Vicente de Paúl, Conferencia 085: Conferencia Del 17 De Noviembre De 1656

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE LA OBLIGACION DE CATEQUIZAR A LOS POBRES

Obligación de catequizar a los pobres. Maneras de cumplir con ella.

La conferencia tenía tres puntos: el primero era ver si se notaba si la compañía se había relajado en la práctica de lo que había hecho desde el comienzo de su fundación, o sea, dar catecismo a los pobres, a los niños y a demás personas con quienes nos encontramos de viaje, o en casa, o en las misiones; el segundo, cuáles eran los grandes beneficios que se seguían de esta práctica de dar el catecismo; el tercero, sobre los medios para renovar esta práctica en el caso de que se haya ido debilitando.

El padre Vicente, después que hablaron sobre este tema varios de los más antiguos de la compañía, tanto sacerdotes como hermanos, añadió: Voy a decir lo mismo que han dicho ya nuestros pobres hermanos; yo no sé actualmente cómo se porta cada uno en esto; me pasa lo mismo que cuando voy a la ciudad y tengo que entrar en una casa: tengo que subir al despacho o entrar en el salón; por eso ustedes, padres, que van a misionar al campo, pueden ver ahora las cosas mejor que yo. Pero sé muy bien cómo se hacía esto al comienzo de la compañía, y cómo seguíamos exactamente la práctica de no dejar que pasase ninguna ocasión de enseñar a un pobre, si veíamos que lo necesitaba fueran los sacerdotes, los clérigos que había entonces, o los hermanos coadjutores, cuando iban o venían de algún sitio. Si se encontraban con algún pobre, con algún niño, con algún buen hombre, hablaban con él, veían si sabía los misterios necesarios para la salvación; y si se daban cuenta de que no los sabía, se los enseñaban. No sé si ahora son todos tan cuidadosos en observar esta santa práctica; me refiero a los que van al campo, cuando llegan a alguna posada o por el camino. Si así es, enhorabuena; habrá que agradecérselo a Dios y pedir que persevere en ello nuestra compañía; si no, si se advierte cierto relajamiento, habrá que pedirle a Dios la gracia de levantarnos.

Por lo que se refiere al segundo punto, de cuáles son las ventajas que se siguen del ejercicio de esta santa costumbre, son muy grandes; por el contrario, los que no sean fieles a ella están en peligro de cometer males importantes. Y hablo de males importantes porque, como muy bien ha dicho el que ya ha hablado, se puede matar a una persona de dos maneras: o hiriéndola y dándole el golpe de muerte, o no dándole lo que necesita para poder vivir; de forma que, fijaos, es una falta muy grande, si se ve que el prójimo no posee la debida instrucción de los misterios necesarios para la salvación, no enseñárselos cuando se puede. Y lo que nos debe incitar a esto más todavía es lo que dicen san Agustín, santo Tomás y san Atanasio, que los que no conozcan explícitamente los misterios de la Trinidad y de la Encarnación no podrán salvarse. Esa es su opinión. Sé muy bien que hay otros doctores que no son tan rigurosos y que defienden lo contrario, puesto que según dicen  es muy duro ver que un pobre hombre, por ejemplo, que haya vivido bien, se condene por no haberse encontrado con nadie que le enseñe esos misterios. Pues bien, en la duda, padres y hermanos míos, será siempre un acto de mucha caridad para nosotros, si instruimos a esas pobres personas, sean quienes fueren; y no debemos desaprovechar ocasión alguna de hacer lo que podamos.

Gracias a Dios, sé de algunos en la compañía que no faltan casi nunca en esto, a no ser que se vean impedidos por alguna cosa. No sé si en la portería se cumple esto bien; me parece que allí no van tan bien las cosas como antes; temo que los dos hermanos encargados de la portería se han descuidado un poco en esto. Puede ser que esto se deba a que los dos son nuevos y no saben cómo se suele hacer. No sé tampoco si esto se observa en el patio de abajo y si el hermano que está allí se cuida de instruir debidamente a nuestros criados, de hablar algunas veces con cada uno en particular de estas cosas, imitando a nuestro Señor cuando fue a sentarse en la piedra que había junto al pozo, desde donde empezó a instruir a aquella mujer, pidiéndole un poco de agua: «Mujer, dame un poco de agua», le dijo. Y así se les puede ir preguntando a cada uno: «¿Qué hay? ¿qué tal esos caballos? ¿Cómo va esto? ¿Cómo va aquello? ¿Qué tal va usted?»; y así, empezar por algo semejante, para pasar luego a nuestro intento. Los hermanos del jardín, de la zapatería, de la costura, lo mismo; y así todos los demás, para que no haya aquí nadie que no esté suficientemente instruido en todas las cosas que son necesarias para salvarse: unas veces charlando con ellos sobre la manera de confesarse bien, sobre las condiciones de la confesión, otras veces hablándoles de algún tema que sea útil necesario para ellos.

La sagrada escritura dice que los que enseñan a los demás las cosas útiles y necesarias para su salvación, brillarán como estrellas en la vida eterna. Y éste será sin duda un bien inmenso que les tocará a los que enseñen a los demás el camino de la salvación y que quizás, sin ellos, no habrían podido salvarse.

Los hermanos no deben enseñar ni tener la catequesis en la iglesia; no, no conviene hacerlo allí; pero, fuera de la iglesia, podrán hacerlo en cualquier sitio y ocasión.    Bien, ya suena la hora; hay que terminar. Yo soy el más culpable de esto, de haber aburrido muchas veces a la compañía por seguir hablando demasiado tiempo después de haber sonado la hora. Me han hecho el favor de amonestarme de esta falta, ya que soy tan miserable; por eso le pido muy humildemente perdón a Dios y a la compañía por haberle dado en esto motivos de mortificación y de desedificación, y por haber dejado que pasasen tantas ocasiones como se me han presentado sin haber enseñado a tantas personas, e incluso a personas pobres que han venido a mi habitación; a pesar de ello, miserable de mí, no he obrado como debía.

Nota: en esta misma conferencia el padre Vicente reprendió a un hermano coadjutor por haber pronunciado la frase «nuestros señores», refiriéndose a los sacerdotes de la Misión de Annecy, donde había estado, y le dijo que no usase ya nunca ese título de «nuestros señores»; dos días más tarde, en la repetición de la oración, encomendando a las oraciones de la compañía al padre Lucas, que es un sacerdote de la compañía residente en Génova, lo llamó «nuestro hermano Lucas».

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