Vicente de Paúl, Conferencia 114: Servicio a los enfermos. Virtudes de sor Bárbara Angiboust

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(11.11.59)

(Reglas para las hermanas de las parroquias, art. 6-11)

Mis queridas hermanas, la conferencia de hoy será sobre las reglas que se refieren a las hermanas de las parroquias. Vimos anteriormente las reglas comunes, que se refieren a toda la comunidad. Pero como hay entre vosotras unas que trabajan en las parroquias de París, otras en las aldeas, otras en los hospitales, cada una de vosotras tiene que tener su ocupación particular.

Estamos en el artículo sexto, que dice así: «Si los enfermos empiezan a restablecerse y tienen luego una o varias recaídas, se preocuparán de exhortarles a recibir de nuevo los sacramentos, aun el de la extremaunción, y cuidarán de procurarles este gran bien, si se encuentra en el último trance. Les ayudarán a bien morir y a hacer algunos de los actos mencionados». Se habló anteriormente, hijas mías, de los actos que tienen que hacer, rezando por ellos, echándoles agua bendita, advirtiéndoles que ganen la indulgencia plenaria con alguna medalla o pronunciando en el momento de morir el nombre de Jesús con la boca o con el corazón, si no pudieren de otra forma, y después de su muerte ayudando a veces a amortajarlos, si lo pueden hacer cómodamente y si se lo permite la hermana sirviente. Esto me parece que es muy difícil en las parroquias de París, por la mucha ocupación que hay; pero en las aldeas puede hacerse más fácilmente.

La señorita intervino entonces para decir:

Padre, las hermanas se preocupan a menudo de pedirle a Dios y a las damas con qué amortajarlos, y muchas veces los amortajan ellas mismas, si es necesario.

El séptimo artículo dice: «Si los enfermos recobran la salud, redoblarán sus cuidados para excitarles a sacar provecho de su enfermedad y de su curación, haciéndoles presente que Dios les ha enviado la enfermedad del cuerpo para sanar sus almas, y que les ha devuelto la salud corporal para que se empleen en adelante en hacer penitencia y vivir bien; que a esto deben resolverse firmemente, renovando las resoluciones que tomaron durante la enfermedad. Les aconsejarán alguna práctica fácil, según sus alcances, como el rezar de rodillas por la mañana y por la noche, confesarse y comulgar varias veces al año, huir de las ocasiones de pecar; pero estas cosas deben decírselas brevemente y con humildad».

Mirad hijas mías, vuestros cuidados no miran únicamente a los cuerpos, sino sobre todo a las almas. Nuestro Señor no solamente cuidó del cuerpo de las personas enfermas, sino también de sus almas. Vosotras sois sus sucesoras y tenéis que procurar imitarle, lo mismo que los apóstoles que cuidaron de los cuerpos y de las almas. Es preciso que os digáis a vuestro interior, cuando vayáis a ver a un enfermo: «Dios me ha encargado de este enfermo, no sólo de su cuerpo, sino también de su alma». Por tanto, es preciso que os preocupéis de enseñarles cómo tienen que vivir como buenos cristianos, si Dios les devuelve la salud; y si mueren, darles los medios de bien morir, excitándoles a que tengan un gran deseo de ver a Dios, pero brevemente, con una palabra ardiente, que salga del espíritu, como dice san Pablo; una oración jaculatoria, esto es, ardiente, de forma que procuréis que los que salga de este mundo se marchen en buen estado y que los que sanen tomen firmes resoluciones de vivir bien. Si una hija de la Caridad lo hace así, ¡qué feliz será! Esto es, mis queridas hermanas, lo que Dios pide de vosotras.

Dice así el artículo octavo: «Por temor de que estos servicios espirituales perjudiquen a los corporales, que deben prestar a los enfermos, como sucedería si por detenerse a hablar mucho con uno de ellos, hiciesen sufrir a los demás, por no llevarles a tiempo el alimento o las medicinas, procurarán tomar para esto sus medidas, ordenando los ejercicios y tiempos, según que el número y la necesidad de los enfermos sea mayor o menor. Y como sus ocupaciones de la tarde no son tan grandes ni tan urgentes como las de la mañana, ocuparán de ordinario ese tiempo para instruirles o exhortarles en la forma señalada, particularmente cuando les lleven sus remedios».

Así pues, hijas mías, tened cuidado de no hacer sufrir a los enfermos, por no llevarles el alimento a su debido tiempo. Esto es muy importante. Hay algunas que se han excedido en esto con un celo indiscreto por la salvación de las almas. Se necesita tener mucha prudencia. Una hermana que se empeñase en quedarse mucho tiempo instruyendo a un enfermo, con perjuicio de otro, no obraría como es debido. Es preciso que sepa ordenar su tiempo de modo que no le deis a Pedro el tiempo que se debe dar a Juan. La hermana que no ordena su tiempo como es debido se pone en peligro de cometer faltas graves. Por eso, hijas mías, se necesita mucha prudencia. He conocido a algunas que, llevadas por el deseo de cooperar a la salvación de las almas, ocupaban en ello mucho tiempo, se quedaban con unos mucho rato y hacían sufrir a los otros. Por tanto, mucha prudencia, hijas mías. Si hay personas en el mundo que tienen necesidad de ser prudentes, son las hijas de la Caridad; pues no se trata de hacer unos cacharros de barro o de hacer unos trajes, sino de dar la salvación eterna a esas pobres almas. Así pues, hijas mías, atended a las necesidades de esos pobres enfermos de forma que no faltéis nunca a lo que necesitan unos y otros.

Artículo noveno: «Si la ayuda espiritual que dan a un enfermo puede extenderse a las otras personas que están en la misma habitación, tratarán de hacerlo con la debida discreción; esto es fácil, principalmente cuando hay niños, porque preguntándoles sobre los principales misterios de nuestra santa fe, recomendándoles sus deberes, los padres y madres y otras personas que estén presentes, podrán aprovecharse de esta instrucción, sin que puedan advertir que lo que se dice es, en parte, para ellos».

Esto es, hijas mías, lo que tenéis que hacer. Si hay niños, preguntarles, decirles: ¿Cuántos dioses hay? ¿Quién se hizo hombre? Y todo lo demás. Decirles cómo hay que rezar a Dios de rodillas por la noche y por la mañana. Diciéndoles pocas cosas a la vez, al mismo tiempo se las decís a sus padres y a sus madres. Conozco a algunas damas que así lo hacían, y muy bien, entre esas pobres gentes. Y me parece que lo siguen haciendo.

«10. Se harán cargo de conciencia de faltar aun al mínimo servicio que deben prestar a los enfermos, particularmente respecto a las medicinas, que les deben dar a la hora y del modo que el médico haya ordenado, a menos que se vean obligadas a aplicarlas de otro modo, como sería si la enfermedad se hubiese agravado mucho, o si los enfermos estuviesen con el frío de la calentura o en sudor, o si hubiese algún otro impedimento semejante».

Veis, hijas mías, cómo tenéis que ser exactas en cumplir todo lo que ordenan los señores médicos, pues si le pasara algo malo a un enfermo, seríais vosotras las responsables, a no ser, como hemos dicho, que sobreviniera algún impedimento notable, como estos tres que aquí se indican: que el enfermo empeore, o tenga escalofríos o sudores, o alguna cosa semejante.

Y además de la obediencia que les debéis a los médicos, se necesita que les tengáis mucho respeto; os lo recomiendo con todo interés: mucho respeto a los médicos y a las demás, especialmente a las oficialas, mucho respeto y obediencia, hijas mías, obediencia. Y si sucediese, como me han dicho, que a algunas se les ocurra seguir su opinión y hacer algo en contra de los deseos de las damas, pasando por encima de las órdenes que han recibido de ellas, sería una gran falta. Tenéis que obedecerlas, hijas mías, en todo lo referente a los enfermos. Pensad que hacéis la voluntad de Dios cuando seguís la suya; eso es lo que ellas piden de vosotras, y por ese medio mantendréis la Compañía. Por que mirad, hijas mías, es tan fácil que quede deshecha vuestra Compañía que yo no veo ninguna otra tan en el aire como la vuestra. Por ejemplo, si desobedecéis a los médicos, no queriendo seguir sus órdenes, ellos os criticarán por todas partes. Lo mismo harán las damas, si las desobedecéis o les faltáis al respeto. Dirán: «Esas hermanas no sirven para nada; sólo quieren hacer lo que se les antoja; más valdría tomar algunas chicas de la parroquia, que hicieran lo que les dijésemos».

Hijas mías, y no es eso todo; no se trata solamente de esta razón, sino que vuestras santas reglas os obligan a ello. Os lo recomiendo mucho, hijas mías.

Dice así el artículo 11: «Al servir a los enfermos, no deben mirar más que a Dios; no deben hacer caso de las alabanzas que les den ni de las injurias que les digan, si no es para hacer uso de ellas, despreciando interiormente las alabanzas a la vista de su nada y recibiendo de buena gana las injurias, para honrar los desprecios que el Hijo de Dios recibió en la cruz de aquellos mismos a quienes él había colmado de beneficios».

Esto es, hijas mías, lo que dice este artículo: al servir a los enfermos no tenéis que ver más que a Dios. ¡Qué importante es eso de no ver más que a Dios en todo lo que hacemos! Unos os alabarán, otros os despreciarán. En todo esto no tenéis que mirar las alabanzas ni los desprecios; no miréis más que a Dios. Si os alaban, decid: «Dios mío, no soy yo la que hago esto, sino tú»; humillaos interiormente y aceptad los desprecios cuando se presenten, acordándoos de los oprobios del Hijo de Dios y viendo cómo se portó él.

Luego, el padre Vicente, sabiendo que había allí algunas hermanas venidas de las aldeas, que habían visto morir a la hermana Angiboust, dijo:

Mis queridas hermanas, me gustaría saber cómo se portó en lo referente a esta regla una de nuestras hermanas que descansan en Dios, sor Bárbara Angiboust. ¿Dónde están las hermanas que estuvieron con ella?

Me gustaría que dijerais cómo se portó nuestra querida hermana Bárbara en la observancia de las reglas. Le ruego a usted que nos diga lo que sepa. Bien, hermana, ¿era sor Bárbara Angiboust fiel a la observancia de las reglas?

– Sí, padre; nunca la vi faltar a las reglas.

– ¡Dios mío! ¡Salvador mío! Tenía razón aquel papa que decía que no necesitaba otras pruebas para canonizar a un religioso más que la seguridad de que había sido fiel cumplidor de sus reglas.

– Padre, a pesar de estar enferma, no dejaba de levantarse a las cuatro. Y a veces, no pudiendo oír el reloj se levantaba antes y luego nos pedía perdón por ello.

Tenía tanta caridad con las hermanas que siempre estaba atenta a que no faltásemos a la observancia de las reglas. Ella misma nos buscaba para tener la lectura de las dos de la tarde y para tener juntas el acto de adoración de las tres. Trabajó mucho para que se cumplieran las normas, separando a los hombres de las mujeres enfermas e impidiendo que los sacerdotes entraran en nuestras habitaciones, sin tener respeto humano ninguno. Un día que un sacerdote quiso entrar en su habitación, le tomó del brazo y le dijo: «Pero, padre, ¿va a entrar usted en donde no hay más que hermanas?».

– ¡Qué hermoso ejemplo, hijas mías! ¡Qué bonito es esto!

– Otra vez quiso también entrar un señor del lugar y se lo impidió con decisión. Al principio aquello pareció extraño y hubo algunas críticas, pero después se alabó el hecho y aprobaron su virtud.

– Hijas mías, ¿qué os parece? Fue una hermana vuestra la que demostró tal coraje; ¿por qué no lo vais a tener vosotras?

– Padre, toda la ciudad conocía tan bien sus virtudes que, después de su muerte, decían que, si sólo fuera cuestión de dinero, la habrían rescatado. En sus últimas horas, decía con frecuencia: «Hermanas mías, mis queridas superioras, ¡si supierais el estado en que me encuentro!». Estaba muy resignada ante la voluntad de Dios y nos recomendaba con mucha insistencia que viviéramos muy unidas y decía que le pediría a Dios esta gracia para toda la Compañía. Nos animaba a que no ahorráramos esfuerzo alguno en el trabajo por el servicio de los pobres y nos aconsejaba que no tuviéramos miedo de las enfermedades, diciendo: «Hace ya veinte años que estoy en la Compañía. Gracias a Dios, nunca he sentido molestia alguna. Trabajad, hermanas mías, tened ánimos y no temáis».

Antes de morir, mandó venir a los niños pobres del hospital para recordarles sus deberes y excitarles a vivir bien.

– Hermana, díganos cómo se portaba con los enfermos.

– Padre, tenía mucho interés en asistirles ella misma en la hora de la muerte, haciéndoles ganar las indulgencias con alguna medalla o con el crucifijo. Con un hombre trabajó tanto que fue ella la causa de su conversión.

Sentía un gran amor al santísimo Sacramento del altar; cuando ya no pudo recibirlo, pidió que se lo trajeran para adorarlo. Lo hizo con tan gran devoción y tantas demostraciones de gozo que se le notaba fácilmente en el rostro.

– Hijas mías, ¡qué alegría debéis sentir por haber tenido entre vosotras a una hermana que os ha dejado tan gran ejemplo de exactitud en la observancia de vuestra reglas! ¡Cuántos motivos para alabar a Dios, hijas mías! Ella está ahora en el cielo; Dios le hace ver lo que se acaba de decir y aumenta su gloria.

Luego, dirigiéndose a otra hermana, le dijo:

¿Y usted, hermana? ¿Qué observó en ella?

– Padre, apenas llegó, hizo una gran reforma, tal como ha dicho mi hermana, para impedir la entrada a eclesiásticos, así como el trato excesivo de las personas del mundo con nosotras. El pueblo al principio no lo vio bien, y no faltaron las murmuraciones; pero poco a poco empezó a comprenderlo mejor. Era tan fiel al cumplimiento de las reglas que no quería faltar a ninguna de ellas. Un día vino un mozo de parte de los sacerdotes, que quería entrar para encender su candil, cuando ya nos habíamos retirado. Ella no se lo quiso permitir, a pesar de sus instancias, de tal forma que él la golpeó. Ella lo sufrió con tanta paz que poco después el mozo vino a pedirle perdón.

– Hijas mías, fijaos bien. ¡Qué ejemplo para nosotros! Afiancémonos en la observancia de las reglas. Y si alguien nos maltrata por ello, acordémonos de que ella se vio golpeada por la fidelidad a sus reglas. ¡Salvador mío! ¿Es que acaso vemos algo más en las vidas de los santos?

La hermana, reanudando su discurso, dijo:

– Padre, cuando llegaba la hora de empezar algún acto y había personas de fuera, les decía: «Señora, permítanos que la dejemos», y se marchaba. Tenía mucho cuidado de conservar la unión entre las hermanas. Un día le di un disgusto muy grande, pero ella demostró conmigo mucha paciencia y mucha caridad.

– Bien, hijas mías, tened ánimo. No hay ninguna entre vosotras que no tenga motivos para esperar esta misma gracia. Ella era de carne y hueso como nosotros. Animémonos de una perfecta esperanza y digamos: «Bien; si hasta ahora no he sido sido a mis reglas y me he dejado llevar por el respeto humano, sin seguir el ejemplo que me dio mi hermana, ¡Dios mío!, espero que me darás la gracia de imitarla y de velar con más cuidado por hacer bien mi trabajo. Y si, por desgracia, me dejara arrastrar por alguna negligencia, me impondré una penitencia». Hijas mías, que esto nos sirva para animarnos a una santa confianza en que Dios no nos negará las mismas gracias que le dio a nuestra hermana. Y como nosotros no podemos hacer nada por nosotros mismos, pidámosles a menudo a Dios esta gracia. Hijas mías, ¡qué hermoso sería que toda la Compañía estuviera compuesta de hermanas por ese estilo! Salvador mío, bendito seas por las gracias que le concediste a nuestra querida hermana, dándole una firmeza tan grande para hacer que se observaran las reglas y una caridad tan inmensa con sus hermanas. Hijas mías, ella os ha enseñado la lección de no permitir que entren los hombres en vuestras habitaciones. Por eso os ruego que toméis la resolución, desde ahora mismo, de no permitir nunca que entren los hombres en vuestras habitaciones. Y si hasta ahora no habéis cumplido con fidelidad esta santa regla, haced el firme propósito de ser más fieles en el futuro, con la ayuda de Dios.

La hermana, reanudando su discurso, dijo:

– Padre, después que le llevaron el santísimo Sacramento para que lo adorara, estuvo mucho tiempo como arrebatada y como si le pasara algo extraordinario, y se hubiera dicho de ella que estaba en algún exceso de amor, diciendo muchas veces: «¡Amor mío!».

– Y su muerte, hija mía, le preguntó el padre Vicente, ¿cómo ocurrió?

– Padre, después de su muerte acudió en tropel todo el mundo, durante todo el día, para echarle agua bendita. Estaba tan hermosa que algunas personas me preguntaron si la habíamos maquillado. Al entierro asistieron todos los señores y las autoridades con gran afluencia de pueblo. Algunos llegaron hasta a tocar en ella sus rosarios.

– ¡Cómo, hija mía! ¡Hasta tocar los rosarios!

– Sí, padre.

– Bien, hijas mías, demos gracias a Dios por el consuelo que ha dado a toda la Compañía de poder escuchar el relato de todas estas cosas. Roguémosle que nos conceda la gracia de imitarla en su fervor, en el sufrimiento de las injurias y en la fidelidad a las reglas. Pidámosle a Nuestro Señor que nos eche una mano y nos dé fuerzas para superar todas las dificultades que pudieran impedirnos su imitación, y que nos dé la gracia de despegarnos de todo respeto humano. Así se lo pido de todo corazón; y de su parte pronunciaré sobre vosotras las palabras de bendición para que quiera concedernos esta gracia y que nadie nos tenga que echar en cara haber visto un ejemplo tan elocuente, sin aprovecharnos de él. Ruego a Nuestro Señor que no nos lo reproche él tampoco. Así se lo pido por las palabras de la bendición.

Benedictio Domini nostri…

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