(26.08.58)
1658. Instrucciones dadas el 26 de agosto por nuestro muy venerado padre a las hermanas Magdalena Raportebled, Bárbara…, María Papillon y Margarita Ruhault, que habrían de partir al día siguiente para la fundación de Metz.
Hijas mías, se trata de que os marcháis a Metz. Las razones para eso son las siguientes.
La primera que os obliga a entregaros a Dios para ello es que desde toda la eternidad Dios ha resuelto llamaros a la Compañía de la Caridad para hacer lo que vais a hacer. Sí, hijas mías, desde que Dios es Dios, esto es, desde toda la eternidad, él ha visto que seríais lo que sois, ya que todo lo que ha sido, es y será en adelante estaba en Dios desde toda la eternidad.
Además de eso, su Providencia os ha escogido entre todas vuestras hermanas para ir a Metz…, ¿a qué?…, a dar a conocer su bondad para con sus criaturas. He aquí por qué, hablando en general, tenéis que entregaros a Dios para servirle en aquel lugar.
Pues bien, una de las razones que os obligan a entregaros a Nuestro Señor con todo el afecto de vuestro corazón para alcanzar de su bondad las gracias necesarias para servirles en aquel lugar, es que esa ciudad pertenece a la Lorena, en donde la verdad es que las personas no son malas, pero hay en el espíritu de esas pobres gentes cierta tosquedad por las cosas divinas, que han contraído por el trato con los hugonotes y con los judíos que hay en aquella ciudad. Pues bien, vosotras vais para dar a conocer a todos, a los católicos y a los hugonotes y hasta a los judíos, la bondad de Dios; porque, cuando vean que Dios se preocupa tanto de sus criaturas que ha formado una Compañía de personas que se entregan al servicio de los pobres, como no se encuentra en ninguna otra religión, se sentirán obligados a confesar que Dios es una Padre bueno.
Ese es el motivo de que tengáis que ir a aquel lugar, incluso para dar a conocer la santidad de la religión católica a los herejes y a los mismos judíos, que hicieron morir a Nuestro Señor. Pues bien, esta santidad se demuestra en que sus hijos imitan la bondad de Dios, -procurando ser buenos a imitación de Nuestro Señor.
Además, hijas mías, es que hay allí una gran obra que hacer: tenéis que combatir esa tosquedad de espíritu que hace que la piedad esté casi desterrada, y compensar el vicio de la avaricia, que está muy extendido en aquel sitio. Digo esto para nuestra confusión: hasta los sacerdotes de allí prestan dinero con interés, no directamente ellos, como el resto del pueblo, sino por medio de algún otro, para disimular de este modo su avaricia. Es como una persona que quisiera apuñalar a otra, pero que, no queriendo hacerlo por sí misma, le entregase a otro el puñal para hacerlo. Pues bien, vosotras tenéis que combatir este vicio con vuestro ejemplo, pues cuando vean a unas mujeres trabajar por el prójimo, como tienen que hacerlo las buenas hijas de la Caridad, sin esperar ni buscar más recompensa que la de Dios, se darán cuenta de la ceguera en que están al apreciar tanto los bienes del mundo.
A todas estas razones juntad la de que os envía una reina de Francia, y una reina a la que está claro que Dios le ha dado a conocer esto, pues nunca la he visto tan impresionada como cuando me habló de los medios para solucionar el estado tan lamentable en que se encuentra esta ciudad. Cuando me vio, me dijo como si tuviera prisa en hablar conmigo: «Padre Vicente, ¿qué haremos por Metz?». Y parecía como si no fuera su espíritu el que pensaba en eso, sino que la incitaba un motivo superior, que no es otro sino Dios, que desde toda la eternidad ha visto lo que habría de hacer la reina en Metz y decidió inspirarle los medios por los que habría de hacerse.
Así pues, hijas mías, estáis desde toda la eternidad dentro de la visión de los medios que Dios ha decidido emplear para llevar a cabo esta obra. Y cuando se escriba la vida de la reina como se hace con todas ellas, sobre todo con las que viven piadosamente, como esta buena princesa, se dirá de ella que mandó hacer la misión de Metz, y los medios que empleó para excitar la piedad en esa ciudad, que tan opulenta fue durante la paz, pero que sufrió tantas calamidades durante la guerra. Pues bien, se verá entonces que puso sus ojos en las hijas de la Caridad para que secundaran sus propósitos. Ved si no tenéis que entregaros a Dios para esto y si no son muy poderosos estos motivos para obligaros a ello.
Pero veamos los medios que os podrán ayudar. El primero es pedir a Nuestro Señor que os conceda la gracia de servirle bien en aquel sitio, según sus designios. Porque, hijas mías, no podéis nada por vosotras mismas; todo lo que puede hacer el hombre es pecar; en cuanto al bien, no podemos hacerlo si no nos ayuda la gracia de Dios. ¡Ay! ¿qué somos nosotros sino miserables mendigos? Somos unos pordioseros, vosotras y yo; vosotras sois, si no todas; al menos la mayor parte, unas pobres aldeanas, pero la gracia de Nuestro Señor os ha convertido en esposas suyas. Por tanto, habéis de pedirle a Nuestro Señor que os dé las disposiciones que es preciso que tengáis, y que él haga bondadosamente en vosotras, por vosotras y con vosotras, todo lo que quiere que hagáis.
Otro medio, mis queridas hermanas, es que tenéis que ir allá con un gran celo y un deseo muy grande de honrar y hacer honrar a Dios y que todos os vean llenas de fervor para ello. Pues bien, el fervor es como un fuego que calienta a todos los que se acercan. Fervor viene de la palabra fuego; cuando se quiere decir en latín que el agua está muy caliente, se dice: aqua fervet. El fervor es un fuego que hace bullir y que inflama, lo mismo que el fuego hacer hervir el agua. Fervor es entonces, propiamente hablando, una caridad inflamada; y eso es lo que tenéis que tener vosotras, pues una hermana sin caridad es como un cuerpo sin alma. ¿Qué cosa es un cuerpo sin alma? Una carroña que repele a todos cuantos lo vean. Una hermana sin eso dirá: «Yo me contento con hacer lo que me toca». Hijas mías, no hay que limitar la caridad a hacer lo que le toca a cada uno; el fervor tiene que ir más allá.
Además, tenéis que portaros de tal manera que no aparezca nada en vuestro espíritu más que aquel motivo por el que vais; o sea, que tenéis que olvidaros del afecto que pudierais tener a vuestras hermanas, o los disgustos que os hayan podido dar, y las comodidades que habríais podido tener en otra parte, para no pensar más que en cumplir bien con todo lo que Dios pide allí de vosotras.
No basta con que tengáis fervor en vuestro espíritu y que lo sintáis en el corazón; además es necesario que procuréis infundirlo en las damas mediante las buenas palabras que les dirigiréis cuando tengáis ocasión, diciéndoles algunas ideas de vuestra oración, aunque sin decir que habéis pensado en ello durante la oración; y lo que le digáis a una, podéis decírselo a otra. Así no tendréis dificultad en encontrar cosas que las animen. Unas veces les referiréis el ejemplo de los santos que se entregaron al servicio de los pobres. Yo no había oído nunca lo que uno de los administradores del Hotel-Dieu me dijo hace algún tiempo de san Luis, que en un registro o en un documento del Hotel-Dieu se indica que aquel buen rey, visitando un día a los enfermos, pidió que lo llevasen al que estuvieran más infectado; la persona que le iba presentando a los enfermos se creyó en la obligación de hacerlo así y, cuando estuvieron junto al que se encontraba peor, le dijo a san Luis: «Señor, perdóneme si no llevo a Su Majestad a ver a ese enfermo, pues sale de él un olor tan malo que nadie se le puede acercar; esto nos ha obligado a separarlo de los demás». – «No importa, dijo; hacédmelo ver». Cuando aquel buen rey estuvo junto a aquel pobre ulceroso, éste se puso a gritar: «Señor, ¿quiere acercarse a un pobre miserable como yo? No lo haga, señor; pues tengo el cuerpo tan corrompido que apenas puedo soportarme a mí mismo». – «Amigo mío, le dijo el santo, reconozco que tu cuerpo no exhala más que podredumbre, como dices; pero las virtudes que practicas al soportarlo por amor de Dios tienen un olor muy agradable». Dicho esto, se acercó a aquel pobre hombre y lo consoló; después de salir de allí, le dijo a una persona que nunca había sentido nada tan agradable como cuando se acercó a aquel enfermo.
Hijas mías, podéis contarles todo esto a esas buenas damas, así como también que varias reinas de Francia y de Portugal apreciaban tanto el servicio a los pobres, según se lee en sus vidas, que no se contentaban con ayudarles de sus bienes, sino que ellas mismas les servían personalmente. «¡Dios mío! ¡Qué feliz es usted al contribuir a esta obra buena!». «Señora, ¡qué consuelo tendrá usted en el cielo cuando vea a los pobres que usted socorrió diciéndole: ésta es la que nos ha salvado, no sólo de las miserias corporales, sino que además ha salvado nuestras almas». Pues instruir a los pobres cuando se les da limosna es realmente ayudar a salvar las almas.
Después, hijas mías, si queréis conseguir algún fruto de ese pueblo, tenéis que tener mucha modestia; ésa será una predicación que conseguirá más que las palabras; y ése ha sido el medio por el que los buenos padres que han tenido la misión de Metz han sacado mucho provecho, edificando al pueblo. Así pues, hijas mías, ¡mucha modestia!
Nuestros padres hacían lo siguiente. Ante todo, antes de ir, tenían todos los días una conferencia para ver los medios con que podrían suscitar la piedad en aquel lugar. Sería conveniente que vosotras hicierais lo mismo; pero, como no podréis estar solas en el coche, quizás no lo podáis hacer. Cuando llegaron allá, además de la predicación, iban siempre de dos en dos, con la vista baja y con tanto recogimiento que todos quedaban admirados; se cree que su modestia ha conseguido por los menos tanto fruto como sus sermones, aunque se trataba de sacerdotes que no estaban acostumbrados a hacer misiones, ya que eran de diversas provincias, y se reunieron para tener aquella misión.
Otro medio, hijas mías, es que tengáis paciencia una con otra; sin eso no es posible esperar nada bueno. Y al hacerlo así cumplís con la ley de Cristo: Alter alterius onera portate, et sic adimplebitis legem Christi (1). Por consiguiente, tenéis que hacer el propósito de soportaros mutuamente. Cada una tiene sus propios defectos y es menester que la otra los tolere. ¿Y qué es eso de tolerar? Es, mis queridas hermanas, hacerse todo para todos, compartir las preocupaciones de nuestro prójimo. Mi hermana cae enferma; yo me pongo enferma con ella. Mi hermana está triste; yo también lo estoy. Es lo que decía san Pablo: Gaudere cum gaudentibus, flere cum flentibus (2), Mirad, somos tan frágiles que, aunque de momento no necesitemos que nos toleren los demás, pronto estaremos en otra disposición y tendremos necesidad, no sólo de que los demás nos toleren sino de que nos toleremos nosotros mismos, ya que una rueda que gira no da tantas vueltas como cambios se producen en nuestro espíritu. Si ahora estamos alegres, pronto estaremos tristes, y raramente nos conservaremos en el mismo genio. Ya lo veréis hermanas. Por eso es necesario que nos demos a Dios para practicar la paciencia mutua.
Mis queridas hermanas, id llenas de confianza en Dios y desconfiando de vosotras mismas; pedid a Nuestro Señor que conserve en vosotras las disposiciones que él mismo ha puesto. Los fabricantes de vidrio, para conservarlo, tienen que dejarlo en el sitio en que lo han fabricado junto al fuego; de lo contrario, se rompería. De la misma forma, hijas mías, si os mantenéis cerca de los sentimientos que tenéis actualmente, si os quedáis lo más unidas posible al espíritu de Nuestro Señor, del que ahora os sentís llenas, estaréis en Dios y Dios en vosotras y así seréis de verdad hijas de la Caridad y consiguientemente seréis agradables a Dios. El que viera una persona caritativa, ¡qué cosas tan maravillosas vería! La caridad es como una llama que se eleva hacia arriba. Cuando penetra en un alma, la eleva hacia Dios y atrae a Dios hacia ella, de forma que, si se pudiera ver la hermosura de esa virtud, nos sentiríamos llenos de amor hacia ella y arrebatados de admiración.
Esto es lo que tenía que deciros. Si lo hacéis así recibiréis mil consuelos por medio de las luces que Dios habrá de concederos. Y si su Providencia permite que caiga sobre vosotras alguna aflicción, pues lo ordinario es que lluevan dificultades sobre las almas buenas, tanto desde fuera como desde su mismo interior, por medio de pensamientos molestos, todo eso será incluso un medio para que entréis mejor en la práctica de lo que se os ha dicho.
Ya sabéis que por el camino tenéis que portaros con mucho recato. Si alguien os pregunta adónde vais, no tenéis que decir que os envía la reina; no, eso sería contrario a la humildad. Si insisten en preguntaros para qué vais, la hermana Magdalena podrá tomar la palabra para responder de la forma más breve que sea posible; si tuvieran conversaciones que no están bien, haréis como si no las oyerais; y cuando paséis por los lugares en donde haya iglesias, adoraréis en ellas al santísimo Sacramento.
Una vez que hayáis llegado a Toul, iréis a ver al padre Demonchy, que tiene órdenes de acompañaros hasta Metz o de seguiros allá, según lo crea conveniente. Saludaréis con toda humildad de parte nuestra al señor primer presidente, y estoy seguro de que él mandará daros alojamiento en su casa, pues me han dicho que había mandado a esperaros a dos leguas más allá de Toul, por haber oído decir que ya estabais en camino. Esto es un buen motivo para que os humilléis, hijas mías.
La señorita Le Gras, que estaba presente, le preguntó al padre Vicente si no sería mejor que las hermanas hicieran todo lo posible para dispensarse de dormir en casa de ese buen señor. Su caridad le respondió que, como se trataba de personas que querían mucho a la Compañía, sería tener poca consideración con ellas.
Le preguntó también qué había que hacer si el señor presidente las invitaba a su mesa, si por casualidad llegaban a la hora de acostarse. Entonces dijo que, en ese caso, sería conveniente que se fueran a dormir, alegando por razón que no era costumbre que unas pobres mujeres se sentasen a la mesa de los grandes.
¡Bendito sea Dios!







