después del juicio y, con él, los que hubiesen dejado todo por su amor, y que permanecerían en él durante mil años gozando de todos sus placeres. ¡Pobre gente! Si hubieran estudiado bien el asunto, habrían visto que estas palabras no deben entenderse así, como muy bien sabéis vosotros mejor que yo, que haríais sermones con ello.

Pero volvamos a lo nuestro y digamos que nuestro Señor no deja de recompensar aquí eternamente a los que lo han dejado todo por su amor. ¿No veis cuántas fundaciones nos han hecho, cómo Dios ha provisto a todas nuestras necesidades y cuántas casas nos da en lugar de una o dos casas que dos o tres de nosotros hayan podido dejar? ¡Miserable de mí! No hablo de mí, que soy un pobre porquero y un villano; pero, de los demás, muchos podrían estar de coadjutores en los pueblos. ¡Estar de coadjutores! ¡Pobre gente! Me escribe el vicario general de Amiens que muchos coadjutores y párrocos lo han perdido todo, que el paso de los soldados lo ha arrruinado todo, y pide que se tenga piedad de ellos. Ya se les ha ayudado. Podíamos, digo yo, estar como ellos, pero Dios ha mirado por nosotros llamándonos a la congregación, donde se remedian nuestras necesidades, y no sólo aquí, sino en las demás casas más o menos, de forma que si uno de nosotros va a Bretaña, a Poitou, a Gascuña, al Languedoc, en todas partes encontraremos la mesa puesta, incluso en Italia y hasta en Roma. Estas casas son nuestras; tenemos derecho a ellas. Dios les da plena razón a aquellas palabras: Qui reliquerit patrem, etc., centuplum accipiet in hac vita. ¿No es verdad que recibimos cien veces más que lo que hemos dejado? ¡Pero qué es lo que hemos dejado! No sé qué, muy poca cosa. En cuanto a los placeres, reservemos este asunto para otra ocasión.

Hay tres evangelistas que hablan de la pobreza voluntaria: san Mateo 19, san Marcos 10 y san Lucas 18. San Mateo dice: Omnis qui reliquerit domum vel fratres vel sorores aut patrem aut matrem aut filios aut agros propter nomen meum, centuplum accipiet et vitam aeternam possidebit. San Marcos dice: Respondens Jesus ait: amen dico vobis, nemo est qui reliquerit domum aut fratres aut sorores aut patrem aut matrem aut filios aut agros propter me et propter evangelium, qui non accipiat centies tantum, nunc in tempore hoc: domos et fratres et sorores et matres et filios et agros cum persecutionibus, et in saeculo futuro vitam aeternam. Y san Lucas: Amen dico vobis, nemo est qui reliquerit domum aut parentes aut fratres aut uxorem aut filios propter regnum Dei, et non recipiat multo plura in hoc tempore, et in saeculo venturo vitam aeternam.

Ya veis cómo habla nuestro Señor en estos tres evangelistas: toda persona, sin excluir a nadie, omnis, o bien nemo est, no hay nadie en el mundo que, habiendo dejado casa, parientes, etcétera, no reciba el céntuplo, dice san Mateo; y san Marcos añade: en este mundo, in tempore hoc, e incluso cum persecutionibus, a pesar de las persecuciones que sufrían los primeros cristianos en la primitiva Iglesia, donde les quitaban todo. San Lucas añade: multo plura, muchas más cosas que las que han dejado; se recibirá más que eso: por un padre que se ha dejado, por una madre, cien veces más. La compañía ¿no es para cada uno de nosotros tanto como un padre, como una madre? ¿Qué pueden hacer un padre o una madre por su hijo que no haga la compañía por cada uno de nosotros? Nos alimenta, nos viste, provee a todas nuestras necesidades. ¿No somos los unos con los otros lo mismo que hermanos, que sienten tanto afecto y caridad, y más todavía, que nuestros hermanos carnales, que de ordinario buscan sólo sus intereses?

Pongamos la mano en la conciencia y veamos si no justifica Dios con nosotros lo que nos ha prometido, al haberlo dejado todo por él. ¿No hemos recibido bastante recompensa? ¡Pero quiera Dios que no sea ésa nuestra recompensa, sino él mismo y el gozo de su esencia! ¿No tenemos motivos para pedirle a Dios ese espíritu de pobreza, que nos es tan provechoso? Si alguno fuera tan miserable que no sintiera en su corazón ese afecto por la santa pobreza, ¡qué digno sería de compasión! Pero sigamos adelante; ya ha pasado media hora. ¡Qué miserable soy de detenerme tanto tiempo! No haré más que leer los artículos.

Artículo 3. Todos… deben saber que… todas las cosas nos serán comunes. Por tanto, vivimos en comunidad de bienes como los apóstoles y los primeros cristianos: Omnia illis erant communia; pero, como habría surgido una gran confusión si cada uno, a su voluntad, hubiera podido tomar de esos bienes, los apóstoles al principio lo remediaron personalmente, distribuyéndolos a cada uno según su necesidad; luego, fueron los diáconos (15); por eso mismo, en toda comunidad bien ordenada tiene que haber personas escogidas para darle a cada uno según sus necesidades. También aquí tenemos a una persona en cada categoría, sacerdotes antiguos, alumnos, seminaristas, e incluso hermanos, encargados de la pobreza y de preguntarle a cada uno qué es lo que necesita, y esto cada ocho días. Interesarse por las necesidades de cada uno: ¡ved si se practica esto en las casas de los grandes señores! ¡Salvador mío! Les recomiendo muy insistentemente a los encargados de preguntar las necesidades de cada uno, que cumplan fielmente con su obligación.

Si durante la semana alguien necesita alguna cosa, como cuando se va a los campos y no se pueden esperar los ocho días, se puede y se debe dirigir uno al encargado de atender a las necesidades de cada uno, y no a otro; por eso, que nadie vaya a la sastrería o a la zapatería. Recomiendo especialmente que nadie vaya a pedirle al sastre tal manteo, tal ropa, una sotana de tal género. ¡Que Dios nos guarde de ello! ¡Cuán lejos estaría esto del espíritu de pobreza! Si hubiese algo que molestase especialmente a algunos, como el frío a los frioleros, y no pueden esperar los ocho días, se puede y se debe dirigir uno solamente al encargado de ello. De los libros, toca al superior repartirlos o hacerlos repartir. ¡Dios mío! ¡Qué falta comete aquel que toma sin permiso los libros que le gustan! Se apropia de algo que es común. Si los necesitas, pídelos; cuando los hayas terminado, devuélvelos; puede ser que otro los necesite tanto como tú. Uno tiene que salir de viaje, ir la misión; ha pagado sus gastos y le ha sobrado algo de dinero; no da cuenta de ello; no lo devuelve, sino que se queda con ello para comprar algún libro: esto es ir en contra de la pobreza. En nombre de Dios, hermanos míos, que el que va a misionar tome nota de sus gastos y, a la vuelta, dé cuenta de ellos, y entregue lo que le sobra. ¡Fidelidad en esto!

Artículo 4. Nadie tendrá nada sin que el superior lo sepa o lo permita, y que esté dispuesto a dejar inmediatamente cuando el mismo superior ordene o señale que lo desea. Por tanto, nadie tendrá nada, ni aquí ni en ningún sitio, sin que el superior lo sepa. El que tenga dinero o libros, obra mal; pecaría contra la pobreza, si el superior no se lo permite. ¡Y que se cuide de permitírselo! En este artículo se recomiendan tres cosas: 1.° no tener nada sin que el superior lo sepa; 2.° sin que se lo permita; 3.° que no esté dispuesto a dejarlo a la menor señal…

Artículo 5. Nadie usará de ninguna cosa como propia, ni dará, recibirá, prestará, tomará en préstamo ni pedirá nada sin licencia del superior. Dar una cosa es realizar un acto de propiedad; habéis renunciado a ella; recibir una cosa para sí, va también contra la pobreza; a los pobres no les corresponde prestar ni tomar prestado, pues no se les presta de buena gana.

Artículo 6. Nadie tomará nada para sí de lo que está destinado al uso de los demás, o separado para la comunidad, o abandonado por alguno, ni siquiera libros. Ocurre demasiadas veces que, cuando uno tiene que ir a misiones y deja libros u otras cosas en su habitación, algunos entran en ella y cogen lo que les viene bien. Deploramos el estado de los que cometen esas acciones, que son malas y van contra la pobreza. Espero que no vuelva a suceder; si no, habría que descubrir quiénes son y mandarles hacer penitencia. ¡Dios mío, cuánto miedo he de tener de que Dios me castigue, por no haberme preocupado de impedir estas faltas! Diré aquí, aunque no sea éste su lugar, que está prohibido escribir sobre los libros o hacer señales en ellos; es una acción que denota cierta propiedad; tendríamos que ser sus amos para ello, y no lo somos. Nadie les dará tampoco a los demás lo que le hayan dado para su uso, sin el consentimiento del superior. Nadie dejará que se pierda algo por negligencia ni que se estropeen las cosas. ¡Qué mal nos portamos en estas cosas, Salvador mío!

Artículo 7. Nadie buscará las cosas superfluas, ni las curiosas. ¡Cuánto daño haces, maldita curiosidad! En cuanto a las necesarias, cada uno moderará en esto sus inclinaciones de tal modo que su género de vida, su habitación y su cama sean conformes a la forma de vivir de un pobre, y que en esas cosas, como en todas las demás, esté dispuesto a experimentar algunos de los efectos de la pobreza, e incluso a sufrir con buen ánimo que se le dé lo peor de todo lo que hay en la casa. ¡Qué hermosa práctica! Tú, Salvador mío, que la practicaste y que en esta pobreza sentiste la desnudez, danos la gracia de practicar hasta ese punto esta virtud.

Artículo 8. Y para que no se vea entre nosotros nada que se parezca lo :más mínimo a la propiedad, nuestras habitaciones no estarán nunca cerradas de tal forma que no se las pueda abrir por fuera, y no habrá en ellas cofres ni nada semejante cerrado con llave particular, sin permiso expreso del superior. Hermanos míos, los jesuitas no tienen más que un picaporte en la habitación; sólo tienen tres habitaciones que puedan cerrarse con llave: la del superior, la del padre ministro y la del procurador, debido a las cosas de importancia que allí hay. Por tanto, aquí, nada de cajones cerrados, ni de maletas, ni de candados, a no ser en las habitaciones que tienen alguna cosa de importancia para la comunidad.

Artículo 9. Ninguno de los que se vayan a otra casa se llevará algo de donde sale, sin licencia del superior. Por tanto, va contra esta regla y contra la pobreza llevarse sacos o maletas llenas de libros. «Pero, se dirá, es que yo he comprado estos libros». Respondo: o ha sido con dinero de la comunidad y entonces esos libros son de la comunidad, o con vuestro dinero y entonces habéis renunciado a ello, o con dinero de vuestros padres y es lo mismo. No se puede ni se debe decir: «Este breviario es mío», porque sólo tenéis su uso. Nuestro Señor iba de aldea en aldea sin saco ni talega e incluso, al principio, prohibía tener dos túnicas (16) tanto era su amor a la pobreza. Os recomiendo, pues, hermanos míos, que procuremos imitarle en esta pobreza. Que al marcharse a otra casa uno se lleve sus escritos, me parece bien, pues es lo que se permite en toda comunidad bien ordenada, pero no los libros; en todas partes encontraréis suficientes; no iréis a ninguna de nuestras casas, gracias a Dios, en que no encontréis los suficientes para componer sermones según nuestro estilo. En cuanto a los libros que en otras comunidades bien ordenadas tienen algunos en sus habitaciones y que necesitan para componer sermones, cuando van a los pueblos es esto lo que hacen: se los entregan al superior o al asistente para que los guarden, y éstos los recogen o los dejan en las mismas habitaciones, cerrándolas con candado. Os ruego que lo hagáis así todos.

Artículo 10. Y como se puede pecar contra la virtud de la pobreza con el solo deseo desordenado de tener bienes temporales, todos procurarán con mucho cuidado que este mal no se apodere de su corazón, ni siquiera respecto a los beneficios, que se podrían buscar con la excusa de hacer algún bien espiritual. Por tanto, nadie aspirará a ningún beneficio o dignidad eclesiástica bajo ningún pretexto.

Hemos de contentarnos por ahora con lo dicho. He hecho un pequeño resumen; dejadme ver si he dicho todo lo que tenía que decir.

Leyó en voz baja sus notas y luego dijo:

¡Sí, está todo; bendito sea Dios! Ya han tocado las nueve; hay que retirarse; no tenemos tiempo para hablar de los medios de practicar esta santa pobreza y de evitar las faltas que os acabo de decir.

El primer medio, hermanos míos, es entregarnos a Dios, entregarle toda la compañía, para que quiera darnos la gracia de tener esta santa pobreza. Hemos de guardarla: 1.° porque lo hemos prometido; 2.° porque hay algo divino en esta virtud; 3.° porque de ella depende el buen orden de la compañía. Si procuramos practicar bien esta virtud, nuestra posteridad lo notará y bendecirá a Dios, practicándola igualmente. Si no la practicamos, nuestros sucesores tampoco lo harán, de modo que seremos responsables de ello en el juicio de Dios todos nosotros, si no hacemos lo posible, con la palabra y con el ejemplo, para que siga en vigor entre nosotros esta virtud de la pobreza.

Hermanos míos, cuando lleguemos delante de Dios con este hermoso ropaje de la pobreza, ¡qué consuelo! Seremos la causa de que nuestra posteridad viva en ella como en su fortaleza, ya que la práctica de la pobreza es la que conserva las casas y las compañías, mientras que es la propiedad lo que las echa a perder; la experiencia es en este caso demasiado elocuente y funesta.

Salvador mío, quiera tu infinita bondad conservarnos y aumentar en nosotros esta práctica de la pobreza. Todos somos padres de los que vengan detrás de nosotros; engendrémoslos en estos ejercicios. ¡Qué felices seremos de haber contribuido a el]o! Os conjuro, hermanos míos, a que os esforcéis en ello de palabra y de obra. Nosotros, los sacerdotes, estamos más obligados que los demás. Cuando la Iglesia se mantenía en esta práctica, en sus comienzos, los fieles eran todos santos; pero, desde que empezaron a tener bienes en propiedad y los eclesiásticos tuvieron beneficios en particular, como ocurrió a partir del papa san Telesforo, todo se vino abajo. Los eclesiásticos de ahora no son ni la sombra de los eclesiásticos de aquellos felices tiempos y de aquel siglo de oro. ¡Quiera Dios concedernos la gracia de animarnos a todos a la práctica de esta santa virtud de la pobreza, que, además de la recompensa temporal que tiene prometida, nos merecerá también la eterna!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *