Vicente de Paúl, Conferencia 102: Conferencia De [1658]

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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ABNEGAClON DE JUAN LE VACHER CON LOS ESCLAVOS

Misión de Juan Le Vacher en una galera de Bizerta: su falta de medios económicos, la alegría de los forzados, la admiración de los paganos por la caridad de los cristianos entre sí.

He recibido una carta del padre Le Vacher, que está en Túnez, en la que me indica que, habiendo llegado una galera de Argel a Bizerta, que está a diez o doce leguas de allí, no sabía qué hacer para ir hasta allá, ya que ordinariamente los visita para atenderlos, no sólo espiritual, sino corporalmente; y como se veía privado de dinero, estaba muy preocupado, sin saber si debería ir o no, ya que esas pobres gentes tienen muchas necesidades corporales, así con o también espirituales; pero él se veía sin recursos, como he dicho, porque había enviado al cónsul de Argel todo el dinero que tenía para librar a aquel buen cónsul del castigo de los bastonazos y de la tiranía que se veía obligado a soportar. Sin embargo, superando todas estas preocupaciones, no pensó más que en que tenía que ayudar a aquellos pobres forzados. Reunió todo el dinero que pudo, tomó consigo a un intérprete y a otro criado que le ayudase y se fue para allá; cuando llegó, apenas pudo ser visto desde la galera y reconocido por el hábito, aquellas pobres gentes empezaron a dar señales de júbilo con grandes gritos y a decir: «Allí está nuestro libertador, nuestro pastor, nuestro padre»; y habiendo subido a la galera, todos aquellos pobres esclavos se echaron sobre él, llorando de cariño y de alegría al ver a su libertador espiritual y corporal; se echaban de rodillas a sus pies y le cogían, uno por la sotana, otro por el manteo, de forma que lo dejaron desgarrado por sus deseos de acercarse a él. Tardó más de una hora en atravesar la galera para ir a saludar al comandante, ya que le estorbaban el paso y no podía avanzar, en medio del aplauso y regocijo de aquellas gentes. El comandante mandó que cada uno volviera a su lugar y acogió con toda cortesía a aquel buen sacerdote, indicándole que alababa mucho la caridad y la manera de ser de los cristianos, que de esta forma se socorrían mutuamente en sus aflicciones. Luego el padre Le Vacher compró tres toros, los más cebados que pudo encontrar, los mandó matar y se los distribuyó; también hizo que cocieran mucho pan y de esta forma trató a aquellos pobres esclavos corporalmente, mientras que hacía todo lo posible por darles el alimento espiritual, que es mucho más necesario para la gloria de Dios, catequizándoles e instruyéndoles en los misterios de nuestra santa fe, y finalmente confortándoles con mucha caridad. Esto duró ocho días, con gran bendición y singular consuelo de aquel]os pobres galeotes, que le llamaban su libertador, su consolador, el que les saciaba espiritual y corporalmente. Y los dejó de esta manera, muy consolados y robustecidos en su fe, y resueltos a soportar con paciencia sus trabajos por el amor de Dios.

Al volver a Túnez, el bey, aunque bárbaro, le dijo que así es como se ganaría el cielo, haciendo limosnas. El padre Le Vacher, con deseos de excusarse, le dijo que no hacía más que repartir las limosnas que a él le daban con esa finalidad. Y él le replicó que así se ganarían también el cielo, lo mismo que él, los que daban esas limosnas. ¡Oh Salvador, cuánto bien hace un sacerdote! Ya veis cómo es el motivo de que hasta los infieles respeten nuestra religión. Esto me lo ha confirmado igualmente el padre Felipe Le Vacher, su hermano, cuando le pregunté cómo se portaban los turcos frente a nuestra religión; me dijo que, en lo referente a las cosas espirituales, eran demasiado groseros y no eran ni mucho menos capaces de comprenderla, pero que, en lo referente a las cosas y ceremonias exteriores, la respetaban y veneraban, y que incluso prestaban a veces sus tapices para nuestras solemnidades. ¡Oh, Salvador! ¡Oh, sacerdotes de la Misión! ¡Oh, todos los miembros de la Misión! De esta forma podemos hacer que sea respetada nuestra santa fe, viviendo según Dios e imitando a ese buen padre Le Vacher. ¡Quiera su divina bondad concedernos esta gracia! ¡Oh Salvador! ¡Oh, santísima Virgen, pide al Señor este favor para nosotros, pídele una verdadera pureza para nosotros, para los sacerdotes, para los estudiantes, para los seminaristas, para los hermanos coadjutores y para toda la compañía! Esta es la súplica que te hacemos.

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