Vicente de Paúl, Conferencia 103: Sobre la oración

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(13.10.58)

(Distribución del día. art. 2)

Mis queridas hermanas, el domingo pasado hablamos del primer artículo de la distribución del día y dijimos algunas cosas sobre el segundo. Nos queda por hablar hoy de la oración y de los rezos de por la mañana. Esto es lo que contiene este artículo: «A las cuatro y media harán en común las oraciones vocales ordinarias; luego oirán leer los puntos de la meditación, que harán durante media hora, comenzando por el Veni, Sancte Spiritus, etcétera».

Se trata, pues, de hacer la meditación durante media hora después de levantarse. Todas tienen que hacerla, ya que la oración es al alma lo que el alma es al cuerpo. Y como un cuerpo sin alma es un cadáver, así una persona sin oración no tiene fuerza ni vigor. Siendo esto así, todas las almas a las que Dios llama a algún ministerio importante para su gloria tienen que dedicarse a este ejercicio y huir de la vana gloria, como por ejemplo hacer alguna cosa por complacer al mundo o por atraerse la estima de los demás. A Dios no le gusta que le quite la gloria que le debo, ni que haga alguna cosa por conquistar el afecto de las personas con quienes trabajo. Hemos de querer que todo lo que hagamos, digamos o pensemos, sea por su amor. Salir de la oración sin tomar alguna de estas resoluciones, principalmente las que se refieren a la observancia de las reglas, es no hacerla como es debido.

Pero no basta con hacer un propósito si después no buscáis cuáles son los medios para ponerlo en práctica. Por consiguiente, cuando toméis la resolución de huir de algún vicio, o de practicar alguna virtud, tenéis que deciros en vuestro interior: «Bien, yo me propongo hacer esto; pero resulta muy difícil de practicar. ¿Podré hacerlo con mis propias fuerzas? No; pero, con la gracia de Dios, espero cumplir lo que he prometido y para ello tengo que servirme de tal medio».

Estos son, mis queridas hermanas, los tres puntos de la oración. Todavía quedan otros tres, y viene luego la conclusión.

El primero de estos tres últimos es dar gracias a Dios. Habéis visto la belleza de la virtud y habéis formado vuestros propósitos. Os falta todavía, hijas mías, agradecer a Dios la gracia que os ha concedido de hacer oración, que es la gracia de las gracias que Dios puede conceder a los cristianos y, por consiguiente, a las hijas de la Caridad. ¿Qué mayor favor podía conceder Nuestro Señor a un alma que permitirle tratar y comunicar personalmente con él? Por consiguiente, es razonable que se den gracias a Dios por haber hecho oración. ¿Y quién os ha concedido la gracia de hacerla? ¿No ha sido Dios? Por consiguiente-, hay que agradecérselo con cariño. Y las que hacen oración sin dar luego gracias a Dios por haber desterrado las tinieblas de su espíritu y por haberlas iluminado para conocer la belleza de la virtud, moviendo su voluntad para practicarla, fallan en un punto muy necesario para hacer la oración como es debido.

Después de eso, mis queridas hermanas, tenéis que ofrecer a Dios vuestras resoluciones; tenéis que presentarle lo que acabáis de recibir de su bondad. Acabáis de recibir una gracia, pero tenéis que estar convencidas de que no sois dignas de ella; por eso decidle: «Señor, reconociendo que todo viene de ti y que yo no soy capaz de conservar lo que me has dado, te lo ofrezco a ti». Y finalmente hemos de proponernos obrar bien, pero no seremos capaz de hacerlo si Dios no nos concede esa gracia, ya que, como dice san Pablo, no podemos decir: Abba Pater, a no ser en el Espíritu Santo. Tenemos mucha necesidad de poner en práctica nuestras resoluciones, pero no podemos hacerlo sin la gracia de Dios, ya que sin él no podemos tener ni un solo buen pensamiento, ni pronunciar una sola palabra, sin que el Padre eterno nos conceda esa gracia por los méritos de su Hijo.

He aquí, hijas mías, en qué consiste la oración. El primer punto, con los tres que contiene, se llama preparación; el segundo, el cuerpo de la oración; y el tercero, conclusión. Hijas mías, será muy difícil que os acordéis de todo esto. Si podéis hacerlo, muy bien; pero si no os acordáis de todo, no os desaniméis, acordaos solamente de los afectos que Dios os haya dado en la oración. Luego seguid las prácticas necesarias para ello. No os preocupéis; con el tiempo, Dios os concederá la gracia de hacer bien la oración. Tenéis que rogarle que os enseñe cómo podéis hacerla, lo mismo que los apóstoles cuando le dijeron a Nuestro Señor: Domine, doce nos orare: Señor, enséñanos a orar, enséñanos cómo hemos de tratar con tu Padre.

Después de haberle pedido a Nuestro Señor que os conceda la gracia de aprender a hacer bien la oración, os aplicaréis interiormente a la consideración de los puntos que se hayan leído, como hemos dicho. ¡Salvador mío! Concédeme la gracia de entrar en esta santa práctica. Hijas mías, si hacéis bien la oración, ¿qué recibiréis de Dios a continuación? Os encontraréis, como dice David, con la grandeza de Dios.

Pero, padre, dice usted que la regla me obliga a meditar. ¿Cómo pueden hacerlo las pobres hijas de la Caridad que están por las aldeas y que no saben leer? – Hijas mías, vuestra regla dice que entonces podéis meditar los misterios de la vida de Nuestro Señor, su encarnación, su natividad, su vida en Nazaret, cómo obedecía a su santa Madre y a san José, y en fin todos los demás pasajes de la vida del Hijo de Dios, desde su nacimiento hasta su muerte; y finalmente, cómo subió a los cielos.

Pero, padre, dirá alguna, yo no sé todo eso. – Hijas mías, conservad en la memoria alguno de los que mejor os acordéis. Y para ayudaros a ello, sería de desear que tuvierais estampas de los misterios de la vida de Nuestro Señor. Le ruego a la señorita Le Gras que se las proporcione a las hermanas que están lejos de aquí, si es posible. Y cuando vayáis a la oración, las que no sepan leer que tomen como tema de su meditación el misterio que está representado en alguna de esas estampas.

Pero, padre, ¿cómo? ¿que vamos a hacer en la oración sin saber leer? – Hijas mías, ¡si supierais cuántos santos ha habido que, sin saber una letra, han tenido el don de oración! No os desaniméis por no saber leer, pues puede muy bien suceder que una que no sepa nada haga mejor la oración que otra que sepa muchas cosas.

En este mismo siglo ha habido un religioso carmelita tan ignorante que no fue nunca capaz de aprender a rezar el oficio, pero Nuestro Señor lo instruyó de tal modo y le concedió la gracia de hacer tan bien la oración que ha sido uno de los más iluminados y elevados de estos tiempos. ¿Cómo es posible? Porque, a pesar de no poseer ninguna ciencia, se presentaba a Nuestro Señor y le decía: «Señor, he aquí un pobre ignorante que implora tu gracia para hacer oración. Yo no sé nada. Pero, Señor, dime tú alguna cosa. ¿Dejarás a tu pobre servidor sin decirle nada? Señor, ¿qué dirá todo el cielo al ver que no escuchas la plegaria que te hago? Permíteme, Señor, que te diga que no saldré de aquí sin que me hayas concedido la gracia que te pido». Así es como aquel bienaventurado hermano llegó a tan alto grado de oración. Por eso, hijas mías, no os extrañéis si no sabéis muchas de esas cosas que facilitan el poder hacer la oración; con tal que seáis muy humildes y que os presentéis, como aquel buen hermano, a Nuestro Señor, jamás Dios dejará que os marchéis de su divina presencia sin haber recibido la gracia de haber hecho bien la oración.

¿Sabéis cómo la señora de Chantal, nuestra bienaventurada madre, aprendió a hacer bien la oración? De la manera que os acabo de decir que podéis meditar vosotras, las que no sabéis leer: con estampas. ¿Qué es lo que hacía? Tomaba una estampa de la santísima Virgen y, considerando sus ojos, decía: «;Qué ojos tan amables!». Luego, cuando su corazón se sentía de esta forma inflamado en amor por estas consideraciones, rogaba a Dios que le concediera la gracia de no ofenderle nunca con la vista: «Señor, concédeme la modestia que tenía tu santísima Madre». A continuación, hacía el propósito de tener cuidado con su vista y de no permitir a sus ojos que se extraviaran con las cosas vanas. Otras veces meditaba en los oídos de la santísima Virgen y pensaba: «¡Qué felices fueron sus oídos por haber escuchado la palabra de Dios y por haber oído los mandamientos de su Hijo». Luego se detenía en la consideración de cómo podría ella hacer lo mismo.

Si vosotras lo hacéis también así, aprenderéis a hacer bien la oración; o bien, como la hacía el hermano del Niño Jesús, que le decía a Nuestro Señor: «Yo soy como una bestia, pero desea que me hables. ¡Cómo, Señor! ¿No me dirás nada? ¿Es que no quieres hablar con las bestias? No me moveré de aquí hasta que me hayas dicho alguna cosa».  – «Santísima Virgen, decía también aquella bienaventurada señora, no saldré de aquí hasta que me hayas dado a conocer cómo escuchabas tú las palabras de tu Hijo, cuando predicaba a los judíos y a todos los que le seguían». Después de pensar en esas palabras, decía «Santísima Virgen, sé muy bien que tus oídos estaban atentos a escuchar aquellos hermosos preceptos que salían de la boca de tu Hijo; pero también sé muy bien que nunca oías hablar mal del prójimo, que nunca te gustaban las palabras de doble sentido, porque estabas siempre llena de candor». Después de discurrir todo esto, tomaba la resolución de no escuchar nunca cosas malas. Y así iba recorriendo todos los miembros de la santísima Virgen, prometiendo comportarse como ella. Pues bien, hijas mías, ¿qué os impedirá hacer vosotras lo mismo? No tendréis necesidad más que de una estampa o de un cuadro. Y Nuestro Señor os dirá seguramente alguna cosa.

Esto es, mis queridas hermanas, lo que tenía que deciros sobre este tema. Acabaré diciéndoos que, si hacéis todo lo que podáis por adoptar esta santa práctica de hacer bien la oración, tendréis ante Dios muy buen crédito para alcanzar todas las gracias que le pidáis. Pero sobre todo obtendréis con ella la gracia santificante. Diré más todavía, hijas mías: aquellas de vosotras que no sepan leer ni escribir, si son verdaderamente humildes, harán mejor la oración que aquellas otras que hayan aprendido el método de hacerla por medio de la ciencia, si ésta no va acompañada de humildad. Así pues, hijas mías, tened confianza en que, lo mismo que Nuestro Señor escogió a unos pobres pescadores para que fueran sus apóstoles, también vosotras haréis bien la oración, aunque seáis unas pobres ignorantes. Y no solamente esto, sino que haréis mucho bien, como decía la buena señora de Goussault. «Padre, me decía cuando estaba ya cercana a la muerte, ¡qué grandes cosas hará Dios por medio de las hijas de la Caridad!». ¡Ay, si no son más que unas pordioseras! No importa, mis queridas hermanas; si sois humildes de verdad, Dios hará muchas cosas por medio de vosotras.

¡Oh Señor, que elegiste para apóstoles tuyos a unas pobres gentes! Ves a nuestras pobres hermanas a los pies de tu divina Majestad, reconociendo que no son más que unas pobres ignorantes. Señor, enséñales; pero sobre todo enséñanos a orar. Tú enseñaste a todos los pobres cómo había que rezar. Si tu divina bondad quiere concedernos esta gracia, ellas harán bien la oración, mucho mejor que lo que cabría esperar de unas pobres mujeres. Señor, con esta esperanza pronunciaré sobre ellas las palabras de la bendición.

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