Vicente de Paúl, Conferencia 079: Sobre la obligación de trabajar en la perfección

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(06.01.57)

Mis queridas hermanas, el tema de la conferencia de hoy es sobre la obligación que tenemos de trabajar mejor que hasta ahora en nuestra propia perfección. El primer punto es de las razones que tenemos para trabajar en nuestra propia perfección mejor que lo que hemos hecho hasta ahora; el segundo, de las prácticas que debemos y queremos emprender este año para trabajar en nuestra propia perfección; el tercer punto, de las cosas que nos pueden impedir trabajar en nuestra propia perfección y de los medios para superarlas.

Mis queridas hermanas, esta conferencia es muy importante. Es a propósito del año nuevo y sobre las razones que tenemos para entregarnos a Dios a fin de trabajar este año en nuestra propia perfección mejor que lo hicimos el año pasado; pues todos nosotros hemos de creer que todavía no hemos hecho nada bien.

La primera razón que nos obliga a trabajar cada vez más en nuestra perfección es que Nuestro Señor, desde el instante de su nacimiento, trabajó y padeció incesantemente por hacerse agradable a su divino Padre y útil a su Iglesia. Apenas transcurrieron ocho días de su nacimiento se hizo circuncidar para, desde entonces, empezar a padecer; e inmediatamente después se vio obligado a huir a Egipto. En una palabra, puede decirse que toda su vida fue un continuo trabajo para hacerse cada vez más agradable a su Padre.

Se dijo de él que iba creciendo y perfeccionándose en virtud delante de Dios y de los hombres (1). Mis queridas hermanas, el Hijo de Dios, un Dios, que desde el instante de su encarnación estuvo lleno de gracias, incluso en cuanto hombre, no se contentó con eso, sino que trabajó toda su vida por perfeccionarse cada vez más.

Pues bien, mis queridas hermanas, como él es el ejemplo de vuestra Compañía, tenéis que trabajar continuamente en perfeccionaros, a imitación suya. Apenas empezó a crecer, todos le veían progresar en virtud, de manera que cada día notaban en él más perfección que el anterior. Nosotros hemos de hacer lo mismo: caminar siempre de virtud en virtud y trabajar cada vez mejor en nuestra perfección sin decir nunca basta.

La segunda razón para trabajar continuamente en nuestro progreso es que con seguridad, si no somos mejores hoy que ayer, somos peores; podemos decir: «Si este año no soy mejor que el año pasado, estoy retrocediendo». ¿Y por qué? Lo dice san Bernardo: «En los caminos de Dios, no avanzar y permanecer siempre en el mismo estado, es retroceder». Como sabéis muy bien, hermanas mías, el río tiene su corriente y los barcos que siguen esa corriente, aun cuando no trabajen, siguen avanzando, porque el río los arrastra consigo. Pero si hay que dirigir el barco contra la corriente, como por ejemplo si se quisiera llevar un barco de aquí a Charenton, se necesitan tiros o remos para ayudar a que camine el barco. Si se deja de trabajar, se vuelve enseguida para atrás; si no se tienen continuamente los remos en la mano, el barco vuelve al lugar de donde partió. Pues mirad, lo mismo pasa con la vida de los hombres que han salido de la masa corrompida del mundo para servir a Dios. Es una vida que no va según la naturaleza, porque la naturaleza se inclina a poseer cosas hermosas; la naturaleza pide ser estimada y alabada. Seguir la naturaleza es ir hacia abajo. Por eso no cuesta ningún esfuerzo, dado que es como la corriente de agua que nos inclina a esas cosas. La religión católica quiere cosas totalmente contrarias a la naturaleza; inclina a las cosas del cielo, a la práctica de la virtud. La naturaleza me dice que mire las cosas de la tierra, que siga mis pasiones, que busque mis placeres; pero la razón me dice todo lo contrario: «Conque tú me quieres arrastrar detrás de ti y llevarme a seguir mis apetitos, entregándome a ellos con toda complacencia… ¡Pues no será así! Es menester que me mortifique y que renuncie a mis satisfacciones». Por ejemplo, vais por la calle; la naturaleza os inclina a mirar a aquel hombre o a aquella mujer, y la razón os dice que tenéis que mortificar esa curiosidad. En resumen, la naturaleza nos lleva siempre hacia abajo y la religión católica hacia arriba. O sea, que si no seguimos mortificándonos continuamente y yendo contra nuestras inclinaciones, si dejamos a nuestros ojos en libertad para que miren todo lo que se presenta, evitando sobre todo mirar a un hombre en la cara – no hay que hacer eso nunca, a no ser por necesidad – , inmediatamente nos disipamos y vamos hacia abajo. Sí, mis queridas hermanas, si no nos esforzamos incesantemente en mortificar y en resistir a nuestras pasiones, ellas se apoderarán de nosotros; y luego, siguiendo su impulso, viviremos según la naturaleza. Vosotras mismas os daréis cuenta. Apenas una hermana deja de llevar la vista baja, notaréis que va siendo menos mortificada que cuando vino del mundo, y que está totalmente disipada. No es la que era antes, porque no ha seguido trabajando en su perfección. Un capuchino que conozco me decía el otro día: «Mire, padre, es preciso trabajar siempre en la mortificación. Aunque tuviéramos ya un pie en el cielo, no deberíamos dejar de trabajar hasta tener también el otro, pues el que está fuera puede arrastrar consigo al que está dentro y echarlo a perder».

Por estas razones, mis queridas hermanas, hay que trabajar mucho en la mortificación. En primer lugar, porque Nuestro Señor trabajó o padeció continuamente por hacerse agradable a su divino Padre y para hacerse útil a su Iglesia, para darnos ejemplo de trabajo y que nos esforzásemos continuamente, como él, en nuestra perfección. En segundo lugar, porque si no trabajamos incesantemente por hacernos mejores, sin duda iremos cada vez peor, dado que es imposible permanecer en el mismo estado en materia de virtud.

Esto en cuanto al primer punto. Pasemos al segundo, que es sobre las prácticas que hemos de adoptar para trabajar en nuestra perfección. Alguna podrá decirme: «Padre, dice usted que hay que esforzarse en hacernos mejores; ¿en qué quiere usted que trabajemos especialmente?»  – Hermanas mías, ya os lo he dicho: hay que mortificarse. ¿Qué es lo que quiere decir esto de que hay que mortificarse?

Habéis de saber que en nosotros están los sentidos interiores y los exteriores, que hay que mortificar si queremos vivir no solamente como hijas de la Caridad, sino incluso como buenas cristianas. Los sentidos exteriores son la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Los interiores son las pasiones del alma: hay once, aunque las principales y las que más hay que mortificar son el amor, el odio, la esperanza y la desconfianza. Además tenemos las tres facultades del alma: la memoria, el entendimiento y la voluntad, que también hay que mortificar. Sé que hay entre vosotras algunas que lo saben hacer muy bien y que lo hacen, gracias a Dios. Pero como hay algunas nuevas que quizás no lo entiendan todavía, lo explicaremos a continuación.

Los ojos piden ver cosas bonitas, los oídos desean escuchar cosas halagüenas y oír noticias, el olfato se complace en sentir buenos olores, el gusto se inclina a comer manjares delicados, a buscar los trozos mejores y a entregarse de buena gana, según se dice, a hacer del vientre su propio dios.

En cuanto al tacto, hay que impedir tocar nada, ni en sí mismo ni en los-demás, a no ser que lo creamos necesario. Por tanto, hay que mortificarse en esas cosas e impedir a los sentidos exteriores que realicen sus funciones, siempre que lo creamos necesario para la gloria de Dios y el bien del prójimo.

He de deciros, mis queridas hermanas, que siento muchas veces un gran consuelo al ver la modestia con que camináis por la calle y por los demás lugares que recorréis. He oído que no toleráis que os hablen de cosas indignas de las esposas de Nuestro Señor. ¡Que Dios os bendiga, hijas mías, a todas las que así lo practicáis! Pues una hija de la Caridad no puede escuchar nunca nada que no pueda separarla del amor que debe a su Esposo. Seguid así, hijas mías, cortad por lo sano, sobre todo con los hombres.

En cuanto al gusto, ya sabéis cómo hay que mortificarlo, viviendo según la pobreza, contentándose con lo poco que tenéis, sin querer más. ¡Ay, hermanas mías! Todavía tenéis más de lo que tuvo Nuestro Señor en la tierra, pues se dice de él que se alimentaba de solo pan, para haceros ver que es posible vivir sin tantas delicadezas. Hay algunos prelados que viven tan sobriamente que a todos causa maravilla. Conozco a uno que come solamente una vez al día un poco de pan y de agua; a otro, que vive solamente de pan y verduras desde hace varios años (2), Mirad, hermanas, lo que hemos de hacer nosotros, al ver a personas de nuestro tiempo con tanta abstinencia. ¿Y de qué vivía santa Genoveva, hijas mías? De habas, que cocía dos veces a la semana; y a pesar de ello vivió ochenta años.

¡Después de esto, resultaría bonito ver a una hija de la Caridad diciendo: «No puedo comer de eso, porque no es bueno para el estómago»! Se imagina que, si lo toma, se va a poner mala; y así se irá acostumbrando a las cosas delicadas. En eso es en lo que hay que mortificar el gusto, comiendo de lo que se nos presenta, aun cuando se sienta repugnancia. Exceptúo sin embargo las cosas que hacen un daño notable a la salud. Pero cuando se trata sólo de un poco de asco y de repugnancia, hay que pasar por encima de eso. Hijas mías, tenéis que saber que hay cierta suavidad que Dios pone en las cosas desagradables y duras por sí mismas, cuando se reciben por su amor, y que yo no os sabría explicar. Porque el hombre no vive solamente de pan, sino de la palabra de Dios (3). Pues bien, los que viven delicadamente no son capaces de comprenderlo, sino sólo los que se mortifican como es debido.

Padre, dice usted muchas cosas. ¿No podré relajarme, ni una hora solamente, en la práctica de la mortificación?  – Así es, hija mía, tal como lo digo. – Pero yo hice todo lo que pude el año pasado.  – Es verdad, pero hay que volver a hacerlo. Siga así sin desfallecer, si no quiere retrasar todo lo que había progresado.

Además, hay que mortificar las pasiones del alma. El amor, que es la primera, nos induce al recuerdo de lo que hemos dejado, al amor desordenado a nuestros padres, al deseo de que nos dejen en un sitio que nos guste, porque allí encuentra uno su satisfacción. Hay que mortificar el amor a todas esas cosas. Hijas mías, ¡cómo me gustaría que todas practicaseis lo que hacen algunos de nuestros padres que, cuando sienten cierto afecto al sitio en que están, me lo hacen saber enseguida y me dicen: «Padre, me gusta mucho este sitio; temo que, si sigo aquí mucho tiempo, me cueste mucho dejarlo cuando sea necesario. Me siento obligado a comunicárselo». Esto es, hermanas mías, lo que se practica entre nosotros y lo que me gustaría que hicieseis vosotras.

Pues bien, no sólo hay que mortificarse en el temor a que os quiten de algún sitio, por ejemplo de una parroquia que os gusta, sino que hay que mortificar también el deseo de salir de la que no os gusta. Es una pasión la que os inclina a eso. Como hay algún otro sitio al que se siente afecto, se buscan los medios para ir allá.

¡Salvador mío! Apenas se sienta este afecto desordenado, hay que mortificarlo, pues la que desea cambiar de un sitio a otro, la que quiere ir acá o allá, está muy lejos de trabajar por su perfección, si sigue sus inclinaciones. Y una persona que carece de firmeza y que sólo pide cambiar de este modo se porta como un animal. Ved, queridas hermanas, la importancia que tiene mortificar esta pasión y sobre todo tener el coraje de decirlo, cuando se siente demasiado afecto por el lugar en donde uno está.

Pero, padre, ¿qué me dice? ¿Entonces quiere usted que esté peleada conmigo misma, a pesar de que no dejo de mortificarme y de hacer las cosas a las que no me siento inclinada? ¿Quiere acaso que me destruya a mí misma? – Sí, hija mía, y si no lo haces, irás para atrás en el camino de la virtud.

Pero, padre, resulta pesado eso de estar siempre mortificándose.  – Es verdad, pero no es posible verse uno libre de ello. Fijaos, no hay más remedio que escoger: o vivir como bestias o vivir como personas racionales. Si queréis vivir como bestias, no tenéis más que seguir vuestras pasiones, ya que vivir según las inclinaciones y los afectos desordenados es vivir como bestia. Pero si queréis llevar una vida de cristianos y de buenas hijas de la Caridad, tenéis que decidiros a esforzaros continuamente en la mortificación, aunque sólo os quedara un día de vida.

También hay que mortificar el odio o repugnancia a los lugares, a los cargos, el odio a todo lo que nos cuesta. Veremos a una hermana de la que creemos que es más apreciada que nosotras o mejor vista por los superiores, y enseguida sentiremos antipatía contra esa hermana. La ambición me incita a hablar mal de ella, a hacer con desgana todo lo que ella me dice. Eso es lo que me dice la pasión. Me gusta ser diligente y estoy con una hermana demasiado lenta: me irrita su manera de ser y me cuesta soportarla. Dios quiere que me mortifique en todo esto y que le pida la gracia de superarlo.

En cuanto a la esperanza, también hay que mortificarla. Apenas se empieza a esperar alguna cosa, tanto presente como futura para satisfacer a la naturaleza, hay que ir en contra de ello y renunciar a todo lo que podría esperarse de malo y no pensar más en ello. Pues, cuando se ha trabajado algún tiempo en superarse y en adquirir alguna virtud y se ve que no se realiza ningún progreso, fácilmente se pierden los ánimos de continuar; y el maligno espíritu, metiéndose por dentro, dirá: «Nunca harás nada que valga la pena; es imposible que puedas conseguir nada». Eso es lo que dice el demonio para hacer que se pierdan los ánimos en el camino de la virtud. Pues bien, hay que mortificar esa pasión con la esperanza en Dios y decir: «Aunque sé que por mí mismo soy incapaz de vencer y de perseverar en mi vocación, espero que Dios me concederá la gracia que necesito para ello».

Todavía queda por ver cómo hay que mortificar las tres facultades del alma. La memoria de las cosas pasadas, como son los placeres y satisfacciones que tuvimos en aquel lugar, el recuerdo de los padres, de sus bienes, estado o condición, o de las demás cosas que se han dejado: hay que mortificar el recuerdo de todo eso.

Además hay que mortificar el entendimiento, que nos lleva a cavilar sobre todo lo que se hace, sobre las disposiciones de la superiora, sobre las de las oficiales. Hay que impedir esas cavilaciones y no permitirle a nuestro entendimiento que critique nada de cuanto ordenan los superiores.

En cuanto a la voluntad, hay que mortificarla cuando quiera alguna cosa en contra de lo que Dios pide de nosotros. Las cosas malas es evidente que no hay que amarlas nunca, ni dar lugar en nuestro corazón para nada de cuanto podría inducirnos al pecado. Pero incluso hay que mortificarse en las cosas buenas. Por ejemplo, una hermana tendrá ganas de comulgar más veces que las otras; es menester que siga a la comunidad y que se mortifique. Aun cuando la comunión sea buena en sí misma, hay que mortificarse en esto.

Esto es, mis queridas hermanas, lo que hay que hacer para trabajar en nuestra perfección: mortificarnos en todas las cosas. Esta es la piedra de toque, sin la cual no podemos hacer nada.

Pero, padre, ¿qué es lo que nos dice? ¿Hemos de hacernos continuamente la guerra? – Hijas mías, por un poco de tiempo bien vale la pena. Una hermana que esté decidida a privarse de todas las satisfacciones y a aceptar lo que repugna a la naturaleza encontrará quizás esto duro al principio; pero, si continúa, se acostumbrará a estas prácticas y al poco tiempo ya no le costará tanto; al contrario, encontrará en ello consuelo y podrá decir lo que me dijo un día un novicio de cierta orden en la que se mortifican mucho: «Padre, yo les decía a mis compañeros: ¿Qué es lo que hacemos? Hemos venido a mortificarnos y hacemos todo lo contrario; pues resulta que las mismas cosas que deberían costarnos ahora nos resultan ser un gran consuelo». Esto es lo primero que hay que hacer para trabajar mejor este año que el año anterior.

La segunda es preguntarnos con frecuencia: «¿Por qué has dejado tu país? ¿No ha sido para servir a Dios? ¿No querías romper con tus propias satisfacciones?». Eso es lo que tenéis que preguntaros, sobre todo cuando sintáis la tentación. ¿Por qué has venido aquí? ¿Ha sido para humillarte? ¿Ha sido para obedecer? ¿Ha sido para cumplir tus reglas? Es lo que se preguntaba también san Bernardo: «Bernardo, Bernardo, ¿por qué has entrado en religión?».

Lo tercero que debemos practicar todos, vosotras y yo, es juzgar que no hemos hecho todavía nada y que quizás sea éste el último año que se nos dé para trabajar en nuestra perfección. Por lo que a mí toca, que tengo ya setenta y seis años, es lógico que no puedo vivir muchos años. Tenéis que acordaros de lo que decía una santa: que los viejos ya no pueden vivir mucho, pero que los jóvenes pueden morir pronto, como hemos visto en muchas de nuestras hermanas que han muerto jóvenes. Y aun cuando tuviéramos todavía algunos años de vida, no lo sabemos y por tanto no hay que dejar de trabajar del mismo modo que si supiéramos con certeza que sólo nos queda este año.

Veamos ahora qué es lo que nos puede impedir trabajar mejor por nuestra perfección de lo que hemos trabajado hasta ahora. Lo primero sería si uno quisiera vivir con espíritu libertino, sin preocuparse en lo más mínimo de mortificarse ni de observar las reglas. Si alguna estuviera en esa disposición y dijera: «Yo sí que quiero cumplir los mandamientos de Dios y no cometer ningún pecado mortal, pero en lo que usted acaba de decir no estoy dispuesta a sujetarme a ello. ¿Para qué tantas cosas y jaleos? No es preciso mortificarme tanto para salvarme; me basta con guardar los mandamientos de la ley de Dios».

¡Ay! ¡Qué gran impedimento cuando uno ha caído en ese estado! ¡No preocuparse de avanzar en el camino de la virtud y no tener en cuenta los medios apropiados para ello! Mirad, hijas mías, una persona que está en esa disposición corre un serio peligro de no guardar tampoco los mandamientos de Dios. Y si el espíritu maligno os ha dicho que basta con observar los mandamientos de Dios para salvarse, yo os digo que no, ya que no podríais guardar los mandamientos si no hacéis lo que acabo de deciros. Sí que podéis, me diréis. – Pero ¿cómo vais a guardar lo más difícil, si no queréis hacer lo más fácil? ¿Y hay algo más fácil que practicar la virtud, si se quiere de verdad?

Nuestro Señor decía a sus discípulos: «Se ha dicho a los antiguos: No conocerás a la mujer de tu prójimo; pero yo os digo que no miréis a una mujer para desearla, porque si lo hacéis, ya habéis cometido adulterio en vuestro corazón».

Lo mismo os digo yo, hijas mías: No os digo solamente que guardéis los mandamientos, sino que ni miréis siquiera a un hombre en la cara. Mortificad vuestra vista, guardad siempre la modestia y, por este medio, observaréis los mandamientos. Pero mientras permanezcáis con el espíritu disipado y no os esforcéis en la mortificación, estaréis en grave peligro de caer en el pecado; más tarde o más temprano una hermana que esté en esa situación caerá en alguna desgracia. Por eso, hijas mías, si sabéis de alguna que piensa de esta manera, advertid de ello a los superiores para que la ayuden a salir de ese estado, pues no podrá conseguir su salvación con esa manera de pensar. Si sabéis de alguna que ya ha sido amonestada y continúa con esas mismas ideas, habrá que tener compasión de ella y hacer lo que se pueda para ayudarla a salir de ese estado y rezar a Dios por ella.

Así pues, hay que ser fieles en las cosas pequeñas para no caer en las grandes. Por ejemplo, no hay que mirar a un hombre y, si se hace alguna vez por curiosidad, cuando una se dé cuenta, hacer un acto de contrición. Si no sois fieles a esas prácticas pequeñas, sin levantar la vista para mirar por aquí y por allá, sin tomarse la libertad de probar del puchero de los enfermos y sin guardar nada para sí, ni siquiera un céntimo, hijas mías, no podréis realizar ningún progreso en el camino de la virtud. Y esa infidelidad es un estado muy peligroso, puesto que el que es fiel en lo poco lo será también en lo mucho. Enseñadme una hermana que se tome la libertad de seguir sus pasiones y de no huir más que de los pecados grandes, y veréis cómo cae infaliblemente en alguna cosa seria.

San Agustín compara a esas personas que no tienen en cuenta los pecados pequeños con un barco en el que se hace un agujero diminuto en la parte inferior. Como no se ve, nadie le da importancia. Así, poco a poco, el agua va penetrando y consigue que el barco se hunda. Si el agujero hubiera sido grande, pronto lo habrían remediado; pero como era pequeño, no se tiene en cuenta y es eso lo que acaba con el barco.

Hijas mías, eso es lo que puede hacer naufragar a muchas de la Compañía. Por no haber sido fieles en las cosas pequeñas, se han ido dejando caer en las mayores y finalmente han perdido su vocación. Es lo que nos dice el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura: «El que no pone cuidado en las cosas pequeñas, caerá infaliblemente en las mayores» (5), La experiencia lo demuestra con frecuencia en muchas personas y hasta se han perdido por eso casas enteras.

Yo mismo he podido ver durante los años de mi vida cómo han sido abolidos quince monasterios, sin que haya quedado nada de ellos, por no haber querido sujetarse a las normas pequeñas. Creyeron que les bastaba con guardar los mandamientos de Dios y no tuvieron la fidelidad debida para no caer en los pecados menores. De allí comenzaron a tomarse un poco más de libertad y poco a poco se fueron apartando de la observancia de su orden. Finalmente se empeñaron en vivir una vida totalmente contraria a su profesión y el escándalo acabó con ellos. Esto para que veáis lo peligroso que es caer en ese estado. ¿Qué es lo que les paso a esas personas, hijas mías? Fueron de mal en peor y llevan ahora una vida miserable, de forma que lo que se prometían antes, cuando empezaron a seguir sus caprichos, se ha convertido para ellos en hastío y desventura. Dios lo permite así precisamente para castigar su infidelidad. Pues bien, estad seguras de que las que habéis visto salir de la Compañía viven de esa manera.

Pero, padre, ¿qué hemos de hacer cuando veamos a alguna con ese espíritu?

– Hijas mías, ya os lo he dicho: hay que ayudarla a salir de allí y rezar a Dios por ella. Si no tiene en cuenta lo que le digáis y no se esfuerza en corregirse, ¿qué hay que hacer? ¡Ya es triste ver a una hermana que lleva varios años en la casa sin que haya servido de nada todo lo que se ha hecho con ella! Quizás lleve ya diez años en la compañía; ¿qué hay que hacer con ella?  – Hijas mías, os respondo que es de desear que esas hermanas que sólo sirven de escándalo a las demás por su vida relajada en el servicio de Dios se vayan fuera de la Compañía, y tenéis que rezarle a Dios para que la purgue de todas esas personas, para que todas las hermanas que Dios haya llamado entre vosotras sean fieles a su vocación, e incluso que todas sean santas. Pero, si hay alguna que sea infiel, después de haber procurado ayudarla a corregirse y haberle prestado mis humildes consejos y advertido a mis superiores de lo que he notado en ella, diré: «¡Bendito sea Dios! ¡Es preciso que yo no viva como ella!». Es el provecho que hemos de sacar de los defectos que vemos en los demás, y decir: «Tengo que ser fiel a la práctica de mis reglas, ya que la infidelidad a las mismas ha sido la causa de que otras perdieran su vocación». Además, tengo que alegrarme de estar en una Compañía que no puede tolerar a una persona que dé mal ejemplo. Si estuvierais en una Compañía donde se permitiera que una hermana no quisiera cumplir las reglas ni vivir según la comunidad, tendríais muchos motivos para temer y decir: «No van bien aquí las cosas. Se deja que esas personas vivan a su capricho; se tolera que hagan lo que quieran, sin apartarlas de las demás. Todo se ha perdido. No conseguiré salvarme en este lugar».

A propósito de esto, un día le dijeron al señor arzobispo que había una Compañía de hermanas en la que nunca se despedía a nadie; él replicó: «¡Pues sí que es una bonita congregación esa, para la que sirve todo el mundo!». Y es cierto; no es posible mantener una casa en orden, si no se hace de vez en cuando una buena limpieza.

Hijas mías, bendecid a Dios de que haya personas que velan por vuestro bien y que, cuando ven el mal, buscan los remedios necesarios para atajarlo. Si así no fuera, sería de temer que las otras recibiesen algún daño. Cuando la gangrena ataca a algún miembro, si no se pone remedio, se corre el peligro de que se extienda a todo el cuerpo. Y si los remedios que se aplican no son suficientes para impedir que el mal se extienda a los demás miembros, ¿qué hay que hacer con esa persona? Si le preguntáis a la cabeza de aquel miembro engangrenado, os dirá que hay que sajarlo, para que no estropee a los demás; si se lo preguntáis a los demás miembros, os dirán lo mismo: «Sájalo, porque nuestra vida está en juego». Eso es lo que dirían la cabeza y los miembros de esa persona, si pudieran hablar.

Hijas mías, cuando la gangrena ataca a ciertas personas que se han salido de la Compañía, podéis estar seguras de que no se ha omitido nada para curar aquel mal. ¡Cuánto ha habido que sufrir! ¡Cuánto mal ha tenido que hacer a las demás para llegar a ese extremo! Pero, cuando se ha hecho todo lo que se ha podido, hay que purgar a la Compañía de esas personas. Y cuando las demás lo vean, tienen que decir: «¡Bendito seas, Dios mío, por quitar de la Compañía todo lo que te desagrada! Tú nos has reunido para que te sirvamos todas, vírgenes y viudas, y quieres que todas vivamos en la pureza. ¡Señor, conserva siempre a esta Compañía en la pureza! No permitas que vivan en ella personas que no te aman. Nosotras queremos amar a los que te aman, pero sentimos mucha pena al ver a algunas que, por no haber sido fieles a lo que tú pides de ellas, pierden su vocación».

Puedo aseguraros, hijas mías, que siento una gran pena cuando veo salir a alguna hermana. Me gustaría dar mi sangre por impedirlo. Pero, cuando se ha hecho todo lo posible, ¡bendito sea Dios por purgar a la Compañía de las personas que no son propias para ella!

Mis queridas hermanas, tened mucha confianza en que, mientras seáis fieles a Dios, él os dará la gracia de perseverar, pues las que se salen sólo llegan a ese extremo por no haber cumplido bien con sus deberes.

¡Qué pena ver a unas personas que habían sido escogidas por Dios para su servicio, cómo se hacen indignas de las gracias que él derrama sobre esta Compañía! Hijas mías, nunca me siento tan afligido como cuando veo salir a alguna persona de aquí o de nuestra casa. Me siento tan apenado que no me puedo consolar. Pero, si ella no consigue aquí su salvación, es mejor para ella y para las demás que se salga. Tenéis que pedirle a Dios que os dé siempre superiores que os guíen como se ha hecho hasta ahora. En cuanto a mí, mis queridas hermanas, ¿no sería un desgraciado si, por no haber previsto lo que podría hacer daño a todo el cuerpo de la Compañía, dejase algún miembro dañado y, por eso, llegase a perecer toda esta humilde Compañía, que goza de tanta estima en la opinión de todas las personas piadosas?

Es preciso que os lo diga para vuestro consuelo. Un oficial de la reina vino de parte de Su Majestad a pedirme algunas hermanas y me dijo que la reina, al ver cómo la hermana del señor cardenal, que estaba enferma, carecía de la debida asistencia, dijo inmediatamente: «Señora, realmente no está usted atendida como es menester; habrá que enviarle a las hijas de la Caridad». Y en efecto acudieron algunas hermanas. Ved, mis queridas hermanas, el aprecio de que goza la Compañía, gracias a Dios. ¡Hasta la reina ha puesto sus ojos en vosotras para asistir a tan distinguida dama, prefiriéndoos a otras muchas personas que habría podido buscar en su corte!

Y no os digo todo lo que aquel buen señor me dijo del aprecio que os mostraba Su Majestad. Baste esto para que veáis la obligación que tenéis de corresponder a las gracias de Dios y cómo debéis humillaros en la misma medida en que él os exalta. ¡Cómo! ¡Dios me ha llamado a una Compañía que goza de tanta fama! ¡Qué miserable sería si me pusiera a criticar las normas de las personas que la dirigen!

Hijas mías, cuando veáis salir a alguna persona de la Compañía decid: «Tenemos unos superiores que se proponen buscar siempre el bien». Estad seguras de que criticar su conducta, querer saber las razones que tienen para obrar de esa manera, es un impedimento muy grande para trabajar en vuestra perfección. ¡Qué felices seréis, hijas mías, si permanecéis fieles a vuestra vocación! Me acuerdo ahora de uno de los planes que se tiene sobre vosotras, pero no os lo diré por ahora y lo reservaré para otra ocasión. Alabad a Dios al ver cómo la divina providencia manifiesta tanta solicitud por la conservación de la Compañía. Tal es la súplica que hago a su divina Majestad, para que, del mismo modo que ha querido escogeros y reuniros a vosotras, que sois unas pobres muchachas en su mayoría, quiera conservaros siempre en el espíritu que él mismo ha dado a vuestra Compañía.

Ruego a Nuestro Señor que nos conceda la gracia de trabajar continuamente por nuestra perfección y de preguntarnos con frecuencia para qué hemos venido aquí, a fin de que, si llegáramos a relajarnos en el camino de la virtud, el recuerdo de nuestras primeras intenciones nos haga recobrar nuestros primeros fervores.

¡Oh, Señor, quiera tu bondad infinita concedernos a todos esta gracia y conservar a esta pequeña Compañía para el bien de los pobres! Pero, puesto que pides nuestra cooperación, prometemos hacerlo así con tu gracia.

Queridas hermanas, unid vuestra intención a la mía y roguemos todos a la bondad de Dios que os conceda la gracia de trabajar mejor que nunca en vuestra perfección. Le pido a la santísima Virgen y a los santos ángeles que os ayuden con su intercesión Para ello, ayudaos también mutuamente con el ejemplo que habéis de daros. Es lo que le pido que os otorgue a Nuestro Señor. Y de su parte, aunque indigno, pronunciaré las palabras de la bendición.

Benedictio Dei Patris…

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