(11.11.57)
(Reglas comunes, art. 12-16)
Mis queridas hermanas, la conferencia que vamos a comenzar será un poco distinta de las anteriores. Antes acostumbrábamos tomar como temas alguna virtud y preguntaros sobre ella, con la gracia de Dios. Esto se hizo con mucho fruto en varias ocasiones. Otras veces lo hacíamos de otra manera, deteniéndonos en una sola regla, que nos servía para toda la charla. Pero hoy lo vamos a hacer de otro modo. Leeremos las reglas siguientes, dando solamente unas breves instrucciones sobre cada una de ellas. Hasta ahora hemos hecho como os dije porque así lo creíamos más conveniente: se trataba de reglas fundamentales y de suma importancia; por eso necesitaban más explicación. Pero éstas, aunque sean necesarias, no tienen necesidad de una explicación tan amplia, porque hablan por sí mismas.
Estamos en la regla 12. Veamos lo que dice: «Será su principal empleo servir a los pobres enfermos, tratándolos con compasión, dulzura, cordialidad, respeto y devoción, etcétera».
Esto es lo que dice la regla 12, al hablar de los hijas de la Caridad, o sea que vuestro principal empleo, después del amor de Dios y del deseo de haceros agradables a su divina Majestad, tiene que ser servir a los pobres enfermos con mucha dulzura y cordialidad, compadeciéndoos de su mal y escuchando sus pequeñas quejas, como tiene que hacerlo una buena madre; porque ellos os miran como a sus madres nutricias y como a personas enviadas por Dios para asistirles. Por eso estáis destinadas a representar la bondad de Dios delante de esos pobres enfermos. Pues bien, como esta bondad se comporta con los afligidos de una forma dulce y caritativa, también vosotras tenéis que tratar a los pobres enfermos como os enseña esa misma bondad, esto es, con dulzura, con compasión y con amor: pues ellos son vuestros amos, y también los míos. Existe cierta compañía, cuyo nombre no me viene ahora a la memoria, que llama a los pobres nuestros señores y nuestros amos; y tienen razón, pues ellos son los grandes señores del cielo; a ellos le toca abrir sus puertas, como se nos dice en el evangelio.
Así pues, esto es lo que os obliga a servirles con respeto, como a vuestros amos, y con devoción, porque representan para vosotras a la persona de Nuestro Señor, que ha dicho: «Lo que hagáis al más pequeño de los míos, lo consideraré como hecho a mí mismo». Efectivamente, hijas mías, Nuestro Señor es, junto con ese enfermo, el que recibe el servicio que le hacéis. Según eso, no sólo hay que tener mucho cuidado en alejar de sí la dureza y la impaciencia, sino además afanarse en servir con cordialidad y con gran dulzura, incluso a los más enfadosos y difíciles, sin olvidarse de decirles alguna buena palabra, como por ejemplo: «Bien, hermano, ¿cómo piensa hacer usted el viaje al otro mundo? ¿No le gustaría hacer una buena confesión general para disponerse a bien morir? ¿No desearía usted ir a ver a Nuestro Señor?» Hay que decirles siempre alguna cosa por el estilo para llevarlos a Dios. No decir muchas cosas a la vez, sino ir poco a poco dándoles la instrucción que necesitan; lo mismo que a los niños de pecho, que sólo se les da de mamar un poco cada vez. Pues bien, vuestros enfermos son como niños en la devoción, aunque sean personas mayores. Una buena palabra que salga del corazón y se diga con el debido espíritu será suficiente para llevarles a Dios. Si esa palabra está dicha con ánimo logrará lo que pretende. Por eso a esas oraciones las llaman jaculatorias, pues son otros tantos dardos encendidos que hieren el corazón de Nuestro Señor, sobre todo cuando las pronuncia un alma buena. De la misma forma, una buena hija de la Caridad que le dice unas buenas palabras a un enfermo, es como si lanzara un dardo que inflama su corazón en el amor de Dios. Creo que todas sois buenas, pero un alma buena de verdad, que ama mucho a Nuestro Señor y a la santísima Virgen, que no mira ninguna otra cosa en cuanto hace más que agradar a Jesucristo, es como una llama de amor que penetra en el corazón de aquellos a quienes habla. Pues bien, esa buena palabra que tenéis que decirle debe tender a excitarles a la paciencia, o a hacer una buena confesión, o a bien morir, o a bien vivir, si recobran la salud, y a enseñarles las cosas necesarias para la salvación. Porque mirad, mis queridas hermanas, es muy importante asistir a los pobres corporalmente; pero la verdad es que no ha sido nunca ése el plan de Nuestro Señor al hacer vuestra Compañía, cuidar solamente de los cuerpos; porque no faltarán personas para ello. La intención de Nuestro Señor es que asistáis a las almas de los pobres enfermos, y por eso tenéis que reflexioanr dentro de vosotras mismas: «¿Cómo me porto yo en mi parroquia? ¿Cómo sirvo a los enfermos? ¿Lo hago sólo corporalmente, o de las dos maneras al mismo tiempo? Porque si no tengo otra intención más que la de asistir al cuerpo, ¡ay!, eso es poco; no hay nadie, cualquiera que sea, que no haga otro tanto». Un turco, un idólatra, puede asistir al cuerpo. Por eso Nuestro Señor no tenía ningún motivo para instituir una Compañía solamente con esa finalidad, ya que la naturaleza obliga suficientemente a ello. Pero no pasa lo mismo con el alma. No todos pueden ayudarles en eso, y Dios os ha escogido principalmente para que les deis las instrucciones necesarias para su salvación. Pensad en vosotras mismas y decid: «¿He hecho yo acaso algo más que atender a los cuerpos durante todo el servicio que he hecho a los pobres? Si hasta ahora no he atendido más que a proporcionarles el alimento, las medicinas y las otras cosas que se refieren al cuerpo, no he cumplido con mi obligación. ¡Perdón, Señor mío, por mi conducta pasada!
Hijas mías, no basta con eso. Hay que tomar la resolución de añadir al servicio que hagáis a los cuerpos la asistencia a las almas en el futuro: «Sí, Salvador mío, en adelante deseo dedicarme a hacer a mis enfermos todo el servicio espiritual que me sea posible, lo mismo que al corporal».
Quizás me diga alguna: «Padre, tenemos que atender a treinta enfermos; ¿es posible llevarles a cada uno su porción e instruirles?» Mis queridas hermanas, responderé a eso que habrá que decirles al menos una buena palabra de pasada, algunas frases de Nuestro Señor, procurando elevarse hasta Dios para tomar del corazón de Nuestro Señor algunas palabras de consuelo, y decirle a aquel pobre enfermo, por ejemplo: «¡Hijo mío, qué feliz será usted si sufre su enfermedad con paciencia! ¡Hermano mío, sufre usted mucho, pero Dios merece que suframos todavía más por su amor! ¡Hijo mío, sus dolores son muchos, pero el mérito que tendrá por ellos también será muy grande! ¡Bien, hermano mío! ¡Bien, hermana mía! ¿ama usted mucho a Dios? ¿No querrá hacer una confesión general?». Y así decirle alguna cosa según las necesidades que veamos en él. Y para lograr que esto resulte útil, tenéis que llenaros del espíritu de Nuestro Señor, de modo que todos vean que lo amáis y que intentáis hacerle amar. La que esté llena del espíritu de Nuestro Señor necesariamente producirá mucho fruto. Pero si hubiera entre vosotras algunas que fueran de la Caridad solamente de nombre y por su manera de vestir, ésas no dirán nada como es debido o, si dicen alguna cosa, lo harán con tanta frialdad que no impresionarán a nadie. ¡Y por qué? Porque esa hermana, que no tiene caridad en su corazón, hablará sólo con sus labios y lo que diga no tendrá ninguna fuerza, ya que viene de la lengua y no del corazón. Pero las que estén llenas de Dios hablarán con afecto, porque llevan a Dios en el corazón y lo que salga de ese corazón llevará consigo un poco de fuego que penetrará en el del enfermo; será como un bálsamo que lo llena todo con su aroma.
¿Os acordáis de nuestras queridas hermanas que descansan en Dios? ¿Cómo hablaban a sus enfermos y hasta a sus mismas hermanas! No hay ninguna que no lo haya hecho así. Se les ha visto servir a los enfermos con caridad, hablarles con dulzura y humildad. Hijas mías, acordaos de ellas. Esa es la lección de Nuestro Señor: «Acordaos de mí, dijo, que soy manso y humilde de corazón» (3); y no sacaréis ningún provecho, si no obráis de esta manera. Si tenéis que dar algún aviso a vuestras hermanas, o alguna instrucción a los pobres, que sea siempre con humildad y dulzura. Es ésa una semilla que siempre da fruto. Pero nunca haréis nada si os dejáis llevar por la dureza y por un espíritu apasionado. Hijas mías, entreguémonos a Dios para obrar de esta manera y pidamos a nuestras hermanas que gozan de la bienaventuranza del cielo que le pidan para nosotros esta gracia. Supliquémosle que nos lo conceda Dios por el amor que les tiene. ¡Dios mío!, tú diste a nuestras hermanas la gracia de tocar a los corazones cuando hablaban a sus hermanas y a los enfermos; dánosla también a nosotros. Tú las amaste tanto que concediste a quienes ellas asistían la gracia de apreciar lo que les decían y de sacar provecho de ello. Señor, concédenos también a nosotros la gracia de tocar los corazones y de llevarlos a tu amor enseñándoles sobre todo las cosas necesarias para la salvación, porque los doctores aseguran que nadie puede salvarse sin saber los principales misterios de la fe. Por eso tenéis que procurar enseñarles sobre todo a los pobres que existe un Dios en tres personas.
¡Pero si se trata de pobres que no han tenido ninguna instrucción! ¡Si es una persona que sólo tiene dieciséis años! – No importa; no hay salvación sin eso. Santo Tomás y san Agustín sostienen que no hay salvación para un alma que no sabe que hay un Dios en tres personas, que la segunda persona se encarnó, y todas las demás cosas principales que hizo para nuestra salvación. Hijas mías, ¡que dicha que Dios os haya confiado tan santa ocupación! ¿Puede haber algo más hermoso y digno de aprecio que una persona que lo deja todo para entregarse por entero a Dios para el servicio de los pobres? ¡Qué hermoso es esto! Si pudiéramos ver a una hija de la Caridad que sirve con esmero a los enfermos, que se preocupa de su salvación, que trabaja todo lo que puede en su perfección para hacerse agradable a Dios; hijas mías, si pudiéramos ver el estado de una hermana así, no encontraríamos nada tan hermoso como su alma. No lo vemos ahora, pero lo veremos en el cielo algún día. ¡Dejar todo lo que se tiene en el mundo, el padre, la madre, los hermanos, las hermanas, los parientes, los amigos, los bienes si es que se tienen, y su propio país! ¿Y para qué? Para servir a los pobres, para instruirles y ayudarles a ir al cielo. ¿Puede haber algo más hermoso y digno de estima? Si viéramos a una hermana de esta categoría, veríamos cómo su alma brilla más que el sol, tal como habla Nuestro Señor en las sagradas Escrituras: «El justo es como un sol» (4). El justo es el que cumple la justicia, dándole a Dios lo que se le debe, y al prójimo y a sí mismo lo que le corresponde. Pues bien, si Dios se porta justamente con el hombre, reconociendo que ha cumplido con esa triple forma de justicia, ¿qué hará con una hija de la Caridad que no se contenta solamente con hacer actos de justicia, sino que pone toda su vida al servicio de Dios y vive según sus reglas? Os aseguro que una hermana o cualquier hombre que viva de esa forma llegará perfección muy alta, pues vuestras reglas son muy santas y tienden todas ellas a vuestra santificación.
Hijas mías, ¡si supieseis qué gracia tan alta es servir a los pobres, haber sido llamadas por Dios para eso! No tenemos una inteligencia tan clara para ver la excelencia de esta gracia, al menos todos; porque Dios ha concedido a veces a las almas buenas ciertas luces para que puedan conocer la belleza de un alma predestinada. Cuando una buena hija de la Caridad entrega toda su vida al servicio de Dios, cuando lo deja todo por él, cuando ya no hay en el mundo nada para ella, ni padre, ni madre, ni bienes, ni posesiones, ni conocimientos más que Dios o por Dios, no tenemos más remedio que creer que esa hermana será algún día bienaventurada. Pero son pocas las personas que tienen este conocimiento. ¡Qué hermoso es ver a un alma revestida de la gracia de Dios, rodeada de la virtud de Dios, que lleva a Dios en su corazón, que nunca lo pierde de vista! Si se pudiera ver eso, nos sentiríamos arrebatados de admiración; no podríamos contemplar la belleza de ese alma sin sentirnos deslumbrados. Sí, los santos Padres han dicho que, si se pudiera ver la belleza de la virtud, quedaríamos extasiados y seríamos incapaces de dejar de amarla, cuando la dejáramos luego de ver. Ved, hijas mías, lo que es un alma que se esfuerza en la práctica de la virtud, tal como lo hacen todas la verdaderas hijas de la Caridad. Porque, hijas mías, ¿qué es lo que hacéis por medio de la observancia de vuestras reglas, sino practicar continuamente la virtud? Entregaos, pues, a Dios para ser fieles a ellas, y sobre todo a ésta, que es tan necesaria para la salvación de los pobres a quienes servís.
De todo lo que se refiere a este punto, es decir, de la forma con que habéis de portaros con las damas de la Caridad y con las demás personas que os utilizan para el servicio de los pobres, así como igualmente con los enfermos, se ha redactado un pequeño resumen, que se os entregará con la ayuda de Dios.
Pasemos a la regla trece. Dice así: «Siendo la caridad desordenada, especialmente si se hace contra la obediencia, no sólo muy desagradable a Dios, sino también perjudicial al alma de aquellos que la practican de tal suerte, las hermanas no emprenderán jamás el alimentar ni medicinar a enfermo alguno contra la voluntad de las personas de quienes ellas dependan ni tampoco contra las órdenes que hubieren recibido, etcétera».
Esto quiere decir, hijas mías, que no hay que dar nunca nada a los pobres por encima de la obediencia. Mirad, apenas aparezca la desobediencia, lleva consigo una deformidad que le quita a la acción, aunque sea buena, toda su belleza. Por el contrario, la obediencia da esplendor y belleza a todo lo que hacemos; hace que las acciones indiferentes sean buenas y meritorias, y que las buenas tengan un incremento de mérito, un aumento de perfección, que las hace todavía mucho más agradables a Dios.
Esta regla quiere decir, por consiguiente, que nunca hay que tomar la iniciativa de recibir a un enfermo en contra de las órdenes de las damas de la Caridad o del médico. Si hay en una parroquia una hermana que quiera obrar por su cuenta y recibir a los enfermos según su capricho, hijas mías, no debe obrar así; y las que pudieran enterarse, no deben seguirla en esto. ¿Por qué se recibe a un enfermo en contra de lo mandado? ¿Con qué permiso? La caridad, por estar bien hecha, tiene que ir siempre acompañada de la obediencia; si no, no es caridad; pues no puede haber caridad que vaya en contra de la obediencia. Si asistís a un pobre enfermo, aunque se trate aparentemente de caridad, si va contra el consentimiento de las personas a quienes corresponde ordenaros esto, ya no es caridad.
Padre, se trata de un enfermo al que no han querido recibir, y cree que soy yo la culpable; se pone a gritarme cada vez que me ve. ¿Qué hay que hacer? – Hijas mías, es algo que puede suceder, pero hay que sufrirlo y aguantar el chaparrón.
Pero, padre, si paso diez veces por allá, siempre escucharé los mismos reproches. – No importa, lo único que cabe hacer es quejarse delante de Dios, que sabe con qué intención lo hacéis.
La Caridad ha tomado la decisión de no admitir ni a los hidrópicos, ni a los tuberculosos, ni a los epilépticos. ¿Qué pasaría si os encargaseis de esa clase de enfermos? Pero, ¿es que habrá que dejarles morir sin asistencia? Mirad, hijas mías, nunca se ha oído decir que esa clase de personas hayan muerto por falta de asistencia. Siempre hay alguien que se ocupe de ello, y en París Dios les ha dado un hospital, que es para los incurables. ¡Si podéis recomendarlos a alguna buena persona, para que les den alguna cosa, muy bien; para ello, ¡In nomine Domini! Pero no tenéis que recibirlos, por muchas quejas que os puedan presentar. Por consiguiente, no hay que hacer nunca la caridad en contra de la obediencia.
«Tendrán particular cuidado de las hermanas enfermas, mirándolas como a siervas de Jesucristo, pues lo son de sus miembros los pobres, y como a propias hermanas, pues que todas son, de un modo particular, hijas de un mismo Padre, que es Dios, etcétera».
Esto quiere decir, hijas mías, que debéis tener mucho cuidado de las hermanas enfermas, sobre todo fuera de la casa de la superiora. La hermana sirviente se debe cuidar de ello, puesto que sois hermanas más íntimas que las que tienen un mismo padre natural, ya que todas sois hijas de Nuestro Señor, que es vuestro padre. Por tanto, hay que tener cuidado de ellas y servirles con tanta devoción como a los pobres. Pero, en cuanto a la manera de tratarlas, las hijas de la Caridad serán verdaderamente fieles a lo que profesa su nombre. Se acostumbrarán a hacer lo que se hace aquí en caso de enfermedad. Cuando una hija de la Caridad es verdaderamente hija de la Caridad cuando está sana, lo será también cuando esté enferma. Por eso se sentirá muy contenta de verse servida lo mismo que los pobres enfermos. Deja de ser hija de la Caridad si, al caer enferma, desea verse tratada con delicadeza. ¿Qué es lo que dais a los pobres a quienes servís? Huevos y caldo. Cuando se os trata de esta forma, sois iguales a vuestros amos, y eso es todo lo que se os puede conceder. Cuando se ponen algo mejor, les dais ya carne y pan; ¿y querrá una hija de la Caridad que le pongan perdiz, chocha y otras carnes delicadas? No es ésa vuestra condición; eso está para las damas. Las hijas de la Caridad deben ser tratadas con sencillez, ya que pertenecéis a una Compañía pobre. Realmente, hermanas mías, si estuviéramos en nuestra casa, ¿nos tratarían así? ¿tendríamos tantos mimos? Os pongo a vosotras mismas como testigos y estoy seguro que lo reconoceréis así. Sin embargo, por ser hijas de la Caridad, a veces las damas os quieren tratar como a una dama y se esmeran tanto en atender a la hija de la Caridad que está enferma en su parroquia como si fuera una dama. Pero las que lo toleren están muy lejos de su obligación; tienen que decirles: «Señora, esto no les va bien a unas pobres mujeres como nosotras; permita que sigamos nuestras costumbres».
Se dice en el libro de Daniel (5) que un rey tomó cuatro niños para educarlos de una forma muy exquisita y mandó que los alimentara con los manjares de su propia casa. Esos niños, que no estaban acostumbrados a ser tratados de aquel modo, les dijeron a sus encargados: «Estamos muy agradecidos al rey por el favor que nos hace; pero esos manjares no nos pondrán mejor de lo que estamos. Dadnos los alimentos que estamos habituados a comer y ya veréis cómo nos ponemos más fuertes». – «No nos atrevemos, les dijeron; corren peligro nuestras cabezas. El rey desea que os sirvamos los alimentos de su mesa». – «Señor, pruébelo; estábamos acostumbrados a comer raíces, legumbres y otros alimentos vulgares; haga la prueba durante ocho o diez días solamente; si nos ponemos mejor, el rey quedará satisfecho; si adelgazamos, podrá hacer usted lo que desee».
Se les concedió lo que pedían y se pusieron perfectamente bien. Tenían el rostro fresco y con una salud muy distinta de cuando los trataban bien. En fin, no había nada que replicar. Además, les dijeron a sus encargados: «Para que veáis que estamos mejor al alimentarnos como acostumbrábamos, mandad venir a los demás niños que comen manjares mas delicados, a ver si están mejor que nosotros». Y así fue. El eunuco mandó que trajeran a los otros niños y resultó que no se encontraban ni mucho menos tan sanos y fuertes como aquellos.
Esto es lo que nos cuenta la historia sagrada de esos cuatro niños; pero no nos dice qué es lo que se mandó al final. Hijas mías procedemos de familias humildes, vosotras y yo. Yo soy hijo de un labrador, me han educado muy pobremente, ¿y voy a querer distinguirme ahora y verme tratado como un monseñor por el hecho de ser ahora superior de la Misión? Hijas mías, acordémonos de nuestra condición y veréis cómo encontramos muchos motivos para alabar a Dios.
Después de esto, ¿qué queréis que os diga? ¿Con qué creéis que alimentan a los reyes cuando caen enfermos? De huevos y de caldo. Eso es lo que se les da. Dios me concedió la gracia de asistir en el lecho de muerte al difunto rey. Eso fue lo que rechazó cuando estaba próximo a morir, y lo rechazó porque sentía repugnancia y porque veía a la muerte acercarse a pasos agigantados. Después, me hizo el honor de llamarme y me dijo: «Padre Vicente, el médico insiste en que tome alimento, y lo he rechazado porque voy a morir. ¿Qué me aconseja usted que haga?». Le dije: «Señor, los médicos le han aconsejado que tome alimento, porque entre ellos está la máxima de que siempre hay que hacérselo tomar a los enfermos. Mientras les quede un soplo de vida, esperan que podrán siempre hacerles recuperar la salud. Por eso, si place a Vuestra Majestad, será mejor tomar lo que el médico le ordena». Aquel buen rey mandó llamar entonces al médico, que era el señor Bouvard, y ordenó que le trajeran un caldo.
Así pues, hijas mías, si tenéis huevos y caldo, estáis tan bien tratadas como los más grandes de la tierra. Mirad, la mortificación consiste en contentarse cada una con lo que se le presenta; y si deseamos más cosas, no seguimos el ejemplo del Hijo de Dios. ¿De qué se alimentaba él? De pan. ¿Y qué es lo que pedía, cuando llegaba a alguna casa? Un poco de pan. «Dadme pan». Y toda su vida en la tierra fue una continua mortificación y práctica de pobreza.
Hijas mías, vivamos siempre conforme a nuestra condición y no dejéis nunca que os traten mas que como unas pobres mujeres. Recomiendo a nuestras hermanas sirvientes que pongan mucho cuidado en asistir a las hermanas enfermas y en administrarlas las cosas que les están permitidas, de la misma manera que se hace en esta casa. Si lo hacéis así, seréis verdaderas hijas de la Caridad, practicaréis vuestra regla, que no tiene más finalidad que la de manteneros siempre en el recuerdo de vuestro origen, para que no salgáis de él, pues es éste un medio muy bueno para conservar la humildad.
La regla sigue diciendo así: «Aunque las damas quisieran, por un exceso de caridad, tratarlas con mayor largueza y delicadeza, etcétera».
Sin embargo, no está prohibido recibir algún pequeño obsequio, cuando se necesite; cuando el corazón está desabrido e inapetente en sumo grado, es justo que se tenga con él alguna consideración; pero tiene que ser en caso de verdadera necesidad.
El artículo 15 de las reglas es sobre las obligaciones de las hermanas enfermas. Dice que no tienen que impacientarse ni murmurar cuando no se les trata a su gusto, imaginándose que ellas no saben tan bien lo que hay que hacer como el médico y las enfermeras, etcétera.
¡Ay, hijas mías! ¡Ser tratado a nuestro gusto! ¿Qué puede hacerse a gusto de una persona enferma? Es propio de la enfermedad que esté uno disgustado. Todo lo que se le puede decir es que tienen que obedecer al médico en todo lo que atañe a su oficio. Por ahí es por donde se conoce la virtud de una persona: en si obedece bien al médico cuando está enferma; la señal de una verdadera hija de la Caridad o de un verdadero religioso es cuando se deja hacer todo lo que quieren el médico o sus enfermeros. Eso es lo que tenéis que hacer vosotras, hijas mías, en vuestras enfermedades, para hacer buen uso de ellas: sentiros contentas de tener algo que sufrir por amor de Dios, que se complace en probar a sus siervos y siervas mediante el sufrimiento.
Dice así la regla 16: «Como la demasiada delicadeza consigo misma puede con frecuencia inclinar a las hermanas, especialmente de las parroquias, a manifestar sus malecillos a los médicos de los pobres, los cuales medicinándoles con facilidad las expondrían al peligro de arruinar su salud en lugar de procurársela, no harán uso de medicina ni tratamiento alguno para su persona, ni para esto consultarán al médico sin permiso de la superiora, si es que residen inmediatas a ella, o en las parroquias de la ciudad en que ella vive; por lo que toca a las que estuvieren distantes, pedirán esta licencia a la hermana sirviente, quien no la concederá sin conocida necesidad, y procurará dar ella misma ejemplo a las demás en el cumplimiento de esta regla».
Mirad, hijas mías, no se necesitan más explicaciones. La regla habla por sí misma. Significa lo siguiente: que es preciso que las hijas de la Caridad no se hagan recetar ellas mismas, sin pedírselo a la señorita Le Gras. ¿Por qué? Porque la experiencia nos ha demostrado que una de las cosas que más estropea la salud es la abundancia de remedios, sobre todo a las personas jóvenes o de mediana edad. Además, raras veces le diréis a un médico que no os encontráis bien, sin que él os diga: «Hay que hacer esto y esto», porque cree que sólo les decís vuestras molestias para eso. Me han dicho incluso que algunas veces ellos mismos no saben cuál es el remedio que hay que usar y que tienen miedo de que una cosa perjudique a la salud en vez de curar. Entonces hijas mías, acostumbraos a practicar esta regla. Quizás algunas de vosotras sepáis ya por experiencia lo necesario que es hacerle caso.
Os diré también que he recibido algunas quejas de una comunidad de religiosa de que la superiora mandaba dar demasiadas medicinas a sus hijas, mandándolas ir a la enfermería tras la más pequeña molestia. Como las quería mucho, las trataba lo mismo que a ella misma. Pero lo cierto es que, si ella lo necesitaba, las otras no. Y me dijeron: «Padre, desde que ocupó el cargo nuestra madre, vemos a nuestra comunidad reducida siempre a la mitad».
A los jesuitas no les está permitido consultar al médico sin permiso. Pues bien, como se ha sabido que algunas hijas de la Caridad acostumbraban tomar remedios con demasiada facilidad, para evitar los abusos que pudieran presentarse se ha creído conveniente ordenaros que ninguna manifieste su mal sin permiso.
Cuando haya necesidad de medicinas, me dirá alguna, habrá que buscarlas, aunque falten otras cosas necesarias. – ¿Pobres hijas de la Caridad si llegara a suceder eso! Pero hay que hacerlo siempre con el permiso de los superiores.
Estos son, hijas mías, los consejos que tenía que daros. Si los seguís, seréis verdaderas hijas de la Caridad, tanto estando sanas como estando enfermas; si no los cumplís, seréis unas personas débiles que tienen más necesidad de ser asistidas que de asistir a las demás. Estas son las reglas que Dios os presenta. Si las observáis, le demostraréis el amor que le tenéis.
Ruego a Nuestro Señor que os conceda la gracia de ateneros a vuestras reglas, que parecen pequeñas en apariencia, pero que son grandes en sus efectos. ¡Salvador de nuestras almas! Tú eres el verdadero médico; y tienes que serlo tanto de nuestros cuerpos como de nuestras almas. Tú les has enseñado a los mismos animales los remedios necesarios para sus males. Señor, enséñanos cómo hemos de comportarnos también nosotros. Y como las personas buenas nunca caen en excesos, enséñanos cómo hemos de usar de las medicinas, no solamente para nosotros, sino también para con nuestros pobres.
Una hermana, viendo que el padre Vicente iba ya a dar la bendición, le pidió perdón a él y a toda la comunidad. El le dijo:
¡Dios le bendiga, hija mía, por los sentimientos de penitencia que demuestra! Supongo, mi querida hermana, que está usted dispuesta a obrar mejor de aquí en adelante y a trabajar en la práctica de lo que acabamos de decir. Le pido esta gracia a Dios para usted y para todas las hermana. Así pues, que el cielo se llene de alegría por lo que usted acaba de hacer, ya que se ha dicho que hay en el cielo un gozo especial entre los ángeles, cuando un pecador hace penitencia.
¡Quiera la bondad de Dios bendecirnos a todos y concedernos la gracia de seguir siempre nuestras reglas, que son tan santas! Así se lo suplico a Nuestro Señor y, de su parte, pronunciaré sobre vosotras las palabras de la bendición.







