Vicente de Paúl, Conferencia 098: Humildad, caridad, obediencia, paciencia

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(Reglas Comunes, art. 42)

Hijas mías, hemos llegado finalmente a la regla 42, que dice lo siguiente: «Aunque su vocación requiere que se esfuercen durante toda su vida en practicar toda clase de virtudes para imitar a su modelo Jesucristo, pondrán sin embargo una atención más particular en las que están representadas por los cuatro extremos de la cruz, a saber la humildad, la caridad, la obediencia y la paciencia. Por eso obrarán de tal modo que sus acciones estén animadas de esas virtudes y pensarán que sin ellas sería inútil que llevaran siempre sobre sí una cruz material».

Hijas mías, este artículo dice que, aunque las hijas de la Caridad estén obligadas a ejercitarse en la práctica de todas las virtudes, tienen que practicar durante toda su vida especialmente cuatro, obrando de tal forma que en cada una de las acciones que hagáis y en cada una de las palabras que pronunciéis aparezcan estas cuatro virtudes, que están representadas en los cuatro extremos de la cruz del Hijo de Dios, tal como indica la regla. Habéis escogido a Nuestro Señor por Esposo y tenéis que tener vuestros ojos puestos en él para imitarle, lo mismo que todos los que se han apartado, o mejor dicho ha apartado él mismo, de las heces de este mundo. Pues bien, vosotras sois de ese número, ya que habéis tomado a Jesucristo por Esposo y él os considera como esposas. Pero no es eso todo. Tenéis que llevar su librea, tomar las armas que él empleó, estar vestidas como él e imitarlo todo cuanto podáis en su interés por aprovechar todas las ocasiones de obrar o de sufrir que se le ofrecieron durante su vida mortal. Pues bien, si Nuestro Señor practicó toda clase de virtudes, vosotras debéis tener el deseo de imitarle en todas ellas.

Dios os lo pide, hijas mías. El se mostró siempre conforme con la voluntad de su Padre y desea que conforméis en todo vuestra voluntad a la suya. El dijo de sí mismo que cumplía la voluntad de su Padre celestial y nosotros debemos estar dispuestos a conformar nuestra voluntad con la suya, no sólo en las cosas divinas, sino incluso en las temporales. El exige de vosotras que todas sus virtudes sean también virtudes vuestras, que vuestras prácticas sean conformes a las suyas, no sólo en las cosas espirituales, sino también en las corporales que él practicó sobre la tierra, de forma que hay que convertir en realidad el que una hermana de la Caridad sea equivalente a una hermana cuyas acciones, palabras y pensamientos son totalmente otras tantas prácticas de virtud. Sí, decir hija de la Caridad es decir que esa hermana tiene que ejercer todas las virtudes y en todas las circunstancias en que sea necesario practicarlas. Así pues, hijas mías, pensad que todas vosotras no sólo estáis obligadas a practicar una o dos virtudes, sino todas. Entregaos a Dios para practicar todas las virtudes que él pide de vosotras, con las personas a las que se os asocie y en los lugares adonde se os envíe, aunque sea a cien leguas o más lejos todavía, y esto por amor a vuestro Esposo, que os ha dado ejemplo de todas las virtudes y que os ha inspirado la idea de abandonar el mundo, los parientes y todas las pretensiones que podáis tener, por amor suyo.

¿No es ése, hijas mías, el motivo que os ha traído aquí? ¿Es posible que una hermana que, después de haber renunciado a todo lo que más quería, se va a vivir a más de cien leguas, pueda verse llevada a una empresa tan generosa por un motivo distinto del amor de Dios y el deseo de servirle con mayor perfección que en el mundo? ¿Qué razón hay para pensar que alguna de vosotras haya venido aquí por otro motivo, como podría ser la ligereza o la curiosidad? No tenemos razón alguna para creerlo así. Entonces, hijas mías, habéis dejado el mundo y os habéis entregado a Dios; no os arrepintáis de ello. Lo habéis dejado de corazón; le habéis dicho adiós a todas sus máximas; habéis dicho: «No quiero vivir en adelante más que para Dios». Esta es, mis queridas hermanas, la disposición que debisteis de tener al entrar aquí y la que sigo esperando de vosotras; sin ella los santos no serían santos; no podrían haber llegado a la santidad sin haber dejado antes todas las cosas, al menos su afecto a las mismas.

Así pues, alegraos en estos momentos y decid: «Salvador mío, ¿por qué salí yo de mi pueblo? ¿Quién me hizo venir a París? Es fácil averiguar si ha sido tu amor; ¿Cómo?: si he venido a esta casa sin más pretensiones que la de servirte, sin pensar en ningún placer del cuerpo y en ningún deleite del espíritu, sino solamente para entregarme por completo al servicio de los pobres». Si esto es así, mis queridas hermanas, como hay motivos para creer, tenéis que esperar todas las gracias necesarias para convertiros en verdaderas esposas de Nuestro Señor mediante la práctica de todas las virtudes. ¡Animo! Hay que esperar que Dios os conceda la gracia de llegar a la perfección que pide de vosotras.

Hijas mías, consolaos con este pensamiento, cuando vayáis a visitar a los enfermos y en todo lo que hagáis: «He de esperar de la bondad de Dios, puesto que es él el que me ha llamado para esto, que me concederá la gracia de hacerlo virtuosamente». Hijas mías, ¿acaso no tenéis derecho a esperarlo así? ¡Salvador mío! ¡Ir a buscar la ocasión para servirte a cuarenta y cincuenta leguas, dejar el padre y la madre y todos los parientes por eso! ¿Y va a negaros Dios su asistencia? No; esperad que Dios os dará la gracia de agradarle en todo cuanto hagáis. Mirad, hijas mías, mantened firme esta confianza, pues una de las principales cosas para adquirir la virtud es la confianza en Dios, como lo habéis oído últimamente. Decíos, pues, a vosotras mismas: «Bien; me dicen que he de abandonar todas las costumbres del mundo para tomar las de Nuestro Señor. Por mí misma no puedo hacerlo, pero espero que Dios me dará la gracia de conseguirlo y de obrar de tal forma que en mis obras no se vea nada que no le sea agradable, que no haya nada en mis ojos, ni en mi rostro, ni en mi aspecto, que no esté dentro de la modestia, que no salgan de mis labios palabras que puedan desedificar a mi prójimo. Con la gracia de Dios espero practicar todas las virtudes con la perfección que él desea que las practique». Así pues, hijas mías, tened esta confianza en Dios.

Pero, padre, ¿es posible que una pobre muchacha aldeana pueda llegar a la perfección que usted dice?  – Sí, hijas mías, podéis conseguirlo lo mismo que las religiosas.

¡Cómo! ¿Puede una pobre mujer pretender la perfección de esas personas distinguidas que han entrado en el claustro, inclinadas naturalmente al bien y a todo lo referente a la honestidad y a la educación cristiana, y a quienes tanto les cuesta alcanzar todas las cualidades requeridas de alma y de cuerpo? ¿Puede decirse de las pobres hijas de la Caridad que son capaces de igualar en virtud a esas personas educadas de esa forma? ¿Puedo yo esperar esa perfección, si no me han instruido más que en las cosas del campo? ¿Y dice usted, padre, que debo tender a eso y que he de practicar todas las virtudes? – Sí, hija mía, hay que esperar llegar a esa misma perfección. Mis queridas hermanas, ¡si supierais lo que es la confianza en Dios y lo que puede un alma que está bien asentada en ella! Lo que tenéis que prever es que las tentaciones de la carne y del espíritu no dejarán de inclinaros a la cobardía y al descorazonamiento.

¡Cómo! ¿Será menester que me levante todos los días a las cuatro, que vaya a la oración, que esté dispuesta a ir y a venir a cualquier parte, a servir a los pobres sin descanso? ¡Y tendré que hacer esto durante toda mi vida! Si se tratase sólo de París, pase. ¡Pero ir a las aldeas, verme expuesta a tantos peligros por los caminos! Eso no está bien para una mujer. No tengo fuerzas para resistirlo.  – ¡Ay!, mis queridas hermanas, cuando se os ocurran esas ideas, que necesariamente provienen del demonio, decid: «Tienes razón, espíritu maligno, tienes razón; mi carne corrompida me obliga a dudar de mis fuerzas, porque por mí misma no puedo nada; si me fijo solamente en mí, estoy segura de que no puedo hacer nada que valga la pena. Pero, cuando pienso en que Dios trabajará por mí, lo mismo que un padre que lo hace todo por su hijo, cuando confío en su bondad y pienso que él vela por todo lo que se necesita para mi bien, entonces espero que él será mi fortaleza. Un padre trabaja por su hijo pequeño, porque éste no puede trabajar por sí mismo; y el hijo no tiene por qué preocuparse de nada, dejando a su padre el cuidado de todo lo que necesita. ¿Por qué no voy a hacer yo lo mismo, si sé que es un buen padre? Quiero esperar que Dios me concederá la gracia de practicar mis reglas. Y aunque me asuste el pensar que tengo que practicar todas las virtudes, la verdad es que no puedo hacerlo por mí misma». Y decid con-osadía: «Es verdad que no lo puedo con mis fuerzas solamente, pero tengo la confianza de que Dios me concederá la gracia de hacerlo y de llevarlo a cabo con el espíritu debido, tal como se dice en la sagrada Escritura: decidle al hombre justo que no basta con que haga el bien y practique las virtudes, sino que tiene que hacerlo como es debido, esto es, con perfección».

Pues bien, mis queridas hermanas, entre todas las virtudes que debéis poseer, son cuatro las que tenéis que tener y practicar especialmente, ya que por ellas se conocerá si sois hijas de la Caridad.

Cuando los apóstoles empezaron a predicar, al ver que tenían que separarse, se dijeron entre sí que era preciso ponerse de acuerdo en la forma de instruir al pueblo; entonces hicieron lo que se llama el símbolo de los apóstoles. San Pedro empezó el primero y dijo: «Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra»; los demás apóstoles continuaron hasta el final y decidieron que ésa sería la señal por la que reconocerían a los que siguiesen su doctrina. De modo que los apóstoles, temiendo que algunos se pusieran a imitar a los cristianos e introdujesen entre los fieles algún mal propósito, dijeron: «Cuando nos encontremos con alguno que diga ser cristiano, le pediremos esta señal. Si nos la da, la recibiremos como tal; si la ignora,le diremos: Si fueras cristiano, sabrías el símbolo».

Hijas mías, ¿queréis saber cuáles son las verdaderas hijas de la Caridad, entre todas aquellas que llevan el hábito y el nombre? Son las que practican estas cuatro virtudes: la humildad, la caridad, la obediencia y la paciencia. Mostradme una hermana en la que resplandezca la humildad, una pobre mujer que no se estime en nada, que desee que la desprecien, bien sea sus superiores, bien las demás hermanas, que crea que no sirve para nada, que lo estropea todo y que todo lo hace de manera imperfecta, mostradme una hermana así y os diré de ella que es una verdadera hija de la Caridad. Al contrario, enseñadme una en la que no se advierta la humildad, que aspire a ser más estimada que las otras, que desee pasar por una persona de valía en la Compañía, llegar a altos cargos o ser sirviente, y entonces, ¡Salvador mío!, ésa es la raíz del orgullo, y del orgullo más necio, muy parecido al del espíritu maligno, que desea ocupar un lugar por encima de los demás. Una hermana que desee ser estimada, que en todo busque su propio provecho, que diga: «Tenemos tantos enfermos y estamos continuamente trabajando; pero, gracias a Dios, todo va bien», diciendo esto para ser estimada, ésa no es una hija de la Caridad. La verdadera hija de la Caridad es la que lleva el ropaje de la caridad y de la humildad, la que siente un gran amor al desprecio, la que cree que va a fracasar en lo que se le ordena y que lo estropea todo en donde está. Hijas mías, si veis entre vosotras a una hermana así, decid: «Esa es una verdadera hija de la Caridad; nunca la hemos visto hacer o decir nada que pudiera tender a buscar la propia estima».

En cuanto a las otras que tienen las cualidades contrarias, aunque lleven el hábito, os diré que no lo son en realidad. Llevan el nombre de hijas de la Caridad, pero no tienen caridad, que consiste en buscar la estima de los demás más que la propia nuestra.

La señal de una verdadera hija de la Caridad es lo contrario. Una persona que se tiene en un concepto elevado, que no es capaz de soportar ningún desprecio, ni en palabras ni en silencio, tiene muchos motivos para echarse a temblar. Esa es, pues, hijas mías, la gran señal para ver si una hija de la Caridad es verdadera hija de la Caridad: si es humilde, si lleva esa hermosa vestidura, que es tan agradable a los ojos de Dios y de los hombres. ¿No veis cómo todas estimáis mucho a una hermana de la casa, cuando la veis practicar esta humildad? ¡Qué buena hermana!, decimos todos cuando hablamos de las difuntas. ¿No os acordáis cómo una de las principales virtudes que alabamos en ellas es la humildad? Cuando llegáis a esta virtud, no lo dudáis. Me acuerdo de una de ellas, que tenía un sentimiento tan bajo de sí misma que tenía miedo de que todo lo que hacía estuviera mal hecho, lo mismo que Job, que decía: Verebar omnia opera mea (2); tenía miedo de ofender a Dios en todo lo que hacía. Acordaos de aquel gran santo; temía todas sus acciones. ¿Y por qué? Si él hubiera estado aquí, por ejemplo, habría tenido miedo de no escuchar bien la predicación a lo que se está diciendo, de haber concedido a su espíritu demasiada libertad para entretenerse en otras cosas; habría tenido miedo de no haber elevado a Dios su corazón, al oír hablar de las virtudes que hemos dicho, diciendo: «¡Dios mío, concédeme esa virtud!»; si hubiera dado limosna a los pobres, habría tenido miedo de que fuera más bien por compasión natural que por un motivo sobrenatural.

Así es como son las personas humildes y las que creen que no hacen nada bien. Tienen miedo en todas sus obras. Por el contrario, la que se cree con experiencia en todos los asuntos, la que se complace en verse estimada, no es una verdadera hija de la Caridad. ¡Salvador mío! Si hay algunas que se sienten en ese estado, hijas mías, que esas pobres hermanas procuren humillarse y tener miedo. Mirad, esto es lo que hace que se pierda la vocación, ya que no hay miedo de que una hermana humilde salga de su casa, mientras que, por el contrario, es imposible que persevere una que no tenga humildad. El espíritu de orgullo, que le hace desear ser estimada, le obligará a pensar enseguida que no goza de la estima de sus superiores, que las oficialas no le demuestran ningún afecto y que las demás hermanas la desdeñan. Así es como surge en ella la tristeza, la melancolía y el disgusto por su vocación. Y más pronto o más tarde tendrá que salir.

Hijas mías, amemos la humildad, pongamos interés en practicar esta virtud, tan querida por el Hijo de Dios que, para practicarla, quiso morir en una cruz a la vista de todo el mundo; pongamos interés en hacer actos de humildad tanto interiores como exteriores, y para ello digámosle a Nuestro Señor: «Salvador mío, concédeme la gracia de amar el desprecio y de que no busque ser estimada, sino que prefiera todas las tareas más bajas y el último lugar de todos». ¿Es posible que haya alguna que quiera ser la primera? ¡Cómo! ¡Una pobre hermana querer ser apreciada en algo! ¡Pobre hija mía! ¡En qué situación tan deplorable la ha puesto el espíritu de orgullo! Por consiguiente, tomemos la resolución, si queremos evitar esa desdicha, de esforzarnos en adquirir la humildad, y entreguémonos a Dios para ello.

La segunda virtud recomendada a las hijas de la Caridad es la misma caridad. Es lo que nos dice la regla cuando nos recomienda la práctica de esta virtud, diciendo que tenéis que ser lo que vuestro nombre indica. Pues bien, si me preguntáis qué es la caridad, es, hijas mías, amar a Dios sobre todas las cosas y, en segundo lugar, amar al prójimo por amor de Dios.

Empezando por las hermanas, el amor al prójimo quiere que os esforcéis en amaros mutuamente y en soportaros en vuestras pequeñas debilidades, comenzando por vosotras mismas. Es preciso que la caridad se extienda luego a los pobres para servirles con amor; a los niños, las que trabajan con ellos; amad a los pobres forzados. El nombre de la caridad que lleváis os obliga a entregaros con amor a todas estas tareas. Cuando estéis allí, tenéis que considerarlo como la obra de Dios y consideraros dichosas de veros empleadas en esas cosas que a los santos les gustaría hacer personalmente, si estuvieran en la tierra.

Esas son, pues, dos señales de una verdadera hija de la Caridad: amar a las otras hermanas y a todos sus prójimos con cordialidad. Mis queridas hermanas, ésa es la señal que dio Nuestro Señor para que se conociera a sus discípulos; les decía: «En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis mutuamente». Pero, si los que no se aman así quieren presumir del nombre, como Judas, aquel desgraciado que cometió aquel deicidio, no lo son en realidad. Hijas mías, mientras reine la caridad entre vosotras, la Compañía edificará a todos. Pero apenas deje de notarse y se vea a dos hermanas en una parroquia que no están de acuerdo entre sí, estad seguras de que dirán que no son hijas de la Caridad; carecen de humildad y de caridad; porque si tuvieran esas virtudes, empezarían a hacer lo que tienen que hacer entre ellas, y luego con los demás, puesto que han sido llamadas a amar a Dios y al prójimo.

¿Y de dónde procede todo eso? De una falta de humildad. Porque es la humildad lo que conserva la caridad. Una hermana que tiene humildad no está en desacuerdo con las otras, pues la humildad engendra la caridad. ¿Qué es lo que producen esas pequeñas desavenencias entre vosotras? El orgullo, pues cada una quiere salirse con la suya y quedarse satisfecha con lo que hace; desea que la conozcan y que crean que cumple bien con su cargo. Y si las demás no la estiman, aquel pobre corazón no puede soportarlo. Hijas mías, os aseguro que una persona de esa clase es causa de grandes desórdenes en la Compañía. Os lo digo con los sentimientos más profundos de mi corazón: más valdría que se saliera. Es causa de que las demás, por su culpa, empiecen a criticar las disposiciones de los superiores y formen sus capillitas. ¿No sería mejor que una hermana que critica todo lo que ve y que siembra la desunión por todas partes se saliese de la casa en que está? ¡Cómo! ¡Ser la causa de que unas esposas de Nuestro Señor, que tanto le agradaban mientras reinaba la unión entre ellas, se hagan feas y odiosas a los ojos de su Esposo! Hijas mías, Dios no ama más que la Caridad. Por eso sería mejor que se retirase una hermana que se encontrase en ese estado, antes que dar motivo para que aparezcan unas manchas tan negras en esas almas.

El Hijo de Dios decía hablando de Judas: «¡Pobre miserable! ¡Más valdría que no hubiera nacido jamás!». Del mismo modo, hijas mías, os digo que más valdría que no hubiera existido nunca una hermana de esa clase y que no hubiera entrado nunca en la Compañía, antes que portarse de esa manera. Si hubiera alguna de ese estilo, habría que pedir a Dios por ella, pues es realmente digna de compasión, y hay que esperar que se corrija con su gracia, con tal que ella se esfuerce.

Así pues, ésas son dos señales que dan a conocer cuáles son las verdaderas hijas de la Caridad, esto es, la humildad y la caridad; y las cualidades contrarias a estas virtudes son señales de perdición.

Quedan las otras dos virtudes que componen la cruz espiritual de Nuestro Señor, representadas en los dos brazos de la cruz material. No es necesario indicar dónde está el lugar de la caridad, de la que acabamos de hablar; está representada en la parte superior de la cruz. Y la humildad está representada en la inferior, para que sepamos que la humildad tiene que haceros preferir los lugares bajos, aunque la verdad es que se trata de una virtud que no deja nunca que permanezcan debajo los que la poseen, sino que por el contrario los eleva muy arriba en la perfección.

La obediencia, representada en el brazo derecho, ya sabéis lo que es; ¡ojalá lo sepáis también por la práctica! ¿Qué quiere decir obediencia? Quiere decir que la persona obediente nunca quiere nada más que la voluntad de Dios en todas las cosas y la conformidad en todo con la voluntad de los superiores, de las oficialas y de las hermanas sirvientes. ¡Qué felicidad! A veces está uno preocupado por la manera como será posible hacer la voluntad de Dios; vosotras no tenéis que hacer más que obedecer a vuestras reglas, y haréis la voluntad de Dios. Estáis seguras de que siempre que una hermana obre por obediencia, se conforma con la voluntad de Dios; por el contrario, cuando hace lo que a ella se le ocurre, deja de cumplir la voluntad de Dios. Nunca cumplimos la voluntad de Dios cuando dejamos de obedecer a nuestras reglas y a las órdenes de nuestros superiores. ¡Bendita obediencia! ¡Qué hermosa eres! ¡Eres tan agradable a Dios que conviertes en agradables a sus ojos todo lo que por ti se hace!

Algunas veces me pregunto a mí mismo cómo va la Compañía de la Caridad, si permanece en la obediencia a las reglas, a los superiores, a las oficialas y a las hermanas sirvientes fuera de la casa. Hijas mías, os diré que siempre he observado que se mantenía en vigor, con la ayuda de Dios, por lo que le doy las gracias con todo el corazón. Pero hace algún tiempo, cuando me hacía esta misma pregunta al pensar en las cosas que tengo que pensar por mi cargo, me parece que esta virtud estaba en vigor en la mayor parte de vosotras, pero que en otras deja algo que desear. Podéis imaginaros lo mucho que esto me preocupa. Hay unas pocas, pero las hay, que se van relajando, que las veo poco sumisas a Dios en las cosas que ocurren, poco sumisas a las reglas y a los superiores. Podéis imaginaros lo que esto me aflige y a la señorita Le Gras más todavía que a mí, viendo a una Compañía que ha cumplido la voluntad de Dios hasta el presente, pero que está a punto de ver cómo abre en ella una brecha el espíritu maligno.

¡Qué motivo tan grande de pena y de temor! Estoy seguro de que cada una se dirá a sí misma lo que el traidor Judas dijo con los demás apóstoles la noche que iba a traicionar a su maestro: Numquid ego sum, Domine? ¿Soy yo acaso esa persona de la que se habla? (5). Resulta que hay unas pocas, tal como dicen, que se muestran reacias a la obediencia, que no siguen el espíritu de las reglas y que obran a su antojo. Dios mío, ¿seré yo una de esas? Hijas mías, ¿no tenéis estos pensamientos? Se dice que hay en la Compañía algunas que faltan a la obediencia; ¿no seré yo una de esas desventuradas? Tengo que examinarme y hacer sobre ello la oración de mañana. Si permanezco en la observancia de mis reglas, daré gracias a Dios; si no cumplo con mi deber, tendré que esforzarme en ello. ¡Ay! No será necesario esperar hasta mañana, hijas mías; estoy seguro de que os lo está diciendo vuestra conciencia. Porque, mirad, la sindéresis (6) es un buen testimonio. Ahora mismo puede examinarse cada una

«¿Cómo estoy yo en la obediencia? ¿Guardo mis reglas? ¿Me muestro conforme con los consejos de la señorita Le Gras?». Y si resulta que no, tomar la resolución de corregirse y hacer penitencia; por ejemplo, tomar la disciplina con obediencia y suplicar misericordia a Dios: «Aunque me siento inclinada a prescindir de la obediencia en mi vida, ¡Dios mío, antes la muerte! Concédeme la gracia de no obrar nunca más que por obediencia ya que es ella la que me hace cumplir tu voluntad, mientras que la desobediencia por el contrario me obliga a seguir siempre mi propio gusto».

La cuarta virtud que tenéis que practicar especialmente y que está representada en el brazo izquierdo de la cruz es la paciencia. Casi no hay un solo momento en que no necesitemos esa virtud de la paciencia. Un enfermo se pondrá a quejarse; vuestra hermana os dirá alguna palabra molesta; ¡ay!, de momento sentiréis herido el corazón. ¿Cómo remediarlo? Nada más que con la paciencia. Entonces, ¿qué es la virtud de la paciencia? Es la que nos hace tolerar pacientemente todos los sucesos molestos con que nos encontramos en la vida, sin irritarnos; y si a veces nos dejamos llevar del malhumor, la paciencia nos hace entrar cuanto antes dentro de nosotros mismos y serena nuestra impaciencia. De aquí se sigue, mis queridas hermanas, que necesitamos tener una buena dosis de paciencia, pues aunque no tuviéramos nada que sufrir por culpa de los hombres, nosotros mismos somos tan ruines que encontramos abundante materia para sufrir, y tan tornadizos que bastantes motivos tenemos para soportarnos a nosotros mismos; y para todo esto se necesita mucha paciencia.

Pero, padre, una persona que no se irrita con nada de la que le pasa, y que deja que la reprendan cuando ha cometido una falta, ¿es eso paciencia? – Sí, hijas mías; y tenéis que ejercitaros todas en esto cuando os toque algo que sufrir, tanto por parte de las damas como de los enfermos o de los niños, a fin de no decir nada que demuestre la menor impaciencia; sin embargo, cuando los pobres se quejen o murmuren de vosotras. podéis amonestarles, con tal que lo hagáis sin enfadarlos, para poner remedio a las faltas que podrían seguir haciendo.

Así pues, hijas mías, son éstas las virtudes que tenéis que pedir muchas veces y que tenéis que esforzaros en tener. Las personas que no tengan estas virtudes, ¡cuántos motivos tienen para afligirse! Porque si una hija de la Caridad no tiene humildad, es seguro que la vanidad se apoderará enseguida de su pobre espíritu; y si no tiene humildad, tampoco tendrá obediencia, ni paciencia. ¡Pobre hermana que durante tantos años ejercitó estas virtudes, que era tan paciente que no había nada capaz de perturbarla, que era tan puntual en la obediencia! ¿Dónde ha ido a parar todo eso? Hijas mías, se dirá de ella lo que se dice de la gran ciudad de Cartago. Después que fue vencida por los romanos, no quedaron de ella más que ruinas. Las personas que por allí pasan dicen que sólo quedan unas cuantas piedras. Aquellas hermanas que al principio demostraban tan hermosas virtudes, ¡qué agradables eran a los ojos de Dios! Pero cuando se derrumbaron esas virtudes, ¿qué es lo que queda? ¡Nada más que ruinas! Se vinieron abajo aquellos magníficos edificios de caridad, de humildad, de otras virtudes que antes eran la admiración de todos; fueron algo, pero ya no queda nada; el espíritu maligno no ha dejado más que ruinas. ¿No os parece digno de lástima ver en un alma derrumbado tan hermoso edificio espiritual? ¡Si supiésemos lo que era aquello! ¡Qué hermoso palacio el que ha construido una hermana con la humildad, la caridad, la obediencia y la paciencia! Hijas mías, no hay nada más precioso. Los ángeles de todo el cielo miran complacidos la hermosa armonía de esas virtudes. Pero quitad esto de una hija de la Caridad; ¿qué es lo que queda? Hijas mías, no encontraréis más que orgullo. ¡Pobre hermana, a la que por tantos años se vio tan obediente, y que ahora se ha quedado sin nada! ¡Qué pena no ver ya más que, en lugar de paciencia, impaciencia! ¡Tan sufrida y ahora de tan mal genio! ¿Qué se puede decir de ella sino que es una hermosa ciudad de Cartago arruinada? Ya no queda más que ese pobre vestido gris y el nombre de hija de la Caridad. ¡Qué pena da ver todo eso!

No quiere decir que haya algunas que hayan llegado a tan lamentable estado; pero las que comiencen a relajarse, llegarán pronto a él si no se corrigen. Por eso, cuando se ve a alguna relajarse en la santa obediencia, hay muchos motivos para temer que le pase como a aquella gran ciudad. Entonces se dirá: a ¡Qué caritativa y paciente era esta pobre hermana! ¡Pero ya no lo es! Ha cambiado por completo». Mirad, hijas mías, los vicios llegan a veces a tal extremo que una persona es peor después de haber dejado la virtud que lo que era antes de emprender el buen camino; de modo que una hermana que era antes humilde se vuelve totalmente orgullosa, mucho más de lo que había sido; y así con los demás vicios. No podéis decirle una sola palabra sin que se sienta ofendida. Quiero creer que hace tan sólo un mes que ha empezado a estar en esta disposición; no ha llegado todavía a una situación desesperada, pero mucho me temo que llegará pronto. Sí, hijas mías, si esa hermana no se corrige, si no reconoce su miserable situación y sigue en ella durante más de un mes, es muy de temer que ya no pueda volver atrás. Si uno se deja llevar de los vicios y llega hasta cierto grado, ya no es posible volver. Se endurece uno de tal forma que ya no se preocupa de nada. Aunque se le amoneste, no se consigue ningún efecto. Hijas mías, me cuesta creer que haya alguna de vosotras en tan triste estado; al contrario, deseo creer que, si la naturaleza ha prevalecido hasta ahora hasta borrar por debilidad, y no por otro motivo, esos hermosos rasgos que las virtudes trazan en un alma, dejando que broten los vicios contrarios, en adelante todas haréis la guerra a esos vicios. Deseo creer que, si tomáis esta firme resolución, Dios os dará la gracia de corregiros, si se la pedís como es debido en la oración. Pero hay que poner remedio a ese mal cuanto antes.

Dice el Espíritu Santo: Hodie si vocem ejus audieritis, nolite obdurare corda vestra, etcétera; si sentís que Dios os llama hoy mismo para haceros salir de un estado tan peligroso, escuchadle; si sentís que os invita a esperar esta gracia, recurrid a la santísima Virgen, pidiéndole que os obtenga de su Hijo la gracia de participar de su humildad, que le hizo llamarse esclava del Señor cuando fue elegida para ser madre suya. ¿Qué es lo que movió a Dios a fijarse en la Virgen? Nos lo dice ella misma: «Fue mi humildad». Podéis estar seguras, hijas mías, que si recurrís a la santísima Virgen, que tanto amó esta virtud, ella os obtendrá de Dios la gracia de poder practicarla.

Bien, concluyamos de todo lo dicho que ésta es una regla muy excelente y muy importante, y que el espíritu de las verdaderas hijas de la Caridad consiste en estas cuatro virtudes: la humildad, la caridad, la obediencia y la paciencia, y que es menester que se vean brillar estas virtudes en todas vuestras acciones y palabras, de modo que, si habláis, sea con humildad, y si pensáis alguna cosa, sea siempre con espíritu de humildad.

Y también la caridad: amar a todas vuestras hermanas, viendo a Dios en ella. Y así todo lo demás. Estas son vuestras virtudes, hijas mías; no son las de las religiosas de Santa María. Ellas pueden practicarlas, pero vosotras debéis tenerlas por encima de todas, ya que es ésa vuestra señal. Esto os dará a conocer si sois hijas de la Caridad; de modo que las que lleven estas cuatro virtudes serán reconocidas como verdaderas hijas de la Caridad, mientras que las que no las tengan ni trabajen por tenerlas se encuentran en grave peligro.

Salvador mío, tú te hiciste nuestro modelo en tu nacimiento mortal. Tú nos diste ejemplos de humildad durante toda tu vida y quisiste aparecer de la forma más humilde, que es la de un criminal. Tú quisiste presentarte a nosotros de ese modo y que se dijese a ti: «¡Ahí lo tenéis! ¡Ese es vuestro Dios!». Tú te humillaste hasta el punto de ponerte bajo unas especies tan vulgares como son el pan y el vino y estar allí, bajo esos accidentes, desde hace tantos años. Señor, en todas tus acciones pusiste ese sello de la humildad, de la caridad, de la obediencia y de la paciencia, y quisiste que te imitásemos en la práctica de esas mismas virtudes. Según esto, Señor, tú eres la fuente de la humildad y de todas las virtudes. ¿A quién podremos dirigirnos? ¿A quién podremos ir para tener esas virtudes, sino a ti, Señor nuestro? Tú eres el autor de todas las virtudes; concédenos parte de ellas, tú que eres tan rico en tan hermosas virtudes. Te ruego que derrames tus gracias sobre estas pobres hermanas, para que puedan imitarte; pero derrámalas también sobre mí, miserable pecador, que tengo más necesidad de ellas que nadie, para que todo cuanto haga vaya acompañado de la humildad, de la caridad, de la obediencia y de la paciencia. Concédenos esta gracia, Dios mío, para esta pequeña Compañía. Señor, tú has llamado a estas hermanas desde tan lejos para hacer de ellas tus esposas, para convertir el barro en piedras preciosas, como ya lo has hecho con las que están ahora en el cielo. Te pedimos con empeño esta gracia de que, si estamos enredados en el orgullo, nos pongamos a practicar la virtud contraria y no cesemos en nuestro empeño hasta conseguir ser humildes.

Santísima Virgen, que dijiste a todo el mundo en tu cántico que la humildad es precisamente la causa de tu gloria, obtén para estas hijas que sean como Dios pide de ellas; adórnalas de tus virtudes. Tú eres madre y virgen al mismo tiempo. Ellas son también vírgenes. Ruega entonces a tu Hijo, por las entrañas de tu vientre en dónde él estuvo alojado nueve meses, que nos conceda esta gracia. Así te lo suplico, Señor, que lo realices por obra de las palabras de bendición que voy a pronunciar de tu parte, y que al propio tiempo hagas descender del cielo tu espíritu sobre todos nosotros para que nos animemos en la práctica de estas hermosas virtudes y que estas hermanas no las abandonen nunca, después que las hayan adquirido. Es lo que pido a tu divina majestad.

Después de haber dado la bendición, dos hermanas pidieron perdón por su mala conducta, y el padre Vicente les dijo:

¡Que Dios os bendiga, hijas mías! Ruego a Nuestro Señor que acepte el sacrificio que acabáis de ofrecerle y que os dé la santa humildad, que es la base y el fundamento de las virtudes, y que no caigáis nunca en el vicio que manifestáis desear combatir con todas vuestras fuerzas, ayudadas de la gracia de Dios. Amén.

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