(02.11.55)
(Reglas comunes, art. 4)
Mis queridas hermanas, las dos últimas conferencias trataron de vuestras reglas. En la penúltima explicamos todo lo referente a las oficiales, y en la última empezamos a explicaros las reglas comunes que todas tienen que guardar en cualquier lugar en que estuvieren. Hablamos en aquella ocasión de las dos primeras reglas; continuaremos hoy con el mismo tema de las reglas comunes; dice así el artículo cuarto: «Mirarán con horror las máximas del mundo y abrazarán las de Jesucristo», etcétera.
Realmente, hermanas mías, estas reglas son todas ellas de Dios. En el santo evangelio vemos que lo que Nuestro Señor practicó con frecuencia es lo que las reglas dicen; han sido sacadas propiamente del evangelio, que él enseñó y practicó, especialmente las que vamos a explicar. Por tanto, si están contenidas en el santo evangelio, podemos decir verdaderamente que son de Dios y que él las ha inspirado. ¿No os parece esto hermoso? «Mirarán con horror las máximas del mundo y abrazarán las de Jesucristo». Fijaos en lo que os dicen estas reglas, hermanas mías: que vosotras y yo tenemos que odiar las maneras de obrar del mundo. Si queréis ser buenas hijas de la Caridad, y yo buen sacerdote de la Misión, tenemos que tener odio y aversión por las máximas de las personas que viven según el mundo, hay que entender bien esto, porque hay almas santas que viven en el mundo como si no estuvieran en él; están entre los malos, pero viven cristianamente. Vosotras mismas lo veis muchas veces. No es de esas personas de las que hablamos, sino de las personas que viven del espíritu del mundo. Así pues, Dios tiene dos clases de servidores en su Iglesia: unos que viven como buenos cristianos, aunque no se vean siempre libres de los jaleos del siglo, y otros a los que ha separado de esta masa corrompida del mundo para servirle con mayor perfección. Pues bien, los unos y los otros tienen que trabajar, según su condición, por conseguir su salvación.
Pero me preguntaréis: ¿es que no tienen todos los cristianos obligación de mirar con horror las máximas del mundo? Sí, hijas mías, pero vosotras estáis especialmente obligadas a ello, no sólo como cristianas, pues todos los cristianos tienen esa obligación, sino también como hijas de la Caridad. Pero, como os he dicho, hay almas que están en el mundo como si no estuvieran y que viven según las máximas del evangelio.
Nuestro Señor estaba en el mundo sin participar en lo más mínimo de sus máximas; todo lo contrario, las miraba con horror, predicando continuamente en contra de ellas; se oponía a ellas en sus obras y en sus palabras, en resumen, en toda su manera de proceder; odiaba, no ya a las almas que estaban en el mundo, sino el mal que había en ellas. Del mismo modo la Compañía tiene que mirar con horror las máximas del mundo, a ejemplo de Nuestro Señor. Voy a hablaros de algunas de ellas para que las evitéis por el horror con que las habéis de considerar.
En primer lugar, el mundo estima la riqueza, el honor y la distinción. Cuando, por ejemplo, se ve a una joven ingeniosa, gentil, graciosa y elegante, el mundo estima y aprecia mucho esas cosas. Esa es una de las máximas del mundo. Pues bien, los hijos de Nuestro Señor tienen que despreciar todo eso, ya que tampoco hacía caso de ello Nuestro Señor. ¿Cómo iba a estimar el Hijo de Dios la belleza de este mundo, si no tuvo en cuenta la suya propia, aunque fuera la misma belleza, ya que es el esplendor y la hermosura del Padre (1), en cuanto Hijo de Dios? Además, se dice de él Speciosus forma prae filiis hominum (2), que es el más hermoso de los hijos de los hombres. Pero a pesar de ser tal, despreció tanto su hermosura que permitió que su rostro se cubriera de esputos durante su pasión; esto nos demuestra que él no estimó en nada su belleza. Hermanas mías, después de este ejemplo, tenéis que estimar como barro todas esas cosas que el mundo busca; pues no hay nada digno de ser estimado en el mundo más que la virtud.
Un día me dijo una religiosa que algunas personas le habían dicho que tenía unas manos muy bonitas, y que esto le daba mucha pena. «Tengo miedo, me decía, de que el diablo me las haya dado para perderme». Mirad, hijas mías, qué sentimientos tenía ese alma ante el aprecio que hacían de la belleza de sus manos. Estaba muy lejos de aquellas que hacen todo lo que pueden para tenerlas suaves y blancas, pues temía que aquello fuera una trampa para perderla. Pues bien, eso es lo que hemos de pensar nosotros cuando alguien nos alabe por cualquier cosa: temer que sea quizás el demonio que quiere arruinarnos, y despreciar todas las alabanzas.
También es una máxima del mundo huir de la pobreza y de la miseria y juzgarse feliz de poder evitarla, ya que el mundo aprecia las cosas mundanas, como es la prosperidad, los honores y las alabanzas. Todas sabéis que el mundo desea siempre algo más de lo que posee, y que nunca está contento. Tiene envidia de lo que tienen los demás; y cuando alguien los supera en alguna cosa, dice: «¡Ay! ¡Qué pena no ser como ese hombre o como esa mujer! ¡Qué pena no tener esa cosa que tiene aquel!». Así pues, es una máxima del mundo estimar todo eso, ya que no sólo lo ama cuando lo posee, sino que siente envidia de ello ante los demás. Por el contrario, una hija de la Caridad tiene que pensar que el Hijo de Dios prefirió siempre la pobreza a las riquezas, el desprecio al honor, y que dijo que era más fácil que pasara una maroma (3) por el ojo de una aguja que el que un hombre rico entrara en el cielo. Ya sabéis lo que son esas maromas gruesas que sirven para atar los barcos en la orilla; pues bien, el Hijo de Dios ha dicho que es más difícil que un rico entre en el cielo que pasar una de esas cuerdas tan gruesas por el ojo de una aguja. Pues bien, hijas mías, después de esto, ¿estimaréis los bienes y las comodidades de la vida? ¡No! En lugar de estimarlas, hay que despreciarlas, ya que así lo hizo el Hijo de Dios.
El mundo tiene también como máxima el gozar de las fiestas, y por eso hay tantos que quieren ir a banquetes, como la mayor parte del mundo en París. Las hijas de la Caridad, por el contrario, tienen que tener miedo de asistir a los festejos y evitarlos todo cuanto puedan. En cuanto a los banquetes, no son un peligro para quienes practican la regla, que les prohíbe comer fuera de sus casas.
En fin, una de las máximas del mundo es buscar la satisfacción propia en todas las cosas, hasta en la virtud; pues, si los que viven según el espíritu del mundo hacen algún bien, les gusta que todos lo sepan; hasta cuando oyen misa y realizan sus mejores acciones, buscan en ello su gloria. Pues bien, mis queridas hermanas, vosotras tenéis que procurar dar gusto a Dios y hacer por él todas vuestras acciones, y no por complacer a nadie. Cuando vayáis a servir a los pobres, decid: «Voy a los enfermos por amor de Dios». Y tenéis que precaveros contra esa máxima, que procura introducirse por todas partes. Ni siquiera están libres de ellas las personas espirituales, que pueden muy bien, si no ponen cuidado, buscar su propia satisfacción en todo lo que hacen. Una hermana irá de buena gana a tal parroquia, porque las damas la quieren y hablan bien de ella; otra hablará con afabilidad y dulzura a los pobres, porque dicen que es una buena hermana y que cumple muy bien con su deber. ¡Ay, hermanas mías! Esa es una máxima del mundo: hacer las cosas por la propia satisfacción. Esa es una de las máximas del mundo. Tened mucho cuidado con ella.
Pero, me diréis, ¿si se trata de una obra buena!; ¿acaso no puedo sentir satisfacción en ella? – Sí, es buena por sí misma, pero la hacéis mala cuando no buscáis en ella la voluntad de Dios, sino la vuestra. Por eso debemos sentir horror a todas las alabanzas, halagos y las demás cosas que podrían darnos alguna vana satisfacción, tanto en el cuerpo como en el espíritu. Hay que despreciar todo eso y decir: «No quiero, porque son ésas las máximas del mundo». Hermanas mías, observad bien esto, porque es donde naufragan las personas más espirituales. Buscan en su devoción su gusto y su satisfacción: en la confesión, en la sagrada comunión, en sus oraciones, en sus conversaciones espirituales; en una palabra, se buscan a sí mismas en todas las cosas; y si os fijáis bien, veréis cómo es posible buscar la satisfacción propia en las mejores acciones, incluso al dar cuenta a los superiores de vuestros trabajos, si lo hacéis por ser estimadas y parecer virtuosas. ¿Qué es lo que hace que caigamos tan fácilmente en este defecto, sin darnos cuenta muchas veces? Es el espíritu de la carne y esa máxima del mundo de la que acabamos de hablar y que nos tiene que dar al mismo tiempo mucho miedo, al verlas tan alejadas de las máximas de Nuestro Señor.
Mirad, hijas mías, vuestra labor es grande. Si es grande, también son grandes los designios de Dios; para cooperar en ellos, es menester que las hijas de la Caridad hagan todas las cosas en conformidad con el nombre que llevan. ¿No son acaso grandes los designios de querer que ocupéis vuestra vida en seguir las máximas de su Hijo? ¡Qué dichosas sois, hijas mías! No tenéis que amar nada más que lo que él amó. Si Nuestro Señor aprecia alguna cosa, tenéis que apreciarla vosotras; cuando la desprecia, tenéis que despreciarla. Ya hemos indicado las máximas del mundo que él despreció. A imitación suya, tenemos que despreciarlas para llegar a la perfección que Dios pide de nosotros, que no es más que despreciar lo que él desprecia y estimar lo que él estima, mirar con horror las máximas del mundo, las riquezas, los honores y todo lo que él busca. Las personas que desean vivir cristianamente rechazan todo esto; y cuando quieren alabarlas por algo, dicen: «¡Nuestro Señor no estima eso!; ¡tampoco yo he de quererlo! Nada de riquezas, nada de placeres. Todos esos deseos parten de las máximas mundanas, que el Hijo de Dios mira con horror. Es el espíritu de la carne, que no busca más que lo que Nuestro Señor rechazó mientras estuvo en el mundo; por eso, no quiere mirar esas cosas más que para despreciarlas». Eso es lo que hacen las almas buenas. Pero las que no tienen más finalidad que su gusto en todo lo que hacen y dicen (¡ay! ¡de ahí es de donde nace todo el mal!), sólo se preocupan de buscar los medios para dar pábulo a sus pasiones desordenadas y sólo piensan en su cuerpo. De esos es de los que decía san Pablo: «Convierten a su vientre en un dios» (4), esto es, son idólatras de sí mismos; no les importan los medios, con tal que puedan saciar su sensualidad.
Pues bien, los hijos de Nuestro Señor no se afanan en buscar su satisfacción en las cosas que hacen; lo único que desean es dar gusto a Dios; y es lo que debéis hacer, hijas mías, abrazando las máximas de Jesucristo. ¡Qué elevado es este estado de abrazar las máximas de Jesucristo! Pero hay que humillarse, conociéndose indignas de tal gracia.
Me preguntaréis quizás si las hijas de la Caridad están obligadas a tener tanta virtud como las religiosas. Os aseguro, hijas mías, que tenéis más necesidad que ellas. «¡Cómo!, me diréis todavía, ¿estamos obligadas a ser más perfectas que las religiosas?». Es que las disposiciones de cada una tienen que estar en relación con las gracias que reciben. Y para decirlo todo en una palabra, no hay religiosas a las que Dios les pida tanto como a vosotras, que habéis sido llamadas a unas cosas a las que no ha sido llamada una religiosa, ni de la manera con que vosotras lo habéis sido. Por esa razón Dios quiere de vosotras mayor perfección. Si las carmelitas están obligadas a vivir santamente, a honrar a Dios y a amar al prójimo, vosotras habéis venido aquí para esto y para seguir las máximas de Jesucristo, que desea que todo el mundo sea santo, cada uno en su condición. ¿Pensáis que sólo los religiosos y las religiosas tienen que aspirar a la perfección? Hermanas mías, todos los cristianos están obligados a ella, y vosotras más aún que las religiosas. No es la religión la que hace a los santos; es el cuidado que ponen las personas que están en ella de perfeccionarse, pues puede muy bien haber en una religión personas imperfectas y viciosas, como se ha visto a veces. Esto os demuestra que no es necesario estar encerrado en un claustro para adquirir la perfección que Dios pide de vosotras. El estado religioso es muy santo; pero de ahí no se sigue que solamente se santifiquen aquellos que lo abrazan.
Os digo además que, si las hermanas del Hôtel-Dieu necesitan ser virtuosas porque tienen que servir a los enfermos, vosotras los servís, no solamente como ellas, sino más todavía porque lo hacéis como Nuestro Señor lo hacía cuando iba a visitarles, no ya en vuestras casas como las religiosas, sino que estáis obligadas a ir a buscarles adonde ellos viven; y en esto las superáis, porque no os contentáis con atender a los que os traen, como ellas, sino que vais a servirles en sus propias casas, les lleváis la comida y les hacéis otros muchos servicios. Digo esto con todo el respeto que se debe a esas almas, a las que estimo mucho; pero puede decirse que en cierto modo vosotras debéis tener más virtud que ellas. Y ésta es la razón. Cuanto más les pide Dios a unas personas, tanta mayor perfección tienen que tener para hacer lo que la Providencia les ordena. Pues bien, las religiosas del Hotel-Dieu no están obligadas a hacer lo que hacéis vosotras. Vosotras vais, como los apóstoles, de un sitio para otro, tal como Nuestro Señor os envía por medio de vuestros superiores. Habéis aceptado hacer lo que Nuestro Señor hacía en la tierra. Hermanas mías, ¡si pudieseis ver cuánta perfección requiere vuestro estado!
Las ursulinas atienden al prójimo instruyendo y recibiendo alumnas; pero lo hacen para los casos ordinarios, mientras que vosotras tenéis que instruir a los pobres en todas partes y siempre que tengáis ocasión, no sólo a los niños que van a la escuela, sino en general a todos los pobres a quienes asistís, de forma que tenéis que tener la virtud de las religiosas de Santa Ursula, puesto que hacéis lo que ellas hacen, la virtud de las hermanas del Hotel-Dieu, la de las carmelitas, la de las de Santa María, y en general todas las virtudes que son propias y necesarias a todas las congregaciones que hacen profesión de servir a Dios, ya que él pide todo esto de vosotras. Por eso, mis queridas hermanas, vuestro tesoro tiene que consistir en haceros muy virtuosas, odiando sobre todo al mundo y sus máximas, ya que vuestros trabajos así lo exigen. Como ya os he dicho, hay religiosas que se ocupan de atender a los pobres; y vuestra Compañía tiene como fin principal servir a los pobres niños expósitos, a los pobres galeotes: y eso no lo ha hecho hasta ahora ninguna casa religiosa. Hijas mías, decid en vuestro interior: «Dios me pide más a mí que a las religiosas». Os lo aseguro: Dios os pide a vosotras grandes virtudes, puesto que os ha encomendado tantos trabajos.
¡Que bien sabía todo esto la pobre señora de Goussault! Antes de morir me dijo que había visto a las hijas de la Caridad delante de Dios y que Dios les pedía grandes cosas. Pero hemos de creer que esas grandes cosas no se realizarán si vosotras no os hacéis más virtuosas incluso que las religiosas.
Hijas mías, huyamos del mundo, estimemos lo que Nuestro Señor estima. ¿No es hermosa esta regla? ¿No os parece que ha sido razonable ordenaros esto? ¿Y que solamente Dios es el que ha inspirado vuestras reglas?
El padre Vicente repitió varias veces lo mismo y todas las hermanas dijeron que así lo creían.
¡Qué felices sois, prosiguió, por haber sido llamadas a esta Compañía, a la que Dios ha dado tan buenas reglas! Otra máxima del mundo es la burla. Se burlan unos de otros. Si hubiera entre vosotras alguna que se burlase de las que se entregan a Dios de una manera más perfecta, estaría siguiendo las máximas del mundo, tendría su espíritu o, mejor dicho, el del demonio, pues es el demonio el que incita a los mundanos a burlarse principalmente de las almas buenas. Y la que se mofa de sus hermanas, porque son más recatadas, porque cumplen bien todas las reglas, porque caminan con modestia y porque no siguen sus caprichos, eso es espíritu del demonio, es imitar al demonio. Por eso hay que desterrar este vicio de la Compañía. ¡Que jamás ocupe en ella sitio alguno la burla! Nunca hay que burlarse de las que se portan como es debido.
Otra máxima del mundo es la de no abrir fácilmente el corazón. Las almas buenas, por el contrario, exponen con sencillez sus pensamientos, no hablan en contra de sus propios sentimientos. Pero la máxima del mundo es proceder con engaño y disimulo, ocultar lo que se piensa para sorprender a los demás. Las buenas personas, por el contrario, proceden con rectitud y sin dar rodeos. Así tenéis que obrar vosotras, hijas mías. No os neguéis nunca a manifestar vuestras disposiciones interiores, cuando os las pregunten los superiores; ni siquiera esperéis a que os las pregunten, sino hacedlo por vosotras mismas, sobre todo cuando tengáis alguna cosa que os preocupe.
También se aprecia mucho en el mundo la brillantez, las buenas ocurrencias, el ingenio, saber hablar bien y replicar a propósito. Cuando veáis entre vosotras algunas que estimen esas máximas, hijas mías, llenaos de pena, llorad sus miserias y decid: «¡Cómo, Dios mío! ¿Habrá en la Compañía personas que conserven este espíritu del mundo, disipando las gracias que Dios ha dado a la Compañía? Hemos venido aquí para divorciarnos del mundo, ¡y ahora queremos seguir su manera de obrar! ¡No es eso lo que Nuestro Señor quiere de nosotras!». Por eso, hermanas mías, tenéis que mirar con horror todo lo que se acerque un poco a las máximas del mundo y combatir contra toda inclinación hacia él, hasta lograr destruirlo por completo. Evitad el trato con las personas mundanas. Si queréis seguir a Jesucristo, tenéis que divorciaros de las personas del mundo que son contrarias a él. Y cuando veáis que se estiman las cosas del mundo, es mala señal; desconfiad de esa persona. Si os dijeran: «¡Dios mío! ¡Bienvenida esa hermana a la Compañía! ¡Cuánto la quieren las damas!», tened horror de todo eso. No hay que alabar nunca las gracias naturales en una persona que se ha entregado a Dios, ni hablar mal de las que no tienen tanto.
Las casas bien ordenadas tienen como norma no alabar nunca los talentos naturales; sólo se estima en ellas la virtud; y si hay una persona inteligente que compone libros, que escribe bien y que canta perfectamente, no se habla de eso, pues no vale la pena hacerlo por tratarse de cosas indiferentes. Lo mismo vosotras, no os entretengáis en esas tonterías, que sólo sirven para perder el tiempo e impedir a las almas ocuparse en santos pensamientos con Dios. ¿Sabéis lo que hay que alabar? La virtud, la fidelidad a las reglas. Cuando veáis a una hermana que ama la pobreza, que escoge lo peor para ella y guarda lo mejor para el prójimo, que no quiere hacer nada en contra de las disposiciones de los superiores, eso es lo que hay que estimar. No hay peligro en hablar de esas cosas y decirse unas a otras para animarse: «Hermana, ¿se ha fijado usted en la virtud de tal hermana, con cuánta bondad sirve a los enfermos, cómo tiene un gran interés en progresar en la virtud? No pierde la menor ocasión de practicarla». Eso es lo que hay que alabar, y no otras cosas. ¡Jamás! Al contrario, no hay que hablar de la belleza, ni de la habilidad, ni de la facilidad de expresión, ni de la buena voz, ni de que sabe escribir bien. Eso no vale la pena.
Y como hay una máxima del mundo que dice que, para ser algo, hay que hacerse valer, tenéis que mirar con horror esta máxima como todas las demás. Hermanas mías, eso es propio del diablo, que intenta aparentar, brillar y hacernos ver que nos conviene atraer la estima de los demás. Si, por desgracia, hubiera alguna entre vosotras que se sintiera enredada en este vicio, que se arrepienta y se humille delante de Dios, diciendo: «¡Miserable de mí! ¿Dónde están las virtudes que debe tener una hija de la Caridad? Yo no tengo en su lugar más que orgullo y obras contrarias a las de Nuestro Señor. Por tanto, hay que humillarse y pedirle perdón a Dios cuando se vea que ha caído uno en alguna máxima del mundo.
No solamente hay que evitar que nos miren por encima de los demás, sino que, para imitar a Nuestro Señor, hay que huir como de la peste de todo lo que podría proporcionarnos gloria y honor, ya que dejar que nos alaben y ver bien que los demás nos aprecien es seguir el espíritu de la carne o, lo que es lo mismo, una máxima diabólica. Habéis sido llamadas a seguir a Nuestro Señor y por eso tenéis que huir de todo lo que le es contrario, amar todo lo que él ama, alabar todo lo que él alaba. Pero recordad bien esto: jamás hay que alabar lo que el mundo alaba. Es lo que nos enseña esta regla, que tenéis que recordar bien, lo mismo que las demás; porque fijaos, hijas mías, lo principal que tenéis que hacer es entender bien vuestras reglas.
¡Qué dichosas sois al tener esta obligación de odiar al mundo! ¿Pero cómo tenéis que odiarlo? Como lo odió Nuestro Señor. El dijo que no rogaba por el mundo: Non pro mundo rogo, yo no rezo por el mundo (5). Entended bien esto, hermanas mías. Cuando digo que Nuestro Señor no reza por el mundo, no hablo de todas las personas que están en el mundo, pues también hay en él personas buenas; me refiero a los que viven según las máximas del mundo, como son aquellas de las que hemos hablado. Mirad qué gran odio sentía Nuestro Señor contra el mundo: dice que no reza por él, ¡y rezó por los que le crucificaban! Esto os demuestra que lo miraba con más horror que a sus mismos verdugos, ya que no quiere rezar por el mundo, a pesar de que rezó por sus enemigos.
Esta regla sigue diciendo que abrazarán las máximas de Jesucristo, de forma, hermanas mías, que no basta con rechazar y aborrecer las máximas del mundo, sino que es preciso abrazar las de Jesucristo, que son totalmente contrarias a las del mundo, como éstas:
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (6); con lo que se combate el deseo de las riquezas y de los honores.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.
Bienaventurados los que lloran; esto es, Nuestro Señor llama bienaventurados a los que gimen y se sienten afligidos; y el mundo hace lo contrario. Pues bien, hermanas mías, tenéis que entregaros a Dios para adoptar esta práctica; y desde el momento en que escucháis estas cosas, haced un acto de deseo de ser muy virtuosas.
Bienaventurados los misericordiosos, que se dedican a atender a los pobres en sus miserias.
Bienaventurados los puros y modestos de corazón. Hijas mías, la pureza de corazón agrada tanto a Nuestro Señor que les promete nada menos que verán a Dios.
Bienaventurados los pacíficos, esto es, los que aplacan las disensiones, los que no quieren rencillas ni críticas. Esos son los llamados hijos de Dios, porque se hacen semejantes a su Hijo, que es un Dios de paz y que ha bajado del cielo a la tierra para traer la paz. Por eso es bienaventurada la hermana que procura poner paz en todas partes y conservarla en su interior.
Bienaventurados los perseguidos. He aquí una hermana virtuosa que quiere obedecer a sus superiores y seguir sus órdenes con fidelidad, que no querría hacer nada en contra de la voluntad de los superiores, ni siquiera tener un solo pensamiento contra su intención, si fuera posible. Si por este motivo se le critica, si se ve mal que no sea como las otras que no tienen tantos miramientos, si debido a su fidelidad se habla mal de ella y se la desprecia, ¡qué feliz es esa hermana! Es verdad que sufre, pero por la justicia; y entonces, según esta máxima, es bienaventurada.
Estas son, mis queridas hermanas, las máximas del Hijo de Dios y las que practicó y enseñó de ordinario cuando estaba en el mundo. Pues bien, hay que abrazarlas con ardor, puesto que tenéis que amar lo que Nuestro Señor ama y odiar lo que odia.
La regla sigue diciendo: «Abrazarán las de Jesucristo, especialmente las que recomiendan la mortificación interior y exterior, el desprecio de sí mismas y de las cosas de la tierra, prefiriendo los empleos bajos y viles a los honrosos y agradables, tomando siempre el último lugar y guardando lo mejor para su prójimo».
Mis queridas hermanas, es necesaria la mortificación, sin la cual no podéis seguir las máximas del Hijo de Dios, especialmente la interior. Nuestro Señor vino a enseñarnos estas dos clases de mortificación: la interior, sufriendo en su alma el que los hombres cometan tantos pecados contra su Padre, y la exterior, padeciendo grandes tormentos en todas las partes de su cuerpo. Por tanto, hemos de imitarle y estar en una continua mortificación.
La exterior consiste también en no mirar las cosas bonitas cuando la curiosidad os incline a ello; en ir con la vista baja, sin detenerse a ver lo que pasa por los lugares que recorréis. No tengo motivos para quejarme de ello: hasta el presente siempre me ha edificado mucho la modestia que guardáis por la calle. Pero hay que continuar así, hijas mías.
Hay que mortificar los ojos y los oídos, que se complacen en oír canciones, músicas, las alabanzas que nos tributan, las noticias, el canto de las aves. Los oídos se deleitan en esas cosas; pero hay que mortificarse y huir de ellas en vez de buscarlas.
El gusto intenta siempre deleitarse en la bebida y la comida, desea los manjares bien preparados y delicados. Hay que mortificarse rechazando todo eso, prefiriendo las comidas vulgares a las que están bien sazonadas.
Además tenemos el tacto. A veces le gusta a uno tocarse las manos mutuamente, e incluso dejarse tocar por los hombres. Hermanas mías, hay que mortificarse y sentir horror a estas cosas. Cuando se advierte que alguno intenta hacerlo, no lo dejéis nunca, sobre todo con los hombres. Si tuvierais carbones encendidos, habría que arrojárselos para que vieran que no deben ser tan atrevidos.
Esto es lo que debéis hacer en lo exterior. Pero no basta con ello; se necesita lo interior, que consiste en mortificar las facultades del alma.
El entendimiento se inclina a querer saber todas las cosas curiosas, en indagar lo que no es necesario. ¡Qué gran daño es la curiosidad! Hay que mortificarla, pues no es necesario saber tanto, ya que, como dice san Pablo (7), la ciencia hincha y solamente la caridad es lo que edifica.
A la memoria le agrada acordarse de los placeres que se sintieron antes en las familias de donde uno ha salido, recordar a los padres, sus caricias y el buen trato que le daban, las propuestas de matrimonio…¡Ay, hermanas mías! Hay que mortificar todo esto y no fijarse ya en las cosas que se dejaron; no debéis dejar nunca que vuestra memoria se recree en esos pensamientos.
La voluntad se inclina a amar lo que le agrada y rechazar las cosas que le resultan costosas.
En fin, mis queridas hermanas, tenéis que poner mucha atención en esa mortificación interior y exterior. En relación con la vista, como ya os dije, no puedo quejarme; si condeno el vicio, también es menester que apruebe la virtud. Así pues, hay que mortificarse en todo lo que nos deleita: el olfato, el gusto, el tacto, en resumen, todos los sentidos. Y sentirse dichosas de tener las cosas más bajas, tanto en los hábitos y en la ropa como en las demás cosas de la vida. Nunca hay que huir de ello. Para ser buenas hijas de la Caridad, hay que amar la pobreza y la bajeza, puesto que es máxima de Jesucristo escoger lo peor y despreciarse a sí mismo, hasta decir que era como un jumento, como un gusano de la tierra y el oprobio de los hombres (8), ¡tan poca era la estima en que se tenía! Ese bajo aprecio de sí mismo fue el que le llevó a morir por los hombres, prefiriendo la salvación de los demás a su propia vida, de forma que, aun cuando sólo hubiera habido un alma, habría dado su vida por salvarla.
Hermanas mías, hay que entrar en estos sentimientos y pedirle muchas veces a Dios que nos conceda el desprecio a nosotros mismos, de modo que nos guste ser tenidos por pobres y miserables, que amemos todo lo que nos lleve a ese desprecio y que tomemos siempre lo peor, si se nos permite escoger: la ropa peor, la toca peor, la camisa más basta, o sea, que corramos a lo que sea más vil y que deseemos que nos traten lo peor posible, pues ésta es la máxima de Nuestro Señor, que despreció siempre las cosas de la tierra. Hijas mías, habéis sido llamadas a la vida que él llevó; por tanto, tenéis que obrar como él. ¡Qué consuelo para un alma saber que trabaja según las máximas del Hijo de Dios!
Una buena persona que vi hoy en la Magdalena, al volver de Santa María, me dijo refiriéndose a lo mucho que apreciaba el servicio que se les presta a aquellas pobres almas convertidas: «Si las hermanas (9) supieran la alegría y el gran consuelo que da servir a Nuestro Señor en esas pobres hijas penitentes, todas querrían acudir allá». Mirad, hermanas mías, vosotras tendréis mayor consuelo y alegría en mortificaros, en escoger lo peor y dejar lo mejor para vuestras hermanas, que si recibieseis todas las satisfacciones que ofrece la naturaleza cuando seguimos nuestras inclinaciones, pues eso es seguir las máximas de Jesucristo, que escogió siempre lo peor, hasta aceptar morir en la cruz que es la muerte más dolorosa e ignominiosa que se puede padecer.
Si se os ocurriese la idea de ser oficiala, hijas mías, rechazadla: sería que el diablo intenta arruinaros, dándoos ganas de llegar a tener un cargo para ser estimadas y apreciadas por encima de las demás. Eso es una máxima del mundo. Y desde el mismo momento en que notéis que vuestro espíritu se entretiene en esas cosas y juzgáis dichosas a las que son llamadas a ese cargo, inmediatamente exorcizad a ese demonio, condenad a ese monstruo y decid: «Dios mío, es mucho mejor para mi salvación estar en la última fila que en los puestos más elevados. Hasta el último lugar es demasiado honroso para mí».
Si obráis así, mis queridas hermanas, guardando siempre lo mejor para vuestras hermanas, seguiréis las máximas de Jesucristo; y si hacéis lo contrario, seguiréis las del diablo, que hace guardar lo mejor para sí mismo. Nuestro Señor, por el contrario, ha prometido y concedido toda clase de bienes a los hombres y ha escogido toda clase de penas y de maldiciones para sí. Mirad a ver a quién queréis seguir.
¿Qué decís, hijas mías? ¿No os parece razonable obedecer y guardar esta regla que nos enseña a huir de las máximas del mundo y abrazar las de Nuestro Señor?
– Sí, padre, respondieron las hermanas.
– ¿No os proponéis seguir las máximas de Nuestro Señor?
Ellas respondieron lo mismo y el padre Vicente añadió: Hemos de pedir esta gracia a Nuestro Señor Jesucristo. Por intercesión de la santísima Virgen, le pido que así se lo conceda a la Compañía.
Benedictio Dei Patris…







