Vicente de Paúl, Conferencia 138: Conferencia Del [24 De Octubre De 1659]

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE LA OBLIGACION DE COMUNICAR AL SUPERIOR LAS FALTAS NOTABLES Y LAS TENTACIONES DEL PROJIMO

(Reglas comunes, cap. 2, art. 16-17)

Razones para esta comunicación; respuesta a las objeciones. Manera de portarse en estas comunicaciones.

Hermanos míos, la conferencia de esta tarde será sobre una parte de la regla que se explicó el pasado viernes /17/ de octubre, pero de forma tan ligera que puede decirse que se omitió, y sobre el artículo siguiente. Dice así aquel artículo:

Dado que este espíritu maligno se trasforma muchas veces en ángel de luz y nos engaña a veces con sus ilusiones, hay que guardarse mucho de dejarse sorprender por ellas, y será conveniente aprender los medios para discernirlas y superarlas.

Esto es lo que explicamos al hablar de las ilusiones. Y continúa así este artículo:

Como la experiencia nos demuestra que el medio más fácil y seguro en ese caso es abrirse con prontitud a los que están destinados por Dios para eso, apenas uno tenga pensamientos sospechosos de ilusión, o alguna pena interior, o tentación notable, se lo manifestará lo antes posible al superior o al director designado para ello, para que él ponga el remedio oportuno; todos recibirán y verán bien su consejo como venido de la mano de Dios y se someterán a él con confianza y respeto. Sobre todo se guardarán mucho de hablar de ello con los demás, tanto de casa como de fuera, ya que la experiencia nos demuestra que, cuando uno se descubre así a los otros, empeora su mal, se contagia de él a los demás y en definitiva se causa un gran perjuicio a toda la congregación.

¡Salvador mío! ¡Cuánta verdad es esto! Y he aquí el artículo siguiente, que hemos de unir con el que acabamos de leer, por la conexión que hay entre ellos; es el diecisiete:

Dado que Dios desea que cada uno cuide de su prójimo y que, por ser todos miembros de un mismo cuerpo místico, debemos ayudarnos mutuamente, apenas sepa alguno que otro está sufriendo alguna fuerte tentación o que ha cometido una falta notable, enseguida, animado del espíritu de caridad, procurará de la mejor manera que pueda que el superior ponga el remedio oportuno a esos dos males, debidamente y en el tiempo requerido. Y para que todos puedan progresar mas en la virtud, aceptarán con agrado, con ese mismo espíritu de caridad, que sus faltas sean manifestadas al superior por cualquiera que las haya advertido fuera de la confesión.

Este es el artículo que, como veis, tiene mucha conexión con el anterior, que explicamos en parte el último día; pues entonces dejé de hablaros de la abertura de corazón que hemos de tener para descubrir convenientemente nuestras ilusiones, nuestras faltas y nuestras penas al superior, en una palabra, para hacer con él la comunicación; es esto lo que ahora vamos a decir, junto con lo otro, que hay que avisar al superior cuando veamos a alguien sufriendo una tentación o que ha caído en una falta notable, y que hay que ver con agrado que se avise al superior de nuestras faltas

Así pues, la primera regla habla de la comunicación; la otra recomienda que se avise al superior de las faltas que hemos advertido en nuestro hermano. El primero de estos artículos dice que hay que comunicar al superior nuestras penas y que hay que decirle nuestras faltas; la otra dice que en el caso (es verdad que no dice esa palabra en el caso, pero es como si la dijera), en el caso de que uno no descubriera sus faltas al superior, uno de sus hermanos, animado de celo y de caridad por el bien de la compañía y por él mismo, debería avisar al superior, para que pusiera remedio como buen padre, y no como juez. ¡Que Dios nos guarde de ello!

Por tanto, los dos artículos se refieren al aviso que hay que dar al superior del estado de los de la compañía; por tanto las mismas razones que nos obligan a entregarnos a Dios para cumplir con lo que se nos recomienda en el primero de estos artículos, esto es, descubrirle nuestras penas, nuestras tentaciones y faltas al superior, nos obligan también a entregarnos a Dios para cumplir bien con el segundo artículo, esto es, avisar al superior las penas, tentaciones y faltas notables de nuestro prójimo. He aquí las razones, no todas (sería imposible enumerarlas todas), sino algunas.

La primera razón o el primer motivo que nos obliga a descubrir y a comunicar nuestras faltas, es que es ésa la intención de la Iglesia y lo que practicó durante cuatrocientos o quinientos años; los cristianos que tendían a la perfección, creyendo que no bastaba con decir las faltas al obispo en privado, las manifestaban públicamente delante de todos; y esto duró unos quinientos años. Pero entonces sucedió que una mujer cometió una falta y se acusó públicamente de ella, y un diácono se aprovechó entonces de aquella ocasión para obrar mal, con lo que se quitó esta práctica. De todos modos, vemos y leemos que ha sido ésta la práctica de los santos; ¿quién ignora lo que hizo la Magdalena, que fue a arrojarse a los pies de nuestro Señor como una miserable pecadora? (3) ¿Y qué dice san Pablo de sí mismo? Y san Agustín, ¿qué escribió en el libro de sus Confesiones? ¿Y tantos otros? Según esto, muchas comunidades religiosas han conservado esta loable práctica de acusarse públicamente y de pedir que le amonesten a uno; es lo que aquí se hace, gracias a Dios, en el capítulo, si no por todos, al menos por la mayoría; quizás haya uno o dos que no lo hacen, al menos con la debida frecuencia. Muchos practican también esta comunicación con mucha abertura de corazón, como me han dicho, y esto marcha tan bien que bastantes, antes de hacer esta comunicación, se encomiendan a las oraciones de la compañía, para que quiera Dios concederles la gracia de conocer bien sus defectos, de descubrirlos debidamente y de practicar los consejos o advertencias que se les haga para su enmienda. ¡Qué gran motivo para alabar a Dios y agradecerle este favor que ha hecho a la compañía! De ahí procede la otra gracia de ser amonestado por alguien con espíritu de caridad. ¡Quiera nuestro Señor seguir concediéndonosla y aumentándola cada vez más!

La segunda razón o el segundo motivo es que ésta ha sido la práctica y la costumbre de las comunidades religiosas y de los anacoretas: apenas sentían una tentación, fuera lo que fuese, iban a descubrírsela al superior. San Doroteo lo hacía con frecuencia y, aunque en el camino le venía la idea de no hacerlo, superaba esos pensamientos y se lo decía todo al superior. Los compañeros de san Francisco también lo hacían, y otros muchos. Esta es también la costumbre de la compañía, gracias a Dios, si no por parte de todos, al menos por la mayoría. ¡Quiera Dios seguirla manteniendo a los que ya lo hacen y dársela a los que todavía no han empezado!

Otra razón que nos obliga a ello es que el que no lo hace ni manifiesta sus faltas, o no le gusta que los demás se las comuniquen al superior, se encuentra sin ayuda; si el pobre superior no lo sabe, ¿cómo podrá remediarlo? Y si no lo remedia, el culpable seguirá en su mal estado e irá cada vez peor; es como si un enfermo no quisiera descubrir su mal: empeoraría y acabaría muriéndose. Lo mismo ese individuo del que hablamos: si no descubre sus faltas o si no las manifiesta alguien al superior, que es su médico espiritual, irá cayendo en nuevas faltas, cada vez más numerosas, ¡y quiera Dios que no acabe muriéndose en ese estado miserable y digno de lástima!

Otra nueva razón es que ése es el único medio que tiene el superior para gobernar bien a una compañía y para poner remedio a las faltas y a los males que causa uno de sus miembros. El que no descubre sus faltas o no ve bien que se las comunique alguien al superior, se irá endureciendo y como petrificándose, al querer gobernarse a sí mismo a su gusto. ¡Salvador mío, tú sabes qué mal tan grande sería esto! Por tanto, cada uno tiene que entregarse a Dios para continuar en esta santa práctica de descubrirse al superior o de empezar a practicarla, si todavía no lo hace; si el superior no lo sabe, ¿cómo irá la compañía? ¿A quién enviará a dar misiones? Si no conoce las faltas que allí se cometen, ¿a quién enviará a Italia, a Polonia, a Berbería, a las mismas Indias? Si no se le advierte de las faltas que se cometen, ¿cómo podrá remediarlas? ¡Qué desorden entonces, Salvador mío! Pero si se le pone al corriente de ellas con espíritu de humildad y de caridad, procurará remediarlas, con el consuelo de todos, provecho del culpable y edificación de sus compañeros.

Otra razón es que no se pueden guardar por mucho tiempo las ilusiones, las tentaciones y el mal estado de un alma. Si cuando uno se ve tentado contra la fe, la pureza, etcétera, no habla de ello ni lo manifiesta, se va formando en su interior una costra, un montón de basura, una especie de llaga y de pus en el cuerpo. Esto va aumentando, hasta subirse al cerebro. Por eso los médicos y cirujanos que visitan a un enfermo miran con mucho cuidado si hay pus en una llaga. Si es así, meten el bisturí hasta el puño, por así decirlo, para sacar toda la pus.

Conviene que os diga a este propósito lo que me refirió un cirujano, buena persona, sabio, hábil y hombre de bien, el señor Juif (4). Llamado junto con otros médicos al lado de un colega enfermo, tuvo que dar su parecer. Se preguntaba si el enfermo tenía alguna apostema en el cuerpo; unos decían que sí y otros que no; el señor Juif dijo que tenía una apostema en el intestino y que había que sajarla. Para ello, mandó que le hicieran una lanceta larga, se la introdujo él mismo, pues tenía mucha habilidad para ello, y empezó a salir pus; se la sacó toda y el enfermo empezó a mejorar hasta quedar totalmente curado.

Pues bien, volvamos a lo nuestro y digamos que las ilusiones son como una corrupción del espíritu, como la pus; uno se siente inclinado a las mujeres o a algún otro defecto; si no lo manifiesta, pronto o tarde llegará a caer. Recuerdo a este propósito que una persona vino a verme un día ¡aquí mismo, en este patio¡ y me dijo: «Padre, ¡cuánto me alegra poder verle para decirle una cosa! Creo que, si no le hubiese encontrado, estaría muerto de pena, ya que es muy grande el deseo que tenía de verle para contarle una cosa». Pues bien, apliquemos esto a nuestro caso y digamos: el que no manifiesta sus faltas al superior, tendrá que manifestárselas a otro: ¿y con quién lo hará? Lo hará con alguno que está descontento, pues nunca faltan tipos de esos, o con algún otro al que estropeará al contarle su mal. Basta con una oveja sarnosa para contagiar a otra, que a su vez dañará a una tercera, hasta que enferme todo el rebaño.

Pero ¿qué dirá el superior, si le digo esta pena, esta tentación o esta falta? Esto mismo es lo que a veces pensaba san Doroteo, que se decía en su interior: «¿Adónde vas? A buscar al superior. ¿Qué le dirás? Esto y esto. ¿Y qué dirá el?». No importa; y no dejó de ir.

Pero el superior no podrá darme más consejos que estos y estos, que yo sé tan bien como él y que ya practicaré. Respondo que los pensamientos que tú tienes son pensamientos de hombre, pero los pensamientos y consejos del superior son pensamientos y consejos de Dios. ¿No ha dicho Dios: Qui vos audit me audit?.

Pero él no sabe más que yo. ¿Es que Dios no ha hecho hablar a las bestias?.

¡Pero si es un pecador como yo y quizás peor! Cien veces peor, si te empeñas; pero ocupa el lugar de Dios nuestro Señor, que dijo de los sacerdotes de la antigua ley: «Haced lo que os digan, aunque no haya que hacer lo que ellos hacen». No, el superior no es impecable; ¡miserable de mí, que estoy cargado de faltas! Por tanto, hay que ser fieles en descubrir las faltas y en hacer bien la comunicación, pues, si no, el mal seguiría existiendo y empeoraría cada vez más; lo sabéis todos perfectamente.

He podido observar que los que son desordenados nunca avisan al superior, se preocupan poco de progresar en la perfección y de que progresen sus hermanos. Pero los que son ordenados trabajan a conciencia en su perfección y sienten la necesidad de que el superior conozca los defectos de sus hermanos, para que pueda amonestarles, y por ello son exactos en advertir al superior; este es el medio de que vaya bien la compañía. Por tanto, si alguno no lo ha hecho hasta ahora, que se decida a hacerlo. ¡Salvador de mi alma! ¡Cómo se perfeccionaría la compañía si se le comunicaran las faltas, las penas y las tentaciones al superior, y a nadie más!

Uno de los disgustos más grandes que he tenido últimamente ha sido al saber que uno de la compañía ha ido a tener esta comunicación con un tercero y con un cuarto. ¡Dios mío! ¡Qué mal hecho está! ¡Que Dios lo perdone!

Se me podrán hacer algunas objeciones a este respecto.

¡Cómo! Dice usted, padre, que avisemos al superior de las faltas notables que comete un particular; ¿no va esto contra la máxima evangélica que nos ha dado nuestro Señor, de que hagamos la corrección fraterna inter te et ipsum solum? Respondo que no. Es lo que objetó un doctor de París, que se hizo franciscano en Roma, contra los jesuitas, que habían puesto este artículo en sus reglas. Sostenía que eso no estaba bien, por ir en contra de lo que nos había enseñado nuestro Señor: Si peccaverit frater tuus, corripe inter te et ipsum solum, Los jesuitas, habiendo llamado a sus doctores más hábiles y a su gente principal, sostuvieron su razón en presencia del papa Gregorio XIII, que decidió en favor de ellos.

Pero es muy duro ir a decirle al superior las faltas de otro; yo quedaré mal con él y el superior lo maltratará y lo verá con malos ojos. Respondo que esos avisos se dan al superior, no como a juez, sino como a buen padre, que sabrá amonestarlo a su debido tiempo y lugar, con toda caridad y cordialidad.

Pero el superior o el director irá a decírselo a los demás. ¡Dios mío, Salvador de mi alma! ¡Que se guarde mucho de ello! ¿No está acaso obligado al secreto? ¿Qué pena no merecería? ¡Maldición, si lo hace!

Digamos ahora cómo hay que comportarse en todo esto. Hay que tener en cuenta quién avisa, quién es avisado, de qué cosas y cómo hay que avisar. El primero tiene que ponerse en presencia de Dios para pedirle que le conceda la gracia de conocer bien:

1.° Si hay falta, y cuál es, antes de decidirse a avisar al superior. Tiene que guardarse mucho de hacerlo por inclinación o por antipatía. ¡Qué malo sería eso, Dios mío!

2.° Si la cosa es cierta y si hay testigos de ella; pues, si hay alguna duda, no hay que avisarle.

3.° Si la cosa es de importancia; pues si se trata sólo de una tontería, no hay que avisar al superior; es preciso que la cosa sea notable y que la compañía o el culpable puedan sacar provecho de la advertencia.

4.° Si el culpable ha caído, una, dos, tres veces, mayor frecuencia.

5.° Si siente alguna antipatía contra aquel sobre el que tiene que dar un aviso; si, a pesar de ello, la cosa es de importancia, tiene que avisar al superior, pero añadiendo: «Le ruego que se informe de ello por medio de algún otro, pues yo le tengo antipatía a esa persona».

Si se procede de este modo, ¿puede haber algún perjuicio?

Juzgadlo vosotros mismos.

En cuanto a la persona que es amonestada, tiene que recibir la amonestación con espíritu de humildad y de caridad.

Pero hay alguna circunstancia que no es cierta. Basta con que la cosa sea verdad en cuanto a la substancia. El que es amonestado tiene que alegrarse de verse acusado, aun siendo inocente; aunque lo fuera por completo, ¡qué consuelo, Dios mío! Yo mismo lo he podido experimentar.

En cuanto al superior, es menester que se porte, no como juez, sino como padre bueno, con mansedumbre y cordialidad, in spiritu lenitatis.

Pero el culpable ha hecho esto y esto, y esto. ¡Oh!, tiene que pensar el superior, yo he hecho otras cosas peores.

Pero es una falta muy grave. Si yo hubiese tenido una tentación tan fuerte, hubiera sucumbido y obrado peor que él.

¡Salvador mío! Tú me acusarás de todas mis rudezas y sabes muy bien que no hay casi ninguna tentación a la que no haya sucumbido; perdóname; concédeme la gracia, a mí y a los demás superiores, de escuchar bien las advertencias y de saber hacerlas con tu espíritu. ¡Cuántos motivos tengo para humillarme por haber faltado en eso! Te pido perdón a ti y a toda la compañía. Me gustaría ponerme de rodillas para hacerlo, pero me lo impiden mis achaques. Tened paciencia conmigo, queridos hermanos, ya que soy una abominación, y rezad a Dios por mí.

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