Vicente de Paúl, Conferencia 088: Sobre la obediencia

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(02.12.57)

(Reglas comunes, arts. 20, 21, 22 y 23)

Hijas mías, hemos explicado hasta ahora todas vuestras reglas hasta la 19; vamos a ver ahora la 20; pero tenéis que estar convencidas de antemano de que, como los que quieren atravesar el mar tienen necesidad de un barco que los lleve al puerto adonde pretenden llegar, sin exponerse nunca al mar sin un piloto que los conduzca, así también las hijas de la Caridad que deseen atravesar el mar tempestuoso de este mundo para llegar al puerto de salvación tienen que tener un barco, que no es otro sino vuestra regla y la práctica de las virtudes necesarias a las hijas de la Caridad, sobre todo con un interés muy grande de trabajar por su perfección.

Este es el medio, mis queridas hermanas, de navegar felizmente, y digo felizmente porque, si queréis ser felices en este mundo y en el otro, tenéis que decidiros a observar vuestras reglas; y estad seguras de que el medio más eficaz para salvaros es la observancia de las reglas. Por el contrario, no querer sujetarse a las normas de la comunidad y no guardar sus reglas es lo mismo que querer atravesar el mar sin barco. Imaginaos a una persona que quisiera echarse a la mar sin ningún barco; ¿sería posible atravesarlo sin hundirse? Del mismo modo, la forma de pasar el mar de este mundo sin peligro es guardar las reglas, que os enseñan cómo debéis servir a Dios, vivir en su amor; así os haréis agradables a los ojos de su divina Majestad. Y tras el amor de Dios viene el amor al prójimo; hablo de ese amor solícito, de ese amor compasivo y cariñoso a todos por amor de Dios. Eso es lo que os ordenan vuestras reglas. Hacedlo así y conseguiréis todas las virtudes necesarias a las hijas de la Caridad, porque vuestras reglas comprenden todas las virtudes que están contenidas en los mandamientos de Dios y en los consejos evangélicos. Pues bien, la virtud, que tiene como fundamento la palabra de Dios y que se basa en ella, no fallará jamás. Por tanto habéis de poner este fundamento y convenceros seriamente de esta verdad: si guardo mis reglas, llegaré a la perfección que Dios pide de mí; pero si no las guardo, me costará mucho esfuerzo practicar la virtud; puede ser que haga y diga muchas cosas, que comulgue, que rece y que pase por una buena hija de la Caridad; pero todo eso no me servirá de nada. Si no guardo mis reglas, seré toda mi vida una enredadora, sin firmeza ninguna, que un día ama y aprecia su vocación pero, al menor motivo de dificultad con que tropieza, deja de ser lo que era. ¡Y quiera Dios que en el otro mundo no os encontréis con el paraíso cerrado por no haber querido utilizar los medios que Dios os había dado para ir allá!

Esto es, mis queridas hermanas, lo que tiene que convenceros si queréis que Dios continúe sus gracias sobre la Compañía y la mantenga, ya que es verdad que en todas las casas religiosas y comunidades donde no se guardan las reglas no hay más que desorden y confusión.

Bien, veamos la regla 20: «Honrarán y obedecerán al superior general de la Misión, como a superior y director general que es de su Compañía, y a los que éste hubiere designado para dirigirlas, a la superiora y, en su ausencia, a la asistenta y a las demás oficialas de la casa, en cuanto fuere concerniente a sus oficios, etcétera».

Hijas mías, hay diversos grados de obediencia. Pero, en primer lugar, debo deciros lo siguiente: ¿para qué creéis que Dios os ha dado a todas una misma regla? Para que no tengáis todas más que un solo corazón, un solo juicio, una sola voluntad y todas tendáis a un mismo fin. Por eso vuestra Compañía representa la unión de la Santísima Trinidad. ¿Qué es lo que mantiene y constituye la unión entre el Padre y el Hijo? Que lo que el Padre quiere, lo quiere también el Hijo; y son tan conformes que jamás el Hijo quiere lo que no quiere el Padre; esto une perfectamente a estas dos divinas personas, que producen la tercera, que es el Espíritu Santo. Y esto es lo que constituye el paraíso. No habría paraíso sin esta divina unión. Pero, como dice el bienaventurado obispo de Ginebra, si no hubiera unión en la Trinidad, ¿qué tendría ésta digno de amor? ¿Y qué es lo que hace esta unión? La santa aceptación del Hijo de los deseos de su Padre es lo que constituye esta unión; y el amor recíproco que hay entre el Padre y el Hijo produce al Espíritu Santo, que es igual al Padre y al Hijo. Y como las tres personas de la Santísima Trinidad son iguales en todas las cosas, es fácil establecer su unión. Pero, para que haya unión entre personas desiguales, es preciso que una se abaje y la otra se eleve, esto es, que-una tenga el poder y que sea constituida en autoridad, y que la otra se someta. Esto es lo que hace que haya superiores e inferiores. Pues bien, como es preciso que estén unidos, es necesario que uno se rebaje y otro se eleve. Por ejemplo, un sacerdote debe estar sometido a su párroco, el párroco al obispo, el obispo al arzobispo, y todos al papa. Si no, los asuntos de la iglesia nunca irán bien. ¿Por qué? Porque en una comunidad no hay unión si los súbditos no se someten a los superiores; ni tampoco hay orden. Pues bien, Dios, que quiere unir esos dos extremos, ha ordenado que los superiores desciendan todo lo que puedan hacia sus inferiores. Por eso, todos los que son dóciles y sumisos a sus superiores contribuyan a mantener esta unión. Mis queridas hermanas, ¡qué felices son esas almas! Crecerán en virtud de día en día. Sí, las almas que son sumisas, que no quieren obrar nunca por su cuenta, sino que obran como les ordenan sus superiores, son ya bienaventuradas en este mundo, pues no tienen más voluntad que la de Dios, tal como se les manifiesta por sus superiores. Por eso no miran lo que les mandan como ordenado por los superiores, sino como venido de Dios, que ordena por su boca lo que nos ordenan, como acabáis de escuchar de este Padre que, por vuestra regla, les dice a los superiores: «El que os escucha, a mí me escucha; el que os obedece, a mí me obedece; pero el que os desprecia, a mí me desprecia». Pero, Señor, ¿eres tú el que mandas por esta persona? Sí, soy yo y no ese superior o esa superiora a la que despreciáis cuando no tenéis en cuenta lo que os dicen; entonces me despreciáis a mí; no ofendéis a esas personas a las que resistís, sino que soy yo quien recibe ese desprecio.

Ved, hijas mías, la ventaja de una persona que es sumisa: puede decir que no obedece nunca a los superiores sin obedecer al mismo Dios. Además, obedeciendo nunca obraréis mal. Los que mandan pueden equivocarse, pero no vosotras. Todo lo que hacéis por obediencia, es un bien para vosotras, y tanto mayor cuanto mejor en sí misma sea la cosa. Es como el oro; pero a ese oro le añadís piedras preciosas cuando acompañáis una buena acción de la santa obediencia. ¿No habéis visto alguna vez a una tela recamada en oro? ¡Qué hermosa y resplandeciente! Pero, si añadís a esa vestidura piedras preciosas, rubíes, esmeraldas, es de un precio mucho más elevado de lo que era antes. Hijas mías, no hacéis nunca una acción por obediencia que no añadáis a ella algo así como un diamante sobre la tela de la que acabamos de hablar. Todo lo que se hace es oro, pero un oro realzado con piedras preciosas, que le dan un esplendor capaz de deslumbrar a los ojos, si los pudiéramos ver.

¡Salvador mío! ¡Qué felices somos, ustedes y yo, por estar en una situación en la que todo cuanto hacemos es oro! Si queremos, basta con que nos sometamos, y añadiremos a las acciones buenas de suyo un brillo y un esplendor maravilloso a los ojos de Dios; esto es lo que hace una persona sumisa.

Por el contrario, hay otras que no pueden hacer nada por obediencia. Sí, las veis tan infladas de orgullo que, apenas se quiere hacer algo en contra de su gusto, se ponen a murmurar. Pero también hay otras que nunca están contentas más que cuando obedecen y no saben hacer nada sin orden de sus superiores. ¿Con quién compararemos a esas dos hermanas: una que no puede hacer nada sin obediencia, otra que no encuentra nada bien hecho si no sale de su cabeza? A la primera la compararemos con Nuestro Señor, que rindió una obediencia continua a su divino Padre hasta la muerte de cruz, y a la otra ¿con quién las compararemos? Con el diablo. Porque el diablo nunca hace nada sino por su propio gusto. No, hijas mías, el diablo no quiere someterse a nadie, ni a Dios, ni a los hombres, ni siquiera a sus semejantes. Y esa hermana, empeñada así en su propio juicio, que no se somete a nadie, ¿no es eso parecerse al diablo?

Hijas mías, mirad a ver a quién queréis pareceros. Si sentís que vuestro espíritu está hecho de ese modo, que criticáis las órdenes de los superiores y decís: «No lo comprenden; si el padre Vicente o la señorita Le Gras lo entendieran, no mandarían esas cosas», ¡ay, hijas mías!, tened cuidado con qué espíritu obráis. El verdadero obediente siempre cree que está bien dada una orden. Por tanto, elegid cuál es el partido que queréis seguir.

Mirad, hijas mías, os voy a hablar con confianza. Cuando Dios quiso llamarme a casa de la señora generala de las galeras, yo miraba al señor general como a Dios y a la señora generala como a la santísima Virgen. Si me ordenaban algo, les obedecía como a Dios y a la santísima Virgen; y no me acuerdo de haber recibido nunca sus órdenes, más que como venidas de Dios, cuando el señor general el que me mandaba algo, y de la santísima Virgen, cuando era su esposa; no sé por la gracia de Dios, que haya obrado nunca en contra de eso. Me atrevo a decir que, si Dios ha querido conceder alguna bendición a la Compañía de la Misión, creo que ha sido por la obediencia que siempre tuve para con el señor general y su señora y por el espíritu de sumisión con que entré en su casa. ¡Gloria a Dios por todo ello, y para mí la confusión!

Padre, comprendo muy bien que hay que ver a Dios en la superiora y en las oficiales y obedecerlas; pero – me dirá alguna – ¿tengo que obedecer a la hermana sirviente que me pongan en una parroquia? ¿No basta con obedecer a los superiores, a los confesores y a las oflcialas de esta casa?  – Hijas mías, no basta con obedecer a dos o tres personas; hay que obedecer a todos los que tengan alguna autoridad sobre nosotros. Tenéis que obedecer a la señorita Le Gras como a Dios, y también a todas las oficialas a las que se ha escogido para instruiros, e incluso a las personas que están por encima de vosotras.

Padre, ¿quiere usted decir que hay que obedecer al párroco de la parroquia en la que sirvo a los pobres? – Sí, hija mía, como a Dios, en todo lo que se refiere a los pobres.

¡Cómo! ¿quiere usted que obedezca a esa hermana que sólo lleva tres o cuatro años en la Compañía?  – Sí, así es. – ¡Pero si no tiene espíritu!  – Hija mía, no es a ella a quien obedeces, sino a Dios, que te la ha puesto para que conozcas su voluntad.

¿Y hay que obedecer al médico? – Sí, hay que cumplir exactamente sus órdenes – Pero, padre, ¡si me manda sangrar a una persona que se va a morir!  – Hija mía, hay que obedecerle. En ese caso, si veis que se ha producido algún cambio en la enfermedad de aquel enfermo después de que el médico mandó aquella sangría o aquel remedio, tenéis que advertírselo; pero si no, hay que hacerlo, hijas mías, tal como el médico lo ordenó, a no ser que sobrevenga, como os he dicho, algún accidente, como cuando el enfermo cae en síncope; entonces hay que preguntarle al médico lo que hay que hacer. Pero, fuera de eso, nunca hay que obrar de manera distinta a como ha ordenado el médico.

También tenéis que obedecer a las damas en todo lo referente al servicio de los pobres. – ¡Pero me ordenan tantas cosas! Les gustaría que estuviéramos al mismo tiempo en cuatro lugares distintos y que, después de haberles llevado el puchero, fuéramos a hacer lo que quieren.  – Hijas mías, no digo que haya que hacer lo imposible; pero hay que procurar dejarlas contentas. Digo esto para que, si hubiera alguna que quisiera presumir en las parroquias, que quisiera prescindir de las damas y obrar a su antojo, sin preocuparse de seguir las órdenes de las damas, hijas mías, si así fuera, sería un gran mal; que la que esté hecha de ese modo, tenga mucho cuidado. No quiero creer que pase; pero algunas veces ha sucedido así. Hijas mías, ¡que no ocurra nunca!, pues eso sería la ruina de la Caridad. ¿Cómo queréis que las damas sigan haciendo el bien a los pobres, si las disgustáis y no las animáis con la ayuda que les debéis? Por tanto, hijas mías, hay que obedecer a todos; pero esto se entiende de lo que se refiere al oficio de cada uno: al párroco como párroco, al médico como médico, a las damas como damas, a los superiores como superiores. Al obrar así, hijas mías, ¿qué ocurrirá? Que añadiréis a vuestra acción una piedra preciosa. Sí, una acción hecha por las hijas de la Caridad por obediencia lleva un rayo de luz que llega hasta el cielo.

Añado a ello que la más pequeña acción hecha por obediencia merece más recompensa que todo lo que pueda hacerse sin obediencia. A toda obra que hagáis por obediencia le añadís como un rayo de luz que llega hasta Dios, y Dios se lo hace ver a los bienaventurados diciéndoles: «Mirad cómo me sirve esa hermana y cómo no busca más que agradarme en todo lo que hace». ¡Hijas mías, qué felices seréis si obráis de este modo! ¿Qué pasará? Que vuestra Compañía será un cielo, cuando estéis unidas a vuestras superioras y oficialas. Dios no siente más placer en el paraíso, si es capaz de recibir algo fuera de sí mismo, más que el de ver a una Compañía en ese estado, porque el placer de D;os es la unión; y cuando el Hijo se hizo hombre, fue para obedecer al Padre, de forma que, si obedecéis como es debido, conservaréis la unión y Dios os mirará complacido. Pero si queréis presumir, daréis pena a las demás y os haréis mucho daño a vosotras mismas.

Así pues, las hermanas que se encuentren en este estado de vanidad, que no busquen más que mandar, fíjense en la situación en que se encuentran. Que se humillen delante de Dios. Están en una situación muy desgraciada. Pedidle que os haga salir de ella, pues estáis muertas a su gracia y en la situación del demonio, que no quiere obedecer nunca. ¿Queréis pareceros al diablo? ¡Dios os guarde, hijas mías! Pero os toca a vosotras elegir a quién queréis pareceros.

Esta obediencia que se os exige debe estar en el entendimiento, esto es, es preciso que se someta el juicio a lo que está ordenado y que se crea que está bien ordenado lo que ha dispuesto esta superiora, esta oficiala o esta hermana.

Pero, padre, ¿es que no puede engañarse?  – Si obedecéis, cumpliréis siempre la voluntad de Dios. Los superiores pueden engañarse, pero no vosotras. Ved si no hay motivos para alabar a Dios por haberos dado una regla que tiene la propiedad de haceros obedecer de la manera más perfecta, que es someter el juicio. Por tanto, nunca hay que mirar si los que os mandan tienen o no tienen razón. Otra cosa es que, si por ventura se engañasen en lo que os ordenan, tendréis siempre el mérito de la obediencia, como si os lo hubiera ordenado Dios. Por tanto, no juzguéis nunca de las cosas que se os ordenan.

Hay algunas que obedecen en cuanto a la voluntad, pero que no someten el juicio. «Bien, dicen, quiere usted que haga esto; lo haré, pero creo que sería mejor hacer otra cosa». ¡Ay, hijas mías, qué forma tan mala de obedecer! Eso es una obediencia del demonio; pues el demonio obedece, pero necesariamente; cuando obedecéis de ese modo, obedecéis al estilo del infierno, que está sometido a Dios por la fuerza. Eso no es obedecer, sino que hay que obedecer debidamente y recibir de buena gana lo que se ordena, diciendo con elegancia de corazón: «Sí, padre (o señorita), así lo haré».

Para ser obediente de verdad, hay que hacer las cosas tal como están mandadas, a la hora debida, sin retraso, obedecer toda la vida y en todas las cosas. Esa es la perfección de la obediencia. Pues no basta con decir: «Yo quiero hacer esto, pero no aquello». Eso no tiene que decirse nunca, con tal que la cosa que se nos manda no sea una cosa mala. En todo lo que se refiera a vosotras, es necesario que reine esa hermosa armonía que hay en la Compañía, compuesta ciertamente de unas pobres mujeres, pero que viven en una armonía que admiran todos los que os conocen y que llega hasta el cielo. ¿Qué os parece, hijas mías? ¿No os dice el corazón que una Compañía donde se guarda bien la obediencia es un cielo y que, por el contrario, cuando no hay obediencia todo es un infierno? Pidámosle a Dios que os conceda la gracia de obedecer bien a vuestros superiores, y yo a los míos, pues también yo tengo mis superiores, como vosotras, y a las inspiraciones que recibimos de su divina bondad para ello.

Pero, padre, da gusto obedecer a una persona inteligente, a una hermana que tiene dotes y que sabe lo que se hace. Pero a la que carece de todo eso, a mi inferior, que no tiene experiencia y que siempre está de mal humor… ¡Si no fuera por eso, la obedecería de buena gana! – Hijas mías, no hay que mirar lo que ella es, sino a Dios en ella. Os basta el hecho de que Dios os la ha dado como superiora.

Veamos el artículo 21 de vuestras reglas. «También reverenciarán y obedecerán en lo que mira al servicio de los enfermos a los señores administradores de los hospitales en que se hallaren establecidas, y a las señoras de la Caridad encargadas de las parroquias, especialmente a las oficialas y hasta a los señores médicos, cumpliendo puntual y fielmente sus órdenes. Las hermanas enfermas deben obedecer también a la enfermera y al médico en lo que pertenece a sus oficios».

Los padres jesuitas tienen esto de particular, que cuando ven que alguno no obedece al médico, creen que no tiene buen espíritu y, aunque sea tenido por muy virtuoso, le reprenden duramente. Esto es fácil de entender.

Dice así el artículo 22: «Cuando fueren enviadas a alguna parroquia para permanecer en ella y servir a los pobres enfermos, irán a recibir de rodillas la bendición del señor párroco». Hijas mías, ¿lo hacéis así?

La señorita Le Gras le respondió que no dejaba de hacerse la primera vez que se iba a atender a los pobres en una parroquia; pero que, como cambian tan frecuentemente las hermanas, las que van luego no eran tan exactas en hacerlo así. Algunas hermanas respondieron poco más o menos lo mismo.

Hijas mías, siguió el padre Vicente, cumplid lo ordenado y respetadles mucho. Cuando os digan: «Hermana, hay un enfermo en tal sitio, que hay que visitar», decidles: «Señor, voy a verlo».

La regla 23 dice: «Tendrán asimismo gran respeto a todos los demás eclesiásticos, sean los que fueren, pero particularmente a los que les fueren señalados para dirigirlas y confesar a los pobres, mirándolos siempre casi con la misma veneración con que los mirarían si estuviesen en el altar, y sometiéndose a sus órdenes y dictamen en todo lo que no fuere pecado o contrario a las reglas y prácticas de su Compañía, ni opuesto a la intención de sus superiores».

Esto es muy hermoso, hijas mías; no hay que mirar a los sacerdotes como a hombres, sino como a sacrificadores y mediadores entre Dios y nosotros. Si los miráis de ese modo, no tengáis ningún miedo de que suceda algún mal. Mirad bien y recordad lo que dice la regla: obedecerles en todo lo que no sea pecado ni en contra de nuestras reglas. San Pablo decía que, aunque un ángel nos mandara hacer algo que es pecado, no habría que hacerlo (3). Del mismo modo, si alguien os dice que obréis en contra de vuestras reglas, no le creáis, sea quien sea, confesor u otra persona.

¡Pero si es un religioso!  – Aunque fuera un religioso, no tenéis que hacer nunca nada en contra de vuestras reglas, ni contra la intención de los superiores. Ese religioso que no os conoce, ¿cómo podrá juzgar de lo que es propio de una hija de la Caridad, si no ha sido llamado por Dios para eso? Podrá deciros cosas muy buenas, pero inútiles. Y los consejos que os dé serán según su opinión, pero no según la de Dios. ¿Puede haber miembros que reciban espíritu y vida si no están unidos al cuerpo? Pues bien, lo mismo que un miembro recibe su vida solamente de su cabeza, así también, hijas mías, la que es miembro de una comunidad no puede recibir espíritu y vida más que de sus superiores.

¡Bendito sea Dios! Se ha hecho tarde. Por eso, no diremos nada más. Entretanto, hijas mías, dad gracias a Dios y mirad esta lección como dada por Nuestro Señor por medio de mi boca, o mejor dicho de la suya. Observadla, pues ha sido él quien os ha dado ejemplo. Los que sintáis esta disposición a obedecer como hemos dicho, agradecédsela a Dios como una gracia muy señalada; las que no puedan obedecer y no crean conveniente más que lo que sale de su cabeza, que se aflijan delante de Dios y se digan: «¿A quién se parece mi espíritu? ¡Al de un demonio, que no sabe obedecer!» ¡Salvador mío, cuántos motivos para gemir y afligirse! Pedidle a Dios la gracia de entrar en el espíritu de obediencia, de tener siempre vuestras reglas para obedecerlas; pedid este espíritu a Dios, hijas mías; esforzaos en él; y así convertiréis esta Compañía en una imagen de la Santísima Trinidad. Así lo haréis, hijas mías, conformando vuestra voluntad a la de vuestros superiores. Por nuestra parte, haremos todo lo que podamos por condescender con los inferiores. Así debe hacerlo también una hermana con la otra hermana.

San Pablo, al hablar de los iguales y de los inferiores, quería que los considerásemos como superiores y los mirásemos como tales: «Respetad, dice también, a los superiores» (4). Viviendo de este modo, viviréis del espíritu de Nuestro Señor. Si vivís de otra forma, viviréis como un demonio y no habrá entre vosotras más que división, desorden y discordia, porque, como se dice en el evangelio, «todo reino dividido en sí mismo será devastado y desolado».  Mirad a vuestras mayores, que os han dado tan buen ejemplo de la práctica de estas virtudes. Y así esta Compañía que goza ya de tan buena fama, irá creciendo siempre de virtud en virtud.

En fin, hijas mías, lo que puedo deciros del aprecio en que se os tiene es que raramente pasa una semana sin que nos pidan algunas pobres hijas de la Caridad. Hace poco os han pedido para dos lugares, en donde hay muchas cosas que hacer. Son el señor arzobispo de Toulouse, y otro, que me parece que es el obispo de Bayona. ¿Qué significa todo esto? Yo no encuentro ninguna otra causa más que la obediencia que hasta ahora ha demostrado la Compañía.

Salvador de nuestras almas, tu amas tanto la santa obediencia que preferiste dar la vida antes que faltar a ella; tú has instituido una Compañía para continuar tu obediencia; concédele, Señor esta gracia, ya que la has elegido para que te siguiera. Tú sabes que, aunque una hermana tuviera la dotes más distinguidas de la naturaleza, un espíritu abierto y dispuesto a hacerlo todo, un ánimo capaz de llevar a cabo las mejores empresas, sin embargo, si le faltara la obediencia, ¡ay!, no sería ya una hija de la Caridad, sino una soberbia; ¡quiera Dios que no pierda su vocación al final a pesar de todas sus dotes!

Santísima Virgen, tú declaraste en tu cántico que se debió precisamente a tu humildad el que Dios hiciera en ti cosas grandes; alcánzanos para esta Compañía la gracia de imitarte. Porque obedecer es practicar la humildad, que es la gracia que te pido, Señor y Dios mío, con todo mi cariño y mi afecto. Santísima Virgen, ayúdanos a obtener esta gracia de tu Hijo. Esperamos por tu mediación que nuestras hermanas, ayudadas por sus ángeles de la guarda, se esfuercen en la práctica de cuanto acabamos de decirles. De todo esto, hijas mías, podemos concluir que son bienaventurados aquellos que han sido obedientes y que son desgraciados los soberbios que no quieren obedecer. ¡Pero también son bienaventurados aquellos que, aunque no han sido obedientes hasta ahora, tienen el propósito de empezar a serlo!

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