MAXIMAS CONTRARIAS A LAS MAXIMAS EVANGELICAS
(Reglas comunes, cap. 2, art. 15)
Razones para combatir las máximas opuestas a las del evangelio. Explicación de la regla. Examen de las máximas contrarias a las máximas evangélicas. Medios de combatirlas.
Mis queridísimos hermanos, he aquí el artículo decimoquinto del segundo capítulo de nuestras reglas, que se refiere también a los consejos evangélicos:
Este artículo habla de los vicios contrarios a las cinco virtudes que forman el resumen de las máximas evangélicas y que constituyen la perfección del espíritu del misionero, del que hablamos el último viernes. Aunque hemos de hacer todo lo posible por guardar todas estas máximas evangélicas, por ser tan santas y tan útiles, hay entre ellas algunas que son más propias de nosotros que las demás, esto es, las que recomiendan especialmente la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo de las almas; por eso, nuestra congregación se esforzará en ellas de una forma especial, de modo que esas cinco virtudes sean como las facultades del alma de toda la compañía y que las acciones de cada uno vayan siempre animadas por ellas. Pues bien, he aquí lo opuesto a estas virtudes, esto es, lo contrario, los vicios que combaten esas máximas evangélicas:
Puesto que Satanás procura siempre impedirnos la práctica de estas máximas, oponiéndoles las suyas totalmente contrarias, todos pondrán mucha prudencia y vigilancia en combatirlas fuerte y animosamente, sobre todo las que más se oponen a nuestro instituto, que son: 1.° la prudencia humana; 2.° el deseo de bien parecer ante los hombres; 3.° el deseo de hacer que los demás se sometan siempre a nuestro juicio y a nuestra voluntad; 4.° la búsqueda de nuestra propia satisfacción en todas las cosas; 5.° la insensibilidad por la gloria de Dios y la salvación del prójimo.
Según esto, hermanos míos, tenemos que hablar de las máximas contrarias a las máximas del evangelio; haremos un resumen de los vicios con los que se relacionan y diremos cómo van contra la perfección del espíritu de un misionero. Ya hemos dicho que las virtudes a las que se reducen las máximas evangélicas y que componen nuestro espíritu, esas cinco virtudes y esas máximas son contrarias a las malas máximas del mundo que hemos de combatir. Por eso dividiremos nuestro discurso en tres puntos: en el primero veremos las razones que tenemos para entregarnos a Dios a fin de combatir esas máximas opuestas a las del evangelio; en el segundo explicaremos la regla y diremos cuáles son sus adversarios, en el tercero buscaremos los medios y las armas para destruirlos. Hemos de esperar que Dios bendiga nuestra empresa.
La primera razón que tenemos para entregarnos a Dios para combatir y resistir contra esos vicios, es que su autor es el espíritu maligno, como dice la regla, y que esas máximas son malas, ya que el espíritu maligno es el que las ha producido y es su padre. Por el contrario, las máximas que componen nuestro espíritu son santas, ya que nuestro Señor es su autor, como dice también la regla. En efecto, lo mismo que de Dios vienen todos los bienes, también los males proceden del diablo y de nuestra naturaleza corrompida, que opone sus máximas a las del evangelio. La del evangelio dice: «Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos» (1) La máxima del demonio pregona lo contrario; el diablo no enseña que son bienaventurados los pobres: «Hay que tener bienes, nos dice, pues eso es lo que vale; ¡desgraciado de aquel que no trate de hacer fortuna!». El evangelio dice que hay que ser bondadosos y mansos (2); el demonio dice que no hemos de soportar a nadie; que hemos de tener como enemigo al que atenta contra nuestra reputación; que hay que vengarse, resistir; que uno está obligado a defenderse cuando ha sido atacado de palabra o por escrito; que va contra nuestro honor y nuestra fama el silencio en semejantes ocasiones. Esas son las máximas, pero ¿de dónde han salido? No las encontramos ni en la Escritura ni en lo que nos ha dicho el Hijo de Dios; sin embargo, tienen que venir de alguna parte; no son del evangelio ni de Dios; por tanto, su autor tiene que ser el espíritu maligno.
La segunda razón que tenemos para entregarnos a Dios para ser valientes y resistir contra esas máximas malvadas es que el diablo se sirve de nosotros mismos y toma en nosotros sus armas para hacer que abracemos sus máximas y dejemos las de muestro señor Jesucristo. Ya sabéis que, desde el pecado original, aunque se borre el pecado por el bautismo, queda en nosotros el fomes peccati; todos tenemos la concupiscencia que nos incita al afán y al deseo de ser ricos, de buscar nuestra satisfacción, de hacer nuestra propia voluntad; esto ha nacido con nosotros y no nos dejará nunca, a no ser por medio de las virtudes que componen el espíritu de la Misión. Si el diablo es, por tanto, el autor de estas malas máximas de que habla nuestra regla y encuentra en nosotros estas armas para destruirnos, es preciso que nos entreguemos a Dios generosamente para resistir y atacar esos vicios que intentan destruir el imperio que Jesucristo ha establecido en nosotros. Allí es donde está el mal.
Veamos ahora cuáles son esos adversarios. El primero es la prudencia humana; el segundo, el deseo de presumir, de adquirir fama y estima ante los hombres; el tercero, la pasión que tenemos de que todos se sometan a nuestro juicio; el cuarto, la búsqueda de nuestras satisfacciones en todas las cosas; el quinto, la insensibilidad por la gloria de Dios y la salvación del prójimo.
La prudencia humana se opone a la sencillez. La sencillez hace que una persona no obre nunca con doblez, que hable como piensa, que mire siempre a Dios en las cosas divinas y nunca a sí mismo, que mire a Dios en los actos de religión y de caridad que practica. Pues bien, la prudencia humana dice todo lo contrario. ¿Qué es la prudencia humana? El afán de buscar los medios ilícitos para progresar y conseguir lo que se ambiciona; el anhelo y esfuerzo continuo por satisfacer las inclinaciones de la naturaleza corrompida; de hecho, es eso lo que vemos en las personas que viven según esta prudencia de la carne. ¿En qué piensa, por ejemplo, una persona que no piensa en Dios? De ordinario, sólo busca sus satisfacciones y sólo sigue sus inclinaciones. ¿Y adónde os llevan vuestras inclinaciones? A hacer sermones bonitos. ¿Y adónde les llevan a otros? A llenarse de conocimientos, a formar colecciones de cosas bonitas, y cosas por el estilo, para buscar la admiración de los demás. ¡Ay! Va contra la sencillez satisfacerse en todo, sentir ansias de ver cosas, de oír noticias, de informarse de lo que pasa por dentro y por fuera, darse gusto en la comida y la bebida, tener amistades particulares (creo que esto no se ve mucho en la compañía, gracias a Dios), en fin, afanarse por granjearse el afecto de unos o de otros. Todo esto, hermanos míos, es miseria, miseria. ¿Qué es lo que quiere decir prudencia humana? Seguir las ideas humanas. Pues bien, todo esto va directamente contra la virtud de la sencillez, que mira a Dios en todas las acciones, tanto cuando se dice o se oye la misa, como confesando o reconciliando a los enemigos. La sencillez mira siempre a Dios en todo, mientras que la prudencia de la carne se mira a sí misma siempre y en todas partes y hace que se usen medios indirectos para conseguir el fin propuesto. ¡Qué peligrosa es esta prudencia humana! ¡Quiera Dios que no exista jamás en la compañía!
Esta es la primera clase de prudencia humana. Hay otra que no es tan extrema; cuando se quieren resolver las cosas divinas por las humanas. Una persona desea entrar en una comunidad; ¡qué prudencia tan peligrosa cuando se la quiere decidir por medios humanos! Por eso hemos de tener un deseo especial de resolver las cosas humanas por las divinas, aunque la naturaleza se oponga a ello y lo contradiga. Ut quid perditio haec? (4). Una persona viene a hacer el retiro para elegir un estado de vida; veis que uno va a los jesuitas, otro a los cartujos. Ir a los jesuitas; ¡cómo! ¿es que la Misión no es también una compañía santa, donde se puede conseguir la salvación lo mismo que en otras partes? ¡Prudencia humana! Me acuerdo que en cierta ocasión uno de los mayores ingenios del mundo, que había sido abogado del consejo, me consultó sobre su vocación; vacilaba entre el deseo de hacerse cartujo o misionero; me sentía halagado; pero Dios me concedió la gracia de no hablarle nunca de hacerse misionero. Se fue a los cartujos. Le dije: «Dios le llama a los cartujos; váyase adonde Dios le llama». Eso no impedía que yo estuviese ilusionado; pero siempre le dije: «Vaya adonde Dios le llama». Es verdad que yo creo que tenía razones para quedarse algún tiempo en el mundo para solucionar sus asuntos y tomar la última decisión. Procuremos, hermanos míos, que Dios tenga consejeros en esta compañía que atiendan a la fuerza de la vocación, juzgando según el espíritu y no según la carne.
Por tanto, hemos de combatir contra esta prudencia con las armas que nos proporciona nuestra regla, esto es, con la sencillez, que resuelve las cosas humanas por las divinas, y no las divinas por las humanas.
El segundo vicio y el segundo adversario que hemos de combatir es el afán de presumir a los ojos de los hombres vicio opuesto a la virtud de la humildad, tan necesaria a los misioneros. Si por desgracia algunos se dejaran llevar por las cosas grandes, esos, hermanos, acabarían arruinando a la compañía. Por tanto, humildad, querer nuestra propia humillación, desear que el mundo conozca nuestros defectos: querer todo eso, alegrarse de ello, en eso consiste la perfección del misionero. Pero desear lo contrario es carecer del espíritu de la Misión que se preocupa tan poco por lo que dicen de ella y le tiene sin cuidado. Que digan de ella lo que quieran, que digan que somos ignorantes, gentes de baja condición, unos canallas, si queréis: todo hemos de recibirlo, hermanos míos, con espíritu de santa humildad. ¡Qué cosas dijeron de los apóstoles! ¡Qué calumnias lanzaron contra ellos! Pero, ¿acaso devolvieron injuria por injuria? Al contrario, se servían de todo ello como de ocasiones para merecer. Nosotros no somos apóstoles, sino pecadores, nada más que pecado; humillémonos, ahí está todo.
Pero ¿no vamos a defendernos? No temáis; Dios nos defenderá. Pero, padre, ¿tan malo es replicar con una pequeña frase? ¡Dios nos guarde de ello! Es ese espíritu de orgullo el que os hace presumir de buen casuísta, de buen confesor, de buen predicador. Hermanos míos, apreciemos a los demás, pero humillémonos y miremos sólo a Dios en nuestras acciones, acordándonos de lo que nuestro Señor decía a sus discípulos: «Alegraos, no de esas acciones brillantes que hacéis ante los hombres, sino de que vuestros nombres están escritos en el libro de la vida». ¿De qué os servirá gozar de buena opinión entre los hombres? ¿Qué provecho y ventaja sacaréis de ese renombre? ¿Qué es ese honor humano? Es cierta especie que hay en el espíritu de los hombres y que se ve casi tan pronto como se ha producido. Ciertamente, hermanos míos, si buscamos la estima, estamos engañados; los que corren tras el honor sólo se encuentran de ordinario con la confusión, y la experiencia hace ver bastante bien que, si los hombres os alaban, lo hacen o por malicia, o por adulación, diciendo todo lo contrario de lo que piensan. Después de todo, el mundo está compuesto de buenos y de malos. Los buenos interpretarán bien vuestras acciones, pero los malos, cuyo número es casi infinito, se burlarán de ellas; por consiguiente, al buscar el honor, sólo encontraréis desprecio y confusión.
Somos tan ruines y tan miserables que nos empeñamos en tener honor. Pero ¿qué es el honor? Una humareda que hay en el espíritu y que se disipa enseguida. La mayor parte se ríen de nosotros, y a pesar de eso nos convertimos en idólatras de la estima; eso es ser un insensato, un loco, es ser como esos que imaginan que son papas o reyes; es una locura, un puro sueño. Hemos de combatir todo esto; tomemos las armas para destruir a este enemigo; unámonos al Hijo de Dios, que combatió el orgullo de una manera admirable. Esto resulta un poco duro para la naturaleza, pero seamos firmes, pidamos a Dios su luz para conocernos y arrancaremos de raíz esa maldita pasión. Combatamos el orgullo, hermanos míos; es un enemigo con el que nos encontraremos aquí, fuera, en el campo, en la ciudad; en una palabra, nos sigue por todas partes; pero alcanzaremos la victoria si nos afincamos en la santa humildad. Tal es la segunda máxima evangélica y la segunda virtud que compone el espíritu de la Misión.
El otro adversario es la pasión de querer que todo el mundo someta su juicio al nuestro y su voluntad a la nuestra; esto se opone a la mansedumbre, ya que vemos de ordinario que las personas que quieren que todo se someta a su parecer y que se haga en todo su voluntad, en la forma y el tiempo que a ellos les gusta, son duros, violentos, coléricos y mandones: o sea, totalmente opuestos a la mansedumbre. Por el contrario, los mansos no tienen juicio propio, condescienden con la voluntad de los demás, no se afanan porque se haga la suya, como esos otros de los que acabamos de hablar.
Por tanto, querer que todo el mundo someta su juicio y su voluntad a nosotros es un vicio opuesto a la mansedumbre. Salvador de mi alma, ¿habrá algún vicio del que yo esté libre? Salvador mío, perdónamelos, especialmente las faltas que he cometido contra esta máxima que recomienda que sometamos nuestro juicio; concédeme, Señor, la gracia de que en el consejo que tenemos para tratar de los asuntos de la casa, refiera las cosas como son, sin pasión y sin deseo de que sigan mi opinión, sino con el debido espíritu, y que si digo algo, sea para aclarar mejor las cosas y para que la verdad sea mejor conocida por los demás que por mí. Es ésta, Señor, la gracia que te pido.
Esta pasión, hermanos míos, procede en parte del orgullo y del deseo de la propia satisfacción. Uno está en un consejo; como es natural, desea que se siga su parecer; no le gusta que los demás se salgan con la suya; quiere imponerse a los demás; cree que tiene razones más convincentes que los demás. Si se obra según la naturaleza, habrá que oponerse a todo y obstinarse en la propia opinión; pero si se actúa según la virtud del buen misionero, se prescindirá del propio juicio, se cederá a los demás y se preferirán sus opiniones a las nuestras. ¡Qué felicidad la nuestra si procediéramos así! Tendríamos la satisfacción de que nuestro Señor presidiera nuestros negocios. Concédenos también, Señor, la gracia de que en todas las cosas no queramos ser servidos u obedecidos a la fuerza ni que tenga que hacerse todo según nuestro gusto. Naturalmente, esto se entiende en el caso de que no se trate de un mandamiento de Dios o de la Iglesia, o de una de nuestras reglas; pues entonces no es nuestra voluntad lo que queremos, sino la voluntad de Dios, a la que es razonable obedecer, y obedecer en todas las circunstancias.
El cuarto enemigo es la búsqueda de la propia satisfacción. ¡Salvador de mi alma! ¿Qué es esto? Padres, ¿no es verdad que insensiblemente nos buscamos a nosotros mismos, nos halagamos, no nos oponemos a la naturaleza, que sólo desea satisfacerse? En nombre de Dios, hermanos míos, acordaos de que hay que combatir este vicio por la mortificación, que no atiende a los gustos de los sentidos exteriores ni interiores. Amémosla, pues de lo contrario jamás estaremos contentos de nuestra vocación. Mirad, hay algunos que tienen la pasión de ver, de oír, de saber todo lo que ocurre dentro y fuera de casa; mortifiquemos ese deseo, no faltemos en esto. Lo hemos dejado todo por Dios; ¿por qué, pues, buscarnos a nosotros mismos? Son pocos los que en la compañía siguen esta pasión de ver, de oír y de saber noticias; son pocos, y de ello le pido a la compañía que dé gracias a Dios; pero como hay algunos, que se mortifiquen. Hay que combatir con energía a ese enemigo que quiere poner obstáculos a las gracias de Dios. El quinto y último enemigo es la insensibilidad por las cosas de Dios y del prójimo. Este vicio hace que el hombre insensible no sienta ningún afecto y ningún atractivo por las cosas de su salvación; por eso san Bernardo ve en esta pasión una señal de condenación. Es verdad que van a la iglesia a rezar, a cantar, a decir la misa y a tener las demás funciones eclesiásticas, pero todas esas cosas las hacen sin sentimiento, sin gusto, sin devoción. ¿Cuál es la causa de esa insensibilidad? Es que no practican las ceremonias según su finalidad, que es la de mover a los pueblos a devoción. Cuando nos golpeamos el pecho en la misa, esto no nos conmueve. ¡Insensibilidad, hermanos míos, insensibilidad! Tengamos ese celo de edificar al pueblo, haciéndole ver cómo hay que tratar la palabra de Dios, tratándola nosotros mismos como es debido; pues, creedme, él se porta con respeto en la iglesia y aprecia la palabra de Dios, si ve que nosotros la estimamos. Hermanos míos, si somos fieles en hacer las ceremonias y las oraciones, recibiremos de Dios esa sensibilidad, que hará que nos animemos mutuamente en la devoción y saboreemos con gusto esas ceremonias; por el contrario, si no tenemos esa sensibilidad, desedificaremos al prójimo. ¿Por qué san Francisco decía sus oraciones con los brazos extendidos? ¿Por qué se postraba con el rostro en tierra antes de subir al púlpito? Al prepararse de esta forma, su postura impresionaba al pueblo, aquella acción arrebataba a todo el mundo y la bondad de Dios hacía tan eficaz su predicación que todos quedaban edificados. Hermanos míos, entremos en ese espíritu, pues esto nos animará y, por este medio, nos veremos preservados de la insensibilidad.
La insensibilidad hace también que no nos impresionen las miserias corporales y espirituales del prójimo; no se tiene caridad, no se tiene celo, no se sienten las ofensas contra Dios. No seamos de esos misioneros sin celo: cuando les mandan a las misiones, van; cuando hay que trabajar con los ordenandos, trabajan; cuando hay que atender a los ejercitantes, les atienden; pero, ¿cómo lo hacen? ¿dónde está su celo? Su celo está apagado por la insensibilidad. Procuremos, pues, llenarnos del espíritu de fervor, desempeñemos todas las funciones de nuestro instituto y hagámoslo con celo, con coraje, con fervor; tengamos compasión de tantas almas que perecen y no dejemos que nuestra pereza e insensibilidad sean la causa de su perdición.
Estos son, hermanos míos, los cinco enemigos que hemos de combatir: el primero, como hemos visto, la prudencia de la carne (6) el segundo, el deseo de presumir a los ojos de los hombres; el tercero, el deseo de hacer que todos se sometan a nuestro juicio y a nuestra voluntad; el cuarto, la búsqueda de nuestra propia satisfacción en todas las cosas; y el quinto, la insensibilidad por la gloria de Dios y la salvación del prójimo. Hermanos míos, trabajemos con coraje por destruir a estos enemigos; armémonos de sencillez y de candor; entregué^ monos a Dios para tener mansedumbre, humildad, mortificación
y celo de las almas; seamos firmes en ello; encerrémonos en estas cinco virtudes, lo mismo que los caracoles en sus conchas. Esas virtudes nos guardarán de todos los accidentes funestos; con ellas, iremos por todas partes, lo conseguiremos todo; sin ellas, no seremos más que misioneros en pintura.
Animo, pues, hermanos míos; luchemos contra esos enemigos; pero veamos cuáles son los medios para conseguir la victoria.
El primer medio consiste en que hagamos lo principal en todas nuestras obras, esto es, pedirle a nuestro Señor las armas que necesitamos para la lucha contra estos cinco enemigos; y, para que sea eficaz nuestra oración, hacerla con insistencia, ya que sólo él puede darnos la libertad y la paz de que gozan las almas justas. Esta gracia depende de su bondad y de su misericordia; por eso hemos de pedírsela.
La regla nos indica un medio, que es velar sobre nosotros mismos para no dejarnos sorprender por el maligno espíritu. ¿Es éste el espíritu de la Misión? ¿Va contra él? No hacer nunca nada en contra de la sencillez; también nos ayudará mucho procurar discernir las ilusiones del demonio.
Velad, pues, hermanos míos, velad continuamente con la debida prudencia; no hagáis nada por vosotros mismos, sino siempre por consejo del superior, de uno más antiguo en caso necesario; siempre así; si no, el demonio os engañará. Oh Salvador, se trata de combatir contra tu propio enemigo. Danos fuerzas para destruirle y para lograr tu triunfo en nuestros corazones.
Habéis visto, hermanos míos, las razones que tenemos para entregarnos a Dios a fin de combatir a los enemigos de la compañía. La primera es que ha sido el espíritu maligno el que ha suscitado estos vicios; la segunda, que él es más poderoso, que tiene sus armas y se aprovecha de nuestra debilidad, tan opuesta a las máximas evangélicas. Tú mismo has dicho, Señor, que nuestra naturaleza corrompida es la fuente de todas nuestras desdichas.
Así pues, hermanos míos, hemos de luchar contra esos enemigos, contra esa prudencia de la carne, inimica mors, que da muerte. ¿Y qué es lo que hemos de combatir? Ese espíritu de tener honores, que es la peor de todas las locuras. ¡Correr tras las mariposas! ¡Pero yo confieso bien! ¿Y qué queda de ello? ¡Qué bien ha predicado! ¿Y qué queda de ello? Dirige bien el catecismo; es un gran moralista; es un buen teólogo ¿Y qué queda de ello? Humo. ¿Y qué más? Humo, y nada más que humo. ¡Luchemos contra todo esto!
Por otra parte, hay que luchar contra la pasión de querer que prevalezca nuestra opinión. Si tenemos cuidado con esto, si lo tenemos siempre presente, si nos entregamos a Dios para saborear estas máximas evangélicas, llegaremos a ser hombres espirituales y la compañía se hará pronto semejante a Jesucristo, lo mismo que la compañía de los apóstoles. Así pues, entreguémonos a Dios para combatir estos vicios. ¡Abajo el orgullo! ¡Abajo la prudencia humana! ¡Abajo la búsqueda de nuestras satisfacciones! ¡Abajo el apego a nuestro propio juicio! ¡Abajo toda doblez!
Decidámonos, pues, a luchar con generosidad y digamos animosos: «¡Viva la sencillez en la Misión! ¡Viva la mortificación y el celo de las almas!». Llenémonos de este espíritu ardoroso y marchemos al combate. Aunque el demonio sea el autor de esas máximas perversas, no tengamos miedo; pues, como dice san Agustín, latrare potest, mordere non potest; puede muy bien ladrar y armar ruido, pero es incapaz de morder y de hacer daño, si uno no quiere; y vemos desde luego que las personas sencillas, humildes, mansas, mortificadas y celosas de las almas, se burlan de todos sus esfuerzos, ya que mordere non potest nisi volentem. Si somos humildes, sencillos y mortificados, no tenemos por qué temer: la victoria será nuestra. Seamos valientes.
Salvador de nuestras almas, deseamos abrazar tus máximas a pesar de los intentos del diablo. Salvador mío, es a ti a quien le interesa que salgamos vencedores, ya que combatimos contra tu enemigo; ayúdanos. Te prometemos tomar las armas en la medida de nuestras fuerzas. Pero ¿qué podemos hacer si no nos asistes? Señor, que por el eterno decreto que has dado de suscitar una compañía que haga profesión de imitarte nos has asociado a tu misión, haz que esta pobre y humilde compañía de la Misión siga tus máximas comunitaria e individualmente, que se empape de ellas y que crezca en sencillez, en humildad, mortificación y celo por la salvación de las almas, para ser cada vez más agradable a los ojos de tu divina majestad. Es la gracia que te pedimos, Señor, con toda humildad.







