(xx.05.58)
Apuntes de lo que nuestro venerado padre les dijo a las hermanas Ana Hardemont y Avoya. la víspera de su partida para ir a Ussel con la señora duquesa de Ventadour, para ver si podían fundar allí las hijas de la Caridad según su Instituto de forma útil para la gloria de Dios y el servicio de los pobres enfermos.
La hermana Ana, habiéndose resentido de la caída que había tenido durante el asedio de Montmédy, adonde las había enviado la reina para atender a los pobres soldados heridos y enfermos, le expuso a su hermana su preocupación, que creímos necesario señalar a nuestro venerado padre. Su caridad le indicó las intenciones de aquella buena señora, que pensó al principio fundar allí un seminario de hermanas, ya que hay allí mucho que trabajar por la ignorancia del pueblo. Y cuando se le expuso la dificultad que había para ello, debido en parte a la escasez de personas que teníamos para emplear en tan gran obra y que no había ninguna fundación de padres de la Misión cerca de aquel lugar, se decidió a poner a nuestras hermanas en el hospital, para ver qué es lo que se podía hacer allí, tanto con los pobres enfermos que se reciben, como para ver si se podía atender a los demás enfermos de la ciudad. Y como la hermana siguiera con la preocupación de que el trabajo fuera superior a sus fuerzas, su caridad le aseguró lo contrario, haciéndole ver que, si iban allá y se necesitaba una tercera hermana, la enviaría enseguida y diciéndole que la citada señora le había prometido no dejarlas en aquel lugar sin informarse antes de todo lo que esperaban de ellas; y les ordenó además que no se comprometieran a nada sin haberle avisado antes de todo; ellas prometieron hacerlo así al pie de la letra.
Así pues, hijas mías, quedad en paz y entregaos a la divina Providencia para una tarea tan santa. Sí, hijas mías, vuestra ocupación es muy importante y, si hubiera alguna otra cosa más excelente, la habría escogido el Hijo de Dios para sí, para dejarnos su ejemplo y proporcionarnos los medios de aplicarnos los méritos de su muerte por medio de las buenas obras. Os diré, hijas mías, que la gente de aquel país es muy buena, dócil y muy inclinada al bien, pero que se encuentra en la mayor ignorancia que puede concebirse; y en eso habrá de consistir vuestra ocupación, ya que se trata de hacer todo lo posible para que conozcan y amen a Dios. ¿Hay algo mayor que eso? ¡Dar a conocer la grandeza de Dios, su bondad, el amor que tiene a las criaturas, y eso enseñándoles los misterios de la fe y partir de ese conocimiento para llevarlos a su amor! ¿Hay algo más grande que eso? ¡Qué felices seréis, hijas mías, si con vuestras sencillas enseñanzas, al servir a vuestros enfermos, podéis contribuir a la salvación de algún alma! Hijas mías, no hay que dirigirse de inmediato a los enfermos, ni a los padres ni a las madres, sino preguntar a los niños en su presencia, enseñándoles con claridad los principales misterios de la fe. Vuestro mayor interés ha de ser el de dar a conocer a Dios, mediante el servicio espiritual que habéis de hacer a los pobres, sirviéndoles corporalmente, lo mismo que para nosotros lo principal es la instrucción y luego el servicio a los pobres enfermos. Por consiguiente, hijas mías, lo que habéis de hacer es no emprender nada que no esté en conformidad con vuestras tareas ordinarias. Si os propusieran alguna otra cosa, pedid que dejen su ejecución hasta que vuestros superiores os hayan dicho lo que debáis hacer.







