Vicente de Paúl, Conferencia 108: Catecismo. Actos de adoración a la salida de casa y al regreso. Ayunos y abstinencias. Confesiones. Comuniones. Comunicaciones. Retiros. Conferencias

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(16.03.59)

(Distribución del día, art. 17-23)

Hijas mías, vamos a continuar y a terminar, si podemos, la explicación de las reglas. Hemos llegado al artículo diecisiete, que trata de las ocupaciones de los domingos y días festivos. En cuanto a las obras de los demás días de la semana, ya se os ha hablado en la explicación de las reglas. Queda por ver lo siguiente: «En los domingos y fiestas guardarán el mismo orden que en los demás días laborales, con la excepción de que el tiempo que en esos días se emplea para el trabajo manual se ocupará en ejercicios espirituales, como la lectura de libros de devoción, oír el sermón, el catecismo, el servicio divino, pláticas piadosas, o ejercitarse en tener el catecismo con las hermanas para hacerse capaces de instruir a los pobres y a los niños en las cosas necesarias para la salvación».

Este artículo, hijas mías, no requiere más explicación, porque es bastante inteligible de suyo. Os diré solamente dos palabras sobre este asunto: en primer lugar, que los domingos y días de fiesta han sido ordenados por Dios para que los dediquemos a su servicio y dejemos todo trabajo manual; en segundo lugar, que tenéis que reservar las horas que otros días dedicáis al trabajo para tener el catecismo o las demás cosas que os señala la regla. Conviene recordar que este artículo dice que lo hagáis entre vosotras; pero no quiere esto decir que no lo podáis hacer en otra parte, si se creyera necesario.

Señorita, ¿es así como se hace?

– Sí, padre, hay una hermana, una oficiala o alguna de las antiguas, que instruye a las demás, bien por el catecismo, o bien haciendo rezar el Padrenuestro por peticiones y el Credo por artículos. Otras veces se habla sobre el sermón, cuando se le ha oído.

– Me parece bien, señorita. Y como ha sido conveniente hacerlo de ese modo, convendrá seguir así y que tengáis algunas hermanas nombradas para tener el catecismo, preguntando una y contestando otra. Y las demás que estén presentes, es menester que lo escuchen con mucha modestia y respeto. La que preside escucha las respuestas y les explica lo que no sea bastante inteligible y lo que no se comprenda. Y si se cometiese alguna falta tiene que advertir a la superiora. Mis queridas hermanas, éste es el mejor medio para instruiros vosotras mismas, y si os servís bien de él, seréis capaces de tener el catecismo con los pobres.

Esto está en conformidad con lo que se hace en la santa Iglesia o en las reuniones. Hay dos que disputan entre sí: uno argumenta y el otro defiende. Y esta es la manera de llegar a sabios. Esto mismo se practica también en los seminarios, en Bons-Enfants y en otros muchos sitios. Y puesto que el medio mejor para aprender es hacer ver las cosas, en San Nicolás de Chardonnet tienen la costumbre de no permitir a ningún sacerdote que bautice sin haberle presentado antes a un niño para que haga con él las mismas ceremonias que se observan en el bautismo. Lo mismo hacen con la confesión: un seminarista hace como si se confesase y dice en voz alta los pecados que se pueden cometer; y el sacerdote que lo escucha, si no se acusa como es debido, interroga a su penitente. Lo mismo se hace con la comunión. Y esto para hacerse capaces de administrar bien los sacramentos y desempeñar debidamente sus funciones. Pues bien, el mejor medio para que os capacitéis vosotras es tener el catecismo entre vosotras mismas. Por eso es necesario que os ejercitéis en esto todo el tiempo que podáis y que observéis esta costumbre de ahora en adelante. Por tanto, que haya una que haga las preguntas y otra que conteste, y que esto se haga en presencia de la superiora; y si no está la superiora, la que presida en lugar suyo le expondrá más tarde todo lo que ha pasado.

Señorita, ¿ve usted algún inconveniente en lo que he dicho?

– No, padre; será mucho mejor como nos ha indicado usted. Padre, ¿le parece bien que le indique una idea que se me ha ocurrido a propósito de lo que acaba de decir?

El padre Vicente le pidió que dijera lo que había pensado y la señorita Le Gras dijo:

Padre, es que me parece que no sólo es necesario hacer lo que usted ha expuesto para la instrucción de nuestras hermanas, sino también que las antiguas se encarguen de enseñar el catecismo a las hermanas que se les envíen, pero a una hora distinta de cuando lo tenemos en casa, pues me parece que tienen menos tiempo los domingos y días de fiesta que los demás días; podría usted señalar alguna hora para ello.

Nuestro venerado padre vio que era muy necesario hacer lo que le proponía la señorita. Una hermana dijo entonces:

Padre, por lo que a nosotras respecta, no podemos hacerlo, porque no tenemos tiempo. Después de volver de atender a los enfermos, queda siempre mucho que hacer en casa, tanto para preparar las medicinas como para entregar lo que nos piden, unas veces tisana, otras jarabe. En fin, podemos decir que no nos queda libre ni una hora para nosotras. Y además, tenemos que hacer las sangrías. Por eso no creo que podamos hacer todo eso.

– Hija mía, hasta ahora no ha sido posible; pero en adelante convendrá decir a los pobres que no vengan hasta una hora que les indiquéis. Y así podréis tener tiempo.

– Padre, dijo la misma hermana, es muy difícil señalarles una hora, pues no se trata solamente de los enfermos, sino también de otras personas, como los médicos a los encargados de escribir las cartas de los pobres.

– Mire, hermana, la sagrada Escritura dice que la caridad bien ordenada comienza por una misma y que el alma debe preferirse al cuerpo. Pues bien, es necesario que las hijas de la Caridad instruyan a los pobres en las cosas necesarias para la salvación; por eso es menester que ellas mismas estén antes bien instruidas en lo que han de enseñar luego a los demás.

Algunas otras hermanas expusieron al padre Vicente las mismas dificultades poco más o menos que la anterior, diciendo que no tenían tiempo, que los pobres acudían a cualquier hora y que, si se les hacía esperar, se ponían a murmurar, que incluso algunos les habían dicho que ellas estaban obligadas a servirles. A todo eso él respondió que había que rogar a las damas que vieran bien que se tomaran aquel poco de tiempo para sí y que se avisara a los pobres que no podían venir hasta tal hora. Las damas no verían mal que ellas se tomasen una media hora para instruirse en las cosas que estaban obligadas a hacer.

– Padre, dijo una hermana, si le decimos eso a las demás, podrán respondernos que ya tenemos una casa para instruir a las hermanas, y que a nosotras nos han enviado a servir y a nada más que eso.

– Hija mía, es justo que al servir a los demás cuidemos de nuestra propia alma. Vosotras, como yo mismo, tenéis obligación de que la Compañía tenga la debida formación. ¿Hay algún motivo para criticar que cumpláis con este deber? Cuando se lo hayáis explicado al señor párroco y a las damas, no podrán ver mal esto. En cuanto a los pobres, dejadles que hablen y no dejéis de hacer lo que tenéis que hacer. Es verdad que tenéis que servirles, pero todavía estáis más obligadas a conseguir vuestra salvación. En nuestras casas lo hacemos así, y ellos se someten. Cuando se les dice: «No confesaremos hasta tal hora», no insisten, pues se dan cuenta de que hay que guardar cierto orden. ¿Por qué los señores párrocos y los demás sacerdotes de París no llevan de noche los santos sacramentos tan frecuentemente como en las aldeas? Es que tienen cuidado de advertir en sus sermones que los avisen con tiempo suficiente; y esto hace que sólo tengan que acudir en los casos urgentes y extraordinarios.

«18. Antes de salir de casa, tomarán agua bendita y se pondrán de rodillas delante de la imagen de Nuestro Señor para pedir la bendición de Dios y la gracia de no ofenderle. Al regresar, harán lo mismo para darle gracias, etcétera».

Hijas mías, me parece que así lo practicáis todas. Os ruego que continuéis esta práctica; si alguna falta, que haga el propósito de hacerlo así. Es un medio que se os ha dado para proseguir el trato familiar que tuvisteis por la mañana con Nuestro Señor en la oración. Así pues, cuando salgáis, ofrecedle lo que vais a hacer. Sobre todo pedidle la gracia de caminar con mucha modestia, como acostumbráis hacer, gracias a Dios; pues hay algunas que dan muy buen ejemplo. Cuando paséis por delante de alguna iglesia, tenéis que hacer reverencia y adorar allí a Nuestro Señor. Pues bien, para hacer que vuestro viaje o lo que vayáis a hacer sea agradable a Dios, tenéis que proponeros adorar a Nuestro Señor en las personas con las que vais a tratar. Si tenéis que tratar con algún hombre, tenéis que imaginaros que es con Nuestro Señor con quien habláis; si es con alguna mujer, pensad que es con la santísima Virgen. Después de haber hecho lo que se os había ordenado, tenéis que volver con la misma modestia con que habéis ido y, al regreso, ver si os habéis portado bien en vuestra salida, para dar gracias a Dios por ello y, si resulta que habéis cometido alguna falta, pedirle perdón. De esta forma, hijas mías, si os portáis como hemos dicho, os bendecirá Nuestro Señor por fuera, os bendecirá por dentro, os bendecirá en todo lo que hagáis.

Mirad, mis queridas hermanas, este artículo os prescribe que no debéis salir nunca de casa sin haberos puesto antes de rodillas en el oratorio o en la capilla, ¿Y allí rebajaros ante Nuestro Señor adorarle y pedirle la gracia de hacer bien la obra que vais a hacer. «Señor, voy a servir a los pobres; te ruego que me concedas la gracia de hacerlo con el espíritu con que quieres que lo haga v como tú lo hiciste»; pues también él sirvió v visitó a los enfermos, hijas mías.

Luego hay que tomar agua bendita; y a la vuelta, hacer lo mismo para dar gracias a Dios por haberos preservado, si habéis cometido alguna falta, pedirle perdón. Eso es lo que tenéis que hacer. No salir nunca por cualquier motivo que sea, sin ofrecer a Dios lo que vais a hacer, ya que en virtud de esta oblación él verá con agrado todo lo que hagáis.

Si me preguntáis en qué está basada esta práctica, os diré, mis queridas hermanas, que está en conformidad con lo que hacían los primeros cristianos. Tertuliano dice que hacían la señal de la cruz al entrar y salir de casa, al levantarse, al sentarse a la mesa, en una palabra que usaban esta señal en todo lo que hacían, ya que no estaba aún en uso la costumbre de ponerse de rodillas. Ellos se servían de la señal de la cruz para ofrecerle a Dios todas sus acciones, según el consejo de san Pablo, que dice: «Tanto si coméis como si bebéis, hacedlo todo en nombre de Nuestro Señor» (1). Así pues, hijas mías, entregaos a Dios para ser fieles en esto, y él bendecirá todo lo que hagáis.

«19. Ayunarán todos los viernes y las vigilias de las fiestas de Nuestro Señor y de la santísima Virgen y guardarán la abstinencia todos los miércoles de adviento, pero de tal forma que las enfermas, etcétera».

Esto es lo que dice este artículo. Incluso en los días en que es de precepto el ayuno, podéis exponer vuestras necesidades al confesor o al director, ya que es a quien le toca juzgar si tenéis que ayunar o no. Podéis indicarle vuestras molestias, diciéndole por ejemplo: «Padre, cuando voy a ver a los enfermos, me encuentro bastante desfallecida; noto que estoy algo débil». En ese caso, él os dirá que toméis alguna cosa. Por tanto, le toca al confesor juzgar si una persona puede ayunar; es de su jurisdicción el dispensarla de ello.

La señorita Le Gras dijo a este propósito:

Padre, cuando vemos que alguna de nuestras hermanas lo necesita, nos tomamos la libertad de hacer que tome alguna cosa, sin pedir permiso a nadie.

– Señorita, ya sabe usted la facultad que tiene para obrar de ese modo, siempre que lo crea oportuno. Todas las superioras de Santa María tienen un documento donde están escritas todas las facultades que me piden. Entre otras, hay una en donde se dice que la superiora tiene permiso para hacer dar caldo de carne a sus hijas en caso de necesidad, incluso antes de que las haya visto el médico.

«20. Todos los sábados y vísperas de fiesta se confesarán con los confesores que haya nombrado el superior, y con ningún otro sin su permiso, y comulgarán los domingos y días festivos».

Hijas mías, para remediar muchos de los abusos que podrían surgir de este permiso general de comulgar en los días indicados, ha sido conveniente ordenaros que le pidáis permiso a la señorita Le Gras las que viváis aquí, y cuando estéis fuera de casa a la hermana sirviente, poniéndoos de rodillas y diciendo: «Hermana, ¿le parece bien que comulgue?». Se hace así, hijas mías, para realzar por este medio el precio de la sagrada comunión, pues cuando se hace por obediencia resulta más agradable a Dios, de modo que no debéis comulgar nunca sin permiso de la superiora (2). Evidentemente le toca al confesor permitir la comunión, ya que es el que conoce la disposición de la persona que se confiesa con él; por eso, el primer permiso para comulgar corresponde a su jurisdicción. Pero luego hay que pedírselo a la señorita Le Gras; pues, cuando se dice que hay que pedir este permiso, se supone que os lo ha permitido ya el confesor, que conoce el estado de vuestra alma y que es el que puede juzgar si tenéis que comulgar mejor que otra persona que no conozca vuestras disposiciones; en ese caso, se lo pedís a la señorita para hacer que esta obra sea más meritoria.

En cuanto a lo que se dice en el mismo artículo: «Se confesarán con los confesores que haya nombrado el superior», esto merece un poco de explicación. Tenéis que saber que un párroco, en su parroquia, permite a sus feligreses que se confiesen con los confesores a quienes ha dado licencias para ello; y si acudiesen a otros, no obrarían bien, puesto que sólo pueden confesar aquellos a los que el párroco ha dado jurisdicción. Lo mismo pasa con el superior de cualquier comunidad o congregación religiosa, como lo soy yo de Santa María y de algunas otras. Les toca a ellos juzgar qué confesores tienen que poner. De forma que no le está permitido a una hija de la Caridad confesarse con ningún otro confesor distinto del que se le ha dado.  – ¡Pero si ese confesor me está siempre reprendiendo de lo mismo! Eso me quita la libertad de acudir a él. O bien, él no estará a la hora en que yo puedo ir.  – Hijas mías, no tenéis que cambiar en esas ocasiones. ¿Por qué? Porque, si lo hacéis, se dirá que esa hermana tiene algún pecado que no quiere decirle a su confesor. Eso es lo que se pensará. Por eso más vale retrasar la confesión que cambiar de confesor. En nuestra casa hemos nombrado a uno o dos confesores; y todos los de casa están obligados a confesarse con ellos, y no con otros. Por eso, cuando ellos no están y hay alguien que tiene necesidad de reconciliarse, viene a decirme: «Padre, no está el que ha sido nombrado para confesor; ¿le parece bien que me confiese con tal otro?». Siempre se lo permitimos, pues eso no se niega jamás. Pero, fuera de ese caso, solamente se acude a los que están nombrados para ello. ¿Por qué? Porque solamente el superior puede dar licencia para ello. El les ha dado jurisdicción a esos dos confesores, y no a otros; por eso, solamente ellos os pueden oír en confesión.

Hijas mías, acordaos de esto cuando vayáis a las parroquias: que no está permitido cambiar de confesor sin permiso. Hoy mismo hemos estado tratando de dar un confesor extraordinario para Santa María; la madre superiora me ha pedido permiso para que se confiese extraordinariamente la comunidad según la costumbre que hay de hacerlo cuatro veces al año.

Después de la confesión se dice: «Comulgarán los domingos y días festivos, y no más veces sin permiso del mismo superior».

Habéis de saber que se trata de las fiestas principales, como las de Nuestro Señor, las de la Virgen, las de los apóstoles, el santo que se tiene por patrono, el patrono del lugar; a esas fiestas se puede añadir el aniversario de la toma de hábito, o el del día en que se entró en la Compañía, el día en que se hicieron los votos, las que los hayan hecho. Esos son los días en que tenéis que comulgar. Pero tenéis que contentaros con ellos; hacer lo contrario, es querer ser más capaces que las demás y eso no puede pensarse sin orgullo. ¡Cómo! ¡Creerse más capaces de comulgar que la otra hermana! ¡Dios míos! Acordaos, hijas mías, las que podríais veros arrastradas del deseo de comulgar con mayor frecuencia, de que ha habido santos que sólo comulgaban cada ocho días, otros una vez al mes, otros una vez al año, y otros nunca; y no por eso dejaron de ser santos. ¿Comulgaba acaso santa María Egipcíaca en el desierto? Ni mucho menos. Está también el día aniversario. Pues bien, si hay que ser fieles en no comulgar más que los días señalados, también tenéis que ser fieles en no privaros de la comunión por vosotras mismas 4.

«21. Todos los meses harán la revisión con el director que haya designado el superior y de la misma forma se presentarán también a la superiora».

«22. Todos los años harán, si es posible, el retiro espiritual y la confesión general de las faltas cometidas desde la última confesión general».

«Si es posible»: mirad, hijas mías, esto no depende de la hermana. La experiencia nos demuestra que, así como el sol con su influjo contribuye a la producción de todos los bienes de la tierra, lo mismo se experimenta en los ejercicios espirituales. Decimos a veces cuando hablamos del retiro: «¡Dios mío! ¡Cuántas gracias y bendiciones has derramado sobre los ejercicios espirituales!». Y lo que digo de nosotros, lo digo de todas las comunidades; os lo digo según una superiora de Santa María que, hablando de los ejercicios, me decía hace algún tiempo: «Padre, ¡cuántas gracias hay encerrados en ellos! Allí es donde todo se arregla». Por consiguiente, aquello de «si es posible» no se entiende por parte de la hermana, sino por parte de la superiora; pues la hermana tiene que pedir hacerlos todos los años, aunque prevea que no va a poder; pues le toca a la superiora juzgar si hay que dejarlo para otra ocasión. Nosotros los hacemos a veces en cuatro tandas; las hijas de Santa María los hacen de seis en seis. Entonces, mis queridas hermanas, tened en cuenta que esa frase de «si es posible» se refiere sólo a la superiora. Os recomiendo a todas que tengáis una devoción muy especial por estos santos ejercicios, ya que son un medio para manteneros unidas a Dios.

«23. Siempre que se les advierta que va a haber alguna asamblea o conferencia, etcétera».

Hijas mías. Estamos en esto. Y aunque no se os digan cosas muy agradables y no se predique como se hace en las grandes asambleas, tenéis que procurar venir a ellas. Este es vuestro pecho y la leche que tenéis que mamar. Pues lo mismo que la cabeza comunica la vida a todos los miembros del cuerpo, también le corresponde al superior, mediante la unión que tiene con los inferiores, influir en todos los miembros del cuerpo de la Compañía que le tienen a él por cabeza, dándoles la vida y el espíritu que tiene que animarles. Tenéis que tomar lo que aquí se os dice lo mismo que toma un niño la leche del pecho de su madre. No es que no sea bueno oír las predicaciones que se celebran en otros lugares, siempre que podáis. Pero, puesto que Dios os ha unido a un cuerpo de comunidad, tenéis que estar unidas a vuestra cabeza, ya que Dios le ha dado la virtud de animar a todos los miembros que están unidos a ella. Y la verdad es que los superiores tienen gracia para ello. Aquí pues, mis queridas hermanas, es donde recibiréis, por medio de vuestro superior, las órdenes de Dios; por él es por quien Dios os manifiesta sus deseos. Por eso, aunque sea bueno ir a oír las predicaciones de otros sitios, cuando se os permita, tenéis que tener una devoción muy especial de escuchar las advertencias que se os dan aquí. Según dice Nuestro Señor, el buen pastor tiene que conocer a sus ovejas, y ellas deben escuchar su voz.

¡Bendito sea Dios, hijas mías! Este es el mejor medio para dirigir bien todo lo que se refiere a vuestras personas y a vuestras relaciones con el prójimo. Seguid este consejo, y ya veréis cómo no encontráis tantas dificultades como os parece. Podréis decírselo a los señores párrocos y a las damas. Y como es cierto que en todas las cosas que se refieren a la gloria de Dios y a la utilidad del prójimo siempre se tropieza con contradicciones, dirigíos a Nuestro Señor y confiad en su bondad. Pensad en el ejemplo de santa María Magdalena y de sus compañeras: cuando iban al sepulcro, se decían entre sí: «¡Dios mío! ¿Quién nos quitará la piedra?». Pero un ángel ya lo había hecho cuando ellas llegaron. Del mismo modo, hijas mías, si me preguntáis: «¿Cómo podremos hacer lo que nos han dicho?», yo os respondo que lo que no podías hacer por vosotras mismas, lo hará Dios; él enviará a su ángel para remover la piedra.

Y os advierto otra cosa: que cuando tengáis alguna dificultad, no habléis nunca de ella ante las compañeras. Si hubiera alguna cosa que mereciera aclararla aquí, dirigíos a la superiora y ella pondrá remedio. Pero nunca lo hagáis delante de la compañía, pues podría haber espíritus débiles que tomasen las cosas de manera muy distinta de como son. En las comunidades bien ordenadas se hace así. ¡Cómo! ¡Ponerse a hablar en una reunión! Eso no se hace nunca.

Acabaremos pidiéndole a Dios la gracia de observar bien vuestras reglas, y ésta principalmente. Y vuestro mayor deseo debe tender a eso, a que todas las que están en la Compañía observen bien el reglamento. ¡Que Dios les dé un gran celo a todas nuestras hermanas para que hagan todo lo posible a fin de que el buen orden se guarde en la Compañía en general, que cada una cumpla con su deber, que todas se haga capaces de desempeñar bien sus obligaciones! Y para eso, hijas mías, os ruego que la primera comunión que hagáis sea por esta intención, a fin de que Dios quiera animar a todas las hermanas de este espíritu, y sobre todo que tengan un gran celo por la instrucción, tanto entre ellas como con los pobres.

Bien, mis queridas hermanas, espero que os serviréis de los medios que se os han dado para eso. Ruego a Nuestro Señor Jesucristo, que es la caridad misma y que ha formado a la Compañía de la Caridad, que os conceda esta gracia en el mismo momento en que pronuncie de su parte las palabras de la bendición. Humillaos, pues, para haceros capaces de ella. Y acordaos de que aquellas en las que observéis ese gran celo por el bien de la Compañía y por su progreso espiritual tienen una de las señales principales de que son verdaderas hijas de la Caridad.

En este aviso de que no expongan sus dificultades ante las demás, que les dio el padre Vicente a las hijas de la Caridad, observarán una de sus prácticas ordinarias de tolerancia con el prójimo y, en segundo lugar, su gran paciencia, por haber esperado a dar este consejo al final de la conferencia y haber permitido que las hermanas dijeran lo que estaba fuera de propósito, sin mandarlas callar y evitando su confusión. Ellas, reconociendo su falta, le pidieron perdón al padre Vicente. Esta observación se ha escrito por orden de la señorita Le Gras.

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