(30.05.58)
(Reglas comunes, art. 38)
Mis queridas hermanas, hemos llegado ya a vuestra regla 38. Este articulo dice lo siguiente: «Soportarán las pequeñas imperfecciones de sus compañeras como quisieran ser toleradas en las suyas, y se acomodarán cuanto puedan a su dictamen y genio en todo lo que no fuere pecado ni contrario a las reglas, porque esta santa condescendencia, acompañada de tolerancia, es un excelente medio para mantener la paz y unión en la comunidad».
Hijas mías, este artículo contiene dos cosas: la primera es la recomendación de que os toleréis mutuamente vuestras imperfecciones, y la segunda que condescendáis con las demás en todo lo que sea posible sin ofender a Dios. Estas son las dos virtudes que os enseña vuestra regla: la tolerancia de las debilidades y pequeñas imperfecciones que pudiera haber entre vosotras y la condescendencia en todas las cosas que no sean pecado. En cuanto a la tolerancia, mis queridas hermanas, os diré dos razones, entre una infinidad de motivos que podrían alegarse, por las que tenéis que toleraros.
La primera es que Nuestro Señor se lo recomienda a todos los cristianos en general, pero mucho más a las personas a las que ha llamado para que vivan en comunidad, como vosotras y yo. Dice así por boca de su apóstol: Alter alterius onera portate et sic adimpletibis legem Christi (1), que quiere decir: «Cargad unos con el peso de los otros». Si lo hacéis así, ¿qué ocurrirá? Que por este medio cumpliréis la ley de Dios: Et sic adimplebitis legem Christi. San Pablo había dicho también en otra ocasión que la cumple todo el que está en la caridad. Por consiguiente, si el que ama cumple la ley, pertenece a la caridad la tolerancia de unas con otras y el tomar sobre sí, si es posible, las debilidades de los demás. Pues bien, una persona que llegue a eso, habrá cumplido la ley de Dios. Hijas mías, Nuestro Señor os enseña entonces la tolerancia por este primer motivo.
El segundo motivo que tenéis para animaros a esta práctica, aunque os debería bastar con lo dicho, pues decir que así cumplimos todo lo que Dios pide de nosotros es, hijas mías, una razón muy poderosa para decidiros a ello, el segundo motivo es que es ése un medio para tener entre vosotras una santa amistad y vivir en una perfecta unión, y poder de este modo convertir el mundo en un paraíso; de forma que, si Dios os concede la gracia de toleraros mutuamente, eso será un paraíso incipiente. ¡Salvador mío! ¡Qué hermoso es eso! Estar siempre unidas por el vínculo de la caridad y de la paciencia mutua es estar como en un paraíso. Hijas mías, hacerlo así, soportar y condescender, es un paraíso en la tierra.
Resulta que una hermana tiene ciertos defectos. Me hace sufrir. Pero la tolero por amor de Dios, y no diré nada de eso. Resulta que otra me ha dado un pequeño disgusto; no actuaré con ella por pasión, tal como me incita la naturaleza, sino que la mimaré y la trataré amablemente. Esto, hijas mías, es hacer un paraíso.¿Por qué es esto un paraíso ya empezado? ¿Por qué? Porque en el paraíso se cumple la ley de Dios, y vosotras la cumplís en la tierra al toleraros mutuamente. ¡Salvador mío!
¡Eso es comprarse un paraíso muy barato! Hijas mías, ¿qué reproche mereceríais el día del juicio si Dios tuviera que deciros: «Os he ofrecido un paraíso en el otro mundo; no merecéis este, porque me habéis despreciado en el otro, que era el medio para llegar a éste». Hijas mías, ¡cómo hemos de utilizar, para llegar al cielo, los medios que Dios nos ha puesto en la mano, a fin de evitar este reproche!
El tercer motivo que nos obliga a tolerar a los otros es que también nosotros tenemos necesidad de que ellos nos toleren; pues no hay nadie, por muy avanzado que pueda estar en la virtud, que no tenga necesidad de que los demás lo toleren. La que sea la primera de todas tiene que creer que necesita que las demás la toleren, pues no hay nadie perfecto en la tierra. De todas las personas que han existido en el mundo, solamente Jesucristo y la santísima Virgen han estado libres de imperfecciones y por eso sólo ellos no han tenido necesidad de que los tolerasen. Pero, a excepción de ellos, todos los demás estamos condenados a cargar con nuestras imperfecciones y con la necesidad de que nos soporten los que nos rodean. Unos tienen un defecto, otros otro; y muchas veces nuestros defectos son peores que los que tanto nos cuesta tolerar en los demás. Si esto es así, ¿quien podrá decir que no necesita que lo toleren? Dios mío, ¿podemos escuchar esto sin entregarnos inmediatamente a Dios para tolerarnos mutuamente?
Pues bien, si esto es así, si tenemos necesidad de tolerarnos a nosotros mismos, ¿cómo no necesitaremos la tolerancia de los demás? Porque a veces nos encontramos en ocasiones en que nos cuesta tolerarnos a nosotros mismos; no somos capaces de ponernos a escuchar y a recibir alguna satisfacción de nadie, ni de acoger a nadie. Yo mismo me encuentro a veces en tal estado de cuerpo y de espíritu que me cuesta tragarme a mí mismo. Sin embargo, es menester que nos soportemos y que le pidamos a Dios la gracia de soportarnos. Pues bien, si me cuesta soportarme en esta dejadez y en tantas otras imperfecciones de las que estamos llenos, ¿cómo no vais a querer soportar a las demás, cuando se encuentren en ese mismo estado? Dios quiere que nos soportemos a nosotros mismos; ¡y resulta que dos hermanas juntas creen que no tienen necesidad de soportarse entre sí! No es posible, hijas mías. Una será la hermana sirviente y la otra su compañera. La sirviente desea que su pobre hermana se acomode a su manera de ser, y otras veces la compañera estará de tan mal humor que la sirviente no sabe qué hacer con ella. ¿Qué hacer entonces? Hay que tener tolerancia y decirse a sí mismo: «Bien, mi hermana me molesta; tengo que soportarla, porque Dios así me lo ordena; puede ser que yo también la fastidie a ella y le resulte más insoportable que ella a mí». Si decimos que no tenemos ningún pecado ni imperfección, nos engañamos, como dice san Juan (2). Así pues, mis queridas hermanas, la consecuencia de todo esto es que os entreguéis a Dios para toleraros mutuamente. Es justo que así sea. Vosotras, y yo con vosotras, hemos de creer que los demás tienen que soportarnos muchas veces; por eso hemos de soportar a los otros. Si la compañera hace algo que molesta a su hermana, hay que pensar: «¡Ay! Quizás yo misma cometo más faltas que las que advierto en ella y que la molestan más que ella a mí».
¿No veis cómo es menester tener paciencia en todas las cosas, para que puedan seguir adelante? Un edificio necesita algo que lo sostenga; si no, no podría construirse. Veis cómo las piedras más gruesas sostienen a las más pequeñas; lo mismo la madera: las vigas sostienen a los listones; veis entonces cómo en la tierra todo se hace por medio de sostenerse mutuamente. El cuerpo humano no podría ejercer sus funciones si los miembros no se sostuvieran entre sí: si mis pies y mis piernas no me sostienen, ¿que pasará con mi cuerpo?
Hijas mías, si Dios quisiera concedernos ahora la gracia de decidirnos a hacerlo así, creed que sería una de las más hermosas y notables prácticas que podríais tener. Pedidle la gracia de empezar a hacer lo que acabamos de decir. Por ejemplo, resulta que una hermana ha hecho algo que no está bien; si quiero que ella tenga paciencia conmigo, yo he de tenerla con ella.
Pues bien, con esta virtud de la tolerancia tiene que estar unida la de la condescendencia. Hijas mías, esto quiere decir: ponerse de acuerdo con el prójimo. – Padre, ¿en qué fundamenta usted esto? – En las palabras del evangelio, ya que todas vuestras reglas están sacadas de lo que dijo Nuestro Señor. Pues bien, se nos dice en el evangelio: «Si tu prójimo quiere que des con él un paso, da diez». Los doctores, al explicar este pasaje, lo refieren a la condescendencia. Por consiguiente, una hermana que hace todo lo que la otra quiere que haga, ¿practica la virtud de la condescendencia? Si, con tal que lo que haga no vaya en contra de Dios ni de sus reglas; porque la condescendencia, por lo que se refiere al pecado, es un vicio y no una virtud. Ponerse de acuerdo con una hermana para ofender a Dios sería una condescendencia mala y diabólica. No es ésa la condescendencia que os enseña vuestra regla, sino cierta flexibilidad de espíritu por la que uno condesciende con los demás en todo lo que no es pecado. Hijas mías, entreguémonos a Dios desde ahora y pidámosle la gracia de practicar bien esta virtud, que consiste en querer todo lo que los demás quieren. Cuando una hermana practica esta virtud, si la otra hermana le dice: «¿Le parece bien que vayamos a tal sitio?», estará de acuerdo con ella. «Hermana, hagamos tal cosa». – «Muy bien, vamos a hacerla». – «¿Le parece bien que vaya a ver a tal enfermo?». – «Vaya usted, hermana». – «¿Le parece bien que lea tal cosa?». – «Creo que será bueno leerla».
Así es, hijas mías, como hay que practicar la virtud de la condescendencia: estando de acuerdo en todo lo que no sea pecado.
Pero, padre, ¿eso es obrar bien? – Hijas mías, no hay nada tan dulce como eso cuando se piensa que, al obrar así, se hace la voluntad de Dios. San Vicente Ferrer dijo una cosa muy importante y que a mí me gusta mucho, que entre las virtudes morales de las que hablaba la que más recomendaba él era la condescendencia, pues – según decía – las personas que se ejercitan en condescender en todas las cosas que no sean pecado y que se muestran dóciles en seguir la voluntad de Dios, tal como se les manifiesta en los demás, llegarán pronto al estado de santidad. Hijas mías, ¡que necias y qué indignas del hábito y del nombre de hijas de la Caridad seríais si no llegarais a la perfección, teniendo en medio tan fácil para ello!
Pero, dirá una hermana sirviente, si uno se hace esas cuentas, ¿para qué se necesita que haya una hermana sirviente? – Propiamente hablando, no sería necesaria si hubierais llegado a ese estado, a no ser que, para el buen orden, se necesita que unas se encarguen de las otras. Si una compañera pide algo que no hay motivos para temer algún mal resultado, entonces le toca a la hermana sirviente ver si tiene que dejar que se haga o no se haga, ya que es ella la que tiene el espíritu de Dios; pues hay que creer que, habiendo sido escogida por los superiores para ejercer ese oficio, tiene el don de gobierno. Por eso la hermana sirviente y los superiores no tienen que condescender en todas las cosas, como cuando hay un bien mayor que llevar a cabo y se les propone que lo abandonen para conseguir otro menor. Pero, fuera de ese caso, la sirviente tiene que condescender en todo lo que no contradice a las reglas ni al gobierno. Si se tratase de una cosa que no hay que hacer, como ya os he dicho, no habría que condescender; pero fuera de ese caso, hijas mías, Dios pide de vosotras y de nosotros que condescendamos en todas las cosas, si eso no va contra el orden. Y es preciso tener en cuenta que los superiores no pueden condescender en todo.
Una de las mayores virtudes que se puede practicar es la condescendencia. ¿No os acordáis de lo que se ha referido de las hermanas difuntas, que la virtud que más os ha impresionado en las que habéis conocido ha sido la condescendencia? Me acuerdo de una, que no nombraré, que tenía esta virtud en tan alto grado que siempre quería lo que sus hermanas querían. Eso es lo que dijisteis de ella y yo no pude oírlo sin que las lágrimas acudieran a mis ojos. Hijas mías, si Dios quisiera concederos la gracia de entrar en la práctica de esta condescendencia y quisiera su divina bondad derramarla en vuestros corazones, ¡cuanto progresaríais en el camino de la virtud! Pero tenéis que entregaros a Dios para ello y tener un alto aprecio de esta virtud, que conduce tan directamente hacia la santidad.
Hijas mías, decidámonos a ello y desde ahora tomemos la resolución de soportar al prójimo y de condescender en todo con él, fuera del pecado. Señor, me entrego a ti para practicar esta virtud de la tolerancia. Muchas veces se lo recomiendo a nuestros padres y también os lo recomiendo a vosotras en todas las ocasiones, puesto que no hay nadie que no tenga necesidad de que lo soporten los demás. Hemos de creer que en efecto son tolerante con nosotros y pedir que no tengan en cuenta nuestras debilidades. Así se lo pido muchas veces a nuestros padres, que me hacen el favor de tener paciencia conmigo, pues no haya nadie que necesite tanto que lo toleren como yo.
El padre Vicente dijo estas palabras con tanta humildad y demostrando tanta confusión que llenó de admiración a todas las que tenían la dicha de escucharle.
Me extraño, siguió diciendo, de que puedan soportar mis prontos, mi mal genio y tantos otros defectos; si, me extraño de cómo pueden soportarme. Por eso se lo suplico y les digo: «Padre, soportadme y no tengáis en cuenta mis miserias». Eso mismo es ‘o que os debéis decir unas a otras: «Hermana, sopórteme, por favor», y decidiros a soportar del mismo modo los defectos de la otra hermana.
Mirad, mis queridas hijas, si llegáis a ese punto, estad seguras de que, con vuestros pobres hábitos y vuestros miserables tocados, las personas que os vean y que traten con vosotras se darán cuenta de que habéis aprendido esta lección en la escuela de Nuestro Señor. Si entráis en esta práctica como es debido, avanzaréis mucho camino en la perfección. Entregaos, pues, a Dios para practicar estas dos hermosas virtudes de la tolerancia y de la condescendencia. ¡Qué hermoso es esto: amar a Dios, hacer la voluntad de la otra hermana por encima de la propia!
El bienaventurado obispo de Ginebra le pedía a Dios la gracia de practicar bien esta virtud y se la recomendaba mucho a sus hijas. Hablándoles de la condescendencia les decía: «Mirad, hijas mías, prefiero hacer mi voluntad en la de los demás que la suya en la mía y más quiero condescender con cien personas que obligar a una sola a que condescienda conmigo». Así pues, ¿en qué virtud se ejercitaba aquel gran santo? Es lógico pensar que se ejercitaba en la condescendencia. Así lo conseguiréis también vosotras, hijas mías, si practicáis lo que os enseña vuestra regla. Obrar así es no tener más voluntad que la de vuestra hermana, es permanecer en la voluntad de Dios y en la de vuestra hermana, pues eso es lo que le agrada a Dios.
Salvador mío, ¿podremos escuchar las ventajas que concede tu divina majestad a los que se ejercitan en la adquisición de las virtudes, sin llenarnos de dolor por haber practicado tan mal esta tolerancia? ¿A la hermana sirviente, cuando su hermana le ha molestado en algo, y a su compañera, cuando la sirviente no le ha concedido lo que deseaba? ¡Salvador mío! ¡Qué pena haber querido someter la voluntad de los demás a la nuestra y haber seguido tantas veces nuestro propio gusto, antes que seguir el del prójimo! ¡Y qué gran motivo para alabar a Dios y para alegrarnos el saber que, si entramos en esta práctica, gozaremos de un paraíso en la tierra! ¿Qué diremos cuando veamos esto? Diremos que son unas almas bienaventuradas, que han empezado ya a vivir el cielo en este mundo.
Ruego a Nuestro Señor que nos conceda la gracia de entrar en la práctica de estas virtudes. Cuando os confeséis, hijas mías, acusaos de no haber sabido tolerar al prójimo y de no haber condescendido en todo lo que podíais condescender. Pues lo que quizás no fuera pecado en otros puede serlo en unas hermanas que desean llevar una vida conforme con la de Nuestro Señor y que deben vivir de su vida. Entregaos a Dios para conformaros todo lo posible con vuestro Esposo mediante la práctica de las virtudes, para que así las hijas puedan guardar su relación con su divino Padre. Os llamáis hijas de la Caridad, esto es, hijas de Dios. Ruego a Nuestro Señor que os conceda la gracia de entrar en esta práctica y, de su parte, pronunciaré sobre vosotras las palabras de la bendición.
Una hermana pidió perdón por las faltas que había cometido contra las virtudes que nuestro venerado padre acababa de recomendarnos. Su caridad le dijo:
¡Bendito sea Dios, hija mía, que le ha dado esta idea de acusarse de las faltas que acaba de acusar! ¡Bendito sea Dios, porque el acto de penitencia que acaba de hacer nos hace esperar que su bondad le ha perdonado ya y le dará la gracia de no volver a caer! De este modo una falta puede servir para nuestro progreso cuando sirve para que nos humillemos.







