Vicente de Paúl, Conferencia 086: Repetición De La Oración Del 29 De Noviembre De 1656

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE LA PARABOLA DEL GRANO DE MOSTAZA

La fidelidad a las reglas y a las costumbres recibidas asegura el progreso espiritual; la negligencia prepara la ruina de los particulares y de las comunidades. Servicios prestados por la casa de Marsella a los novicios de San Víctor.

Nuestro veneradísimo y bienaventurado padre Vicente empezó encomendándonos a los misioneros de Roma y luego a los de Génova a propósito de la peste, que había aumentado, según decían. Nos encomendó también a nuestro santísimo padre, el papa, al sagrado colegio cardenalicio, y a los padres Desdames y Duperroy; nos dijo que el primero, el padre Desdames, ha tenido la peste y ya se ha curado, gracias a Dios: por lo que pido a la compañía que dé gracias a Dios. Fijaos un momento en la gracia de Dios y cómo cuida de sus servidores. ¡Oh padres y queridos hermanos míos! Creedme, no hay nada mejor que ser fieles a Dios y perseverar en el bien que hemos emprendido. «Como has sido fiel en lo poco, te pondré sobre lo mucho», dice Dios. Así pues, seamos fieles, fieles en la práctica de nuestras reglas, fieles en la observancia de las santas costumbres de la compañía, fieles en la observancia de las buenas obras que hemos emprendido, en una palabra, fieles en todas las cosas.

¿Y qué pasará entonces, hermanos míos? Pasará que día tras día iremos progresando en la virtud, como ese pequeño grano de mostaza, que a pesar de ser muy pequeño, con el tiempo llega a convertirse en un árbol grande; así espero que, si la compañía es muy fiel en ejecutar puntualmente sus reglas y todas las ocupaciones que tiene encomendadas, irá avanzando poco a poco en las gracias de Dios; y si hoy, por ejemplo, uno practica un acto de virtud en un grado determinado, mañana lo practicará hasta el segundo grado, más tarde hasta el tercer grado de perfección, y así es como irá creciendo poco a poco. Hoy un hermano, un clérigo, un sacerdote habrá practicado un acto de humildad hasta el segundo grado de virtud, por ejemplo; si es fiel a Dios, mañana lo practicará hasta el tercer y cuarto grado, y se irá elevando a medida que continúe sólidamente en la práctica de esa virtud, siempre con la gracia de Dios, sin la cual nada podemos.

¿Acaso no lo hemos visto en nuestro pobre hermano? Hemos visto cómo crecía en él la virtud en muy poco tiempo (Nota: Creo que se refería al hermano Cristóbal Delaunay). Y si os fijáis un poco, podréis observar lo mismo en otros varios de la compañía. Por mi parte, debo confesaros que hay algunas personas en la compañía que, al verlas, no tengo más remedio que entrar dentro de mí mismo y llenarme de confusión al compararme con ellas. Vemos en la vida de san Antonio que la consideración de todas las criaturas le servía para animarse en el servicio de Dios. Hermanos míos, si nos fijamos en varios de la. compañía, podremos ver en uno la humildad, en otro la mansedumbre, en éste la caridad para con el prójimo, en aquel el amor a Dios, en aquel otro la observancia y la exactitud en las reglas, en el de más allá la paciencia y la obediencia puntual. ¿Y quién es el que hace todo esto? ¡Dios! Es Dios, hermanos míos, el que obra en esas personas, en unas más y en otras menos, según se les comunica a ellas la fuerza del espíritu del mismo Dios. No me refiero aquí a los talentos, como el de la predicación, por ejemplo, que es una cosa que no es para nosotros, sino para los demás, y que no sirve muchas veces más que para perder a uno y llenarle de vanidad; me refiero más bien a las virtudes que nos hacen más amables a Dios; y esa consideración de las virtudes que veamos en nuestros hermanos, hará tanto más efecto en nosotros cuanto mejor veamos que se trata de personas como nosotros, a las que podemos ver con nuestros propios ojos y convivimos con ellas todos los días; y esto hace muchas veces más efecto en ciertas personas que la consideración de esos santos que ya han muerto y a los que ya no ven o no han visto nunca. ¡Ay! Cuando pienso en algunos de la compañía que hace ya un año, dos años, seis, ocho o diez años que están sufriendo, unos de un mal muy agudo, otros con enfermedades que les van agotando poco a poco, y todo esto con una paciencia tan grande y con una plena conformidad con la voluntad de Dios, mientras que yo, apenas siento un poco de dolor en las piernas, en las rodillas, me pongo a gritar y a quejarme, entonces ¿no es verdad que estos ejemplos me llenan de confusión, al verme tan ruán que no soy capaz de sufrir el menor dolor?

Padres y hermanos míos, ¡cuánta fuerza tiene el buen ejemplo y cuánto bien hace en una compañía el que es ejemplar! Por el contrario, el que empieza a relajarse, bien sea en la práctica de las virtudes, bien en la observancia de las reglas, ¡qué peligro hay de que haga mucho mal, si no se aparta cuanto antes de ese estado! Y lo mismo que los que son fieles progresan de día en día, como acabo de deciros, por el contrario, los que se van relajando van bajando de grado en grado y llegan finalmente a caer, al no ser capaces de sostenerse en pie. No tienen más remedio que caer y les pasa lo que a un hombre que ha dado un paso en falso; veis cómo se inclina: el peso mismo de su cuerpo le hace caer, porque no es capaz de sostenerse; no tiene más remedio que caer. Bien, ¡alabado sea Dios! ¡alabado y glorificado por siempre! Sí, hermanos míos, cuando Dios coge una vez cariño a un alma, la soporta, haga lo que haga. ¿No habéis visto alguna vez a un padre, que tiene un niño pequeño al que ama mucho? Le deja hacer a ese niño todo lo que quiere y hasta llega a decirle: «Muérdeme, hijo mío». ¿De qué proviene todo esto? De que ama a ese niño. Pues lo mismo se porta Dios con nosotros, hermanos míos.

Me dicen de Marsella que ya han empezado a enseñar a esos novicios de San Víctor a rezar el breviario y a hacer las ceremonias; hasta ahora no lo habían hecho. Pues bien, fijaos un poco en lo que esto significa y hasta qué punto ha decaído en la actualidad esa gran orden religiosa. He dicho «gran orden», pues de ella han salido un gran número de cardenales y de prelados, y hasta papas; ¡una orden que al comienzo vivía con tanta santidad! Y ya veis en qué estado se encuentra ahora. Es lo mismo que ha ocurrido también con otras órdenes y comunidades de la Iglesia de Dios, que se han relajado de su primera observancia de las reglas y de la práctica de las virtudes. Y es lo mismo que ocurrirá con todas las comunidades que se relajen.

En una palabra, sucederá exactamente lo mismo que le ha pasado al castillo de Ventadour, que está situado en la montaña de…. Antiguamente vivían allí personas virtuosas, temerosas de Dios, hombres distinguidos; en la actualidad, ¿sabéis quien vive allí? Sapos, cornejas, lechuzas y demás viles animales. Se ha caído toda la techumbre; quedan sólo las paredes. Del mismo modo, las casas en las que empieza a fallar la virtud se encuentran en poco tiempo habitadas por personas viciosas, llenas de pasiones y de pecados. En fin, que da lástima de ellas. Bien; así pues, ánimo, padres y hermanos míos. Pongámonos en manos de Dios con todos nuestros ánimos; trabajemos sólidamente por conseguir la virtud, y especialmente la humildad, sí, la humildad; pidámosle insistentemente a Dios que quiera dar esta virtud a esta pequeña compañía de la Misión. La humildad, sí, la humildad. Lo repito: ¡la humildad!

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