Vicente de Paúl, Conferencia 083: Cuidar de los bienes de los pobres y de la comunidad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(26.08.57)

(Reglas comunes, art. 10)

Hijas mías, el tema de esta charla es la continuación de la explicación de las reglas. Hablaremos de la décima, que consiste en tener mucho cuidado al administrar los bienes de los pobres y los vuestros. Leamos el artículo y veamos lo que dice: «Se harán gran cargo de conciencia si no economizan el dinero y manejan bien los demás efectos que estuvieren a su cargo para uso de las hermanas, etcétera».

Hijas mías, esto está claro y casi no necesita ninguna explicación; sin embargo, no dejaremos de decir algunas cosas para que lo comprendáis mejor. Afirmo, pues, que las hermanas que están aquí o en otros sitios, como en los hospitales o las parroquias, y que llevan la administración de alguna cosa, están obligadas a cuidar mucho de ella y usarla con fidelidad.

En primer lugar, porque se trata de un bien que pertenece a Dios, dado que es un bien de los pobres. Por eso tenéis que tratarlo con mucho cuidado, no sólo por pertenecer a unos pobres que tienen mucha necesidad de ello, sino porque es un bien de Nuestro Señor Jesucristo. Mirad, hijas mías, una de las cosas de las que tengo más miedo, o al menos que temo tanto como las demás, es que haya algunas personas en la Compañía que no cuiden con fidelidad del bien de los pobres. Y la razón es que resulta muy difícil administrar bien el dinero, que a los más prudentes les cuesta trabajo no apropiarse de lo que no es suyo, aunque sean santos, como los apóstoles. Esa necesidad de administrar dinero lleva consigo el peligro de apropiárselo, si no anda uno con mucho cuidado.

Pero, padre, ¿tiene usted algún ejemplo en el evangelio que nos obligue a creerlo? – Sí, hijas mías, tenemos un ejemplo de ello en la persona de Judas, a quien Nuestro Señor había hecho apóstol suyo, que le había seguido por todas partes y que hasta había hecho milagros. Pero aquel miserable deicida, al verse con dinero en las manos, ya que Nuestro Señor lo había escogido como administrador de su Compañía, recibía y daba sin llevar cuentas; esto hizo que le entraran ganas de quedarse con algo y que se sintiera molesto al ver que se utilizaba en cosas referentes a Nuestro Señor, como demostró cuando se puso a murmurar contra la Magdalena porque derramaba su ungüento precioso sobre la cabeza del Maestro; de forma que, por su administración del dinero se convirtió de apóstol del Hijo de Dios en el hombre más malvado del mundo. Sí, hijas mías, nunca ha habido un hombre tal malvado como Judas.

Pero, padre, ¿fue el dinero lo que hizo que Judas se volviera tan malo?  – Sí, hijas mías. – ¿Fue entonces el dinero el que le hizo cometer aquel deicidio, que es el crimen más grande que se puede cometer? – Sí, la administración del dinero pudo conseguir eso y tuvo fuerza suficiente para corromper a Judas, que había estado en la escuela de Nuestro Señor, pues los doctores no alegan ninguna otra razón de su perdición más que ésta. Por tanto, si la administración del dinero fue la causa de que aquel desventurado, de apóstol que era, se convirtiese en un ladrón y un miserable, ¿no habremos de temer nosotros, hijas mías? ¿quién estará libre de peligro? Cada una de vosotras podríais deciros: ¿Tengo yo más vocación que Judas? ¡Ay, no, ya que lo llamó Nuestro Señor personalmente! ¿Tengo yo más gracias de Dios que Judas? ¡Sería una gran temeridad creerlo así! ¿Va a tener una pobre hija de la Caridad más gracias que Judas, que había sido llamado por el autor mismo de todas las gracias y vivía en su compañía? Una pobre hija de la Caridad no puede pensar así sin caer en presunción. De forma, queridas hermanas, que no puedo deciros en este aspecto más que lo siguiente: las que tenéis dinero entre manos, corréis el peligro de convertiros en Judas, si no Ponéis mucho cuidado.

¿Y cómo cayó él en semejante desgracia? Así fue como empezó; comenzó a pensar: «No sé si durará mucho tiempo esta compañía; tiene pocas probabilidades de salir adelante. Por eso es necesario que me guarde algo. Por lo menos, si llegara a desaparecer, me quedará con qué atender a mis necesidades».

Por ahí es, hermanas mías, por donde el demonio empezó a tentarle: fue por la avaricia. Y poco a poco fue atesorando dinero. Cuando tuvo ya algo de dinero en su bolsillo, cayó en una apatía tan grande ante las cosas santas que no podía ya sufrir que le hablaran de Nuestro Señor. Después, empezaron a venirle pensamientos de blasfemia y dudas de si aquel hombre, a quien había reconocido antes como creador del cielo y de la tierra y había venerado como mesías, no sería quizás un farsante. Esto le produjo una ceguera tan grande que pensaba si no sería un falso profeta. Y cayendo de un pecado en otro maldecía las palabras de Nuestro Señor, murmuraba de las acciones más santas que se realizaban, como pasó con lo que hizo la Magdalena. Aquel hombre malvado, al ver lo que ésta había hecho en honor de Nuestro Señor, se puso a criticar: «La verdad es que se trata de una cosa inútil. ¿Cómo es posible que alabe este hecho un hombre que pasa por Hijo de Dios y que alaba la pobreza? ¿No habría sido mejor vender ese ungüento y darle el dinero a los pobres?». No decía esto por el deseo que tuviera de favorecer a los pobres, sino porque había visto frustrada su ambición, pues pretendía quedarse con una parte de los beneficios. Esto fue lo que le hizo murmurar e indignarse contra su maestro. Pero no pararon aquí las cosas. Fue en busca de los príncipes de los sacerdotes, que sabía que eran enemigos de Nuestro Señor, y les dijo tantas cosas en contra suya que se convencieron de que él era también uno de sus enemigos. Esto les dio ánimos para tentarle a fin de que vendiera a su maestro; y así lo hizo, poniéndose inmediatamente de acuerdo en el precio. Y cuando vio que iban a ajusticiarle empezó a reconocer su falta y a arrepentirse, se fue a los príncipes de los sacerdotes y les dijo lleno de dolor y de aflicción: «He cometido por dinero una mala acción; he vendido la sangre del justo» y les tiró el dinero. Hecho esto, fue a colgarse.

¡Dios mío! ¡qué fin tan desgraciado! Aquel miserable reconoció su falta, pero demasiado tarde.

Ved, pues, mis queridas hermanas, el peligro que hay en el manejo del dinero. Lo digo para toda clase de personas sin excepción, hombres y mujeres. Una hermana que maneja dinero corre un serio peligro de perder la vocación, si no tiene mucho cuidado de no quedarse con un solo céntimo en las manos; pues apenas se quede con una moneda, podéis decir que está en camino de perder la vocación. Empezará a pensar como Judas: «¡Quién sabe si podrá subsistir esta Compañía! Será conveniente que me reserve alguna cosa». Y después empezará a tener pensamientos contra su vocación. El diablo le dirá: «¿Qué estas haciendo aquí? ¿No podrás conseguir fuera tu salvación de la misma manera?». Al principio rechazará estos pensamientos, pero luego empezará a aceptarlos. Este es el motivo. mis queridas hermanas, de que una de las cosas de que tengo más miedo es del manejo del dinero; si uno no es fiel en este punto, es la perdición de la Compañía. Y les ruego a las hermanas encargadas de la formación de las que van llegando que les inculquen mucho cuidado en este punto. Lo repito: la que sea tan desgraciada que se quede con alguna cosa de la casa o se apropie de parte del bien de los pobres, hijas mías, ¿qué creéis que es lo que ha hecho? En primer lugar, ha cometido una acción que merece el nombre de robo. Y si veinte sueldos robados por una sirvienta o por una persona del mundo son suficientes para constituir un pecado mortal, ¿qué será con una hija de la Caridad?

Además, pecáis contra el voto o la promesa que habéis hecho de guardar la pobreza; pues se os ha recibido con la condición de que seréis fieles en administrar lo que se ponga en vuestras manos; si no lo hubieseis prometido así, no se os habría admitido. Así pues, lo prometisteis al entrar, en espera del voto que haríais más tarde o que hicisteis al cabo de cuatro o cinco años.

Por consiguiente, se cometen dos faltas al cuidar mal o al apropiarse de algo de lo que pertenece a los pobres. La primera falta se llama robo, que es de suyo pecado mortal, ya que es una acción en contra de los mandamientos de Dios. La segunda va contra el voto y todavía es peor que un pecado mortal, ya que habéis hecho voto de pobreza; y romper el voto es cometer un sacrilegio. Sí, hijas mías, lo que no era más que un pecado mortal se convierte en sacrilegio cuando anda por medio el voto.

Todavía hay más, mis queridas hermanas. ¿A quién le quitáis eso? Si fuera a un hombre o a una mujer, sería siempre un pecado mortal. Pero ¿a quién se lo quitáis cuando os quedáis con alguna cosa de las que os han puesto en las manos? ¡A los pobres! ¡Dios mío! ¡A los pobres! ¡Y entonces se lo robáis a Dios mismo! ¡Cómo! ¡Tomar lo que está destinado a unos pobres que sólo tienen lo que se les da, vosotras que deberíais ser sus madres y sus administradoras! Esto es algo peor que un pecado mortal y que va más allá del mandamiento y del voto. Y también por eso es un sacrilegio, ya que se trata de algo que pertenece a Dios, pues él es el que ha inspirado a esas personas que se lo dieran a los pobres. Se fían de vosotras para que lo distribuyáis, ¿y vais a ser tan desgraciadas que os vais a quedar con ello? ¡Dios mío! ¿Qué es esto? ¡Qué desgracia! ¡Qué miserable sería la que así lo hiciera! Hijas mías, no os extrañéis de ver alguna vez a ciertas hermanas que al principio fueron muy observantes y amantes de su vocación, incluso durante años, pero que poco a poco se fueron relajando y perdieron el afecto que tenían a sus reglas, sin preocuparse ya de practicar las buenas obras ni de ocuparse en ellas según el espíritu de Dios, hasta llegar finalmente a romper con su vocación. Es que no han observado esta regla. De ordinario la pérdida de la vocación proviene de que alguna se ha quedado con el bien de los pobres, aunque sólo se trate de unos céntimos.

Pero, padre, eso parece que es muy poca cosa para llegar a la pérdida de la vocación. – Mis queridas hijas, no es tanto la cantidad lo que hemos de mirar, como la calidad del pecado. Habéis hecho un voto a Dios; le habéis prometido guardar la pobreza, y habéis faltado a ese voto. Pues el voto no os quita solamente la libertad de disponer de lo que no es vuestro, sino incluso de lo que podría perteneceros. Y si una hermana fuera tan atrevida que se quedase con dinero o con otra cosa, cuando entra en la Compañía, obraría muy mal, puesto que es su obligación entregar a la superiora todo lo que tiene, y la superiora mandará escribir a la tesorera en un libro todo lo que se le entrega, a fin de podérselo devolver a su dueña, si la recién venida fuera tan desgraciada que el diablo la apartase de su vocación. Eso es lo que hay que hacer. Y apenas una hermana haya hecho los votos, ya no goza de la disposición de sus bienes.

Padre, me dirá alguna, es verdad que yo tengo alguna cosa, pero es mi madre la que me lo ha dado, o bien es que me ha tocado en herencia. No importa. El voto que habéis hecho no os permite quedaros con nada ni disponer de nada sin el debido permiso, aun cuando tuvierais muchos bienes. Si yo tuviera algo, yo que soy un miserable, estaría obligado en virtud del voto que he hecho a entregárselo a la comunidad, sin reservarme nada.

Pero, padre, se trata de un pariente mío que viene a París para un pleito; se encuentra en grave necesidad; ¿no podré darle alguna pequeña ayuda? – No, no puede usted darle nada, ni siquiera un céntimo sin ofender a Dios. – ¿Será pecado mortal darle unos céntimos?  – Dios lo sabe. Lo que yo sé es que romper el voto es pecado mortal; pero Dios sabe si darle unos céntimos es pecado mortal. Dios ve el corazón con que se hace. Ya sabéis que los capuchinos no pueden ni tocar el dinero; si lo tocan, pecan mortalmente, aunque no hagan más que tocarlo, porque han hecho voto de entregarse a Dios para vivir de esa forma, abandonados por completo en manos de la Providencia; y lo cumplen con mucha exactitud. Pues bien, vosotras tenéis mucha más obligación de no tocar los bienes de los pobres y de usar bien las cosas que se os dan para distribuírselas. El diablo no dejará de intentar sorprenderos. Si le escucháis, os dirá: «Hermana, convendría quedarse con algo; ¡quién sabe lo que podrá pasar más adelante!». Eso es lo que os dirá el diablo, pues es lo mismo que le dijo a Judas. Pero cuando os vengan estos pensamientos, decidle: «Estoy segura de que nada habrá de faltarme, con tal que siga siendo fiel a Dios y confíe en su Providencia».

Lo dice el evangelio de hoy: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura». Mis queridas hermanas, eso es lo que tenéis que hacer. Una verdadera hija de la Caridad, que no tiene más deseos que conservarse en gracia de Dios, busca sólo el reino de Dios. Además, buscáis su gloria sirviendo a los enfermos y, mientras hagáis eso, no debéis tener ningún miedo de que pueda faltaros algo; es imposible que Dios no tenga cuidado de esas almas. Mantened en vuestro espíritu esta convicción y decid desde ahora: «Estoy tan segura en lo que este hombre acaba de decirnos de parte tuya, que desde ahora quiero abandonarme por completo en tu divina Providencia». Afirmaos en esta idea, hijas mías, y estad seguras de que las promesas de Dios no fallan jamás. Decid, pues, desde ahora: «Confío en Dios, con la plena seguridad de que, mientras observe mis reglas, nunca me faltará nada. Y si algún pariente o alguna otra hermana pervertida me quieren convencer de lo contrario, no les creeré jamás».

Esto es lo que habéis de hacer, si sois verdaderas hijas de la Caridad. Pero si no lo hacéis, ¿sabéis lo que se dirá? Apenas se sepa que en una parroquia se ha quedado una hermana con cinco sueldos, podéis estar seguras de que dirán que las hijas de la Caridad son unas ladronzuelas que les roban a los pobres. Y luego, cambiarán de proceder. Las personas que lo oigan dirán: «Hasta ahora nos habíamos fiado de esas hermanas; pero no hay que confiar mucho en ellas». Esto es lo que pasará. Empezarán a considerar a todas las hijas de la Caridad como unas ladronzuelas; y si siguen sirviéndose de vosotras, os pondrán un procurador; os dirán que hay que ir a comprar tales cosas en tal tienda; pero a nadie se le ocurrirá confiar ya en vosotras. Y el día en que la Compañía empezase a tener esa mala fama, adiós las hijas de la Caridad.

Y no es eso todo. Las jóvenes que oigan decir esto, que tendrían ganas de estar con vosotras, no entrarán; y aunque quisiera hacerlo, las disuadirán de ello diciéndoles: «¿Adónde queréis ir? ¡Os vais con esas hermanas! ¡Pero si son unas ladronzuelas! Se han quedado con tal y tal cosa que eran de los pobres. Menos mal que las han metido en vereda, pues les han quitado la administración para dársela a un procurador».

Eso es lo que pasará, hijas mías, si no guardáis esta regla. Y sería una lástima ver a la Compañía en ese estado. ¡Quiera  Dios quitarme la vida antes de ver eso! ¡Cómo! ¡Una compañía que era tan útil, a la que Dios le ha concedido tantas gracias, convertirse en motivo de escándalo! Sí, hijas mías, ¡que Dios me quite la vida antes de permitir que vea esa desgracia! Pero la veréis infaliblemente si faltáis en lo que os he dicho, no solamente porque os lo digo yo, sino porque es la verdad y nos lo demuestra la experiencia. Para evitarlo, decidíos a no quedaros nunca con nada de lo que pertenezca a los pobres o a la comunidad y a cuidar mucho de lo que esté a vuestra disposición, acordándoos que es ésa la base de vuestra Compañía y que será eso lo que le dé su forma, como podéis verlo por lo que hemos dicho.

Y sigue diciendo este artículo: «Para impedir los abusos que pudieran introducirse en el uso que hagan, etcétera».

Una de las mayores tentaciones que el demonio podría presentaros, hijas mías, para echaros a perder, sería la de quitar algo para presumir. Todos saben lo que ha pasado con una orden religiosa, de la que me hablaban hoy mismo, por el abuso de ciertas cosas que allí ocurrían y por el afán de singularizarse de ciertas personas. Era una de las órdenes más santas que había en la Iglesia y que ha dejado de existir. Su ruina procede de aquí. A cada uno le gustaba vestir a su gusto. Y así se han perdido todos.

Pues bien, para haceros evitar esta desgracia en que ellos han caído, Dios ha inspirado un buen medio, que es que no os vistáis vosotras mismas, sino que recibáis de la superiora los hábitos ya confeccionados. Es una inspiración de Dios que, podéis estar seguras, ha bajado del cielo sobre esta pequeña Compañía. Pues es una gran ventaja obrar de esta manera, no tener que preocuparse por los hábitos, por la ropa ni por las demás cosas, ya que los manda dar la superiora. ¿No os parece éste un buen medio para entregaros por completo al servicio de Dios? No tenéis que preocuparos ni andar cavilando en haceros ese hábito o ese cuello; no tenéis más que observar vuestras reglas y servir a los pobres. ¡Qué dicha, mis queridas hermanas! Las que están en casa tienen que observar esta práctica: se les entregará todo lo que necesiten, preguntándoles de vez en cuando si les falta alguna cosa. En cuanto a las que están por las aldeas, tienen derecho a pedirlo por carta o de otra forma a la superiora, ya que no es posible ir allá para saber si les falta alguna cosa. Por eso es menester que le escriban a la señorita y que no se lo compren ellas, a no ser que se trate de algo de poca importancia o que la superiora le indique a una hermana que lo haga de otra manera. Si veis a una hermana que se compra alguna cosa, estad seguras de que peca, cuando se toma la libertad de romper la regla que se observa en casa; pues, de ordinario, las que hacen eso no se preocupan de tomar las cosas tan parecidas a las que aquí se usan, o lo hacen muy pocas veces. ¿Creéis que una hermana que no guarda su regla en este punto se atendrá a las normas comunes de esta casa y a lo que hace la superiora? Ni mucho menos. Hijas mías, ¡si supierais cuánto cuesta impedir ese afán de singularidad en las hermanas!

Hoy mismo he recibido una carta en la que me dicen que una de vuestras hermanas se ha comprado un manto sin permiso y sale a la calle con él. ¿Os parece bonito verla con la otra hermana: una con su tocado ordinario y la otra con el manto? Si no pusiéramos la mano en ello, las veríais unas veces con el hábito hecho de una manera, otras de otra, unas veces con una tela más fina, otras con el pelo más cuidado, otras mostrando el cabello. En fin, si no pusiéramos atención en eso, ya no se vería ninguna uniformidad y sería la pérdida de la comunidad. Pero, mientras os mantengáis en esta santa costumbre, Dios os conservará. Hijas mías, ¡qué dicha la vuestra! Yo no sé, os lo digo en presencia de Dios, no conozco a ninguna comunidad que sea más agradable a Dios que la vuestra. Pero tened mucho cuidado en esto y no os compréis vosotras mismas vuestros hábitos; pues apenas los lleven unas de una forma y otras de otra, eso causaría un gran desorden. ¿Por qué llevan todos los capuchinos la misma ropa, si no es para evitar el desorden que surgiría de lo contrario? ¿Cómo vestía el padre de Joyeuse? ¿No tenía un hábito como los demás? Sí, porque sabía muy bien la importancia que tenía ser uniformes en esto. Por eso san Francisco y todos los demás santos fundadores pensaban siempre en esto cuando hacían sus comunidades, queriendo que todos llevaran el mismo hábito, hecho de la misma manera y con la misma tela.

También se dice en este artículo que entregarán a la superiora el resto de su dinero, una vez descontada su manutención, para pagar los hábitos que se les proporcionan. ¿Qué quiere decir esto, hijas mías? Que las de las parroquias o las de otros sitios, excepto las de los hospitales, no dispondrán del dinero que se les entregue para su alimentación y para el mantenimiento de sus hábitos y de sus ropas más que según las órdenes que se les den, de forma que, antes de que vayáis a una parroquia, tenéis que conocer las órdenes de la superiora y saber cómo podréis disponer del dinero. Si lo hacéis, tendréis el mérito de la obediencia; pero, si no lo hacéis, os pondréis en peligro de caer en el vicio de la sensualidad y de trataros mejor que las de casa, con el pretexto de mirar por vuestra salud, de tener fuerzas para trabajar mejor; pues la naturaleza busca esas excusas.

Además, mis queridas hermanas, ¿no es justo que aportéis a nuestra casa algo con que ayudar a proporcionaros los hábitos? Y aun cuando hubiera más de lo que se necesita para eso, hay otros muchos gastos que hacer para los viajes, para las hermanas enfermas y demás. Y si no obrarais así, correríais el peligro de caer en la avaricia. Porque mirad, hijas mías, apenas se ha empezado a atesorar algo, cuesta mucho trabajo deshacerse de ello. Al principio serán solamente dos o tres escudos; luego esos dos o tres darán ganas de tener más; no lo dudéis. Pues es imposible conservar el dinero sin apegarse a él, de forma que, si no observáis esta regla, empezaréis a obrar con el espíritu que acabo de deciros. Si hay algo que os sobre, esto os convierte en las nodrizas de las hermanas que entran. ¡Qué dicha poder contribuir a los gastos de vuestra casa!

Los religiosos de san Agustín lo hacían así al principio. Entregaban a la casa central lo que les sobraba y el abad se lo repartía a las otras casas de su orden según sus necesidades. Así pues, si os sobra algo, tenéis que ponerlo en manos de la superiora; porque no se trata solamente de los gastos que hay que hacer para el alimento, sino que hay que pensar también en los viajes de las hermanas. No se trata de que tengáis que quitaros algo de lo que necesitáis; no, tenéis que tomar todo lo que se requiere para vuestras necesidades. Se entiende de lo que os sobra. En cuanto a las que están en las aldeas, si tienen necesidad de alguna cosa, pueden escribir unas líneas, o para pedir permiso para comprárselo ellas mismas o para rogar que se lo envíen. Esto es lo que tenéis que hacer.

En cuanto a las que tienen que administrar el bien de los pobres, es menester que cumplan fielmente con su encargo, que lo midan todo a peso de oro y que no digan jamás, bajo ningún pretexto, que una medicina ha costado más cara de lo que costó, que den cuentas a la tesorera lo más frecuentemente que puedan y que incluso la urjan a que tome sus cuentas. Al hacer así, la consolaréis y le haréis ver que sois personas de fiar. Y esto agradará también a las damas oficialas.

Cuando estáis enfermas, las damas desean que se os proporcionen las medicinas de los pobres. Pero, excepto en ese caso, no tenéis que tocarlas jamás, hijas mías. Esas buenas damas se preocupan mucho de vosotras cuando alguna cae enferma. No puede uno imaginarse la caridad con que os miran. Por eso debéis comportaros de tal forma que queden contentas de vosotras.

Tengo una cosa importante que deciros: es sobre el respeto que les debéis; pero os lo diré en otra ocasión, porque se está haciendo tarde. Entretanto, hijas mías, es menester que nos entreguemos de buena gana a Dios para gastar bien lo que es de los pobres. Ultimamente, en la asamblea general de damas que se celebró, se habló entre otras cosas del beneficio que sacan las hermanas del Hotel-Dieu para los pobres vendiendo helados; aquellas damas, bendiciendo a Dios, juntaban las manos y decían: «¡Qué hermoso es todo esto! Esas pobres hermanas después de fatigarse tanto en el servicio a los pobres, todavía se las ingenian para ganar con qué ayudarles».

Digo esto para vuestro consuelo y para haceros ver cuánto pueden las hijas de la Caridad, si son fieles a sus reglas. Pero mirad, hermanas mías, os lo repito, una de las gracias que más debéis pedir a Dios es la de demostrar delante del cielo y de la tierra que las hijas de la Caridad tienen miedo de apropiarse de alguna cosa que pertenezca a los pobres. Es lo que tenéis que pedir muchas veces en vuestras oraciones, para que la divina bondad quiera conceder a la Compañía la gracia de administrar debidamente el bien de los pobres. ¿Queréis que mañana en la oración, y también pasado mañana, le pidamos esta gracia? ¿Queréis entregaros a Nuestro Señor desde ahora, con el propósito de ser siempre fieles a esto y tener cuidado de conservar el dinero de los pobres más todavía que si fuera vuestro, ya que es de Nuestro Señor, puesto que pertenece a sus miembros?

– Sí, padre: respondieron algunas.

– Bien, hijas mías, ya veo que estáis todas decididas a hacerlo así. Se lo pido también yo a Nuestro Señor, para que le conceda a esta Compañía la gracia de ser siempre fiel en la observancia de esta regla en todo lo que hemos dicho, suplicando a su bondad que, al mismo tiempo que pronuncio las palabras de bendición, derrame la abundancia de sus luces sobre vuestro entendimiento y os haga ver las ventajas que hay en el amor y práctica de la pobreza, y que derrame igualmente los ardores de su amor y de su caridad sobre vuestros corazones para que los encienda en el deseo de abrazarla. Tal es la súplíca que le hago con todo mi corazón.

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