Noticias de Polonia. Planes de Dios sobre la difusión de la Iglesia
Nos humillaremos mucho delante de Dios porque ha querido, si son ciertos los rumores que corren, suspender una vez más la concesión del bien que con tanta insistencia y tantas veces le habíamos pedido: sin duda, la causa de ello son nuestros pecados. Se dice, aunque todavía no es seguro ni se ha confirmado el rumor, que no sólo no se han pacificado las cosas de Polonia, sino que incluso el rey, que contaba con un ejército de cerca de cien mil hombres, ha dado una batalla y la ha perdido. Una persona distinguida de la corte de Polonia me había escrito que la reina se dirigía al encuentro del rey y que estaba a sólo dos jornadas del ejército. Su carta es del 28 de julio y corre el rumor que la batalla se dio el 30. Si es así, ni siquiera la persona de la reina está segura.
¡Ay, padres y hermanos míos! ¡Qué confusión hemos de sentir al ver que nuestros pecados han impedido que Dios atendiera nuestras plegarias! Llenémonos de aflicción por este reino tan grande y tan vasto, que ha sido tan fuertemente atacado y que está en peligro de perderse, si la noticia es cierta. Pero sintamos sobre todo pena por la iglesia, que se perderá en aquel país, si el rey llega a sucumbir, pues la religión no puede mantenerse más que por la conservación del rey, y la iglesia va a caer en manos de sus enemigos en aquel reino. Los moscovitas ocupan ya más de cien o ciento veinte leguas de extensión, y ahora el resto está en peligro de ser invadido por los suecos.
Todo esto me da motivos para temer que suceda lo que quería indicar el papa Clemente VIII, que era un hombre muy santo, apreciado no sólo por los católicos, sino por los mismos herejes, un hombre de Dios y de paz, a quien tributaban alabanzas sus propios enemigos; yo mismo he oído a luteranos que alababan y estimaban sus virtudes. Este santo papa recibió a dos embajadores de ciertos príncipes de oriente, donde empezaba a extenderse la fe, y queriendo dar por ello gracias a Dios en presencia de ellos, ofreció el santo sacrificio de la misa por su intención. Cuando estaba en el altar, en el memento, ellos le vieron derramar lágrimas, gemir y sollozar; esto les llenó de admiración, de forma que, una vez acabada la misa, se tomaron la libertad de preguntarle cuál era la causa de sus lágrimas y gemidos en una acción que solamente debería procurarle motivos de consuelo y de gozo. El les dijo con toda sencillez que era verdad que había comenzado la misa con gran satisfacción y contento, al ver el progreso de la religión católica; pero que este contento se había trocado de repente en tristeza y amargura, al ver las pérdidas y la disminución que todos los días le ocasionaban los herejes; de modo que había motivos para temer que Dios quisiera trasladarla a otros lugares.
También nosotros, padres y hermanos míos, hemos de tener estos sentimientos y tener miedo de que se nos quite el reino de Dios. Es muy deplorable la desgracia que vemos con nuestros ojos: seis reinos arrebatados a la Iglesia, a saber, Suecia, Dinamarca, Noruega, Inglaterra, Escocia e Irlanda; y además Holanda y gran parte de Alemania y muchas de esas grandes ciudades hanseáticas. ¡Oh Salvador! ¡Qué pérdida! Y ahora estamos a punto de ver perdido también el reino de Polonia, si no lo preserva Dios con su misericordia.
Es cierto que el Hijo de Dios ha prometido que estaría en su Iglesia hasta el fin de los tiempos; pero no ha prometido que esta Iglesia estaría en Francia, o en España, etc. Ha asegurado que no abandonaría a su Iglesia y que ésta perduraría hasta la consumación del mundo, en algún lugar del mundo, pero no concretamente aquí o allí. Y si había algún país en donde parece que debería haberla dejado, parece que no hay lugar más digno de preferencia que la Tierra Santa, donde él nació y empezó su Iglesia y realizó tantas y tantas maravillas. Sin embargo fue a aquella tierra, por la que tanto había hecho y tanto se había complacido, a la que quitó primero su Iglesia, para dársela a los gentiles. Antiguamente, a los hijos de aquella misma tierra les quitó también el arca, permitiendo que fuese cogida por sus enemigos los filisteos, prefiriendo, por así decir, ser hecho prisionero con su arca, sí, él mismo prisionero de sus enemigos, antes que quedarse entre unos amigos que no cesaban de ofenderle. Así es como Dios se portó y sigue portándose todos los días con los que, a pesar de deberle tantas gracias, le provocan con toda clase de ofensas, como hacemos nosotros, tan miserables. ¡Ay de aquel pueblo al que Dios dice: «Nada quiero de vosotros, ni sacrificios ni ofrendas; ni vuestras devociones ni vuestros ayunos me agradan; no quiero ni verlos. Lo habéis ensuciado todo con vuestros pecados; os abandono; marchaos, no tendréis parte conmigo». ¡Ay, padres, qué desgracia!
Pero, ¡oh Salvador!, ¡qué gracia ser del número de los que Dios desea servirse para trasladar sus bendiciones y su Iglesia! Podemos verlo por la comparación con un señor desgraciado que se ve obligado a huir y a marcharse al destierro por culpa de una necesidad, de la guerra, de la peste, del incendio de sus posesiones, o por la desgracia de un príncipe, y que en medio de la ruina de todas sus fortunas ve a algunos que vienen a ayudarle, que se ofrecen a servirle y a transportar todo lo que tiene. ¡Qué alegría y qué consuelo para aquel hombre, en medio de su desgracia! ¡Ay, padres y hermanos míos, qué gozo sentirá Dios si, en la ruina de su iglesia, en medio de esos trastornos que ha causado la herejía, en el incendio que la concupiscencia ha provocado por todas partes, se encuentra con algunas personas que se le ofrecen para trasladar a otro sitio, si se puede hablar así, los restos de su iglesia, o para defender y conservar aquí lo poco que quede! ¡Oh Salvador, qué gozo sientes al ver a estos servidores y este fervor para defender y mantener lo que aquí te queda, mientras que van otros a conquistar para ti nuevas tierras! ¡Ay, padres, qué motivo de alegría! Veis cómo los conquistadores dejan una parte de sus tropas para guardar lo que poseen, y envían a los demás a conquistar nuevas plazas y extender su imperio. Así es como debemos obrar nosotros: mantener aquí animosamente las posesiones de la iglesia y los intereses de Jesucristo, y entretanto trabajar incesantemente por realizar nuevas conquistas y hacer que le reconozcan los pueblos más lejanos.
Un autor de una herejía me decía en cierta ocasión: «Dios se ha cansado finalmente de los pecados de todos estos lugares, está encolerizado y ha resuelto quitarnos la fe, de la que nos hemos hecho indignos; ¿no será, añadía, una temeridad oponerse a los designios de Dios y empeñarse en defender a la Iglesia, a la que ha decidido condenar? De mí puedo decirle, seguía diciendo, que quiero trabajar en este empeño de destruirla». ¡Ay, padres! Quizás decía la verdad al señalar que Dios, por nuestros pecados, quería quitarnos la Iglesia. Pero mentía en lo que decía que era una temeridad oponerse a Dios en esto y en trabajar por conservar y defender su Iglesia; porque Dios lo pide y hay que hacerlo. No es ninguna temeridad ayunar, mortificarse, rezar para aplacar su cólera, combatir hasta el fin para sostener y defender la Iglesia en todos los lugares en que se encuentra. Y si hasta ahora parece que nuestros esfuerzos han sido inútiles, por culpa de nuestros pecados, al menos por los efectos así parece, no por eso hemos de desistir, sino humillándonos profundamente, continuar nuestros ayunos, comunicaciones y plegarias, junto con todos los buenos servidores de Dios que ruegan incesantemente por esta misma intención. Y hemos de esperar que, finalmente, Dios con su gran misericordia se dejará conmover y nos escuchará. Humillémonos, pues, todo lo que podamos por nuestros pecados pero tengamos confianza y mucha confianza en Dios, que desea que sigamos rogando cada vez más por ese pobre reino de Polonia tan desolado y que reconozcamos que todo depende de él y de su gracia.







