(18.11.57)
(Reglas comunes, art. 17, 18 Y 19)
Mis queridísimas hermanas, seguiremos hoy con la lectura de vuestras reglas, señalando en cada artículo lo que os interesa en especial va que vuestras reglas deben ser consideradas como los canales por los que Nuestro Señor hace correr sus gracias sobre sus esposas para hacerlas reinar allá en el cielo después de esta vida; de forma que debéis esperar toda clase de gracias por medio de vuestras reglas. Dios se comporta en esto como con su Iglesia; y lo mismo que a su Iglesia no le da gracias más que en virtud de los sacramentos, tampoco le da gracias a un alma más que por medio de la observancia de sus reglas. Y no solamente esto, sino que a las comunidades no se le comunican las gracias más que en virtud de la fidelidad a la práctica de sus reglas; y cuanto más exactas son en su cumplimiento, tanto más abundan las gracias de Dios sobre ellas; por el contrario, cuanto más se apartan de la observancia de sus reglas, tanto más se alejan de las gracias de Dios.
Todas nuestras acciones proceden de la cabeza por su unión v trabazón con los miembros; de allí es de donde se extienden los espíritus animales y vitales por todos los demás miembros. Pues bien, lo mismo que en el cuerpo que está bien unido a la cabeza, y cada miembro a los otros miembros, todos ellos participan de todas las influencias que de ella dimanan, mientras que por el contrario un miembro podrido no puede estar unido a la cabeza ni recibir ninguna participación de sus efectos, benéficos, así también una comunidad religiosa no puede recibir las gracias que necesita para la conservación de su vida espiritual si no está unida a su cabeza. Así pues, hijas mías, presentadme una hermana de la que pueda decirse: «Cumple bien todas sus reglas», y os aseguro que llegará a una elevada virtud y unión con Dios, que no tiene mayor placer en esta tierra que ver cómo una persona guarda bien todas sus reglas. Dios se complace en verla. Y lo mismo que una esposa constituye el objeto de las satisfacciones y deleites de su esposo, también Nuestro Señor siente un gran placer cuando hay un alma que se esfuerza en seguir fielmente su voluntad por la práctica de sus reglas. El es el que ha puesto sus ojos bondadosos sobre ella para embellecerla cada vez más con la continuación de sus gracias. De manera que, como un padre que no tuviera mayor felicidad que ver a su hijo provisto de las altas cualidades y dotes naturales, Dios encuentra allí todo su consuelo; mis queridas hermanas, no cabe duda de que Dios siente un placer sin igual al ver a una comunidad que guarda bien sus reglas. No es posible comparar esa satisfacción que Dios recibe de esta fidelidad con la que siente un esposo al mirar su esposa o la que el padre recibe al ver a su hijo. Mirad, os lo repito, es muy importante que os convenzáis de esto: el objeto de las complacencias de Dios es una hermana que observa bien sus reglas, es una buena religiosa que guarda bien las normas de su congregación. De ahí que el papa Clemente VIII, a quien tuve el honor de ver y que es un santo, decía: «Traedme una persona que haya vivido en la observancia fiel de sus reglas y yo lo canonizaré sin más milagros; no exijo más pruebas de su santidad que saber que ha guardado sus reglas».
De todo esto podéis concluir que cuanto más fiel es una hermana a sus reglas, más virtud tiene, y cuanto más se aparta de ellas, más se aleja también de Dios, volviendo a sus primeras costumbres, siguiendo los apetitos de la carne y de la sangre y haciéndose peor de lo que era en el mundo. ¿Por qué? Porque Dios la había llamado a la Compañía para convertirla en objeto de sus complacencias y que guardase allí las reglas que le había dado, pero luego la ve negligente y descuidada y le retira sus gracias, abandonándola en mano de sus pasiones. Este es el castigo por haber despreciado sus reglas. Dios dice: «Esta hermana, a la que le he concedido la gracia de llamarla fuera de la masa corrompida del mundo, para hacerle llevar una vida totalmente contraria mediante la práctica de las reglas que le he ordenado dar, se pone a hacer todo lo contrario. La veo viviendo como si nunca le hubiese mostrado cómo tenía que vivir. La abandonaré: vete y haz lo que quieras». Esa pobre criatura, abandonada de la mano de Dios, cae en un estado digno de lástima, mucho peor de lo que era antes de haber seguido su vocación. Así pues, mis queridas hermanas, acordaos de que vuestra perdición o vuestra felicidad depende de la observancia de vuestras reglas. Pues bien, para guardarlas, hay que entenderlas bien; por eso las voy a leer. Hay cuarenta y tres, y estamos en la diecisiete, que trata de la uniformidad que debe reinar entre vosotras.
«En cuanto puedan, procurarán la uniformidad en todas las cosas, porque con ella se conserva la unión y el buen orden de las comunidades, huyendo a este fin de toda singularidad, como de fuente de divisiones y desórdenes; por esto se acomodarán en todo al común modo de vivir de la casa en donde reside la superiora, conformándose a las máximas y prácticas que en ella se enseñan para su dirección, así espiritual como temporal».
Este es el artículo sobre la uniformidad. Quizás haya algunas de vosotras que no entiendan lo que quiere decir esta palabra de uniformidad. Ser uniformes, mis queridas hermanas, es ser todas semejantes: por ejemplo, tener el mismo tocado, los mismos cuellos, los mismos hábitos, los mismos zapatos y, si pudiera ser, el mismo hablar; esto es, es de desear que habléis todas del mismo modo, dulce, cordial y humilde, la misma manera de servir a los pobres, el mismo parecer cuando estéis juntas, la misma manera de actuar en las parroquias; no es que haya que ir a ver lo que se hace en una para hacer lo mismo en la otra, sino ver lo que aquí se hace, y no obrar de otra manera, ya que es de esta casa de donde debéis sacar ejemplo y con la que tenéis que conformaros en todas partes adonde vayáis, el Nombre de Jesús, los niños y los demás sitios, siempre que sea posible: esto es lo que quiere decir este artículo. Según esto, sería de desear que tuvierais todas los mismos sentimientos, que estimaseis todo lo que ordena la superiora, que las oficialas y todas las antiguas estuvieran animadas del mismo espíritu y muy unidas con sus superioras, y que las más jóvenes estimasen a su mayores e hiciesen lo que les dicen, y tanto unas como otras siguieran los consejos que se les han dado.
San Pablo les decía a un pueblo recién convertido: «No os hablo todavía de que imitéis a Jesucristo; pero imitadme a mí que soy su imitador. Ved lo que yo hago y haced todos lo mismo que yo» (1). Pues bien, si san Pablo les decía esto a los nuevos cristianos, es porque resulta fácil hacer el bien que vemos hacer. Hay que conformarse, por tanto, con todo lo que se hace en esta casa y que ninguna obre a su antojo; pues no querer seguir el sentimiento de los demás es una especie de orgullo. Sí, ser singular, no querer ceder a nadie, desear someter los sentimientos ajenos a los propios, es ser una mujer orgullosa. Si la que tiene ese vicio se pone a decir o pensar: «Yo tengo más inteligencia que esa; que las demás hagan lo que quieran y que me de]en hacer lo que me gusta», mirad, eso es un acto de orgullo. Esa hermana es una orgullosa y Dios la castigará tarde o temprano. Esa hermana, que no sigue la manera de obrar de las otras, recibirá tarde o temprano su castigo, porque tiene orgullo, que es el vicio del diablo, al que Dios echó del paraíso por causa de su orgullo. La humildad se conserva en la manera ordinaria de obrar de las demás. Pero cuando una hermana dice
«Hermana, hagamos esto», y la otra le responde: «Me parece que será mejor hacer lo otro» – «¿Por qué?, dirá la primera, yo quiero hacerlo así». – «Hermana, le dirá la otra, en casa se acostumbra hacerlo de otra manera». – «No importa, creo que será mejor hacerlo como a mí me parece». ¡Es un pensamiento diabólico de orgullo! Sí, porque esa hermana quiere singularizarse y seguir su propio juicio: es un pensamiento de orgullo. Una hermana hace algo de una forma; a la otra hermana le parece bien; pero viene otra y dice: «Yo quiero hacerlo como me parece mejor». Estad seguras de que es el orgullo el que le hace creer que lo hace mejor que las demás. Toda singularidad es una puerta para el orgullo, allí se esconde siempre el orgullo; y toda persona que no se conforma con la superiora y con las oficialas en la medida de lo posible, esa persona está gobernada por el espíritu de orgullo, que desea obrar siempre por su cuenta.
La humildad, por el contrario, sigue siempre más bien la opinión de los demás que la suya propia. Por ejemplo, cuando una hermana se acomoda a todo lo que se quiere de ella; le dicen: «Haga esto», y lo hace. Esa hermana tiene humildad, porque la humildad es enemiga de la singularidad; y en la medida en que se conforma con las demás, en esa misma medida progresa en la humildad. Pues bien, cuando digo que hay que obrar como las demás, no me refiero a las disipadas, si hubiera alguna. ¡Qué horrible imitación! Una hermana que ve a las oficialas, que considera su conducta y su virtud y se acomoda a ellas, la que en su parroquia se esfuerza en contentar a las demás y en seguir en cuanto puede lo que se le ordena, eso es una señal de humildad. No busca la singularidad; hace lo que las demás. De este modo, hijas mías, es como se conserva la humildad bajo las cenizas de la imitación de las otras; porque, cuando veáis a una hermana que le gusta presumir, que critica a las otras, que cree que se engañan cuando la reprenden, ¿no es verdad que os disgusta?
Fijaos bien, un alma humilde tiene siempre de los demás mejor opinión que de sí misma.
Estuve ayer con un señor de la corte que entre otras cosas me dijo: «Cuando tengo algo que hacer, consulto con mi esposa». Ved cómo la estimaba y cómo la creía tan virtuosa que siempre la consultaba. Eso es la humildad: hablar siempre bien de los demás y nunca de sí mismo. Hijas mías, cuando oigáis a una hermana que habla siempre con aprecio de su hermana, decid: «Es una persona virtuosa; no tenéis que buscar más modelo; seguidla». Pero cuando veáis a otra que no alaba más que lo que ella hace, que critica todo lo que hacen las demás, o que no dice una sola palabra cuando las oye alabar, demostrando con su silencio que no aprueba lo que están diciendo, decid: «Es una orgullosa»»; y estad seguras de que Dios la castigará como castiga a todas las orgullosas. Perderá las gracias de Dios, que sólo se conceden a los humildes; y después de despreciar sus inspiraciones y los consejos que se le den, Dios le dirá: «Tú me dejas por seguir tus vanas satisfacciones; eres una miserable; te abandono y no quiero oír hablar más de ti». De forma que ya no sentirá ningún gusto en la virtud, se hará insoportable a las hermanas y a sí misma y ya no será hija de la Caridad más que en apariencia. Lleva el hábito, pero no el espíritu. El espíritu de las hijas de la Caridad es la humildad y ella está llena de orgullo; eso es ser semejante al diablo y peor que el diablo. ¡Ay!, si fuésemos humildes, deberíamos juzgarnos todos peores que el diablo. No se trata de una ocurrencia, sino que es verdad: pues, si el diablo no se hubiera obstinado en su pecado y hubiera tenido la más pequeña gracia que nosotros hemos recibido, habría usado de ella mejor que nosotros. En cuanto a mí, creo con algunos santos que, si le hubieran concedido la gracia de cambiar de resolución, sería mucho mejor que nosotros. Pero no se le concedió. Solamente los hombres pecadores, las muchachas y las mujeres pecadoras son las que han recibido de Dios la gracia de levantarse de sus pecados. Es lo que él mismo decía por boca de las posesas de Loudun: «¡Qué miserables cristianos sois por hacer tan mal uso de las gracias de Dios! Si nos permitieran convertirnos, como a vosotros, no nos quedaríamos en este desgraciado estado en que estamos y del que no podemos salir. Pero vosotros sí que podéis; no hagáis como nosotros; no os obstinéis en vuestros pecados; convertíos a Dios mientras podáis».
Hijas mías, acordaos bien de esto, que la singularidad es la hija del orgullo y que debéis huir de ella como de la causa de divisiones.
¿No es verdad que, cuando veis a una hermana vestirse con elegancia y querer parecer más elegante que las demás, os da mucha pena? Una persona que no sigue a la comunidad, que quiere que las demás se acomoden a su gusto y que se hace la semi-superiora, seguramente se os hará insoportable. Todas las divisiones y desórdenes de las comunidades proceden de no querer conformarse a las demás. Por eso, cuando está en una parroquia, no quiere atender a los consejos que le dan, porque quiere distinguirse. Y luego, acostumbrada a seguir sus propias opiniones, cuando hay que retirarla, no quiere salir de allí. Esas son las desdichas que causa la singularidad. Nos quita la sumisión. Si no la superamos, producirá otros males cada vez más peligrosos.
«Se acomodarán en todo al común modo de vivir de la casa en donde reside la superiora»: esto es, en esta casa es donde habéis de aprender, de la superiora, de las oficialas v de las demás hermanas antiguas, todo lo que habéis de practicar. Hijas mías, las que estáis trabajando en esta casa, ya veis a cuánta virtud os obliga esto. Juzgaos felices de que Dios os haya escogido para una obra tan santa, para ser las piedras fundamentales de su edificio. Pero acordaos de lo que dice el germen de la vida, al hablar a las hijas de la Caridad: «Vosotras, a las que he dado todas las gracias necesarias para haceros dignas de un empleo tan santo, sabed que espero de vosotras que contribuyáis, con vuestras palabras y ejemplos, a la perfección de estas jóvenes plantas que hay entre vosotras». ¡Hijas mías, cuánta obligación tenéis de hacerlo! Todas las demás ponen los ojos en las que estáis aquí. Por eso deberían ser ángeles encarnados los que enseñasen en esta casa, si pudiera ser, para deciros que es menester que seáis perfectas; pues, como pasa con la cabeza en vuestro cuerpo, si la cabeza está bien, todo el cuerpo estará bien; pero, si está enferma, todos los miembros se resentirán. Pues bien, como las de aquí están obligadas a dar buen ejemplo con la práctica de
las reglas, las demás que trabajan en otros lugares tienen que conformarse con la práctica de lo que aquí se enseña, sin acudir a otras, por muy buenas y mejores en apariencia que sean.
Hijas mías, pudiera ser que a alguna hermana se le ocurriera, por ejemplo, hacer la oración como las carmelitas, que están allí delante de Dios esperando lo que a él le plazca ordenarle. Si Dios les envía alguna cosa, ellas la cogen; si no les da nada, permanecen tranquilas. Hijas mías, eso está bien para las carmelitas, pero no para vosotras.
Las hijas de la Cruz, por ejemplo. Van vestidas de negro, llevan una cofia cuando van por la ciudad. Al parecer, si fueseis así vosotras, iríais más modestamente vestidas. Eso está bien para las hijas de la Cruz, pero no para vosotras, que habéis sido escogidas para honrar la pobreza de Jesucristo en esta clase de hábito. Y como él fue el más pobre de todos los hombres, ha querido que fuerais vestidas vosotras de esa forma, como las más pobres. Por eso debéis apreciar ese hábito más que ningún otro.
Pudiera ser que viniera a casa una hermana diciendo: «Se hace esto en tal comunidad; ¿por qué no lo hacemos aquí?» ¡Pobre criatura! ¿Qué es lo que dices? Dios quiere guiarte de la manera más pobre que se ha visto en el mundo; y tú quieres faltar a sus designios, tomando otro camino distinto del que él quiere que sigas. – Pero eso está bien; ¿qué mal habría en hacerlo como ellas? – Es que no es para vosotras. Cualquier práctica que se os enseñe, por perfecta que sea, si es contraria a las vuestras, dejadla para aquellos a los que se la ha dado Dios. No hay que criticar a los demás. Al contrario, debéis juzgarlos buenos a todos; pero vosotros debéis seguir vuestras prácticas.
Pero, ¡Dios mío! ¡Vamos tan mal vestidas y comemos tan pobremente! No hay nadie que vaya peor que nosotras. En las demás comunidades, les dan de comer de otro modo. – Dejad lo que se refiere a las demás; no es ése vuestro espíritu, sino el espíritu de Nuestro Señor humillado, desconocido y despreciado por todo el mundo. ¿No os sentís felices de que Nuestro Señor piense en vosotras y os haya escogido entre tantas otras para imitarle en un género de vida tan bajo y tan humilde como el vuestro, por el que quiere que le sigáis en lo más difícil que hay en el mundo, que es humillarse? Pues no hay nada tan difícil como eso y nada que nos cueste tanto. Hijas mías, no busquéis ninguna vida mejor que aquella en la que os ha puesto Nuestro Señor; no encontraréis ninguna que os sea más adecuada que ésta. ¿No habéis visto alguna vez a una madre legañosa y fea con un niño en los brazos? Si la reina quiere recoger a ese niño, él no querrá, se quedará en el seno de su madre, por muy fea que sea; le dirán: «Hijo mío, ¿qué es lo que haces? ¡La reina quiere llevarte con ella y tú no quieres!». Mirad, Dios y la naturaleza le enseñan que debe querer más a su madre que a todas las reinas del mundo, pues ha recibido su vida de ella. Por eso no encuentra nada más bello; y tiene razón, puesto que es su madre y su bienhechora.
Hijas mías, hay otras casas distintas de la vuestra que realmente gozan de grande estima. Sí, hay en la iglesia muchas órdenes muy respetadas, con cuya comparación la Compañía de la Caridad sería como esa pobre madre legañosa. Quizás alguna, al pensar en esas grandes órdenes, dirá «¡Dios mío! ¡Qué religiosas tan felices! Me gustaría ser carmelita, o hacer lo que ellas hacen». No habéis entrado en la Caridad para obrar como las carmelitas, sino que habéis sido llamadas a humillaros, a servir a Dios y a los pobres y a hacer todo lo posible por contentar a las damas, a fin de tener más medios para asistir al prójimo. Eso es lo que vuestra madre os enseña. Es una madre legañosa; pero tenéis que amarla, si queréis ser humilladas como lo fue el Hijo de Dios. Si estáis mal alimentadas, alegraos y sufrid esto durante algún tiempo. Todavía os tratan mejor que a Nuestro Señor. Amad siempre a vuestra madre, aunque legañosa, y os parecerá bien todo lo que ella os dé. Nos os pongáis a suspirar por esa orden tan santa, ni por los hábitos de aquella, ni por la manera de obrar de aquella otra. Eso está bien para ellas, pero no para vosotras.
¡Ay, hijas mías! Lo que os digo, creed que no es ocurrencia mía; me lo enseñó un gran maestro, que fue el bienaventurado obispo de Ginebra, que me decía: «Mire, yo les digo a mis hijas que aprecien a todas las demás casas por encima de la suya, pero que amen a la suya más que a las otras». Lo mismo os digo, mis queridas hermanas; creed que todas las demás son más perfectas que vosotras, pero amad a vuestra Compañía más que a todas las demás, porque es vuestra madre, que os ha amamantado y nutrido hasta ahora, y lo seguirá haciendo mientras viváis bajo su dirección. Podéis contar con la promesa de Dios de que, mientras os mantengáis en brazos de Nuestro Señor, él no os faltará.
Para eso se necesita conformarse no solamente con la conducta espiritual, sino también con la temporal, según indica vuestra regla. Mirad, hijas mías, os decía hace poco, y os lo repito ahora, cómo tenéis que portaros en vuestras enfermedades, o sea, que tenéis que evitar los mimos excesivos y contentaros con el trato que se da a los pobres. Pero os digo que si alguna, debido a sus enfermedades o a su edad o a su debilidad, necesita algo más, la Caridad que atiende a todas las necesidades tiene que tenerlo en cuenta. Por ejemplo, hay una persona enferma en la Compañía, que no tiene fuerzas, que tiene la salud más frágil que un cristal y que puede considerarse como muerta desde hace veinte años. ¿Se le va a tratar a esa persona lo mismo que a las demás, que están sanas y fuertes y que no son de una salud tan delicada? No estaría bien. La Compañía es una buena madre, que trata a las enfermas como enfermas. Y lo mismo que una madre se porta con mayor ternura y compasión con el Hijo enfermo que con los demás, también la Caridad tiene que cuidar mejor a las personas que no pueden seguir la marcha común de las otras.
Ya veis cómo a mí, que estoy obligado a dar ejemplo a las demás, la Compañía, teniendo en consideración las molestias de mis piernas, me ha dado una carroza para ir y venir. La rechacé durante algún tiempo, pero luego la acepté, al ver que la necesitaba. Además, hace un año y medio que me han dado una habitación con chimenea y una colgadura de cama. Tengo que sufrir todo esto por mis molestias; pero antes no lo tenía, lo mismo que los demás.
Las personas enfermas necesitan cuidados especiales; pero si no, esto sería una pastelería. ¿Cómo tratar a una persona enferma y achacosa como a las demás, sin consideración alguna? Hijas mías, hay que atenderla cuando la edad a los achaques la han reducido a ese estado; si no, sería una injusticia. Por eso, hijas mías, no os preocupéis, no os aflijáis las que sois ancianas o estáis enfermas, si no podéis seguir a las demás. La Compañía es una madre que sabe distinguir bien entre sus hijos enfermos y los que están bien.
Exceptúo solamente una cosa, que es introducir en la Compañía una manera de vestir que no esté en conformidad con las demás. Por ejemplo, al entrar en la Compañía quiere llevar cofia: no hay que tolerarlo. Si no puede acomodarse a obrar como las demás, es una señal de que Dios no la ha llamado aquí. Por eso se dice que una persona a la que Dios ha llamado a una comunidad recibe de él todas las gracias que necesita para conformarse con todo lo que allí se practica. Así pues, cuando se presente alguna de ese carácter que acabamos de decir, hoy motivos para tener miedo; y yo creo que debería decírsele que, si quiere quedarse, tiene que decidirse a ser como las demás; y si cree que no puede, que no siga adelante. Si tiene necesidad de algo para cubrirse la cabeza, puede usarlo en casa con permiso. Pero tener cuidado, no sea que con la excusa de que la regla permite tratar a los enfermos como enfermos, empiecen a exagerarse las cosas; porque mirad, hijas mías, la naturaleza procura arrastrarnos siempre tras ella, cree fácilmente que está enferma y con frecuencia exagera nuestras molestias. Por eso, cuando creáis necesitar alguna cosa, encomendádselo a Dios y pedidle que, si lo necesitáis de verdad, os lo dé a conocer. Y después de habérselo encomendado a Dios, si creéis que es su voluntad que lo digáis, podéis proponérselo con indiferencia a la superiora. Acordaos bien de esto: proponerlo con indiferencia y en caso de necesidad. Y pedidle a Dios que os dé a conocer si es ésa su voluntad, hasta que os sintáis en esa indiferencia de conseguirlo o de que se os niegue lo que pidáis. Y cuando os veáis en esa disposición, que es el estado de perfección que más nos acerca a Dios, entonces exponed sencillamente vuestras necesidades y seguid lo que se os indique.
Veamos la regla 18: «Harán todo lo posible para conservar la perfecta pureza de cuerpo y corazón, a cuyo fin desecharán con prontitud toda suerte de pensamientos contrarios a esta virtud, huyendo cuidadosamente de todo cuanto pueda en cualquier modo marchitarla, etcétera».
¡Hijas mías, la castidad! Esto merecería una charla mucho más larga, si el tiempo lo permitiera. Pero estaréis todas de acuerdo conmigo en que el deseo de parecer agradable es totalmente contrario a esta virtud. ¡Qué miserable delante de Dios aquella que desea parecer agradable a los demás! ¿Pero agradable a quién? A las otras hermanas, por su agudeza de espíritu; a las damas, para conseguir su alabanza. ¡Pero todavía es más desgraciada la que intenta agradar a los hombres, especialmente a los confesores! Eso es mucho peor. Hijas mías, ¿ponéis mucho cuidado en esto? Desconfiad con los confesores más que con todos los demás; pues se contrae tal relación entre el confesor y su penitente después de lo que él le ha dicho, que muchas veces lo que había comenzado por motivos de caridad se trasforma en cierta amistad basada exclusivamente en la carne y la sangre.
¡Pero si ese confesor dice unas cosas tan hermosas cuando viene a casa! – No hay que dejarle entrar más que en caso de necesidad o de enfermedad; porque si después hay que acudir a otro, ya no encontrará en él satisfacción y, si tuviera que dejarlo, creerá que ya no hay nada semejante en el mundo. Hijas mías, estad seguras de que, cuando os cueste cambiar de confesor, es que estáis apegados a él; y decid entonces: «Me han cogido; el diablo me ha tendido una trampa para cogerme».
¡Pero si es un confesor que no dice más que cosas buenas! – Mirad, demuestra la experiencia que no hay nada tan peligroso como el apego a los confesores; cuando veáis que os gusta acudir a uno y os cuesta ir a otro, decid: «Ya está». Y apenas sintáis eso, acudid a otro; decidle a la superiora: «Me parece que siento apego a mi confesor, seguramente el diablo me ha tendido una trampa». ¿No es verdad que el apego hace eso? Se dice a veces: «Este es muy buen; aquel otro no nos gusta». Hijas mías, aunque os parezca menos espiritual y menos atractivo que el otro, sin embargo os va mejor. Lía era legañosa. Pero fue ella la que recibió el don de la fecundidad. El diablo hace eso para que miréis al otro y perdáis el fruto de lo que éste os dijo.
Cuando veáis a una hermana que presume, que quiere aparentar, que cuenta lo que ha hecho: «A mí me han dado tal cargo; he hecho esto», esa hermana tiene orgullo, que es incompatible con la castidad. Sabed que, aunque fuerais ángeles, si tenéis vanidad, caeréis en la impureza, porque es el castigo de ese vicio, ya que Dios permite que las personas orgullosas caigan en ese pecado tan horrible, para humillarlas. Todo el que tenga orgullo tiene que esperar verse tentado por las más horribles tentaciones, ya que el demonio de la vanidad es el demonio que tienta de impureza.
La curiosidad por ver y mirar el mundo es también una ocasión que es preciso evitar para conservar la pureza. Es verdad que hasta ahora he de confesaros que he observado mucha modestia en todas vosotras, excepto en una o en dos, que me han desedificado bastante. No quiero acordarme de quiénes son. Pero fuera de eso siempre me habéis edificado, cuando os he visto. Seguid así, hijas mías, y evitad el trato con los hombres, fuera del caso de necesidad; porque hay un veneno entre uno y otro sexo, que se comunica sin darse cuenta. Por eso se dice en la sagrada Escritura: «Huid del pecado como lo haríais ante una serpiente» (2), Haced como la santísima Virgen, que temía ver a un ángel en forma humana dentro de su habitación. Y si sentís algún pensamiento de impureza, el remedio más pronto es echarlo enseguida fuera del corazón, pedir ayuda a Dios, recurrir a santas consideraciones, a la disciplina y a otras mortificaciones, aunque siempre con permiso.
También hay impureza a los ojos, impureza de los oídos (esto es fácil de entender), impureza de la lengua, impureza en todos los sentidos, si no ponemos cuidado. Pero una hija de la Caridad que tiene a Dios por testigo de todos sus pensamientos y que hace por él todas sus acciones, se mantendrá de este modo en la observancia de sus reglas. ¿Quién podrá mantenerla más que Dios? Pero os recomiendo sobre todo que no dejéis entrar nunca en vuestras habitaciones a personas de otro sexo, ni siquiera a mí, que soy vuestro superior, miserable de mí; no me dejéis entrar.
Regla 19: «Siéndoles tan necesaria la santa modestia, no sólo para edificar al prójimo, ya que es como una predicación muda y continua, sino también para conservar la pureza, etcétera».
Mis queridas hermanas, este artículo nos enseña que hay que guardar la modestia en todas partes, hasta en nuestras recreaciones. San Pablo les decía a los cristianos de su tiempo: «Alegraos, pero que vuestra modestia resplandezca ante todos». Hay algunas de vosotras a las que nunca me acerco sin sentir mucha edificación. No, no creo haber visto nunca a una de esas hermanas verdaderamente modestas sin sentir gran satisfacción y sin darle gracias a Dios por sus complacencias en estar presente en aquella hermana.
San Francisco llamó un día a un hermano y le dijo: «Hermano, vamos a predicar». Después de pasear por toda la ciudad, volvieron a casa y el hermano le dijo: «Padre, dijo usted que iba a predicar, pero no ha predicado». – «Hermano, ¿no es una predicación haber ido con modestia por toda la ciudad? Es una predicación muda».
Son muchas las personas que me han dicho, y hasta algunos hombres, que os han visto por la calle: «Padre, tiene usted unas hermanas queme edifican más por su modestia que si me echaran un sermón; predican sin decir una palabra». Hijas mías, seguid así, no perdáis esta práctica; aumentadla más bien como muy necesaria para la conservación de la pureza. Por eso tenéis tanta necesidad de esta virtud en vuestras habitaciones y en vuestros recreos como por la calle.
Está bien tener recreo, pero con modestia, guardándose de las risas excesivas y de los gestos vulgares. Así lo aconseja san Pablo: «Alegraos, pero de forma que se conserve la modestia; iterum dico vobis: gaudete» (4). Alegraos, guardándoos sobre todo de tocaros mutuamente. ¡Salvador mío! Tened cuidado con esto, hijas mías, porque el diablo ha puesto allí una trampa de la que no os dais cuenta. Pero si supieseis lo que está allí oculto, aunque sea entre personas del mismo sexo, no me atrevo a decíroslo, por miedo a enseñar a algunas de vosotras lo que no saben; no hay que hacer esto más que cuando la caridad lo exija, como abrazar a las recién venidas o para hacer las paces con una con la que estabais reñidas. ¿Qué bueno es eso! O lo recomiendo, y veréis cómo es esponja el corazón. ¡Ese santo abrazo! Entonces os está permitido besaros en la mejilla, pero nunca en la boca.
En cuanto a las personas de otro sexto, las hijas de la Caridad no deben permitir que nadie las bese ni las toque. – ¿Ni siquiera un hermano? – No, ni siquiera vuestro padre. Ved si no tenéis motivos para alabar a Dios por encontraros en una Compañía que seguramente conducirá a una persona que vive según sus reglas a una gran santidad. Amad vuestras reglas y dad gracias a Dios por haberos concedido la dicha de oír su explicación. Y si caéis en alguna falta, confesaos con el propósito de corregiros. Si lo hacéis así, mis queridas hermanas, no tendréis ningún motivo para envidiar la condición de las religiosas y podréis estar seguras de que Nuestro Señor os acogerá bajo su protección.
Le pido a Nuestro Señor que os conceda esta gracia. ¡Salvador mío! ¡Virgen Santísima! Con todo mi corazón os pido la gracia de que animéis a nuestras hermanas del espíritu que necesitan, para que sigan los consejos que se les dan y se acuerden muchas veces de la santidad de sus reglas. Salvador de nuestras almas, tú has reunido a estas buenas mujeres de diferentes países para conducirla por un estilo de vida tan perfecta que es la más cercana a la que tú llevaste en la tierra; imprime en el corazón de nuestras hermanas la santidad de los consejos que acaban de recibir. Virgen Santísima, tú que fuiste tan casta y tan modesta haz que nuestras hermanas practiquen estas virtudes. Haz, Señor, que desde el momento en que pronuncie de tu parte las palabras de la bendición, se ilumine su espíritu con las verdades que acabo de explicarles.







