(29.07.56)
El 28 de julio de 1656 la reina dio órdenes a la señora nodriza real para que fuera a pedir algunas hijas de la Caridad para asistir a los pobres soldados heridos en el asedio.
El padre Vicente, nuestro venerado padre, nombró dos, una de las cuales puso cierta resistencia, con palabras algo violentas, que demostraban poco afecto a la vocación, dada la repugnancia que sentía en obedecer. La otra alegó cierta enfermedad. Al ver esto, nuestro caritativo padre no quiso obligarlas, aunque la última acabó decidiéndose, a pesar de que moriría en aquel trabajo. La otra, temiendo haber enfadado a su superior, mandó a decirle el día siguiente que haría lo que le pareciese bien, con tal que enviara con ella a otra hermana en cuyas manos pudiera poner las cuentas. La disposición en que se encontraba esa hermana merecía reproche, pero la paciencia de nuestro venerado padre le contestó que, teniendo en cuenta sus enfermedades, no creía conveniente que hicieran aquel viaje. La Providencia hizo que pronto aparecieran dos capaces para aquella misión (1), con todas las disposiciones necesarias. El 29 de aquel mismo mes se dirigieron a la casa para partir al día siguiente. Esto hizo que, por la tarde, cuando fueron a recibir su obediencia, tuvieran la dicha de escuchar la siguiente instrucción.
Mis queridas hermanas, os ha escogido la divina Providencia para esta obra tan importante. ¿Quién lo habría pensado jamás? Ni vosotras mismas podríais haberlo imaginado. Vuestros padres y madres jamás lo habrían sospechado. ¡Que usted, mi querida hermana, desde sus tierras de la Champagne, y usted desde Poissy, hayan sido designadas por Dios para servirle en esta tarea! ¡Que ustedes, unas pobres muchachas aldeanas, viviendo en la ignorancia y tosquedad, hayan sido elegidas y buscadas por Dios para tan grandes obras! ¡Cómo! ¡Una reina piensa en vosotras, os manda buscar con una bondad increíble para mandarlas a trabajar en una obra tan santa! Hijas mías, ¡cómo habéis de humillaros para agradecer tan grandes favores, creyendo que no sois dignas de ellos, como es verdad!
El fin por el que Nuestro Señor os ha llamado y el que vosotras tenéis que perseguir, mis queridas hermanas, es para honrar la vida del Hijo de Dios en la tierra, pues ¿qué es lo que él hizo sino lo que vais a hacer vosotras? ¿No trabajaba continua y fatigosamente en la salvación de las almas y hasta en la salud de los cuerpos? ¿Os parece poco esto, hermanas mías? ¿Es que puede haber algo mayor en la tierra? No, hijas mías. Esta obra es tan grande que se ha dicho que, si los ángeles y los santos fueran capaces de desear alguna cosa, sería este santo ejercicio. Sí, hermanas mías, los santos os envidiarían de buena gana. ¡Qué felicidad! ¡Salvador mío, tú conoces su importancia! ¿Cómo has escogido unas personas tan ruines y tan miserables? ¡Tú sabes las gracias que tendrás que darles! ¡Bendito seas por siempre, Salvador mío!
Uno de los fines que debéis tener y que Nuestro Señor puede haber tenido igualmente al llamaros al servicio de los pobres enfermos y heridos, hermanas mías, es para reparar en cierto modo lo que los hombres han querido destruir, intentando matar a esas buenas gentes. Vais a ayudar a conservar la vida que Dios les ha dejado, haciendo lo posible por devolverles la salud o para ayudarles a disponerse a bien morir. ¡Qué felicidad! ¡Qué felicidad, hermanas mías, trabajar en una tarea tan santa, semejante a la del Hijo de Dios en la tierra!
Uno de los medios para realizar bien la obra de Nuestro Señor es humillarse mucho, pero con una verdadera v sólida humildad. – ¿Qué es lo que quiere decir usted, padre? ¿Cómo hemos de humillarnos? Lo haréis, hijas mías, apreciando vuestra bajeza y el trabajo de la tierra, lo mismo que lo habríais hecho si os pusierais a realizar las faenas propias de vuestra condición. ¡Y resulta que habéis sido elevadas a un rango de tanta categoría! ¡Ser consideradas por una reina y por tantas otras personas importantes, veros capaces por la gracia de Dios de hacer este servicio al prójimo, y de tal forma, hijas mías, que si los ángeles y los santos pudieran tener envidia, os la tendrían, al ver que hacéis lo que Nuestro Señor hizo en la tierra y lo que tanto recomendó a sus apóstoles y en ellos a todos los cristianos! Humillaos mucho por ello, hermanas mías, por favor.
Otro medio para humillaros serán las ocasiones que podréis tener para ello por parte de las mismas personas a quienes queráis ayudar. Hijas mías, podéis esperarlo así, ya que es lo que pasa de ordinario. Y si no ocurriera, no imitaríais por entero al Hijo de Dios. ¿No era eso lo que quería indicar a los apóstoles cuando los envió para servir a la instrucción del prójimo y les dijo: «Os envío como ovejas en medio de lobos; os maltratarán, os flagelarán y os despreciarán»? (2), Lo mismo os digo, hijas mías. Podrá suceder muy bien que se quejen de vosotras, que os desprecien. Dirán que lo estropeáis todo, que no entendéis las cosas, que hacéis más daño que provecho. Incluso las personas a las que hayáis hecho mayores servicios os llenarán de injurias; pero entonces, hijas mías, alegraos. ¡Qué no dijeron de Nuestro Señor, que hacía el bien a todo el mundo! El sabía muy bien lo que les pasaría a quienes quisieran imitarle; y por eso les dio a entender que era una gran felicidad sufrir esas cosas, pues les enseña a regocijarse en medio de tantos motivos que más bien parecen ser de aflicción. Y podrá suceder quizás, hermanas mías, que el desprecio con que os traten sea tan grande que toda la Compañía sufra alguna calumnia. Pues bien, hermanas mías, en eso es en donde podréis practicar una verdadera humildad. No basta con sentir o ver en nosotros mismos los motivos que merecen gran desprecio, ni basta con que queramos nuestra propia humillación; hay que querer además el desprecio más general, que se extiende a toda la Compañía, con tal que la Compañía y vosotras no seáis causa de escándalo manifiesto. Entregaos entonces a Dios, mis queridas hermanas, para humillaros mucho y no tengáis miedo. El desprecio de ese estilo no podrá haceros ningún daño; al contrario, os servirá para haceros agradables a Dios, ya que honraréis el estado humillante de su Hijo en la tierra.
Esta humillación, hermanas mías, os servirá para tener mucha confianza en Dios. ¿No es esa confianza la que os tiene que hacer emprender todas las acciones de caridad en las que trabajáis? Sabéis muy bien, hermanas mías, que no es de vosotras de donde os viene el coraje y la fuerza de emprender todo lo que hacéis por caridad. ¿No era esa confianza la que hacía acometer a los apóstoles todas aquellas grandes empresas que llevaban a cabo, y la que les hacía hablar con tanta seguridad a los grandes y a los pequeños? ¿No era eso lo que le hacía decir a san Pablo: «Todo lo puedo en aquel que me conforta»?
Sí, hermanas mías, las más miserables criaturas pueden hacer todo aquello en lo que Dios quiere que trabajen, con tal que tengan confianza en Nuestro Señor Jesucristo, que no dejará nunca de concederles su gracia, que es preciso pedirle. Y por eso, hermanas mías, rezad, pues ése es el medio más poderoso para obtener de Dios que su obra se realice según su santa voluntad.
Otro medio, hermanas mías, es la caridad, y que haya entre vosotras mucha unión para soportaros la una a la otra. Porque no lo dudéis, hijas mías, nuestro enemigo es enemigo de la paz y no dejará de suscitaros algunas dificultades y tropiezos para sembrar la división entre vosotras; pero manteneos firmes.
Usted, hermana Marta, será la hermana sirviente de su hermana, por favor.
Su humildad le obligó a reconocer que no era capaz, pero acabó aceptándolo por sumisión.
– ¡Bendito sea Dios! Si nuestra hermana hace o dice alguna cosa que le desagrade, sopórtela. Y usted, si la hermana le manda hacer alguna cosa en contra de sus sentimientos, excúsela; si dice alguna cosa que le moleste, sopórtela. Porque estad seguras de que esto ocurrirá. ¿Cómo no va a ocurrir si nosotros mismos nos contradecimos muchas veces? Decimos una cosa por la mañana y por la tarde ya no opinamos del mismo modo. Lo que tenéis que hacer en esas ocasiones es soportaros mutuamente. Pensad en la paciencia que tuvo Nuestro Señor con aquellos que le calumniaban y contradecían, sin quejarse nunca de ellos.
No os quejéis nunca, mis queridas hermanas, con las personas de fuera; jamás, hijas mías. Si os pusierais a exponer vuestras quejas a las personas del mundo, esto podría hacerles decir: «¡Cómo van a soportar estas mujeres con caridad a los pobres enfermos, si no pueden soportarse ellas mismas! ¡Cómo van a poder alentar a los pobres si no hay paz entre ellas mismas!».
Una de las hermanas dijo:
Padre, me parece que no nos resultará fatigoso servir a los pobres, por mucho que haya que trabajar, si tenemos unión y paciencia entre nosotras.
– ¡Dios la bendiga, hija mía! Tiene usted razón. Por eso, hermanas mías, os lo recomiendo de todo corazón. Lo que tenéis que hacer, hijas mías, para adquirir esa virtud de la paciencia es que, apenas una se sienta un poco disgustada con la otra, os pongáis enseguida de rodillas para pediros perdón. Es una práctica muy buena. Os la aconsejo. Sí, hermanas mías, también los superiores tienen que ponerse muchas veces de rodillas. Ayer tuve que pedirle perdón a toda la Compañía, de rodillas. Sí, hijas mías; pues les corresponde a los superiores cargar con todas las faltas que comete la Compañía. Nuestro Señor lo hizo de esa manera. ¿No se dice de él que se cargó con todos los pecados del mundo y que fueron nuestros crímenes los que le hicieron morir? (4). Hijas mías, ¡qué bien está hacerlo de esa forma!
Tened mucho cuidado de guardar vuestras reglas comunes, en la medida en que os lo permita el servicio a los pobres; ya sabéis que es ésa vuestra tarea principal, por la que tenéis que dejarlo todo, aunque sin dejar parte de lo que podáis hacer, si es que no podéis hacerlo todo.
En cuanto a la sagrada comunión, comulgad los días que están mandados, si es que no os lo impide la atención a los pobres.
Me olvidé de decir, en lo referente al consejo que les dio nuestro venerado padre de que no fueran a contar sus penas a las personas de fuera, lo que les dijo es que, si estaban muy cargadas de preocupaciones, después de habérselas contado a Nuestro Señor, podían escribirle a la superiora, antes que dar escándalo a la Compañía.
Y su caridad añadió:
Hijas mías, es Nuestro Señor el que nos enseña esta práctica, cuando al enviar a sus discípulos para el servicio del prójimo y la predicación del evangelio, les dijo: «No saludéis a nadie por el camino» (5). ¿Sabéis por qué? Por miedo a que, entreteniéndose en saludar a la gente, se pusieran en peligro de hablar de otras cosas y comentar lo que pasaba entre ellos. Mis queridas hermanas, ¡qué gran mal es descubrir los secretos de lo que pasa en la Compañía! Así pues, mucha cordialidad, hijas mías.
Le preguntaron a nuestro venerado padre cómo tenían que portarse las hermanas con los soldados convalecientes.
– Hijas mías, tiene que ser siempre con mucha caridad y modestia; pues, como ya no tienen más que el cuerpo enfermo, hay que tener mucho cuidado, lo mismo que con todos los demás hombres. Si por casualidad hubiera algún insolente, habría que reprochárselo con severidad. Si volviera a molestar, habría que amenazarle con quejarse. Además, nunca habéis de acercaros a ellos más de lo que sea necesario para su bien ejecutando con prontitud el servicio que tengáis que hacerles.
No sé, hijas mías, qué medidas se tomarán para las necesidades de los pobres, tanto para su sustentación como para los demás gastos; os ruego que os encarguéis de esas cosas más de lo que podáis. Si no podéis veros libres de manejar el dinero, dad cuentas lo antes posible. Para eso, es menester que escribáis siempre todos los ingresos y los gastos. Es absolutamente necesario que las hijas de la Caridad parezcan y sean fieles en llevar sus cuentas.
Cumpliréis por el camino las reglas y edificaréis al prójimo lo mejor que podáis. Ya habéis viajado en otras ocasiones. Sabéis lo que suele ocurrir por el camino. En las posadas, retiraos siempre a una habitación particular. Cuando lleguéis, id a ver a la señora nodriza del rey, después de haber adorado a Dios en el Santísimo Sacramento del altar de la iglesia; decidle a esa buena señora que vais a recibir sus órdenes y a que os diga cómo quiere que sirváis a los pobres. Enteraos de dónde podréis encontrar al señor de Saint-Jean, les entregaréis a ambos las cartas que lleváis y seguiréis en todo los consejos que ellos os den.
Finalmente nuestro venerado padre les dio la bendición con sus acostumbrados deseos para obtener de Dios la gracia de cumplir siempre su divina voluntad.
¡Bendito sea Dios!







