Vicente de Paúl, Conferencia 089: Conferencia Del 27 De Abril De 1657

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:

SOBRE LAS VIRTUDES DEL HERMANO JOURDAIN

Vida del hermano Jourdain, su carácter y sus virtudes. Práctica de la humildad y medios para no desanimarse en las tentaciones.

La conferencia trataba de la muerte de nuestro difunto hermano Juan Jourdain, el primer hermano coadjutor y el más antiguo de la compañía, que falleció el día de san Marcos, 25 de abril, hacia las seis de la tarde. El padre Vicente, tomando la palabra después de que hablaron cuatro de nuestros hermanos coadjutores, dijo lo siguiente:

¡Bendito sea Dios por todo lo que se acaba de decir! Nuestro buen difunto, el hermano Jourdain, era natural de un sitio que está a diez o doce leguas de aquí (1), de padres aldeanos. Su primera ocupación consistió en ser maestro de su pueblo, enseñando a los niños tan pronto como fue capaz de ello. Después, al cabo de algún tiempo, vino a París. Estando en París, encontró la manera de entrar en casa de la difunta señora marquesa de Maignelay, donde tuvo dos oficios: el de caballerizo y el de mayordomo, encargado de cuidar la casa. Eran tiempos de esplendor en casa de la señora de Maignelay. Luego estuvo sirviendo en casa de un buen eclesiástico muy rico, que se había ordenado de sacerdote por pura piedad y que vivía cerca de NotreDame; no sé si esto fue antes o después de entrar en casa de la señora de Maignelay. Sea lo que fuere, donde yo empecé a conocerle fue en casa de la mencionada señora marquesa, hace más de cuarenta años; me acuerdo de que éramos los dos de la misma edad. Luego, pidió que se le recibiera en la compañía, unos tres o cuatro años después de que ésta se reunió y empezó a vivir en comunidad. Se le admitió. Se le puso al principio en la cocina y luego se le llevaba a las misiones, más tarde se le encargó de la despensa y de comprar todo lo que se necesitaba; de esta forma se dedicó a las ocupaciones propias de los hermanos coadjutores.

Era un poco impulsivo y violento; pero, como se ha dicho muy bien, reparaba esta manera suya de ser pidiéndoles perdón a aquellos con los que se había portado bruscamente y había podido ofender; los abrazaba, y esto lo hacía con mucho cariño de corazón, pues también ocurría que se enternecía fácilmente; cuando yo le reprendía algunas veces por su genio pronto y porque se metía algunas veces a reprender a los demás, a corregirles de una manera un tanto agria y a destiempo, él aceptaba gustoso la penitencia que de vez en cuando le imponía, llegándole incluso a prohibir en cierta ocasión que no se metiese a reprender o a corregir a nadie. El lo recibía bien todo esto; caía fácilmente de nuevo en las mismas faltas, pero recibía muy bien las amonestaciones que se le hacían. Y a veces venía a verme en privado y me decía: «¡Ay, padre, por amor de Dios, sopórteme, sopórteme, por favor!».

Entonces el padre Vicente dio un suspiro y dijo, hablando de sí mismo: ¡Ay, miserable de mí, le reprendía yo, que tengo tanta necesidad como él, o mucho más que él, de ser reprendido! ¡Ojalá Dios me conceda su misericordia! Sin embargo, a pesar de todo esto, Dios le ha concedido la gracia de perseverar hasta el fin en la compañía.

La virtud que sobresalía en él, como ya se ha dicho, era la gran cordialidad que demostraba con todos los de la compañía, abrazando y besando a cuantos se le acercaban. Cuando fui a verle el mismo día en que murió, me dijo:

«¡Ay, padre, voy a abrazarle por última vez!».

Se ha hablado ya de la enfermedad que le sobrevino en las piernas y que le ha dado muchos motivos para ejercitar la paciencia, de forma que acabó sufriendo el curso de su vida. En fin, padres, tal es el fin que corona la obra; y ha tenido la dicha de haber sido en cierto modo semejante a nuestro Señor Jesucristo, que acabó su vida sufriendo por todo el mundo en el árbol de la cruz. No, padres y hermanos míos, no nos extrañemos de ver en ciertas personas algunos defectos, ya que Dios lo permite así por fines que no conocemos.

¿Pero qué digo? Dios se sirve incluso de los pecados para la justificación de una persona; sí, los pecados entran en el orden de nuestra predestinación, y Dios obtiene de allí que hagamos actos de penitencia, de humildad, sí, padres, de humildad, que es la virtud propia de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Decidme; las rosas, por ejemplo, llevan consigo espinas, y nunca ha habido rosas sin espinas. Los defectos que permite Dios en algunas personas, en unas más y en otras menos, sirven como de cenizas para ocultar las virtudes que se encuentran en esas personas y hacen que, al verse defectuosas, se mantengan en la humildad y el rebajamiento de sí mismas. ¿Y quién no está sujeto a algunos defectos, si los santos mismos los han tenido y solamente el Hijo de Dios y la santísima Virgen han estado exentos de ellos? Los apóstoles recibieron su enseñanza en la escuela de Jesucristo y de sus propios labios; pero sabéis muy bien lo que pasó con ellos: pequeñas rivalidades, faltas de fe; de forma que en el mismo instante en que el Hijo de Dios subía a los cielos, tuvo que reprenderles por su incredulidad. Yo he conocido a un santo que hacía milagros; pero sentía tales tentaciones de impureza que, cuando se veía obligado a marchar durante algunos días por el campo, al despedirse de su director, le decía: «Padre mío, me siento tan horriblemente atacado por las tentaciones deshonestas que no sé si, cuando regrese, seré puro; me temo mucho que no». Sin embargo, Dios permitía esto en una persona de la que quería hacer un santo; y puesto que Dios quería hacer de él un santo, mientras que él, por su parte, era un hombre a quien gustaban las comodidades, hacer su voluntad, distinguirse de los demás, y todas estas cosas le apartaban de lo que Dios deseaba de él, por eso Dios permitía que cayera en algunas faltas que le humillasen y le hiciesen reconocer su propia naturaleza.

Un día, estando con el padre…, jesuita (él estaba también), charlando juntos, empezamos a hablar de una persona que, en cualquier lugar y compañía en que estuviera, siempre defendía el honor de todo el mundo y de aquellas personas de las que solía hablarse mal; sin embargo, era muy impulsiva y muy propensa a la cólera; pero se humillaba enseguida, apenas se daba cuenta de haber caído en algún enfado, y se echaba a los pies de las personas a quienes había ofendido, aunque fuesen las camareras o los mismos criados. Y santa Paula, a pesar de que era muy santa, tenía sin embargo un genio muy vivo y bastantes imperfecciones, hasta llegar a estar enfadada con san Jerónimo. Un día, el mismo san Jerónimo, creyéndola digna de reprensión y no atreviéndose a amonestarla él directamente (era a propósito de sus excesivas mortificaciones), le pidió a un obispo que la reprendiera por ello. Aquel buen obispo, con toda su buena voluntad, empezó a reprenderla; ella, sin embargo, dejándose llevar por un movimiento de cólera, sin esperar a que acabase, le dijo: «Ha sido Jerónimo el que se lo ha dicho; ha sido Jerónimo el que se lo ha dicho». Sin embargo, es una santa, y una gran santa, que estuvo sujeta a aquellos defectos: pues es cierto que nadie está libre de imperfecciones, permitiéndolo Dios así para humillarnos y para hacernos practicar actos de virtud. En uno permite la cólera; en otro, la gula; en el de más allá, la impureza; y todo esto se supera, con la gracia de Dios.

De hecho, todos los que aquí estamos, ¿cómo éramos antes de entrar aquí? ¿Cómo habíamos vivido? ¡Ay! ¡Tengo que hablar de mí, miserable, que soy el escándalo de todo el mundo, y no solamente de vosotros! La verdad es que cada uno sabe la vida que ha llevado; y ahora, por la misericordia de Dios, ya no está en aquella situación, se ha recuperado. No es que ahora no surjan por una parte y por otra pequeñas faltas, pero esto no es nada en comparación con lo que éramos antes.

Pero, padre, me diréis, yo siempre vuelvo a caer en lo mismo; esto hace que tenga miedo de no amar a Dios, porque, si lo amase, no recaería con tanta frecuencia. Cae usted; bien, hay que levantarse enseguida y humillarse mucho. Dice usted que no ama a Dios; dígame, ¿verdad que quiere usted amarle? Sí, padre Entonces le ama ya, dice san Agustín, porque sólo se desea lo que se ama. Pero lo que tiene que temer usted, son los pecados de la inteligencia, quiero decir los pecados del entendimiento, porque de ellos no se recupera uno más que muy raras veces y casi nunca; ésas son las faltas más peligrosas; y vais a verlo por lo que voy a deciros.

Conozco a dos personas que durante bastante tiempo estuvieron viviendo como santos, dando muchas limosnas a los pobres; se dejaron llevar por ciertas opiniones nuevas que se pusieron de moda y se aferraron a ellas con todo su espíritu y su pobre cabeza de tal modo que hasta el presente no ha habido manera de apartarlas de allí, por muchas razones que se les hayan presentado en contra. Son incapaces de salir de ese estado, a pesar de lo que se les diga; ya veis qué estado tan horrible; os confieso que no he visto jamás ninguna cosa que me haya dado a conocer mejor al vivo la imagen del infierno que ese estado. ¡Qué situación tan deplorable y desgraciada! ¡Empeñarse en creer más a su pobre cabecita, a sus falsos juicios, que someterse a lo que ha sido ordenado por el papa! Lo repito una vez más, no he visto nunca nada en toda mi vida que me haya dado a conocer mejor que esto lo que es el infierno, a no ser una vez que vi lo que le pasaba a una persona, que padecía cierto humor negro y que en esas ocasiones era como un demonio, como el espíritu de un demonio, aunque luego pudo salir de esa situación, por la gracia de Dios, aunque hubo que hacer muchas oraciones a Dios y peregrinaciones.

Los medios para evitar que caigamos en esta desgracia son la humildad y la sumisión de nuestro juicio. ¡Ojalá Dios quiera conceder a nuestra pequeña compañía la gracia de tender siempre a eso, al desprecio de sí misma, a la santa humildad, que es la virtud propia de nuestro Señor! Fijaos, padres y hermanos míos, me gustaría que esta compañía en general y cada uno de vosotros en particular tendiesen siempre a la santa humildad, buscando los medios para conseguirla y no dejando que pasase ninguna ocasión sin hacer actos de la misma. ¡Dios mío, quiera tu bondad conceder a esta compañía la gracia de darle este espíritu, el espíritu de la santa humildad, que es la virtud propia de tu Hijo muy amado! Pidámosle esta gracia a su divina Majestad en nuestras oraciones, en nuestras plegarias, cuando vamos de un sitio a otro; en fin, que nunca nos cansemos de pedírsela.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *