Vicente de Paúl, Conferencia 112: A las hermanas enviadas a Narbona y a Cahors

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(xx.09.59)

Advertencias y plática dirigidas a las cuatro hermanas enviadas a Narbona, de las cuales van tres a aquel lugar, esto es, sor Francisca Carcireux, de Beauvais, sor Ana Denoual y sor María Chesse, de diversos sitios de Bretaña, y sor María-Marta Trumeau, de cerca de Saint-Germain-en-Laye.

El padre Vicente, nuestro venerado padre, invocó como de ordinario al Espíritu Santo antes de empezar y luego dijo:

Así pues, mis queridas hermanas, la Providencia os ha escogido a vosotras para este viaje tan importante y tan deseado por el señor obispo de Narbona. Ya había pedido antes otras hermanas para su obispado [de Agde]; pero no era tiempo todavía, hijas mías. Se os reservaba a vosotras para esta ocasión. Es un gran siervo de Dios y que tiene muchos deseos de que estén bien asistidos los pobres. Y aquí estáis, mis queridas hermanas, escogidas por Dios para cumplir sus designios. No puedo deciros lo que vais a hacer, pues no lo sé yo ni tampoco, según creo, ese buen señor obispo, aunque estoy seguro de que vais por la gloria de Dios y el servicio del prójimo. Puede ser que haga un hospital y también creo que fundará la Caridad en su ciudad; vosotras trabajaréis en las dos cosas, según costumbre de las hijas de la Caridad, con mucha humildad y respeto para con todo el mundo.

Veamos, mis queridas hermanas, por qué habéis sido escogidas por Dios para esta santa obra, con preferencia sobre las hijas hospitalarias de la Caridad y tantas otras religiosas, que podrían haber elegido. Es que Nuestro Señor así lo ha querido. ¿Y para qué? El primer motivo de vuestra llamada, mis queridas hermanas, es para manifestar su Providencia. ¡Qué maravilla! Dios escoge y reúne a unas muchachas de diversos lugares y provincias para unirlas y juntarlas con el vínculo de su caridad, para demostrar a los hombres de distintos sitios el amor que les tiene y el cuidado que de ellos tiene su Providencia, para socorrerles en sus necesidades. Hijas mías, ¡cuántos motivos para humillaros y entregaros a Dios para que os dé las gracias que necesitáis y trabajar fielmente en la obra que se os quiere encomendar! También tenéis que disponeros, hijas mías, al sufrimiento; pues no creáis que todo van a ser rosas; no faltarán las espinas. Aquel pueblo es de espíritu sutil y delicado. Tenéis que esperar sus burlas. Son buena gente; pero todas sus inclinaciones se dirigen al mal. El vicio más común es el de la impureza. Por eso, mis queridas hijas, tenéis que tomar toda clase de precauciones para la modestia, ser recatadas en vuestras palabras y no escuchar cosas inconvenientes. ¡Qué peligroso es escuchar a los hombres! Acordaos de las muchas veces que os he dicho que sus primeras conversaciones parecen buenas y devotas; pero es para atrapar a la gente. Tened mucho cuidado. No estéis nunca a solas con ellos. No les demostréis que los oís con agrado, cuando os encontréis con ellos al lado de algún enfermo, y nunca les deis motivos para creer que les tenéis estima y afecto; pues, cuando se les estima es una trampa o un primer paso para tenerles afecto. Sed muy modestas y recatadas tanto en la vista como en las palabras y nunca demostréis afectación, ya que esto es muy peligroso.

El segundo motivo, hijas mías, por el que Dios os ha escogido entre otras muchas para ir a trabajar en su santa obra es para que hagáis en aquel lugar lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra. Si supieseis la grandeza de la gracia de Dios sobre vosotras, os extrañaríais al ver que Dios quiere servirse de vosotras para cosas tan grandes. Hijas mías, ¡ser escogidas por Dios, sacadas de vuestras aldeas, de la ruindad y de la ignorancia, para ser enviadas a una provincia tan lejana! ¿Y para qué? Para salvar almas.

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