(09.12.57)
(Reglas comunes, art. 24, 25, 26 Y 27)
Hijas mías, he aquí el artículo 24 de vuestra regla, que vamos a explicar hoy. Empieza de este modo: «Aunque los continuos trabajos de las hijas de la Caridad no les permitan hacer muchas penitencias y austeridades corporales, con todo podrán alguna vez practicar algunas, con licencia de la superiora en cosas ordinarias, y con la del director en las extraordinarias, etcétera».
Hijas mías, la regla 24, que acabamos de leer, os dice que, aunque vuestra vida sea dura y haya mucho que sufrir en ella, tanto por el género de vida que lleváis como por parte de los pobres a los que tenéis que servir, esto no impide sin embargo que tengáis que acudir a veces a mortificaciones exteriores. Pues bien, las mortificaciones exteriores, hijas mías, consisten en todas esas cosas que resultan molestas para el cuerpo y que son otros tantos medios para mortificarse; por ejemplo, dormir sobre tablas, llevar cilicio, tomar la disciplina y todo lo demás que puede hacer daño al cuerpo, y que todos los cristianos tienen que hacer cada uno según sus necesidades.
El bienaventurado obispo de Ginebra era el hombre más complaciente y amable del mundo, pues recibía todos los consejos que se le daban; sin embargo ordenó a las hijas de Santa María que tomasen juntas la disciplina todos los viernes, y él mismo así lo practicaba. Todavía pueden verse las disciplinas que él usaba todas llenas de sangre. Los mismos reyes, que son temerosos de Dios, no creen estar dispensados de la disciplina, aunque sean reyes. El emperador Carlos, bisabuelo de nuestra reina, a la que Dios conserve, tomaba la disciplina; y todavía se ve uno de los cilicios que usaba en el tesoro de España, guardado como una pieza rara. Aquel emperador acudía a estas mortificaciones porque se juzgaba pecador y creía que los pecados nos hacen deudores de la justicia divina. Por eso se creía obligado a castigarse mismo para no serlo en el otro mundo.
San Pablo dice a este propósito: «Si nos hacemos justicia a nosotros mismos, Dios no nos la hará»; esto es, si nos castigamos a nosotros mismos, no seremos castigados por Dios; pues hay que satisfacer a la justicia divina en este mundo o en el otro.
Se dice que el justo cae siete veces al día. Por eso mismo todas las personas virtuosas que viven todavía en la tierra tienen que entregarse a Dios para tomar justicia de sí mismas. Si lo hacen, la sagrada Escritura dice que Dios no castiga nunca dos veces; si no lo hacemos, Dios lo hará por sí mismo. ¡Salvador mío! ¡Con cuánto rigor serán castigados aquellos que prefieren aguardar a hacer penitencia en el otro mundo en lugar de éste! Porque mirad, hijas mías, es cierto, y nos lo demuestran las sagradas Escrituras, que si no mortificamos nuestra carne con ayunos, oraciones u otras penitencias que se nos ordenan, es cierto que moriremos. Es san Pablo el que lo dice: «Si no castigáis vuestros cuerpos, si no hacéis penitencia y no os mortificáis, moriréis». Y no habla de esta muerte corporal, sino de la muerte eterna.
Padre, ¿qué nos dice usted? ¿Se condenará uno por no hacer penitencia? – Hijas mías, os lo aseguro: si una persona se entrega a sus placeres, a la búsqueda del honor y de sus satisfacciones, irá cayendo en una falta tras otra, hasta perecer finalmente. Hijas mías, bajemos la cabeza ante Dios y condenémonos; confesemos que, si no nos mortificamos, moriremos. Esto no se entiende de la muerte natural, sino de la muerte eterna. Que cada una diga ahora en su interior: es preciso que me mortifique; y de esta manera nos condenaremos a nosotros mismos y purgaremos nuestros pecados. ¿No queréis hacerlo así dado que nos lo dice san Pablo y que lo hizo el mismo Hijo de Dios? El vivía continuamente en la oración y en la mortificación, no ya en cuanto a la voluntad, pues era dueño absoluto y soberano de todas las cosas, sino en cuanto a la mortificación de los sentidos, llevando siempre sobre sí las señales del penitente. Esto le obligaba a decir a san Pablo: «Yo llevo continuamente en mi cuerpo las señales de la mortificación de Jesucristo» (4). Así pues, una de dos: o hacer penitencia o arrastrarse siempre en medio de imperfecciones, sin parecerse en nada a Nuestro Señor. Cuando uno está hecho de ese modo, se entretiene en cosas frívolas, en pensamientos vulgares. Esto es lo que se llama falta de mortificación interior. Hijas mías, mirad a las que se mortifican como es debido: ¡qué lejos están en eso! No tienen más pensamiento que el de entregarse a Nuestro Señor, sin vacilar en lo más mínimo, porque creen que, si hay algo que les cuesta, es eso un medio para unirse con Nuestro Señor mediante la práctica de actos de justicia.
Me dirá alguna: «Padre, ¡si tenemos que subir a pisos muy altos y además bien cargadas!» – Hermanas mías, se cuenta de la señora princesa que, yendo un día a visitar a los enfermos, tuvo que subir un día ochenta escalones y, al regresar, su ropa estaba tan salpicada de barro que sus criados estaban extrañados.
¿Qué creéis que era lo que le obligaba a esto? Es que se había dado cuenta de que era preciso hacer penitencia.
La vida del Hijo de Dios no nos predica otra cosa. Mientras estuvo en la tierra, practicó continuamente la penitencia en la bebida, en la comida, en el vestido, en el dormir y en todas las cosas. Pues bien, son esos los actos de penitencia que tenéis que hacer si queréis ser verdaderas hijas de la Caridad e hijas del padre de penitencia, que es Nuestro Señor. Podéis a veces ofrecer en medio de vuestras fatigas todos vuestros esfuerzos a Nuestro Señor con espíritu de penitencia. Por ejemplo, cuando os cueste mucho ir a servir a los enfermos en medio del frío o cuando arrecia el calor, ofrecedle esto a Dios para satisfacer por vuestros pecados. Esto es una buena penitencia, hijas mías.
Esto es lo que se refiere al ejercicio de esta regla en cuanto a lo exterior. Pero hay penitencia o mortificación exterior e interior. Acabamos de hablar de la primera. Nos queda por ver qué es la mortificación interior. Hijas mías, esta mortificación se refiere a las pasiones, a los sentidos interiores y también a los exteriores; y estas mortificaciones son las principales. Pues bien, esta mortificación interior tiene que comenzar por el amor, pues ésta es la primera pasión. Hay once pasiones, pero el amor ocupa el primer lugar. Por ejemplo, unas veces se estimará a una parroquia, a unas hermanas a ciertos ejercicios más que a otros. Cuando sintáis alguna inclinación por esas cosas, eso es amor.
Pero ¡cómo!, dirá alguna, ¿será siempre condenable el amor en esos casos? – Mirad, hay que saber que todo lo que nos apega a las criaturas en contra del amor de Dios es pecado; por ejemplo, Si nos apegamos a esta ropa, a esta cama, a esta parroquia o a esta hermana, todo eso merece mortificación, aunque la cosa parezca pequeña; y si no nos esforzamos en despegarnos de ello, aunque estemos en gracia de Dios, corremos el peligro de caer en pecados graves, pues el que se descuida en las cosas pequeñas caerá fácilmente en las grandes.
Conocí a una señora que sólo sentía afecto hacia un perro, y lo quería apasionadamente. Murió el perro en cierta ocasión en que yo estaba viajando con ella. Empezó a gritar y suspirar por haber perdido a su perro. Decía: «¿Quién vendrá a acariciarme cuando vuelva a casa, si ha muerto mi perro, que tanto me quería?». ¡Pobre criatura! ¡No hacía más que suspirar en su carroza! ¿Y por qué? Por un perro. Estaba tan afligida que creía que se iba a volver loca, y los médicos tuvieron que aconsejarle que emprendiera un viaje expresamente para distraerse. ¡Salvador mío! Si el amor a una criatura ruin hace todo esto, ¿en qué peligro estaremos nosotros? Hijas mías, procuremos mortificar esta pasión; y apenas sintamos que tenemos afecto a alguna cosa, inmediatamente hemos de mortificarnos en ella. Si lo hacéis, ese amor que le tenéis a esa hermana o a ese sitio volverá a su cauce y, al no tener ya afecto a las cosas, no pensaréis más que en Dios, en adquirir el amor de Dios y en dirigir todo vuestro amor a Dios. Porque, mirad, el amor de Dios es incompatible con el de las criaturas, cuando es desordenado. Os entretenéis en el afecto a una persona; continuamente estáis pensando en ella, tanto si está ausente como presente; dirigís vuestro afecto a esa criatura y abandonáis al creador. Hijas mías, apenas sintáis afecto a cualquier cosa, inmediatamente tenéis que buscar los medios para mortificarlo. Decídselo al superior, id a la señorita y decidle: «Creo que es mi obligación decirle que me siento llevada por el afecto a tal cosa; aconséjeme lo que he de hacer para eso».
Está la pasión del odio, que lleva a odiar este lugar, a ciertas hermanas o a un cargo que no me va. Apenas nos sintamos arrastrados por esta pasión, también hemos de mortificarla; porque tolerar esta disposición en nosotros es tolerar al demonio, que irá atormentando continuamente nuestro espíritu. Por ejemplo, una hermana que empieza a pensar en su interior: «Me envían a tal sitio, pero yo trabajaría mejor en tal otro, donde las damas se portan muy bien con las hermanas; me obligan a hacer tal cosa, pero yo haría mucho mejor tal otra». De este modo mira con antipatía ese lugar y ese cargo, porque no es de su gusto. Hijas mías, no conozco ningún estado tan digno de lástima como el de desear ocupaciones más importantes que las que se tienen. Si hubiera alguna entre vosotras que aspirase a cargos más elevados, por ejemplo, el de superiora, os aseguro que esa hermana está en estado de perdición, porque es el espíritu de orgullo el que le hace desear estar más elevada; es el diablo el que la inclina a eso, pues siempre que uno piensa en honores está detrás el demonio empujándole a ello. Por el contrario, el espíritu de Nuestro Señor busca siempre el rebajamiento. Así pues, hijas mías, tened en cuenta que lo propio del diablo es incitar a elevarse, mientras que lo propio del Hijo de Dios es incitar a humillarse. Por eso, todo el que sienta en su interior la disposición a no desear cargos ni empleos que ofrezcan ocasión de estima, es movido a ello por el espíritu de Jesucristo; y quien sienta lo contrario, tiene que temer el espíritu del diablo. Pudiera ser, hijas mías, que algunas de vosotras esté atormentada por este espíritu del demonio. Si es así, tened miedo y pedidle a Dios que os dé el espíritu de Nuestro Señor, del que es propio hacernos desear ser siempre los últimos, mientras que lo propio del diablo es hacernos buscar ser los primeros.
También hay que mortificar la desconfianza, que hace que uno no se atreva a esperar que logrará dominarse en alguna cosa, no conseguir la victoria, por culpa de la experiencia que tiene de su debilidad.
También hay que mortificar la esperanza, cuando nos mueve a esperar algunas ventajas de las criaturas. ¡Salvador mío! Poner la esperanza en las criaturas. Hijas mías, hay que tener mucha confianza en Dios; pero hay que desconfiar de toda esperanza que se apoye en las criaturas.
Esto en lo que se refiere a las pasiones; veamos cómo hay que mortificar los sentidos exteriores.
En primer lugar, hay que mortificar la vista, no mirando las cosas que pueden incitar a ofender a Dios. Y cuando nos gusta ver alguna cosa, aunque sea lícita, pero no necesaria, hay que decirle a los ojos: «No miréis eso». Yo tengo que dar gracias a Dios; pidámosle también a la Santísima Virgen que nos ayude a agradecerle el que haya puesto en vosotras tanta modestia. Seguid con esta práctica, hijas mías. Tengo que exponeros lo malo, pero también es preciso que os hable de lo bueno. Cuando me he encontrado con algunas de vosotras por la ciudad, siempre las he visto modestas, a unas más y a otras menos. Solamente ha habido dos que me han desedificado. Mirad, tengo que reconocer lo bueno, pero también creo que es mi obligación exponeros vuestras faltas.
Hay que hacer lo siguiente. Sobre todo, imitad a las que más se distinguen en la mortificación. Está además la mortificación de los oídos, del olfato, del gusto, del tacto, la mortificación del entendimiento, evitando la curiosidad por saber cómo se portan la superiora y las oficialas en el gobierno de la casa. Hay que mortificar esas ganas de juzgar a los superiores. Os lo dije últimamente y os lo repito. No hay que juzgar nunca de lo que ordenan los superiores. Cuando los inferiores se entretienen en examinar las órdenes de los superiores, comente una gran falta, y no sé de ninguna otra que sea más perjudicial. Ante todo es menester que obedezca el entendimiento, sometiéndose a lo que se ordena, como bien ordenado, y sobre todo obedecer tal como se ha ordenado y propuesto una cosa. Cuando la hermana sirviente dice alguna cosa, hay que hacerla tal como lo ha dicho; cuando la superiora dé alguna orden, creer que está bien ordenado y ejecutarlo de la manera que ella quiere. Así es como hay que someterse a las órdenes de los superiores. Cuando se trata de una hermana oficiala, la hermana tiene que hacer lo que le ha dicho; si es la superiora, toda la comunidad tiene que someterse a su juicio. Y si hubiera alguna pobre hermana tan desprovista de juicio que quisiera ver si la superiora tiene razón en ordenar tal cosa, hijas mías, sería una gran locura imaginarse que uno puede ordenar mejor que aquellos que han sido llamados por Dios para ello, sobre todo en una Compañía de hijas de la Caridad, que tiene que ser una Compañía de obediencia y de humildad. Así pues, hijas mías, entreguémonos a Dios de corazón para practicarlo así. La naturaleza seguramente gruñirá. Pero, cuanto os vengan ganas de criticar algunas órdenes de los superiores, apagadlas cuanto antes.
También hay que mortificar la voluntad, no digo solamente en cuanto que nos inclina al mal, sino incluso en las cosas buenas y de devoción, por ejemplo, si uno siente cierto apego a rezar este oficio o tal otra oración. Es menester que las hijas de la Caridad estén dispuestas a mortificarse en todas estas cosas necesarias.
Mortificar la lengua, ¡ay!; es una de las cosas principales que hay que mortificar. Hay un santo, que me parece que es Santiago, que dice que una persona que no refrena su lengua, no tiene religión. Ya veis lo que la regla dice: «Se persuadirán que las mortificaciones exteriores sirven de poco, si no van acompañadas de las interiores, que consiste en rehusar a los sentidos las satisfacciones que pretendan, y sobre todo en refrenar la lengua». Por eso, una hija de la Caridad que no mortifica su lengua, no es hija de la Caridad.
Esto es, mis queridas hijas, lo que os enseña la regla. Al principio esto dará miedo, sobre todo a las almas que son un poco tiernas. ¡Cómo!, dirán, ¡mortificarse siempre! Pero acordaos de que el ejercicio no es tan duro como parece y que hay más consuelo que pena para aquellos que se ejercitan en esto. Sí, una de las mayores satisfacciones que pueden tener esas almas, es cuando se han mortificado. Gozan entonces de un consuelo increíble. Hijas mías, probadlo; gustate et videte, decía David (8); gustad y veréis lo dulce que es mortificarse cuando uno piensa que, por este medio, está agradando a Dios.
Me parece que os he dicho lo que en cierta ocasión me dijo un religioso de una orden muy austera: «Les decía a mis hermanos hemos venido aquí a mortificarnos, pero esto ya no nos cuesta nada; al contrario, encontramos gusto en las mortificaciones». ¿Cómo puede ser esto? Hijas mías, esta mortificación o privación que aceptáis no está sola; va acompañada del deseo de agradar a Dios; y cuando este acto se hace por amor de Dios, atrae sus caricias y las llena de un consuelo mucho mayor que aquel del que se han privado. Y de esta forma las mortificaciones ya no les parecen costosas. ¿Creéis que puede haber algún consuelo mayor que el de pensar que se hace alguna cosa que agrada a Dios? Entonces se siente un gozo y un consuelo tan grande que no hay nada semejante a él. ¿No es verdad, hijas mías? Las que así lo practican pueden dar testimonio de lo que digo; las que no, tendrán que empezar a practicarlo para poder sentirlo.
Pasemos a la regla 25; dice lo siguiente: «No escribirán ni recibirán cartas sin permiso de la superiora, en cuyas manos pondrán las que hubieren escrito, para que las remita o retenga, según bien le pareciere».
Esto quiere decir, hijas mías, que las hijas de la Caridad no pueden ni deben escribir ni recibir cartas de nadie sin enseñárselas a la superiora. Es lo que practicamos también en nuestras casas. Hay algunos que guardan las cartas durante dos o tres días sin leerlas, hasta que me las han enseñado. Y nadie escribe sin permiso y sin mostrarme sus cartas. Y no solamente lo hacemos nosotros, sino que es práctica común de todas las comunidades y congregaciones ya que, para gobernar bien una casa, es necesario que el superior lo sepa todo. Y así se hace en todas partes: los cartujos, los jesuitas, las hijas de Santa María y en todas las órdenes religiosas. Por eso mismo es justo que se observe esta regla.
Así pues, si queréis escribir, pedidle primero permiso a la superiora, pues no hay que hacerlo nunca sin pedírselo.
Esto no impide sin embargo que sea posible escribir a los superiores sin enseñar las cartas. Por ejemplo, los que desean escribirme de nuestras casas pueden hacerlo sin estar obligados a enseñar sus cartas a los superiores del lugar donde están, los cuales tienen la obligación de enviarme todas las que se les entreguen sin leerlas, aunque no hayan sido cerradas. ¿No es justo, hijas mías, que los que están bajo la dirección de un superior tengan permiso para escribirle con toda libertad, puesto que es de ellos de quienes creen recibir algún consuelo y ayuda con sus consejos? De ahí que todos los que quieran escribir no solamente a los superiores de su orden, sino incluso al papa, pueden hacerlo sin enseñar sus cartas al superior general de su orden y sin pedirle permiso a nadie.
Regla 26: «Contribuyendo tanto la sobriedad y el buen orden en el comer a la salud del alma y del cuerpo, procurarán conformarse en esto al reglamento que se observa en la casa de la superiora, etcétera».
Quiere esto decir, hijas mías, que tenéis que procurar alimentaros de la misma manera que aquí. Es una comida semejante a la de los pobres. Y por eso tenéis que juzgaros dichosas de tener unas reglas que os obligan no solamente a servir a los pobres, sino también a pareceros a ellos en lo que coméis. Por consiguiente, tenéis que acostumbraros en cuanto a la bebida y la comida con lo que aquí se usa, tanto en la cantidad como en la calidad, y en las horas y lugares destinados para comer. Así se podrán remediar muchos abusos e inconvenientes que surgirían si obraseis de otro modo. No podría deciros, hijas mías, los daños que provienen de la falta de templanza en la bebida y en la comida, sobre todo en las personas que no cumplen con los votos que han hecho. No hago bien en hablar de mí mismo y en ponerme como ejemplo de la Compañía; pero os diré que en casa no tomo más carne, de ordinario, que de buey o de cordero.
Regla 27: «No saldrán nunca de casa sin permiso de la superiora, a la que habrán de decir adónde van y por qué».
Hijas mías, por esta regla podéis ver cómo no hay que salir de esta casa, las que estáis aquí, sin permiso de la superiora; y las de fuera, que nunca salga una hermana sin decirle a la hermana sirviente: «¿Le parece bien que vaya a tal parte?», o bien: «Hermana, ¿les parece bien que vaya a llevar esto a los pobres?». Y la hermana sirviente, para obrar bien, convendrá que le diga cordialmente a la otra hermana antes de salir: «Hermana, voy a tal sitio». Y tanto unas como otras, al volver, dad cuenta de lo que habéis hecho. El Hijo de Dios les decía a sus discípulos: «Si alguno de vosotros quiere ser el primero, es menester que se haga el menor» (9). Esto es lo que tienen que hacer tanto las hermanas sirvientes como sus compañeras. Y como esto está suficientemente claro, nos quedaremos aquí.
Estas son vuestras reglas, hijas mías; esto es lo que Nuestro Señor pide de vosotras y de toda la Compañía de hijas de la Caridad. Si lo hacéis así, Salvador mío, ¡qué Compañía seréis! ¿Veremos algo mejor que la Compañía de la Caridad? Las que practiquen las reglas darán mucho fruto con sus instrucciones y sus ejemplos. ¡Cómo! Una hermana que hace todo lo que puede para poner su corazón en disposición de unirse al de Nuestro Señor, y que desea hacer todo lo que se requiere para vivir como verdadera hija de la Caridad, ¡cuántas bendiciones puede esperar de Dios!, ¿Para cuántas cosas creéis que se servirá de esta Compañía, si guardáis bien vuestras reglas? ¡Pero cuánto habéis de temer, si os relajáis! ¡Salvador mío! ¡Qué culpable sería aquella que, una vez informada de lo que Dios pide de ella, se porta mal y falta a sus obligaciones! ¡Cuánto miedo ha de tener, si no persevera!
Mis queridas hermanas, si hay algo que Dios se complace en mirar, es la observancia de las reglas; porque están compuestas por su espíritu, en el que han bebido los superiores; esto hace que, si cumplís la voluntad de Dios, que mira todo esto con complacencia y os concede nuevas gracias, podéis estar seguras de que todo el bien que cae sobre la Compañía procede y dimana de la observancia de vuestras reglas. Mirad, hijas mías, hay almas que opinan que, si Dios pudiera recibir algún honor y placer distinto del que recibe de sí mismo, sería al ver esas almas que se complacen en vivir según la observancia de sus reglas. No hay nada que le agrade tanto, pues recibe todo su placer de las almas que se han entregado a él para servirle. Es lo que vemos en el evangelio; porque, si el cielo se alegra por un pecador que hace penitencia (10), ¡cuánto más hemos de creer que Dios se regocija al ver a sus hijas y esposas ocupándose en complacerle mediante la observancia de sus reglas! Esto aumentaría la gloria que tiene, si pudiera ser mayor. Pero él se complace infinitamente en sí mismo y es imposible añadir nada a la gloria y a la felicidad que recibe de sí mismo. Por eso lo que recibe de nosotros, es para tener motivos de hacernos bien.
Mis queridas hermanas, que las hijas de la Caridad se entreguen a Dios para observar bien sus reglas, ya que es ése el mayor gozo que pueden proporcionar a su bondad. No solamente se complace Dios en ver el servicio que le rendís, sino que se lo hace ver a los ángeles y a los bienaventurados. ¡Salvador de nuestras almas! ¡Qué consuelo saber que Dios se agrada en lo que hacemos! ¡Cuánto hemos de amar nuestra vocación, al saber que las obras que hacéis son agradables a los ojos de Dios!
Mis queridas hermanas, por todas estas consideraciones decidíos a servir a vuestros enfermos con toda la perfección posible. ¡Qué dicha no tener más propósito que el de agradar a Dios, despreciando todas las comodidades que pudierais tener y estimando como nada todo lo que el mundo aprecia, como hacen las hijas de la Caridad! Continuad así, hijas mías, y obrad de forma que vuestra Compañía vaya creciendo y perfeccionándose cada vez más en la gracia de Dios y haciendo cada vez mayores servicios a Nuestro Señor mediante la observancia de las reglas. Ruego a su divina bondad que acepte el servicio que hacéis a los pobres, que quiera recibirlo como hecho a él mismo, y le doy gracias a Dios con toda la amplitud de mi afecto por tantas bendiciones como os da en el servicio que hacéis tanto a los cuerpos como a las almas de los pobres enfermos. Señor, bendícelas siempre en todo cuanto hagan. Así se lo suplico, hijas mías; y le ruego que ilumine vuestros espíritus para haceros ver la importancia que tiene el que las hijas de la Caridad observen fielmente sus reglas. Mirad, si lo hacéis, no se necesita nada más para ser santas. Y os lo he dicho otras veces: el papa Clemente VIII no pedía más que esto para canonizar a una persona.
¡Salvador de nuestras almas! Tú has prescrito estas reglas desde toda la eternidad: que el Padre engendre al Hijo y que el Hijo produzca al Espíritu Santo, ésa es su regla. Mis queridas hermanas, ruego a Nuestro Señor que aumente la estima en que tenéis a vuestras reglas, para que viváis en su observancia. Le pido que os conceda la gracia de guardar debidamente vuestras santas reglas, sin faltar nunca en nada. Si lo hacéis, él os dirá como a Moisés: «os bendeciré al salir, os bendeciré al volver; en una palabra, os bendeciré en todo». Lo mismo os digo: si guardáis vuestras reglas, recibiréis la bendición de Dios en vuestras almas, en vuestros cuerpos, una continua bendición en esta vida y finalmente, en la otra, el paraíso.







