Vicente de Paúl, Conferencia 134: Conferencia Del 22 De Agosto De 1659

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE LAS CINCO VIRTUDES FUNDAMENTALES

(Reglas comunes, cap. 2, art. 14)

Motivos para observar las máximas evangélicas. Máximas propias de la vocación del misionero: sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo. Medios de practicarlas.

Aunque hemos de hacer todo lo posible por guardar todas estas máximas evangélicas, por ser tan santas y útiles, hay algunas de ellas que son para nosotros más apropiadas que las demos, o sea las que recomiendan especialmente la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo de las almas; por eso, la congregación se aplicará a ellas de un modo más especial, de forma que esas cinco virtudes sean como las facultades del alma de toda la congregación y las acciones de cada uno de nosotros se vean siempre animadas por ellas.

He aquí, mis queridísimos hermanos, el tema de nuestra conferencia. Cubríos, por favor; yo me quedaré descubierto por comodidad.

Dividiremos el tema, según nuestro método, en tres puntos, que son los que de ordinario se encuentran en nuestras predicaciones. En el primero, veremos los motivos y las razones que tenemos de entregarnos a Dios para renovar en nosotros el afecto a la práctica de las máximas evangélicas, según lo que se os dijo cuando se os habló de ellas, hace algún tiempo. En el segundo punto haremos ver cuáles son las reglas y las máximas más importantes y más propias de nuestra vocación; y en el tercero, hablaremos de los medios. Todo para la mayor gloria de Dios y santificación de nuestras almas.

El primer motivo o la primera razón que tenemos, mis queridísimos hermanos, de entregarnos a Dios para observar las máximas evangélicas es por causa de su autor, nuestro señor Jesucristo que vino del cielo a la tierra para anunciar la voluntad de Dios, su Padre, y enseñar a los hombres lo que había que hacer para agradarle más, esto es, aconsejarles las máximas evangélicas. Ha sido, pues, el Hijo de Dios, bajado del cielo para llevarnos a su Padre e informarnos de lo que pide de nosotros para agradarle más, el que nos ha anunciado estas máximas. Veis, por tanto, que él es su autor. Y esta es la primera razón.

La segunda es que él las ha observado; se presentó como tal a los ojos del cielo y de la tierra y todos los que tuvieron la dicha de tratar con él durante su vida mortal vieron que observó siempre las máximas evangélicas. Esa fue su finalidad su gloria y su honor; de ahí hemos de deducir que, como nuestra intención no debe ser otra más que la de seguir a nuestro Señor y conformarnos enteramente a él, sólo esto es capaz de llevarnos a la práctica de los consejos evangélicos.

La tercera razón es que la criatura… Me he equivocado en lo que acabo de deciros; debía decir que los motivos se sacan de la santidad y de la utilidad de las reglas y máximas evangélicas. Que son santas, lo deduzco: primero, de que las practicó el mismo santo de los santos; en segundo lugar, esto se sigue de la naturaleza de la santidad. El que son muy útiles es evidente.

Por tanto, los motivos se deben derivar de la santidad, de la naturaleza y de la utilidad de estas máximas. Vamos a verlo. ¿Qué es la santidad? Es el desprendimiento y la separación de las cosas de la tierra, y al mismo tiempo el amor a Dios y la unión con su divina voluntad. En esto me parece a mí que consiste la santidad. ¿Y qué es lo que nos aparta de la tierra y nos une al cielo tanto como las máximas evangélicas? Todas ellas pretenden separarnos de los bienes, placeres, honores, sensualidades y propias satisfacciones; todas tienden a ello; ése es su fin. Por eso, decir que una persona se mantiene en la observancia de las máximas evangélicas es decir que está en la santidad; decir que una persona las practica es decir que tiene la santidad, porque la santidad, como acabamos de decir, consiste en el rompimiento del afecto a las cosas terrenas y en la unión con Dios; de forma que es inconcebible que una persona observe las máximas evangélicas y no se vea despegada de la tierra y unida al cielo.

El segundo motivo, que es la utilidad, se saca de la práctica de las máximas evangélicas. Las personas que las practican, ¿qué es lo que hacen? Se apartan de tres poderosos enemigos: la pasión de tener bienes, de tener placeres y de tener libertad (1) Ese es, hermanos míos, el espíritu del mundo que hoy reina con tanto imperio que puede decirse que totus mundus in hoc positus: que todo el afán de los hombres del siglo consiste en poseer bienes y placeres y en hacer su propia voluntad. Eso es lo que se busca, tras eso corren. Se imaginan que la felicidad de este mundo está en amontonar riquezas, en gozar y en vivir a su antojo. Pero, ¡ay!, ¿quién no ve todo lo contrario y quién ignora que el que se deja gobernar por sus pasiones se convierte en esclavo de las mismas? El que sirve al pecado, dice la Escritura (3), es esclavo del pecado: a quo quis superatus est, hujus et servus est; y quien es csclavo del pecado es esclavo del demonio. Una persona que se queda ahí, esto es, que no logra hacerse dueño de sus pasiones, puede y debe creerse hija del diablo. Por el contrario, los que se alejan del afecto a los bienes de la tierra, del ansia de placeres y de su propia voluntad, se convierten en hijos de Dios y gozan de una perfecta libertad, porque la libertad sólo se encuentra en el amor de Dios. Esas personas, hermanos míos, son libres, carecen de leyes, vuelan libres por doquier, sin poder detenerse, sin ser nunca esclavas del demonio ni de sus placeres. ¡Bendita libertad la de los hijos de Dios!

¿Hay alguna cosa tan útil como la libertad? Dice el refrán que hay que comprar la libertad a precio de oro y plata, que hay que perderlo todo por poseerla. Pues bien, hermanos míos, la libertad se encuentra ampliamente en la práctica de los consejos evangélicos. Estas máximas se reducen a tres puntos: amor a la pobreza, mortificación de los placeres y sumisión a la voluntad de Dios. Y ellas son las que le dan la libertad cristiana una persona. Hace algún tiempo erais esclavos de las pasiones: el apego a las riquezas, a los placeres y a vuestra propia voluntad os tenía esclavizados; ahora estáis ya libres gracias a estas máximas; ni el mundo con sus encantos, ni la carne con sus placeres, ni el demonio con sus engaños, os pueden tener cautivos, ya que el amor a la pobreza, la mortificación de vuestros placeres y la sumisión a la voluntad de Dios os hacen triunfar. Esa es la fuerza y el poder de las máximas evangélicas, entre las cuales ya que son muchas en número he escogido especialmente las que son más propias del misionero; ¿cuáles son? Siempre he creído y he pensado que eran la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo.

Primero es la sencillez, que consiste en hacer todas las cosas por amor de Dios, sin tener otra finalidad en todas las acciones más que su gloria. En eso es en lo que consiste propiamente la sencillez. Todos los actos de esta virtud consisten en decir las cosas sencillamente, sin doblez ni artificio; ir derecho a nuestro propósito, sin rodeos ni andar con recovecos. La sencillez consiste, por tanto, en hacerlo todo por amor de Dios rechazando toda mezcla, ya que la simplicidad es la negación de toda composición. Por eso, como en Dios no se da composición alguna, decimos que es un acto purísimo y un ser simplicísimo. Por consiguiente, hay que desterrar cualquier mezcla, para buscar solamente a Dios. Pues bien, hermanos míos, si hay personas en el mundo que deben tener esta virtud, son los misioneros, ya que toda nuestra vida se emplea en ejercer actos de caridad para con Dios o para con el prójimo. Y en ambos casos hemos de proceder sencillamente, de forma que, si se trata de cosas que hemos de hacer, que se refieren a Dios y dependen de nosotros, hay que huir de los artificios, ya que Dios se complace y comunica sus gracias solamente a las almas sencillas. Y si miramos a nuestro prójimo, como hemos de asistirle corporal y espiritualmente, hemos de evitar parecer cautelosos, taimados, astutos, y sobre todo no decir nunca una palabra de dos sentidos. ¡Qué lejos ha de estar todo eso de un misionero!

Dios ha querido, por lo visto, que en estos tiempos hubiese una compañía que tuviese esta virtud, ya que el mundo está empapado de doblez. Es difícil ver hoy a un hombre que hable como piensa; el mundo está tan corrompido que no se ve más que artificio y disimulo por todas partes; esto ocurre incluso ¿me atreveré a decirlo? entre las rejas de los conventos. Pues bien, si hay una comunidad que ha de hacer profesión de sencillez, es la nuestra; porque, fijaos bien, hermanos míos, la doblez es la peste del misionero; la doblez le quita su espíritu; el veneno y la ponzoña de la Misión, es no ser sincera y sencilla a los ojos de Dios y de los hombres. Hermanos míos la virtud de la sencillez, de la simplicidad, ¡qué hermosa virtud!

En la conferencia de los martes, compuesta de eclesiásticos externos, se han tenido algunas charlas sobre el espíritu de esa compañía; casi todos decían que se notaba en ella esa sencillez. Es verdad. Los que vean su comportamiento, dirán que reina allí la sencillez, pues todos refieren sencillamente y delante de Dios lo que piensan sobre el asunto que se les propone. Pues si propter quod unum tale, et illud magis tale, con mucha más razón nosotros, que somos la causa de esa compañía, estamos obligados a tener esa virtud de la sencillez. ¡Adiós la Misión, adiós su espíritu, si no tiene sencillez! ¿Os diré lo que me ha dicho un señor? Me decía: «Mire, padre, cuando hablo, digo las cosas como son; si hay que callar alguna circunstancia, me la callo». ¿Qué es esto, sino la práctica de esta virtud de la sencillez? Ese señor es uno de los espíritus más hermosos que conozco en su estado; pertenece a la embajada de Venecia. «Si tengo que decir algo, me decía, hablo, si lo sé; si no, me callo». Y así es como habla un embajador de Venecia, que se ve obligado a negociar con los grandes. ¡La sencillez! ¡Qué virtud tan admirable! ¡Dios mío, concédenosla!

La segunda máxima es la humildad; pues, para ser agradable a Dios, no basta con ser sencillo, sino que además hay que ser humilde. La humildad consiste en anonadarse ante Dios y en destruirse a sí mismo para agradar a Dios en el corazón sin buscar la estima y la buena opinión de los hombres, y en combatir continuamente todos los impulsos de la vanidad. La ambición hace que una persona busque el renombre y que digan de ella: «¡Por allí va!». La humildad hace que se anonade, para que sólo se vea a Dios en ella y se le dé gloria a él. La humildad dice deseo de ser despreciado, de que no hagan caso de uno, de que todos lo tengan a uno por miserable. Su lema es: «¡Honor y gloria solamente a Dios, que es el ser de los seres!». La humildad imprime en el espíritu estos sentimientos: «Renuncio al honor, renuncio a la gloria, renuncio a todo cuanto pueda darme alguna vanidad. No soy más que polvo y corrupción. Sólo tú, Dios mío, eres el que tiene que reinar. Si en mí hubiese algo que no te pertenece, Dios mío, me despojo con gusto de ello para dártelo y anonadarme totalmente ante ti». Esos son los diversos afectos que produce la humildad y que los misioneros deberían tener; la gracia de Dios hace que lo veamos así, para que no queramos ser estimados ni conocidos.

Esta es la segunda máxima, absolutamente necesaria a los misioneros; porque, decidme, ¿podría un orgulloso avenirse con la pobreza? Pero nuestra finalidad son los pobres, la gente vulgar del pueblo; si no nos acomodamos a ellos, no podremos servirles en nada; el medio para que podamos aprovecharles es la humildad, porque la humildad hace que nos anonademos y nos pongamos en las manos de Dios, soberano ser. Factus sum sicut jumentum apud te, El humilde se considera ante Dios como un asno. Pero durus est hic sermo; es cierto; pero yo diría que es ése el estado que conviene a la Misión; y entonces hemos de temer que, si no somos así, no tenemos el espíritu de verdaderos misioneros.

La tercera máxima es la mansedumbre, que se refiere a lo interior y a lo exterior, a lo de dentro y fuera de la casa; mansedumbre entre nosotros, mansedumbre y paciencia con el prójimo. Porque fijaos, hermanos míos, me parece que ya lo ha dicho alguien en la predicación, el misionero necesita mucha paciencia con los de fuera: son pobres gentes que vienen a confesarse, toscos, ignorantes, tan cerrados y, por así decirlo, tan animales, que no saben cuántos dioses hay ni cuántas personas en Dios; aunque se lo digáis cincuenta veces, al final seguirán siendo tan ignorantes como al principio. Si uno no tiene mansedumbre para aguantar su rusticidad, ¿qué podrá hacer? Nada; al contrario, asustará a esas pobres gentes que, al ver nuestra impaciencia, se disgustarán y no querrán volver a aprender las cosas necesarias para la salvación. Por tanto, mansedumbre.

Me acuerdo a este propósito de que, confesando a una persona (puede hablarse, hermanos míos, de lo que uno ha escuchado incluso en la confesión, sobre todo cuando ya ha muerto esa persona, y no se conoce ni puede conocerse a aquel de quien se habla), esa criatura me decía: «Bien, padre, siga adelante». Ella creía que no lo entendía, me tiraba de la sobrepelliz y me seguía diciendo: «Siga adelante, padre; adelante; tiene usted razón». Os aseguro que no pensaba en lo que le decía, sino en salir del paso.

¡Cuánta paciencia hay que tener en todo esto! Y si un misionero no la tiene, ¿qué hará en esas ocasiones? Me dicen que nuestros misioneros están trabajando con mucho fruto en las montañas del reino de Nápoles, a pesar de que aquellas gentes son rústicas e insociables; es país de bandidos. ¿Sería posible hacer algo entre ellos sin esa virtud? Por tanto, la mansedumbre y la paciencia nos son muy necesarias entre nosotros y para servir al prójimo. ¡Oh Salvador!, ¿no es para nosotros el mejor ejemplo la paciencia que tenías con tus apóstoles, que murmuraban entre sí y disputaban sobre cuál era el mayor? (9) Hermanos míos, ¡qué paciencia la de nuestro Señor, que sabía que lo abandonarían, que el primero de ellos lo negaría y que el maldito Judas le traicionaría. Según este ejemplo, ¿no querrá trabajar el misionero por la adquisición de esta virtud?

Estas son, hermanos míos, las tres máximas evangélicas más indicadas para nosotros: la primera, es la sencillez, que se refiere a Dios; la segunda la humildad, que atañe a nuestra sumisión; por ella nos convertimos en un holocausto para Dios a quien debemos todo honor y en cuya presencia hemos de anonadarnos y hacer que él tome posesión de nosotros; la tercera es la mansedumbre, para soportar los defectos de nuestro prójimo. La primera se refiere a Dios, la segunda a nosotros mismos y la tercera a nuestro prójimo.

Pero el medio para conseguir estas virtudes es la mortificación, que corta todo lo que puede impedirnos que las adquiramos. En efecto, si no nos anima el espíritu de mortificación, cómo podremos vivir juntos? ¿No habrá siempre algo de qué quejarse? ¿No hay siempre algo que nos choca en cualquier situación en que nos encontremos? Si no somos mortificados, estaremos siempre con rencillas. Es tan necesaria esta virtud que no podríamos vivir sin ella; lo repito, no podríamos vivir unos con otros, si nuestros sentidos interiores y exteriores no son mortificados; y no sólo es necesaria entre nosotros, sino también con el pueblo, con el que hay tanto que sufrir. Cuando vamos a una misión, no sabemos donde nos alojaremos, ni qué es lo que haremos; nos encontramos con cosas muy distintas de las que esperábamos y la providencia muchas veces echa por tierra todos nuestros planes. Por tanto, ¿quién no ve que la mortificación tiene que ser inseparable de un misionero, no sólo para trabajar con el pobre pueblo, sino también con los ejercitantes, los ordenandos, los galeotes y los esclavos? Porque, si no somos mortificados ¿cómo vamos a sufrir lo que hay que sufrir en todas estas tareas? El pobre padre Le Vacher, del que no tenemos noticias, que está entre los pobres esclavos con peligro de peste, y probablemente su hermano, ¿pueden esos misioneros ver cómo sufren las personas que les ha encomendado la providencia, sin sentir ellos mismos sus penas? No nos engañemos, hermanos míos, los misioneros deben ser mortificados.

El celo es la quinta máxima, que consiste en un puro deseo de hacerse agradable a Dios y útil al prójimo. Celo de extender el reino de Dios, celo de procurar la salvación del prójimo. ¿Hay en el mundo algo más perfecto? Si el amor de Dios es fuego, el celo es la llama; si el amor es un sol, el celo es su rayo. El celo es lo más puro que hay en el amor de Dios. Pues bien, hermanos míos, ¿cómo podremos tener ese espíritu de sencillez, de humildad y de mansedumbre, si no tenemos la mortificación, que nos hace tenerlo todo como bueno? ¿Y cómo tendremos la mortificación sin el celo, que nos lleva a pasar por encima de toda clase de dificultades, no solamente por la fuerza de la razón, sino por la de la gracia, que nos permite encontrar gusto en el sufrir, sí, en el sufrir? ¡Miserable de mí que conozco tan bien todo esto, y no lo practico! Hermanos míos, ¿tiene la compañía este espíritu? ¿Hay espíritu de sencillez con los de fuera? ¿Se puede decir que lo hay? Los que observan a los misioneros, ¿ven en ellos este espíritu de sencillez? La verdad es que en algunos sí que se nota; pero que Francisco, que Juan, que Claudio, que todos son sencillos, humildes, mansos, mortificados y celosos, no sé si se nota esto. Pongamos la mano en nuestra conciencia: ¿tenemos esas virtudes? ¿Ha echado raíces en nuestro corazón este deseo de parecer lo que somos? ¿Pedimos muchas veces a Dios la gracia de anonadarnos, de tolerar al prójimo, de mortificarnos, etcétera? Cuando se presenta la ocasión de mortificar nuestros sentidos interiores y exteriores, ¿la aprovechamos? ¿Sentimos en nosotros este deseo? Si lo sentimos, ¡qué dicha! Si no lo sentimos, llenémonos de vergüenza y reconozcamos que no somos misioneros, pues los verdaderos misioneros son sencillos, humildes, mortificados y llenos de ardor por el trabajo. Creo que muchos tienen este espíritu, si no en todo, al menos en parte. Si cada uno se examina, quizás vea que está a dos grados. Bien, ¡bendito sea Dios! ¡Dejemos ya el pasado! Tomemos nuevas resoluciones de adquirir este espíritu de sencillez, de humildad, de mansedumbre, de mortificación y de celo. ¿Lo tenemos o no lo tenemos?

Pero, padre, ¿qué hacer para ello? Es menester que esas cinco virtudes sean como las facultades del alma de toda la congregación; es menester que así como el alma conoce por el entendimiento, quiere por la voluntad y se acuerda por la memoria, también un misionero obre por estas virtudes. Se trata, por ejemplo, de hacer esto o aquello; hay que predicar; tengo que hacerlo, pero sencillamente y por Dios; nada de finuras ni de fanfarrias; que cada uno hable como quiera, con tal que la predicación sea según el espíritu de sencillez. Pero entonces nos llenaremos de confusión en nuestras predicaciones. Pues bien, un verdadero misionero dirá enseguida: «Yo acepto esta confusión; con ella podré vencer mi orgullo»; porque, fijaos bien, querer obrar de otra manera es querer aparentar y hacer el fanfarrón. Hablar sencillamente, ésa es la naturaleza de nuestro espíritu; de la bondad de la Misión se juzgará por la sencillez, por la humildad, y así en lo demás. Esa es la manera con que hemos de juzgarnos; por eso es por lo que tengo que obrar, si tengo que hacer alguna cosa; en una palabra, todo lo que Dios pide de nosotros en las máximas evangélicas se encuentra en estas cinco virtudes.

¡Señor! ¡Qué hermoso es esto y qué agradable te será la Misión si su espíritu es espíritu de sencillez, de humildad, de mansedumbre, de mortificación y de celo! Señor, ¿cómo juzgas tú a los bienaventurados sino por esto? ¡Oh, la sencillez, que no tiene más mira que la de Dios, que rechaza todo motivo que no sea Dios! Según esto, la regla dice que hay que empapar nuestras acciones de estas virtudes; sobre todo la sencillez, ahora que estamos haciendo ejercicios de predicación. Las cosas van bien, gracias a Dios; me siento contento de ello y se lo agradezco mucho al Señor; pero creo que es conveniente que se note más la mansedumbre, sí, la mansedumbre consigo mismo y con los oyentes. Se ha faltado en esto. Por tanto, mansedumbre en nuestras predicaciones. La mortificación tiene que notarse en dejar todas las cosas que sólo sirven para nuestra vanidad; quitémosla y prediquemos a Jesucristo; que todas nuestras acciones vayan a Dios, que es un espíritu de sencillez.

Procuremos cada uno encerrarnos en estas cinco virtudes lo mismo que los caracoles en sus conchas, y hagamos que nuestras acciones sean expresión de estas virtudes. Será buen misionero el que así lo haga; el que no, no lo será, como yo, miserable de mí, que sólo soy polvo y suciedad.

¡Oh Salvador, Señor, Dios mío! Tú trajiste del cielo a la tierra esta doctrina, la recomendaste a los hombres y la enseñaste a los apóstoles, a quienes, entre los consejos que les diste, les dijiste que esta doctrina es como la base del cristianismo y que todo lo que no se cimiente en ella estará cimentado sobre arena; llénanos de este espíritu. Señor Dios mío, que has sellado con este espíritu a esta pequeña compañía, espíritu tan necesario para que responda a su vocación, tú eres su autor; me atrevo, Señor, a decir que sólo tú serás el culpable de que no lo tengamos, ya que todos nosotros ardemos en el deseo de poseerlo. Dispón nuestros corazones a recibir este espíritu. Tú eres, Señor, el que has suscitado esta compañía; tú eres su origen. Se nota, hermanos míos, algún progreso en la compañía; parece que reinan en ella estas cinco virtudes, si no en el grado en que las tuvieron nuestro Señor, los apóstoles y los primeros cristianos, al menos en estado incipiente, que seguirá adelante si procuramos conformar todas nuestras acciones a estas máximas evangélicas. Este es, padres, el fin por el que nos hemos hecho misioneros: ser sencillos, humildes, mansos, mortificados y celosos por la gloria de Dios. Es lo que hemos de pedirle y lo que hemos de esperar de su divina bondad; si lo creéis conveniente, hacemos mañana todos juntos la oración sobre este tema y espero que todos recibiremos en ello mucho consuelo. ¡Qué Dios nos conceda esta gracia!

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