Vicente de Paúl, Conferencia 104: A dos hermanas enviadas a Cahors

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(04.11.58)

1658. Instrucciones dadas por el padre Vicente, nuestro veneradísimo padre, el día 4 de noviembre de la fecha indicada, a nuestras queridas hermanas Adriana Plouvier y Luisa Boucher, que deberían salir el día siguiente para la fundación de Cahors.

Hijas mías, entre los motivos que os obligan a entregaros a Dios para ir a servirle a esa ciudad, el primero es que tenéis que creer que es Dios el que os llama a ello. Cuando un obispo llama a unas personas a una diócesis para trabajar por la gloria de Dios, como vais a hacer, es una señal de que es más bien Nuestro Señor el que hace esto por encima de los hombres, después del largo tiempo que llevamos desde que se solicitó a las hijas de la Caridad para aquel sitio, pues me parece que hace ya cuatro años que me lo pidió el señor obispo de Cahors, llegando a estar enfadado conmigo, porque la señorita Le Gras no encontraba la manera de satisfacer su deseo.

Otro motivo o señal de vocación es, no solamente cuando un prelado llama a alguien a su diócesis, sino cuando se trata de un prelado como éste, a quien se tiene por santo en aquel país.

El tercero es, hijas mías, que vais a hacer lo que hacían Nuestro Señor y los apóstoles: vais a instruir a los niños huérfanos y a enseñarles las cosas necesarias para la salvación, y no solamente a instruirles, sino también a educarles, de forma que es ésta una de las más grandes obras que habéis emprendido hasta ahora. Tenéis otras hermanas en los hospitales y en las parroquias de París, en los Galeotes y en los Niños expósitos, pero todavía no habíais tenido una ocupación semejante a ésta.

Los medios que os ayudarán y que tenéis que emplear para realizar bien esta obra son, mis queridas hermanas, que tenéis que renunciar a todo, al país, a los parientes y a vosotras mismas. Nuestro Señor nos dice en el evangelio que no somos dignos de él si tenemos apego a alguna cosa. Hay que desprenderse de todo para ser totalmente de él.

El segundo medio es la humildad, porque vais a combatir contra el demonio de aquel país, que es el orgullo; el demonio que domina en aquel país es un demonio de orgullo, de cólera, de ira, de suficiencia. Esos son los vicios de aquel lugar. Veréis allí a personas que casi siempre están irritadas, que se enfadan por la más pequeña ocasión, y vosotras vais a combatir todo eso con vuestra mansedumbre. Además, son espíritus presumidos, que les gusta hablar mucho. Y también vais a pelear contra todo eso. Pues bien, las cosas contrarias solamente se destruyen mediante sus contrarias.

El tercer medio es que tenéis que dejar aquí vuestro espíritu y pedirle a Dios el de Nuestro Señor, pues se necesita nada menos que eso. Hijas mías, no llevéis vuestro espíritu, sino dejadlo en manos del buen Dios. ¡Qué sería de vosotras si llevaseis vuestro pobre espíritu!

El cuarto medio que tenéis que emplear es la mortificación, para soportar una los defectos de la otra; porque usted, la hermana más antigua, tiene que creer que está llena de defectos; y usted, la más joven, tiene que convencerse de que también los tiene en abundancia, y muy grandes, tanto interiores como exteriores. Y con todos esos defectos, a cada una de ustedes le gusta que la otra pase por encima de su genio y que la excuse; pues lo mismo tiene que hacer cada una con la otra. A cada una de ustedes le gusta que la otra la quiera y la estime, pues como son hermanas, creen justo que la otra se porte de ese modo. Pues también es necesario que usted la quiera y la estime, no solamente soportando sus defectos, sino apartando todos los pensamientos contra el amor que se le debe. Eso es lo que hay que hacer, hijas mías: ser fieles a no dejar entrar en vuestro espíritu ningún pensamiento que pudiera molestar a la otra hermana, si ella lo supiera. Por consiguiente, habéis de precaveros con este medio de la tolerancia y de la mortificación, si queréis producir algún fruto.

Además, hijas mías, la mortificación es necesaria para no decir palabras que tiendan a la alabanza vuestra o de la Compañía. No tenéis que ir diciendo que os han escogido por exclusión de las hijas de la Cruz, de las de la plaza Real y de tantas otras sobre las que se podría haber puesto los ojos. No, no es conveniente decir eso; no hay que decir nunca nada que tienda a haceros estimar, sino entregaros a Dios para soportar los desprecios que pudieran venir sobre vosotras, pues como hay allí algunos espíritus presumidos podrían decir: «¡Cómo! ¡Son esas las hermanas de París de las que tanto se hablaba! ¡Si no tienen espíritu! ¡Cómo se les habrá ocurrido llamar a unas personas de tan poco lustre!». Entonces, hijas mías, demostradles a esas almas la mortificación con vuestro ejemplo.

Necesitaréis también la mortificación si el señor obispo de Cahors creyera que no cumplís bien con vuestro deber en la administración del hospital, para recibir humildemente sus consejos y correcciones, pues la gran austeridad que él tiene consigo mismo quizás lo haga un poco severo. Ese señor es una persona que haría problema de conciencia de una palabra dicha por halagar.

Por todo esto, hijas mías, tenéis que entregaros a Dios para obtener de su bondad la gracia de combatir el demonio del orgullo, que reina con pujanza en esa ciudad; y por eso tenéis que tener el espíritu de Nuestro Señor. Cuando él vino al mundo a combatir el orgullo, vino con humildad, desconocido de todos y sin dar a conocer nada de lo que era. Hijas mías, él es vuestro ejemplo y os toca imitarle. Y lo mismo que Nuestro Señor, cuando conoció la voluntad de Dios de salvar a todos los hombres y vio todos los males que tendría que padecer por nosotros, desde los más pequeños hasta los mayores, le dijo a su Padre: «Me someto a todo eso, pues tal es tu voluntad», y pasó por encima de todas las dificultades que preveía en su oficio de Redentor, cumpliéndolo con tanta fidelidad que pudo decir en la cruz: «Todo se ha cumplido; en tus manos encomiendo mi espíritu», de la misma forma, hijas mías, también vosotras tenéis que imaginaros que vais a encontrar no pocas dificultades en la obra que vais a emprender. Si os dijese otra cosa, os engañaría. ¿No les dijo también Nuestro Señor a sus apóstoles: «He aquí que os envió como ovejas en medio de lobos»?

Id, pues, hijas mías, con la confianza de que el espíritu de Nuestro Señor irá con vosotras. No os digo lo que tenéis que hacer allí, a no ser que cumpláis con toda exactitud las órdenes del señor obispo de Cahors, que podréis conocer o de él directamente, o del padre Cuissot, superior de un pequeño seminario que hay allí.

Nos queda, hijas mías, hablar del camino. Saldréis de aquí en el coche de Orleans hasta Burdeos.

Y su caridad las recomendó a una persona conocida para que les diera la dirección para llegar hasta Agen; allí debería quedarse uno de los padres del seminario que iba con ellas, aunque en otro coche. Luego les indicó cómo deberían portarse en el camino, recomendándoles especialmente la modestia y la práctica de sus reglas, mucho silencio, retirarse aparte en las posadas para no comer en la mesa de los demás, advirtiéndoles también que adoraran al santísimo Sacramento cuando pasasen por delante de las iglesias y que saludaran a los ángeles de la guardia de todas las almas de las ciudades y aldeas que atravesasen. Luego les dio su bendición, llena de cariño y de celo, según su estilo ordinario, diciéndoles que su caridad le pediría a Dios las gracias que nuestras hermanas necesitaban para cumplir su divina voluntad en los sitios adonde las había llamado.

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