(06.10.58)
(Distribución del día, art. 1 y 2)
«Se levantarán a las cuatro, elevando a Dios el primer pensamiento. Se vestirán con diligencia, hará cada una su cama y, antes de acabar de vestirse, tomarán agua bendita».
Mis queridas hermanas, hasta ahora os hemos explicado las reglas. Viene a continuación la distribución del día, esto es, lo que tenéis que hacer desde la mañana hasta la noche, los domingos, los lunes y los demás días de la semana. Es como una rueda que da vueltas continuamente y a la que es menester que se ajuste cada una, no para un día, sino para todos los días de esta semana y de la semana siguiente, en una palabra, durante toda su vida. Esto es lo que Dios pide de vosotras, hijas mías. Es menester para guardar cierto orden que todas hagan lo mismo y a la misma hora, si fuera posible. ¡Qué dicha ver a una comunidad levantarse a las cuatro! ¡Qué hermoso es ver la diligencia que pone cada una en poder ir cuanto antes a hablar con Dios! Por consiguiente, tienen que levantarse todas a la hora señalada, excepto las enfermas. Pero todas las demás, que pueden hacerlo, lo tienen que hacer y sentir compasión de las que no pueden, llegando incluso a impedir que se levanten las que algunas veces tienen necesidad de descanso y permitiendo a las que están enfermas que no se levanten. Pero fuera de ese caso, hijas mías, proponed todas seguir esta práctica. Y si lo hacéis así, hijas mías, llenaréis de alegría a todo el cielo.
A este propósito os voy a preguntar lo mismo que pregunto a las damas de la Caridad; en las reuniones, cuando se lee alguna regla, les pregunto si se observa esa regla y ellas me responden. Pues bien, os pregunto: ¿Se observa esta regla en esta casa, señorita? ¿Se levantan todas a las cuatro?
– Sí, padre; excepto las enfermas. Pero las enfermas piden permiso para no levantarse el día anterior, si prevén que no podrán hacerlo; o bien se lo dicen a la hermana que las despierta por la mañana, cuando no han podido hacerlo la noche anterior.
– Mirad, hijas mías, os diré esto de pasada: visito a veces cierto monasterio de religiosas y le pregunto a la madre superiora: «Pero, madre, ¿no me dice usted nada de las que faltan al levantarse?». – «No le digo nada, responde, porque toda se levantan, gracias a Dios». Pues bien, todas ellas son personas distinguidas. Mirad, hijas mías, por eso os recomiendo mucho esta primera acción del día. Si hay algunas que necesitan descanso por el mucho trabajo que han tenido a lo largo de la jornada, o porque se encuentran mal, me parece muy bien; tienen que pedirle permiso a la señorita, si es aquí y en las parroquias la compañera a su hermana sirviente y la hermana sirviente a su compañera. Pero, hijas mías, no tenéis que hacer esto más que muy raramente, puesto que, como nuestra naturaleza busca siempre el descanso, si hoy le dais lo que ella pide, mañana os pedirá más todavía. Sí, si una hermana le concede a su cuerpo descanso un día, al día siguiente la pereza la retendrá en la cama. Y una vez formado el hábito, le costará mucho trabajo romperlo. En cuanto a mí, os confieso que nunca concedo descanso a mi pobre y miserable cuerpo y que nunca me parece que tengo más necesidad de descansar por la mañana que el día anterior.
Entregaos a Dios, mis queridas hermanas, para conocer bien si se trata de una verdadera necesidad, cuando creáis que necesitáis más descanso; para ello hay que pensarlo delante de Dios. Y si alguna, después de haberlo examinado de esta forma, cree que necesita más descanso para poder soportar su trabajo, entonces que lo pida, pero con indiferencia. Fuera de ese caso, levantaos con diligencia sin dialogar con la almohada. Pues eso de darse media vuelta para si tenéis que levantaros, ¡ay, hijas mías!, no os dejéis caer en esa falta. Empezad el día de esa manera y con esa mortificación haréis un acto que agradará mucho a Dios.
Así pues, tenéis que entregaros a Dios desde por la mañana para observar luego debidamente el orden en la distribución del día. ¿Por qué? Porque esas acciones de la jornada son, propiamente hablando, vuestras reglas y, si las observáis bien, seránla causa de vuestra santificación y de vuestra salvación. Hay una máxima que tienen los santos: que, como las acciones tienen la misma naturaleza que las causas de donde proceden, uno se salvará en virtud de las buenas acciones que haya producido. Si los santos son santos, es por las acciones que han hecho, y eso es lo que Dios santifica o por qué las santifica. Veis entonces la importancia que tiene el hacer bien las acciones de la jornada y cómo es segura la salvación de las que son fieles en eso. Por consiguiente, lo primero que hay que hacer es aprender lo que hay que hacer; pues, ¿cómo se practicará, si no se sabe? Pues bien, mis queridas hermanas, eso es lo que tenéis que saber en primer lugar.
Resultaba muy hermoso ver a un rey de Polonia que, yendo a cazar o a pasearse, mandaba que le trajeran una silla, donde se sentaba para instruir a su pueblo y enseñarles las cosas de su salvación. Eran todos idólatras, o gran parte de ellos, y aquel buen príncipe se ocupaba él mismo en instruirles.
Pero, sin hablar de hombres mortales, hablemos de Nuestro Señor. ¿Qué es lo que hacía? ¿No enseñaba a sus apóstoles a rezar el Padrenuestro? Era hermoso verle enseñar cómo tenían que rezar: «Decid: Pater noster qui es in coelis». Ved si no es ésa una ocupación muy elevada y si no son bienaventuradas todas las almas que así lo hacen, con tal que lo hagan en el espíritu de Nuestro Señor.
Y vosotras, mis queridas hermanas, que tenéis la profesión de instruir a las niñas, instruís también por este medio a sus padres y a sus madres, como vemos en las misiones, porque los niños les refieren lo que ellos han aprendido; los pequeños enseñan a los mayores lo que éstos deberían haberles enseñado. ¡Mirad qué dicha! Por tanto, es menester que, como estáis destinadas a formar a esas almas en la virtud, aprendáis vosotras mismas lo que tenéis que decirles. Será conveniente fijarse mucho en esto y pedir cuentas de cómo se hace.
Continúa el segundo artículo: «Las de las parroquias que no sepan leer meditarán algunos de los misterios de la pasión u otros que se les asigne».
Hijas mías, si estáis dos en una parroquia y no hay ninguna que sepa leer, sois realmente muy dignas de compasión, y sería de desear que no sucediera nunca esto. Pero ¡qué se le va hacer! La señorita Le Gras hace todo lo que puede por remediarlo. ¿Pero qué hacer en ese caso? Hay que hacer lo que aquí se dice: acordarse de la pasión de Nuestro Señor en el huerto, conmoverse al considerar su tristeza y el motivo por el que se puso a hacer oración, demostrar grandes deseos de imitarle en su resignación y sobre todo rezar a Dios cuando sintáis alguna congoja. Mirad, hijas mías, no os desaniméis nunca, las que no sepáis leer; si tenéis buena voluntad, Dios os concederá el don de oración, precisamente porque no os pondréis a especular tanto, con tal que tengáis verdaderos deseos de agradarle. Se ven muchos ejemplos que nos demuestran que hay personas que no saben leer ni escribir, pobres aldeanos que no saben nada, pero que han recibido de Dios el don de la oración y en un grado mucho más alto que otros muchos muy sabios. En este sentido es como debemos entender lo que decía Nuestro Señor: «Padre mío, confieso y reconozco que has escondido las cosas que acabo de enseñar a los sabios y a los doctos y que se las han revelado a los pequeños» (1).
Sí, hijas mías, lo que Dios esconde a los sabios, se lo da a conocer a los ignorantes. ¿Y por qué? Porque Dios se complace en los pequeños y en los pobres, de forma que muchísimas veces ellos son más sabios en la oración que las personas doctas. Por consiguiente, no os descorazonéis por vuestra falta de inteligencia; Nuestro Señor será vuestro maestro; él os enseñará, como se hace con los niños que todavía no saben nada. ¿No veis cómo en las escuelas se empieza enseñando las letras a los niños y luego se va avanzando poco a poco? Hijas mías, así es como Nuestro Señor se porta con las hermanas que no se estiman en nada y que se juzgan las peores de todas. ¿No os parece una buena meditación tener siempre el pensamiento de la muerte y pasión de Nuestro Señor dentro del corazón? Mirad, hijas mías, los santos nos dicen que Dios ve con mayor agrado la meditación de la pasión de su hijo que el ayuno durante un año entero.
Dirá quizás alguna: «Pero padre, yo no sé bien la pasión» – Hijas mías, es necesario que la aprendáis bien; no os resultará difícil. Y acordaos de los misterios de la vida y de la pasión de Nuestro Señor, para tomar como temas de vuestra oración unas veces unos, y otras otros.
San Francisco no hacía otra oración más que la de la pasión y todos sus religiosos hacen lo mismo. Y los capuchinos no toman nunca como tema de meditación más que los misterios de la vida, muerte y pasión de Nuestro Señor. Pues bien, no hay entre vosotras ninguna tan ignorante que no conozca la vida de Nuestro Señor: cómo se encarnó, su nacimiento en el portal de Belén, su circuncisión, la adoración de los tres reyes, su huida a Egipto y todo lo demás de su vida hasta su muerte. Acordaos de todo eso, hijas mías, las que no sepáis leer; fijaos en los misterios de la vida y de la muerte de Nuestro Señor. Si os faltan pensamientos, elevaos a Dios por medio de alguna aspiración. Y sí, después de eso, no se os ocurre ningún pensamiento, rezad el Padrenuestro y el Credo, y luego volved a vuestra oración. Si seguís estando secas, rezad una decena del rosario. Venga hijas mías, consolaos; si hacéis lo que os he dicho, os aseguro que haréis bien la oración y quizás mejor todavía que las que saben leer, si es que éstas no tienen todavía más humildad que ciencia.
En lo que se refiere al Angelus, que se dice al final de la oración, hijas mías, hay que empezar haciendo la señal de la cruz, y a continuación se dice: Angelus Domini nuntiavit Mariae, et concepit de Spiritu Sancto. Hijas mías, se trata de una oración para dar gracias a Dios por haber venido a este mundo a encarnarse por nuestra salvación. Este es el sentido que tiene. Angelus, etcétera, quiere decir que el ángel le anunció a la santísima Virgen que habría de concebir al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. Y la santísima Virgen, después de saber la forma con que habría de llevarse a cabo este misterio, le respondió: «Bien; es Dios el que así lo quiere; yo soy la esclava del Señor; ¡que se haga en mí según su palabra!». Esto es lo que quiere decir: Ecce ancilla. Y a continuación se dice: Et Verbum caro factum est et habitavit in nobis: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Esto es lo que quiere decir el Angelus. Hay que tener la intención de dar gracias a Dios por ese gran misterio siempre que oigáis el sonido de la campana. Ya os han enseñado todo esto, hijas mías; seguramente lo sabéis, pero conviene renovar estas ideas de vez en cuando.
Bendecid al nombre de Dios y glorificadle para siempre. Esta es la idea que debemos sacar de esta conferencia: que se trata de que seáis muy fieles en guardar el orden debido en la distribución del día, ya que de eso depende la santificación de vuestras almas. Si no lo hacéis, viviréis en medio de tinieblas y será muy triste veros así. Quiera la bondad de Dios concederos la gracia de ser siempre exactas en guardar este orden y ver con agrado la promesa que acabáis de hacer, la de ser siempre fieles en hacer lo que acabamos de decir. Y como es Nuestro Señor el que concede la gracia de hacer lo que él nos manda, tened la confianza de que no estaréis solas, sino que Nuestro Señor lo hará con vosotras. Así es como se lo pido con todo mi corazón.
¡Salvador! ¡Salvador mío! Tú has reunido a tu lado a este pequeño rebaño. Concédeles la gracia de que comprendan bien todo esto y de que lo ejecuten por medio de la práctica de sus reglas Así te lo pido, Señor, mientras voy pronunciando sobre ellas, de tu parte, las palabras de tu bendición.







